El Eco de la cordillera - Capítulo 5
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5: El perro de pelaje dorado 5: El perro de pelaje dorado Retuvo todo lo que pudo el aire en sus pulmones; cuando estaba segura de que nadie estaba cerca del sitio, abrió la puerta.
En un reflejo, golpeó su antebrazo contra su nariz, acompañando olor a muerte con un dolor agudo.
El sitio era sombrío; había huellas rojas en dirección al pasillo continuo y finalizaban en la cortina bordada que ocultaba la extraña puerta.
Su mente inició a correr lejos, pero sus pies avanzaron hacia el charco de sangre.
Con ojos empañados registró los detalles del espacio; a su izquierda, el pasillo del que los dos tipos provenían finalizaba a unos cortos cinco metros; a sus costados, tres habitaciones cerradas era lo único que se encontraba.
Las huellas y la fuente del desagradable aroma surgían de la segunda.
¿Qué demonios era todo eso?
Trataba de convencerse de que era una pesadilla, una en la que en Lunhae los asesinos hablaban idioma ílios, pero el frío que hacía vibrar los huesos de sus rodillas era tan vívido que podía tocarse.
Aunque lo intentara, no iba a entender nada de lo que la rodeaba; su mente solo formuló una acción: esconderse.
Los aromas nauseabundos le devolvieron corta la razón; con paciencia, pero ágil, decidió volver.
Se giró mágicamente sobre sus talones en dirección a la ruta de salida; al enfocar los ojos, visualizó un reloj de mano a lado del lagunar rojo.
Lo levantó.
El elemento seguramente era del cuerpo que había sido lanzado al suelo con violencia; lo supo por la dirección en que había caído.
Sus dedos enguantados sintieron la textura fría de la pieza al mismo tiempo que lo giraban en todos los sentidos.
En la parte trasera, el elemento poseía la firma de un artesano famoso en Griseonderti, y la cadena con que se agarraba a la gabardina era de oro blanco; significaba entonces que el muerto era un Ílios.
¿Por qué habían ílios dentro del palacio de Selinia?
En su cabeza, el asunto no dejaba de escalar —Dios, por favor, por favor, ayúdame a salir de aquí— masculló con la mandíbula tensa y la lengua seca.
Aterrada, se cuestionó qué tantas cosas malas había hecho para terminar en una situación así.
Se trasladó en puntas y casi sin respirar hacia la entrada de ese extraño pasillo en el que se encontraba; a pesar de que trató de caminar con paciencia para no levantar sospechas, sus piernas, con mente propia, corrieron solo porque no podían volar.
En unos segundos se encontraba en la puerta de su habitación.
Las sorpresas no acabaron; al cerrar la puerta de madera sólida, su respiración inútilmente regulada se extinguió.
La silueta de un hombre vestido de negro, alto y que la observaba expectante, se levantaba como estatua en el centro del lugar.
Retrocedió un par de pasos y analizó rápidamente a quien tenía en frente.
Era un hombre relativamente joven, entre treinta y treinta y cinco años; medía un poco más de un metro ochenta; usaba un hanyū negro similar al de uso militar y una espada envainada en su cintura.
Su cabello un poco largo estaba peinado hacia atrás y gozaba de un enigmático atractivo.
—¿Quién eres?
—obligó a sus cuerdas vocales a mantenerse rígidas; lo primero que llegó a su mente fue la idea de que compartieron ambiente hace unos segundos.
—Buenos días, señora —con profunda voz elaboró una reverencia—.
Se me ha nombrado como su escolta personal.
Leone soltó un suspiro que descendió como en escalera—sin avisarme —susurró.
—Lamento si mi presencia no es bienvenida —verbalizó paciente.
—Realmente no te esperaba —el brillo de los pocos centímetros que sobresalían de la vaina de la espada se evidenciaron con un reflejo de luz chocando contra sus pupilas, haciendo arder el negro iris—.
¿Un soldado?
—Mi nombre es Helio Sera Min Har —dijo sin levantar la vista—.
