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El Eco de la cordillera - Capítulo 6

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6: La otra bruja 6: La otra bruja Amaneció antes del alba.

Las pesadillas la habían arrastrado por cada rincón del día anterior; todo seguía oliendo a infierno.

Además de el asesinato que tuvo que presenciar con cada uno de sus sentidos, en su memoria resaltaba la perversión del toque, de las miradas y de la voz del general Lee, abrazó su estómago revuelto por recordar el incómodo momento que vivió al conocerlo.

Rio, agotada.

Nada de lo que ocurría parecía real.

Un par de semanas atrás su preocupación era no tener suficientes joyas par combinar, y evitar el famoso debut en la alta sociedad que venía posponiendo desde hace más de un año.

Hoy, su mayores miedos eran saberse testigo de un crimen y ser arrastrada a un matrimonio forzado.

La alfombra, húmeda y terrosa, se mezclaba con el suelo virgen de los pasillos.

Aquella imagen se le pegó a los párpados, como un sueño mal recordado.

Ver que no había ni el más mínimo bullicio en relación a eso le hizo pensar que de verdad estaba loca, ya una vez comprobó que su mente era frágil, quizás en esta ocasión, la tristeza por alejarse de su familia le estaba jugando una mala pasada.

Optó por volver al sitio y entrar a la habitación de donde salieron los tipos, alguna cosa habría de encontrar.

El obstáculo principal era la servidumbre, si alguien notaba que estaba rondando la zona sería problemático; las paredes, las puertas, los pisos, podrían contarle al culpable, que ella también estuvo ahí.

No tenía conocimiento de quien se encargaba del personal de limpieza, imaginó que el shokan que conoció el día de su llegada podía ser quien ocupara el cargo.

A menos que existiera una especie de ama de llaves, jefe eunuco o algo por el estilo, no podía confirmarlo, a sus aposentos no habían sido asignadas doncellas o sirvientas.

Cansada de pensar se alzó de la cama y asomó la cabeza por la puerta interior, Helio ya estaba ahí, inmutable, sin moverse de su puesto desde la noche anterior.

—Buenos días —le saludó, él respondió con un asentimiento—.

¿No has visto a Kyun?

—Abandonó sus aposentos hace un rato, asumo, se dirigió a la cocina a traerle el desayuno.

—Mmmm —alzó una ceja para luego fingir un bostezo.

No había visto a Helio desde el día anterior, cuando ocurrió el incómodo encuentro con el segundo príncipe—.

Por favor pasa, quiero preguntarte algo.

—Mi trabajo no es responder preguntas.

—Pero es obedecerme —sonrió con un dejo de satisfacción—, ingrese por favor.

—No es bien visto que un hombre entre a la habitación de una dama soltera sin supervisión.

—Tú eres quien me supervisa.

—Sabe perfectamente que no me refiero a eso.

—Si eres mi escolta personal la ley no se aplica.

—No estamos en Ílios.

—Me impresiona que sepas como es en Ílios —aplaudió con cierto ápice de sarcasmo—, no me lo esperaba —No recibió respuesta alguna—.

Ayer cuando me sermoneaste ignoraste muy bien el protocolo lunhayeno y te apegaste a la perfección al protocolo de Ílios.

Helio la censuró con la mirada, suspiró cansado y entró.

—Pues, el día de ayer —se aclaró la garganta—, cuando me encontraste en las caballerizas ¿Hablaste con alguien más?

—Mi trabajo es velar por su bienestar, no entablar conversaciones con príncipes que están siendo acosados.

—¡No lo estaba acosando!

—dijo Leone con la cara completamente roja.

—¿Cómo le llama usted el ver a alguien a escondidas sin su permiso?

—Es lo que tú haces ¿O no?

—Recibo una generosa cantidad por eso y lo hago abiertamente, en cambio, no parece que el segundo príncipe haya pagado una sola moneda por su vigilancia.

—No lo estaba acosando —balbuceó de malagana.

—El deudor huye si debe la paga—dijo para sí mismo.

—¿Qué?

Leone achicó los ojos.

En ese momento se abrió de golpe la puerta de la habitación, ingresó una mujer de alrededor de cuarenta años, tenía el cabello oscuro, con un par de canas asomando, en un elaborado peinado, estaba usando el hanyū tradicional de Lunhae en un tono azul oscuro, y una extraña peineta por encima de su moño de trenzas.

—Pero que indecoroso ¿Qué hace una dama hablando sola con un hombre en su habitación?

—Soy su escolta —escupió Helio, mientras abandonaba el lugar por la misma puerta por la que la mujer había ingresado, sin siquiera dirigirle una mirada.

La mujer observó a Leone de arriba hacia abajo, acuchilló cada parte de su cuerpo con ambos ojos.

Con un aire de superioridad rio de lado y una expresión de desagradable satisfacción se pintó en el resto de su arrugada cara.

