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EL ERROR QUE APRENDIO A AMAR - Capítulo 25

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25: Capítulo 7 — La Niñera del Hielo 25: Capítulo 7 — La Niñera del Hielo Dos meses.

Dos meses desde que el universo había intentado tragárselo todo… y Evelyn había regresado con un bebé en los brazos como si el vacío fuera solo otro enemigo derrotado.

Dos meses desde el planeta que explotó.

Dos meses desde el primer “arma definitiva”.

Y en esos dos meses, la nave no solo siguió avanzando.

Aprendió a vivir con Kai.

Las células del niño se estabilizaron, exactamente como ATENEA había predicho.

El hambre se volvió menos urgente, el sueño más breve, y su cuerpo comenzó a sostenerse con una eficiencia imposible: como si no necesitara el mundo para existir… pero aun así eligiera quedarse en él.

A veces Evelyn lo veía dormir y pensaba en lo absurdo de la paz.

En cómo un bebé podía respirar tranquilo mientras el universo allá afuera seguía siendo un monstruo.

Kai sonreía cuando Evelyn estaba con él.

Una sonrisa pequeña, torpe, casi secreta… pero real.

Y lloraba cuando ella se iba.

Lloraba como si el abandono fuera un instinto grabado en su cuerpo, como si el vacío todavía viviera en su memoria aunque nunca pudiera recordarlo con palabras.

Por eso Evelyn lo llevaba a todas partes.

Al puente.Al hangar.A las reuniones tácticas.

Incluso lo había llevado una vez al campo de entrenamiento vacío, solo para caminar con él en brazos, como si la rutina pudiera convencer a su corazón de que ya no estaba a punto de romperse.

Nira observaba todo eso en silencio.

Y al tercer día, no aguantó más.

Fue a buscar a Evelyn.

La encontró en el pasillo cercano al puente, con Kai dormido sobre su pecho, la mano diminuta aferrada al uniforme como una promesa.

Nira se cruzó de brazos.

—Evelyn.

Evelyn ni siquiera fingió no saber lo que venía.

—No.

Nira arqueó una ceja.

—Ni siquiera he hablado.

Evelyn caminó un paso más.

—Ya sé lo que vas a decir.

Nira se colocó frente a ella, bloqueándole el paso con la calma de alguien que no necesita gritar para ser peligrosa.

—Entonces ahórrame el discurso y escucha: no puedes llevarlo a una misión.

Evelyn apretó el arnés donde estaba Kai.

—No voy a dejarlo.

—Eve… —la voz de Nira se suavizó— no es dejarlo.

Es protegerlo.

Evelyn la miró con dureza.

—¿Protección?

¿De quién?

Nira sostuvo su mirada.

—De todos.

Evelyn tragó saliva.

Nira continuó, más seria, más militar: —Evelyn, tú eres Nivel 3.

Eres capitana.

Eres una leyenda viva para esta tripulación.

Pero no eres invulnerable.

Y el día que alguien quiera lastimarte… va a usar lo único que tú no soportas perder.

Evelyn no respondió.

Porque Nira tenía razón.

Y eso era lo que dolía.

Nira dio un paso hacia ella, bajando el tono.

—Necesitas una niñera.

Evelyn soltó una risa seca.

—No me digas “niñera” como si esto fuera una casa en la Tierra.

Nira no se dejó intimidar.

—Es exactamente eso.

Una persona que lo cuide cuando tú no puedas.

Porque tú no puedes estar en dos lugares al mismo tiempo.

Evelyn miró a Kai.

Kai dormía, tranquilo ahora, pero con esa clase de calma frágil que se podía romper con un segundo de ausencia.

—Yo puedo —murmuró Evelyn, como si la frase pudiera ser verdad por fuerza.

Nira la miró con una ternura rara.

—No puedes.

Evelyn apretó los dientes.

Nira añadió: —Y si sigues intentándolo… te vas a quebrar.

Evelyn cerró los ojos un instante.

—Ya estoy quebrada.

Nira negó lentamente.

—No.

Estás aguantando.

Evelyn abrió los ojos.

Y en ellos había algo que no era fuego.

Era miedo puro.

—No lo entiendes… Nira.

No puedo… no puedo dejarlo con cualquiera.

No puedo escuchar su llanto detrás de una puerta y no estar ahí.

Nira respiró hondo.

—Sí lo entiendo.

Evelyn parpadeó.

Nira se acercó un poco más.

—Porque yo estuve ahí cuando tú lo trajiste del vacío.

Yo vi tu cara.

Yo vi cómo lo mirabas… como si por fin volvieras a tener derecho a respirar.

Lo entiendo demasiado bien.

Evelyn bajó la mirada.

Y su voz salió más baja.

—Entonces no me pidas esto.