Hijo del Gunhyeo de la Luna Creciente.
—La orden es vigilarme —sus pestañas se movieron ávidas; el hombre traía la ropa impecable, sin rastro alguno de sangre o sobreesfuerzo—, día y noche.
—Protegerla —corrigió con una paciencia desesperante.
—Vigilarme —trató de esbozar una sonrisa para parecer tranquila; sin embargo, fue imposible y se quedó atrapada en un gesto incómodo e impreciso.
En ese momento, Kyun entró en la estancia y los observó extrañada a ambos.
—Disculpe, señora, no sabía que tuviera visitas.
—¿El señor?
—lo señaló con el mentón que por fin dejó de parecer agua molestada—.
Lo llamaría carcelero.
—¿Qué?
—Su escolta personal, señorita —corrigió el hombre, mirándola por encima del hombro.
—Mucho gusto —se reverenció Kyun—.
Kyun Sera Concordia.
—¿Sera?
—alzó una ceja el hombre.
—Curiosamente igual que tú —comentó Leone, divagando entre las frases, batallando con las imágenes de la sangre que le bañaban aromáticamente los sentidos—.
Serviré yo —desorganizó tres tazas desde la bandeja hasta la mesa baja.
Kyun la observaba con la ceja confundida—.
¿Nos acompañas?
—preguntó a Helio, tomando con una irónica inexperiencia la tetera.
—No se me permite sentarme a la mesa con mi maestro, señora.
—¿Le pongo azúcar?
—con palabras perdidas, su lengua trataba de adaptarse al momento actual, pero permanecía consistente en un grito de terror que no tuvo la oportunidad de ver la luz en el momento preciso.
Helio alzó una ceja; la gran duquesa parecía fuera de su elemento, como si el aire se le negara.
—Le he dicho que no se me permite— Fue interrumpido por el estruendoso golpe de la tetera contra el suelo.
Leone vio cómo todo el té se derramaba entre sus nerviosos dedos; su mirada desenfocada convertía el líquido verdoso en espeso y rojo.
El calor de la sustancia fue frío, tibio y luego ardiente; balbuceó sin sentidos por el ardor que lentamente se extendía hasta sus muñecas.
Cuando las gotas sobrepasaron las palmas cubiertas por los guantes y avanzaron hasta su pálido antebrazo, una pausa blanca se internó en sus oídos, nariz y ojos.
El raciocinio cayó como lluvia de piedras, haciéndola reaccionar.
Tenía que escapar junto a Kyun de ese lugar.
—¡Leone!
¿Estás bien?
¡Te quemaste!
—Kyun secó rápidamente sus manos; no había quemaduras graves, solo enrojecimiento—.
Menos mal el té estaba frío —observó que Leone permanecía con los ojos abiertos, mirando el líquido derramado—.
No te preocupes, yo lo limpiaré.
Estate tranquila.
Leone movió la cabeza de un lado a otro.
—Está bien —repitió como mantra.
Parpadeó tres veces y sus ojos abandonaron la opacidad para observar el entorno con lucidez—.
Estoy bien —la voz nuevamente era relajada, con ese tono carismático de siempre—.
¿Le molestaría acompañarnos?
—preguntó al escolta.
—Llamaré a un médico —respondió.
—Por favor, tenga la amabilidad de acompañarnos —la espalda recta ordenaba, no pedía.
Helio suspiró y se sentó sobre uno de los cojines; la “señora” iba y venía de extremos opuestos.
Ya estaba sobre advertido: Leone de Cartalia era una persona de cuidado.
Enviarla a una jaula de leones, ¿quién pensó que eso era una buena idea?
…
Durante el resto del día no había ocurrido nada fuera de lo normal.
El escolta se había quedado en la puerta de sus aposentos la mayor parte del tiempo, pero luego del mediodía se había retirado.
Helio Min Har no era distinto a una piedrita puntuda entre la media y el zapato, sobre todo ahora que Leone había tomado una decisión insensata, pero segura: irse de Lunhae.