Inspeccionó rápidamente los alrededores con un par de parpadeos, y cuando acabó de juzgar se dirigió a Leone.

—Su alteza señorita Leone.

Mi nombre es Are Jin, jefa de sirvientes del palacio, su majestad me ha delegado como la encargada de enseñarle a la señorita todo lo que necesita conocer antes de su matrimonio.

—¿Buenos días?

—Saludó confusa.

La señora hablaba con la confianza de quien goza de poder noble, no de un empleado del palacio—.

Discúlpeme, pero nadie me dijo que usted vendría.

—La decisión la tomó el rey ayer durante la noche ¿Tiene algún problema con eso?

Si es así puedo notificar su disgusto inmediatamente —revoloteó en la habitación y con la punta del dedo tocó las sábanas de la cama de Leone, lo apartó inmediatamente con cara de asco, como si solo ese mínimo contacto pudiera contagiarle una enfermedad—.

Bueno, no durará mucho tiempo —dijo entre dientes.

El oído de Leone era lo suficientemente bueno cómo para descubrir los susurros de la despectiva mujer, cuya arrogancia iniciaba a ser hostigosa —Señora, con todo respeto, su actitud está siendo insultante, y no voy a tolerarla.

La jefa de los sirvientes respiró pesado y afiló la mirada, sostenía con fuerza un abanico, como si quisiese estamparlo en el rostro de Leone —Supongo que la barrera del idioma ha generado una confusión, señorita, pero aquí las cosas son diferentes, no estoy cometiendo ninguna falta según nuestro protocolo, al contrario, usted, hija de un…

príncipe —hizo un ademán con la mano—.

Usted es quién puede terminar en el calabozo solamente por cuestionarme.

Leone sonrió agridulce —Usted lo dijo —se alzó de hombros—, mi padre es un príncipe, mi educación es intachable.

Le aseguro que la barrera del idioma no ha generado ninguna confusión —La mujer permaneció con rostro pétreo ante el comentario, como si se guardara sus palabras muy adentro—.

Supongo que en Ílios todos conocen su posición, ya sabe, al sitio donde pertenecen.

Yo sé donde pertenezco, y también sé que incluso si mato a alguien con estas dos manos, nada me sería reprochado —advirtió sutilmente, gracias a que se le pasó corriendo por la mente la ligera idea de que la jefa de los sirvientes encubrió el asesinato.

La jefa de los sirvientes rechinó los dientes ante la negativa sumisión de Leone de Cartalia —Espero la señorita no haya malentendido el punto de mi visita, créame, conozco perfectamente mi lugar, aquí todos existimos para servir al rey, y el rey me ha encomendado la labor de educarla, actúo según sus deseos.

—Pero yo ya estoy bastante educada —alzó sardónicamente las cejas—, y es “Excelencia” no “señorita”.

Al escuchar esto, la nueva tutora hizo un gesto con la mano derecha, y pronto dos sirvientas entraron a la estancia con un baúl, al abrirlo sacaron un hanyū en tono rosa pastel y lo colocaron cuidadosamente sobre la cama.

Una de las criadas cometió el error de tirar un adorno posado en la mesa de al lado, se invadió de pánico ante el suceso, en un reflejo dirigió una mirada hacia la vieja y su expresión denotó terror al instante.

—Vete a mi oficina y espera a que llegue —le ordenó Are Jin apretando los secos cachetes con furia.

La pobre chica asintió temblando y salió prácticamente huyendo, cualquiera habría notado el temor arraigado en la reacción de la sirvienta.

—Empaque el hanyū —habló Leone forzando amabilidad.

—¿A qué se refiere “señorita”?

—cuestionó la mujer revisando que el atuendo estuviera en perfecto estado.

Are Jin ni siquiera pensaba dirigirse con el honorífico correcto.

—Que lamentablemente no usaré lo que ha traído.

—Señorita, probablemente no se haya dado cuenta de que ya no está en su querido hogar —la mujer chasqueó los dedos y la criada restante sacó del baúl un par de zapatillas.

—Lo sé—se chupó los dientes—, pero yo no soy una de sus subordinadas.

—¿Y no es lo que será?

—preguntó con sarcasmo—.

Su deber es existir para su futuro esposo, servirle del mismo modo en que lo hace una…— —Una sirvienta —Leone completó la frase bastante encantada, no podía creer hasta donde llegaba la osadía de esa mujer—.

Aunque mi matrimonio todavía no está concretado con nadie, ya está aquí arreglándome como una esposa, se está apresurando demasiado.

—Le ahorro el tiempo de educarla a su futuro esposo.

No lo tome a mal señorita —hizo una mueca y se acercó al armario de Leone a revisar cada uno de sus vestidos y lanzarlos al suelo como trapos—.

Tírenlos luego de reorganizar toda la estancia —ordenó a la sirvienta.

