El Engaño de la Sirvienta - Capítulo 148
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148: Capítulo 150: La evidencia 148: Capítulo 150: La evidencia El silencio en el salón de baile era ensordecedor.
—Yo no he cogido esto —dijo Aria, con voz firme a pesar del pánico que le atenazaba la garganta—.
Alguien lo ha metido en mi bolso.
—Por supuesto —dijo Victoria con simpatía—.
Eso debe de ser lo que ha pasado.
Un simple error.
—No.
No es un error.
Es una trampa.
—Aria miró a la mujer que había afirmado que le habían robado el collar—.
Usted se tropezó conmigo en el baño.
A propósito.
Usted metió esto en mi bolso.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.
—¡Jamás lo haría!
¿Por qué iba a hacer algo así?
—Porque solo quería incriminarme o alguien le pagó para que lo hiciera —dijo Aria con rotundidad.
—Es una acusación muy grave —dijo el coordinador del evento—.
¿Tiene alguna prueba?
—Las cámaras de seguridad del baño —dijo Aria—.
Comprueben la grabación.
Mostrará exactamente lo que ocurrió.
El coordinador pareció incómodo.
—En realidad, parece que hay un problema técnico.
Las cámaras del baño de señoras dejaron de funcionar esta mañana.
Teníamos intención de arreglarlas, pero…
—Qué conveniente —dijo Damien, con una voz absolutamente letal—.
Resulta que las cámaras se estropean el mismo día que alguien le tiende una trampa a mi mujer para acusarla de robo.
—Nadie está acusando a nadie de nada —se apresuró a decir Victoria—.
Estoy segura de que todo es un malentendido.
El collar ha aparecido.
No ha pasado nada.
—No.
—La voz de Aria se abrió paso entre los murmullos—.
Esto no va a terminar con un «no ha pasado nada».
Alguien me ha tendido una trampa.
Alguien ha orquestado todo esto.
Y voy a demostrarlo.
—¿Cómo?
—preguntó Victoria, mientras su confianza flaqueaba ligeramente—.
Las cámaras no funcionan.
Aria sonrió…, una sonrisa fría y afilada.
—Tráiganme un portátil.
Y denme diez minutos.
—No veo cómo…
—¿Quieren saber la verdad o no?
Porque puedo recuperar esa grabación.
Puedo enseñarle a todo el mundo qué pasó exactamente en ese baño.
El coordinador vaciló.
—No estoy seguro de que eso sea…
—Tráiganle un portátil —ordenó Damien, en un tono que no admitía réplica—.
Ahora.
Cinco minutos después, Aria estaba sentada en la oficina de seguridad con un portátil, el sistema de seguridad supuestamente estropeado y una audiencia de unas treinta personas que la habían seguido para mirar.
Damien estaba de pie detrás de ella, con la mano en su hombro.
Victoria también estaba allí, con una expresión cuidadosamente neutra.
—Las cámaras no están rotas —dijo Aria, mientras sus dedos volaban sobre el teclado—.
Alguien simplemente ha corrompido los archivos de vídeo y ha deshabilitado la señal.
Pero los datos siguen ahí.
Solo hay que recuperarlos.
Trabajó en silencio, mientras líneas de código se desplazaban por la pantalla.
Era un territorio conocido.
Diez minutos se convirtieron en quince.
Luego en veinte.
—Quizá no se pueda recuperar —dijo Victoria, esperanzada.
—Se puede recuperar.
Solo me estoy asegurando de obtener una grabación nítida con marcas de tiempo que sea válida en un juicio.
—¿Un juicio?
—La mujer que había denunciado el robo se puso pálida—.
¿Por qué necesitaríamos…?
—Porque si esta grabación muestra lo que creo que muestra, usted ha cometido fraude.
Conspiración.
Intento de robo.
Varios delitos graves, de hecho.
—¡Yo no he hecho nada!
—Entonces no tiene nada de qué preocuparse.
Cinco minutos más.
Y entonces…
—Lo tengo.
—Aria abrió el archivo de vídeo—.
Aquí está la grabación del baño de esta noche.
Empezando a las 8:47 p.
m., cuando yo entré.
El vídeo se reprodujo en el gran monitor.
Nítido.
Con marca de tiempo.
Mostraba a Aria entrando, a Victoria manteniendo su conversación, a Victoria saliendo.
Y luego a la mujer saliendo del cubículo.
—Ahí —dijo Aria, pausando el vídeo—.
Miren con atención.
Lo reanudó.
La mujer lavándose las manos.
El tropiezo deliberado.
El choque que parecía accidental.
Y ahí…
claro como el agua…
la mano de la mujer deslizándose en el bolso de mano abierto de Aria y depositando el collar.