Si algo sería difícil de lograr, era el cruce de la frontera; tropas de ambos países se establecían en cada esquina de la brecha de la cordillera del Eco, y escalarla no era una opción.
Era tan alta que, a la mitad de la altura, la temperatura bajaba lo suficiente como para congelarle las pestañas.
Lo ocurrido esa mañana raspaba dolorosamente las paredes de su cabeza.
Preguntas aparecían cada segundo y ninguna obtenía una respuesta satisfecha.
La duda principal era el porqué dos hombres de Ílios cometían actos ilícitos en donde menos se espera: la morada del enemigo.
¿Estarían traicionando a su reino?
Era una de las probabilidades; la otra opción lógica era que tal vez se trataba de criminales de guerra, pero en todo caso habrían asesinado a ambos hombres, no solo a uno.
Sacó el reloj que guardó en los volantes del interior de su vestido.
Era un modelo de bolsillo que se popularizó el año anterior en la capital; incluso Liam y su padre poseían uno.
A pesar de todo el desastre, el objeto estaba pulcro, sin rastro de sangre, como si se burlara de ella haciendo parecer el evento una alucinación.
Ojalá y todo lo vivido hubiera sido una broma de su mente perdida, pero no iba a esconderse de la verdad.
Respiró hondo; rememoró detalles, pero fue inútil.
Lo que más bailaba ahora mismo ante su rostro era la sorprendente tranquilidad con la que el individuo de apariencia desconocida había abandonado el sitio; no le importó en lo absoluto todas las pruebas que dejaba atrás.
—A menos que las pruebas no lo incriminaran —masculló a sus muelas.
Ahora que lo pensaba con detenimiento, no había ningún rumor de asesinato en ninguna parte.
Los sirvientes paseaban silenciosos en los pasillos aledaños, pero ninguno de ellos susurraba acerca de lo ocurrido; tampoco aumentaron la seguridad y Kyun no obtuvo ninguna noticia al respecto.
El crimen había sido encubierto.
Alguien muy importante estaba detrás de todo eso, alguien capaz de controlar a toda la servidumbre.
Fuera de los desagradables rastros de muerte, el sitio casi brillaba; significaba que la limpieza se realizaba constantemente, y que nadie haya advertido de tal escena cuando cruzara por ahí era casi imposible.
El criminal debía tener el poder suficiente para que todo rastro de violencia en el lugar fuera limpiado sin el más mínimo alboroto.
Llevó su dedo pulgar a sus labios, buscando concentración.
Era imposible imaginar al rey manchándose las manos, pero alguien lo había hecho.
Y alguien había ordenado callar a todos.
Pero si no era el rey, ¿entonces quién?
Un príncipe, sí, alguno de los príncipes era sospechoso, pero no podía probar ni uno solo de sus argumentos.
Si iba y le decía esto al embajador o a Kyun, pensarían que estaba loca.
Una loca prevenida.
Su nariz se tapó de tantas voces mudas argumentando en su cerebro.
Tomó su sombrilla y salió por la puerta exterior hasta llegar a un jardín alejado del suyo.
A su alrededor, había todo tipo de plantas hermosas, a pesar de que el invierno había culminado hace solo unas dos semanas y todavía el aire frío se hacía presente, pero no olía al calor del invierno, sino a la frescura de la primavera.
De tanto caminar, reafirmó lo que había pensado anteriormente: ese palacio era como una ciudad.
Además de ser terriblemente enorme, todos trabajaban diligentemente.
En su trayecto encontró muchos sirvientes realizando variadas actividades, cuyo curso era detenido por unos cuantos segundos para observarla, arrugando la nariz o alzando las dos cejas.
Luego de haber transitado una gran parte de los jardines, vislumbró una especie de templo enorme.
La entrada no estaba resguardada, así que se invitó a sí misma a acceder.
El templo se alzaba con techos de teja vidriada y muros de piedra y madera.
Los dragones pintados parecían seguirla con la mirada mientras avanzaba.