El rostro de Leone estaba rojo, casi inyectado en sangre —Aunque me case, no dejaré de ser una ílios, sin importar cuanto intente disfrazarme —se acercó al armario y cerró la puerta con fuerza—.

Verá, no me gusta que toquen mis cosas.

La mujer la juzgó en silencio y regresó al centro de la habitación, Leone era apenas un par de centímetros más alta, pero se impuso de modo que consiguió intimidarle —Entiendo que, en su reino, las costumbres sean diferentes, pero mientras viva aquí, deberá vestirse y actuar como las personas de este lugar.

—¿Según quién?

—Según las normas de este palacio.

Así que, siguiéndolas en su totalidad, deberá dejar de usar los vestidos que normalmente usa, se alimentará del modo en que lo hacemos, y hablará de la manera correcta.

—No quiero —respondió suprimiendo rabia, no quería ceder a las provocaciones de esa mujer.

—¿No?

—No quiero, señora…

—hizo un gesto con la mano dando a entender que había olvidado su nombre, aun recordándolo perfectamente.

—Are Jin —dijo entre dientes.

—Señora Are Jin, lamento declinar sus normas pero me atendré a las consecuencias.

—El rey se enterará de esto —su voz desprendía acidez.

—Infórmele.

—No le recomiendo se meta conmigo.

—Es un consejo ¿Verdad?

No creo que alguien tan respetable como usted se rebaje a las amenazas.

—Si, un consejo —dijo casi rechinando los dientes.

La mujer, chasqueó los dedos nuevamente, e inmediatamente la sirvienta tomó todo, arponeó a Leone con la mirada y se fue sin decir más.

—Si que tiene mal carácter.

Leone ya conocía a las “damas” de ese tipo, toda una vida tuvo que soportar a la fiel sirvienta de Helena, Fiorella, quien toda su niñez le había hecho la vida imposible y se había escudado bajo la excusa de “abuso de poder” cuando Leone se defendía.

Kyun entró en la habitación con la tetera caliente sobre la mesa, observó que Leone, sentada en la cama, sonaba impaciente sus dedos en la madera del bastidor.

Estaba extraña desde ayer cuando llegó Helio ¿Sería posible que ese hombre le hubiera hecho algo?

A simple vista se comportaba como un caballero.

—A este paso vas a dejar las uñas clavadas a la cama.

—Estoy pensando.

—Pensabas enojada por lo visto ¿Quizás haya algo que te ponga ansiosa?

Leone se mordió una mejilla —No es nada, conocí a la jefa de los sirvientes, la señora Are Jin, y ¿Adivina qué?

—rio irónica—, es una versión con más años de Fiorella.

—No puede ser —gruñó Kyun—.

¿Otra bruja?

—Es igual de insoportable, talvez peor, esta puede ir a quejarse directamente con el rey.

—Es decir que, si no nos comportamos, podría victimizarse para hacernos quedar mal a nosotras.

—Justamente —respondió Leone—.

Ya aprendí bastante gracias a la amada sirvienta de Helena.

—Por lo visto has meditado mucho el asunto de Fiorella.

—En efecto, ya te lo he dicho Kyun, Fiorella algún día se va a arrepentir de todo lo que nos hizo junto a Helena.

—Olvida a esas dos —Kyun acomodó la bandeja en la mesa e inició a recoger los vestidos tirados en la habitación—.

Sí que esa señora es insoportable.

Leone se levantó de la cama y caminó hasta las cortinas de su balcón, las abrió dejando entrar el aire —¿Qué tan seguro es este palacio Kyun?

—Hay guardias en todos lados ¿Alguna cosa te molesta?

—No, no —se negó rápidamente—, la desconfianza natural por vivir en un lugar nuevo, nada más —movió la mano con desdén.

—Si te hace sentir más tranquila, estuve explorando las murallas alrededor, son bastante complicadas de escalar y hay mucha vigilancia, así que eso no debería preocuparte.

Con esas palabras, Kyun le sembró a Leone la idea de que los hombres que vio el día anterior eran personas muy bien informadas de las entradas y salidas del palacio —Kyun, si soy honesta, algo me inquieta.

Kyun se giró y achicó la mirada —¿Qué ocurrió?

—Ayer que salí a recorrer los pasillos internos, hubo un momento en el que no había guardias o sirvientes por ninguna parte —No tenía la intención de explicarse de más, Kyun podía creerlo todo, o pensar que definitivamente estaba desvariando—.

Me acostumbré a la seguridad de Griseonderti, es todo.

Kyun observó a Leone juguetear con su anillo, lucía tensa como si cargara una piedra en la espalda— investigaré los horarios y cambios de personal para prevenir cualquier situación —la tranquilizó.

Leone asintió, confiaba en Kyun, pero decirle no era una opción apropiada, su sentido de rectitud arruinaba muchas cosas, aún cuando su intención era buena.

Por ahora, la discreción era su única aliada.

El peligro aún respiraba dentro de los muros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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