—Yo no…
eso no es…
—la mujer rompió a llorar—.
Por favor, lo siento, lo siento mucho, alguien me pagó, necesitaba el dinero, por favor, no presente cargos…
—¿Quién le pagó?
—La voz de Damien era queda, peligrosa.
—¡No lo sé!
¡Lo juro!
Una mujer me contactó por correo electrónico, me ofreció cincuenta mil dólares por hacer esto, nunca la he visto, no sé quién…
—Enséñeme el correo —dijo Aria.
La mujer sacó su teléfono con manos temblorosas, abrió su correo y les enseñó el mensaje.
Aria lo examinó rápidamente.
—Puedo rastrear esto.
Pero probablemente esté enrutado a través de múltiples proxies.
Quienquiera que organizara esto sabía lo que hacía.
—Victoria —dijo Damien en voz baja—.
¿Te importaría dar una explicación?
—No tengo ni idea de lo que estás hablando.
—La voz de Victoria era firme, pero le temblaban las manos—.
¿Por qué iba a hacer yo esto?
—¿Estás segura de que no tienes ninguna razón para hacer esto, Victoria?
De acuerdo, entonces, respóndele a tu padre.
Pero que sepas que si algo como esto vuelve a pasar, haré que te arrepientas.
Y lo digo muy en serio.
Victoria miró a su padre, que había aparecido en el umbral en algún momento.
La expresión de Harold era indescifrable.
—Vámonos, Victoria —dijo él en voz baja—.
Nos vamos.
Mientras se marchaban, la mujer a la que le habían pagado siguió llorando.
—Lo siento mucho, señorita Chen.
No sabía…
No pensé…
Por favor, no presente cargos, tengo una hija, no puedo ir a la cárcel…
Aria miró a Damien, haciéndole una pregunta en silencio.
Él suspiró.
—Quédese los cincuenta mil dólares.
Úselos para su hija.
Pero si vuelvo a verla en algún evento al que yo asista, no seré tan generoso.
La mujer asintió frenéticamente, les dio las gracias entre lágrimas y huyó.
La multitud que se había congregado comenzó a dispersarse, murmurando sobre el drama, las habilidades de piratería que Aria había demostrado y la humillación que Victoria había sufrido.
—Ha sido increíble —dijo el coordinador del evento—.
No teníamos ni idea de que la grabación pudiera recuperarse.
Es usted una genio.
—Solo experimentada —dijo Aria, cerrando el portátil.
A solas en la oficina de seguridad, Damien la atrajo hacia sus brazos.
—¿Estás bien?
—Estoy furiosa.
Y humillada.
Y…
—respiró hondo, con voz temblorosa—.
Estoy bien.
Porque me creíste.
Porque pude demostrar mi inocencia.
Pero, Damien, si no hubiera podido recuperar esa grabación…
—Lo sé.
Lo sé.
—Sus brazos se estrecharon a su alrededor—.
Pero lo hiciste.
Les demostraste a todos que se equivocaban.
Le enseñaste a todo el mundo lo brillante que eres.
—Victoria no va a parar.
—Sí que lo hará.
Porque yo me voy a encargar de ello.
Había algo oscuro en su voz.
Algo que hizo que Aria se apartara para mirarlo.
—¿Qué has hecho?
—Nada todavía.
Pero lo haré.
Voy a encargarme de Victoria.
—Damien…
—Intentó humillarte, Aria, no voy a dejar que eso quede sin respuesta.
—¿Qué estás planeando?
Él le besó la frente.
—No te preocupes por eso.
Confía en mí para protegerte.
Para encargarme de esto.
Ese es mi trabajo ahora.
Y mientras salían del museo, el teléfono de Damien vibró.
Un mensaje de Marcus, su investigador privado: «Se adjunta informe completo sobre la implicación de Victoria Ashford.
El rastro del correo electrónico conduce directamente a ella.
Además de información adicional sobre las irregularidades financieras de Harold Ashford que podría resultarte interesante».
Damien sonrió con frialdad mientras abría los archivos adjuntos.
Diez minutos después del incidente del collar, ya tenía todo lo que necesitaba para darle una lección a Victoria.
Pero no se lo dijo a Aria.
No quería involucrarla en lo que se avecinaba.
En su lugar, le reenvió las pruebas a Harold con un simple mensaje: «Mantén a tu hija a raya, o la haré desaparecer de nuestras vidas.
Permanentemente».
La respuesta de Harold llegó tres minutos después: «Entendido.
No volverá a pasar».
Y no pasaría.
Porque Damien acababa de dejar muy claro que la próxima vez que Victoria fuera a por Aria, no se limitaría a amenazar.
Los aniquilaría a ambos.
Y disfrutaría cada segundo de ello.
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