Al llegar a la puerta que conectaba con el patio, se encontró con todo un ejército de hombres usando el clásico hanyū militar de color gris oscuro.
Todos manipulaban la espada divinamente, en una danza macabra que cortaba el aire y apagaba vidas.
Le sorprendió el nivel de experiencia que cada uno tenía con el arma; era simplemente sorprendente la coordinación que todos poseían.
Pero, de la nada, se detuvieron.
Todos los ojos se posaron sobre ella, y un soldado bastante joven subió los escalones hasta acercarse.
—Disculpe, señorita, pero no puede estar aquí.
—¿No puedo?
—No, es un acceso restringido para los guardias del palacio.
—¿Por qué?
—apretó la sombrilla al cohibirse por los furtivos ojos de los soldados.
—Es una regla del palacio —el soldado fue interrumpido.
—Galen, ¿por qué estás siendo descortés con nuestra invitada?
—dijo una voz arrastrada de un modo gemelo a los pasos que la precedían.
Leone presenció cómo todos los soldados se colocaban en posición firme.
Se giró y un hombre detallaba con ojos rodeados de ciertas arrugas cada parte de su cuerpo.
La mirada del individuo iba de su cuello a su pecho, a su rostro y, lo que le resultó más repulsivo, a sus labios.
—Me imagino que usted es Leone de Cartalia, la prima del rey de Ílios, ¿no es así?
—mostró una reverencia no como la que se acostumbraba en Lunhae, sino la que se usaba en Occidente.
—¿Es ella Leone de Cartalia?
—musitó Galen, un poco sorprendido.
—¿Quién es usted?
—endureció su voz, a pesar de sentirse indefensa rodeada de tantos hombres.
—Soy el general Lee Hoon Ka, es un placer conocerla —dijo, tomando con firmeza la mano de la joven con la intención de besarla.
Leone se soltó con agresividad; le desagradó el toque, era casi intencionalmente depravado.
La hizo sentir una rata en la boca de una serpiente.
El general la apuñaló con los ojos y sonrió de lado, como si viese a un gato erizar.
—Me parece que se ha perdido un poco; este sitio no es apto para damas como usted.
—Ya me iba, así que despreocúpese —dijo, abriendo el abanico en afán de disimular el temblor de sus muñecas.
—Su compañía no es ninguna molestia.
—Lamento decirle que debo retirarme —dijo Leone, pasándole por un lado casi corriendo—.
Disculpe la impertinencia —se reverenció a medias.
Salió por la puerta frontal del lugar y aligeró el paso.
Una vibra de degeneración rodeó el corto encuentro con el general; el hombre emanó perversión en cada gesto hacia ella.
Los pulmones se le quedaron pequeños y el cuello se le anudó con un fuerte deseo de llorar.
Se alejó del templo, pero sus ojos desenfocados descoordinaban su andar.
Como una ebria sin rumbo, llegó a caballerizas que al parecer ya no se usaban; la vegetación cubría el entorno.
Creyó que estaba desolado hasta que escuchó el ladrido de un perro.
Al apreciar bien el espacio, encontró herramientas para afilar espadas y una montura.
Caminó al otro extremo del espacio, donde se desbocaba un riachuelo que dividía las caballerizas con una pradera no muy grande, en la cual el perro que ladraba corría libremente.
—¿Quién es?
—se cuestionó al ver que una persona jugaba con el perro—.
Es el segundo príncipe —susurró, calmando por completo sus nervios.
La escena se veía tan vívida, tan pacífica.
Si Leone pudiera plasmarla en un cuadro y meterse junto a su familia para no salir jamás, seguramente conocería la plenitud.
De un momento a otro, el perro notó su presencia e inició a ladrarla; se sobresaltó y, en un impulso, sus ojos chocaron con los del segundo príncipe.
A pesar de estar lejos, la presión de su mirada era abrazadora.
Sintió nervios y se ocultó el rostro con el abanico mientras regresaba por donde vino, a paso rápido.
Mientras salía, se golpeó la nariz contra una inesperada pared que se movía y respiraba.
—¡Me asustaste!
—le gritó a su escolta.
—Usted asustó a la señorita Kyun —respondió en el tono seco que al parecer era propio en él.
—¿Qué?
—Desapareció por más de una hora sin decir a dónde se dirigía.
Cuando llegué de nuevo a mi puesto, la joven estaba frenética, lo suficiente para pedirme que la buscara.
—Ella exagera —se justificó.
—Y usted es irresponsable; hay muchos espacios de este palacio que desconoce.
No sabe con qué situaciones puede encontrarse.
Leone alzó una ceja con curiosidad.
—¿Insinúas que este lugar no es seguro?
—Ningún lugar es seguro para personas ingenuas.
—¿Soy ingenua?
Helio guardó silencio.
Leone escuchó que los ladridos del perro se aproximaban.
—Vámonos —le dijo mientras se echaba a correr.
Este no se movió ni un centímetro; se limitó a verla, arrugando el entrecejo casi con desagrado.
—Entonces no me has visto —se distanció, inflando las mejillas.
A los pocos segundos, un perro llegó con la lengua de afuera e inició a olfatear a Helio desde la punta de las botas hasta las rodillas.
—Kkul, ya basta —regañó el príncipe unos metros atrás del animal—.
Es una anomalía verte por aquí —se dirigió a Helio—.
¿Galen nuevamente se desterró de la mansión?
—Alteza —se reverenció—, se me ha encomendado una labor aquí; no perdería mi tiempo con ese perdido de Galen.
—Sin honoríficos —recorrió los alrededores con sus afilados ojos en un segundo.
Si Helio no tuviese la vista más rápida, jamás habría notado esto.
—¿Buscaba algo?
—cuestionó Helio.
—Nada.
Vámonos, Kkul —le silbó al perro—.
Galen no es un perdido —dijo antes de marcharse, con una casi invisible sonrisa de lado.
…
Leone llegó a su habitación lo más rápido que sus pies le permitieron.
Le daba algo de miedo encontrarse con Hyaker; su belleza le provocaba emociones dispersas, desde miedo hasta fascinación.
—Señora, concédame algo de su tiempo —habló Helio desde el exterior.
—Si no eres Kyun, no puedes entrar.
—Señora, le pido autorización para acceder un par de minutos —el tono en la voz de Helio representaba que estaba a punto de perder la paciencia.
—¿Qué quieres?
—tragó saliva lentamente.
No quería más eventos que la sacaran de sus cabales; ese día era un trauma que no borraría de su mente.
Todavía no confiaba en Helio; mientras jugueteaba con el anillo bajo su guante, lo único que pensaba es que él podía matarla.
Incluso parecía algo bueno después del estrés que había acumulado en pocas horas.
Respiró hondo y tranquilizó el temblor de sus manos—.
Entra.
Helio accedió a la estancia y se colocó de brazos cruzados mientras la juzgaba sin hablar.
—¿Qué?
—Su excelencia Leone, déjeme explicarle un par de cosas que usted ignora.
La primera es que mi trabajo aquí es protegerla, pero también tengo necesidades que debo suplir; y la segunda es que usted no conoce este palacio ni tampoco a su gente.
No sabe a lo que puede exponerse, así que le pido no haga esta labor más difícil de lo que ya es y evite desaparecer sin decir a dónde se dirige.
—No creí que dar un paseo fuera algo tan grave —encogió los hombros—.
Pero tus palabras indican lo contrario.
Me gustaría hacerte una pregunta.
—Mi trabajo no es responder preguntas.
—¿Cuál es ese peligro del que debería tener cuidado?
Su pregunta fue ignorada, hasta unos segundos más tarde.
—Ningún lugar es seguro para personas ingenuas —dijo, abandonando la estancia.
Leone se dejó caer sobre el suelo, desarmando su cuerpo.
Todo era malditamente confuso.
No sabía si Helio la cuidaba o la vigilaba.
Pero el miedo y la duda, por primera vez, parecían ser la misma cosa.
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