Nira sostuvo el silencio unos segundos.

Luego dijo: —No te lo pido.

Te lo ordeno como tu subcapitana… y te lo suplico como tu amiga.

Evelyn se quedó inmóvil.

Nira añadió con firmeza: —Conozco a alguien.

Evelyn alzó la mirada.

—¿Quién?

—Se llama Lisa.

Evelyn frunció el ceño.

—No la conozco.

—Es novata —admitió Nira—.

Un poco torpe.

Pero… —hizo una pausa— tiene experiencia real cuidando niños.

Es hermana mayor de tres.

Y además… Evelyn la miró con sospecha.

—¿Además qué?

Nira sonrió apenas.

—Además es Nivel 3.

Evelyn se tensó.

Nira levantó las manos.

—No te estoy diciendo que la dejes sola con él en un planeta hostil.

Te digo que puede protegerlo dentro de una nave humana.

Evelyn dudó.

Y esa duda lo dijo todo.

Nira le tocó el hombro con un gesto breve.

—Evelyn… confía en mí.

Evelyn tragó saliva.

Y al final asintió, lento.

—Preséntamela.

Lisa tenía veinte años.

Y el tipo de energía que solo tienen los jóvenes peligrosos: esa mezcla de nervios, entusiasmo, arrogancia involuntaria… y una necesidad brutal de demostrar que pertenecen.

Cuando Evelyn la vio entrar, la primera impresión fue contradictoria.

Parecía pequeña.

No débil… pero sí joven.

El uniforme le quedaba perfectamente, el cabello recogido, la postura rígida.

Pero sus ojos tenían algo raro: una calma fría detrás de la emoción.

Nira la acompañaba, como si fuera su sombra protectora.

—Capitana —dijo Lisa, haciendo el saludo perfecto.

Evelyn la miró de arriba abajo.

—¿Eres mi “niñera”?

Lisa parpadeó, confundida.

—¿Se refiere al… bebé?

Evelyn no respondió.

Solo miró a Kai.

Kai estaba despierto.

Observaba a Lisa con la misma atención que miraba las luces del techo, como si su cerebro procesara cada detalle demasiado rápido.

Lisa lo vio.

Se quedó quieta.

Luego susurró, sin poder evitarlo: —Es… hermoso.

Evelyn apretó el bebé contra su pecho.

—No es un objeto.

Lisa tragó saliva.

—No, señora.

Lo siento.

Quise decir que… se ve tranquilo.

Nira habló, cruzándose de brazos.

—Lisa es mutada.

Crioquinesis de alta potencia.

Evelyn levantó una ceja.

—¿Qué tan alta?

Lisa tragó saliva, como si tuviera miedo de sonar presumida.

—Puedo congelar materia… casi hasta el cero absoluto.

Evelyn la miró fijo.

—¿“Casi”?

Lisa asintió.

—En condiciones óptimas, sí.

Puedo crear estacas, espadas, escudos, domos.

Tormentas frías.

He entrenado para control… no para destrucción.

Evelyn no se impresionó fácilmente, pero eso sí le provocó respeto.

—¿Podrías congelar una ciudad?

Lisa tragó saliva.

—En… Terra, sí.

Podría.

Pero no lo haría.

Evelyn sostuvo su mirada.

—Espero que no.

Lisa tragó saliva otra vez.

Nira sonrió.

—Es mi mejor estudiante.

Lisa enderezó la espalda.

—No se preocupe, capitana —dijo con fuerza—.

Digo… mayor.

Yo protegeré a Kai con mi vida.

Evelyn la miró, y por primera vez no vio una novata.

Vio una chica dispuesta a morir.

Eso no la tranquilizó.

La aterrorizó.

Porque si alguien estaba dispuesto a morir por Kai… significaba que el universo ya lo veía como guerra.

La misión urgente llegó esa misma tarde.

Un mensaje codificado, directo desde una colonia minera: Insurgentes armados.

Rehenes.

Ejecución inminente.

Necesitamos a la capitana.

Evelyn lo leyó y sintió que el mundo volvía a cerrarse.

Kai estaba en su pecho.

Kai estaba dormido.

Kai era lo único que ella quería sostener.

Pero la capitana Evelyn Ardent no podía fingir que el cosmos se detenía porque ella sufría.

Nira la miró.

—Eve… Evelyn apretó los dientes.

—No me digas nada.

Nira habló suave: —Ve.

Yo me encargo aquí.

Lisa también.

Evelyn miró a Kai.

Kai se movió un poco, como si sintiera el cambio en el aire.

Evelyn tragó saliva.

—No quiero que llore.

Nira se acercó y le tocó el hombro.

—Va a llorar, Eve.

Porque te ama.

Y eso… eso es bueno.

Evelyn cerró los ojos.

Su voz tembló un poco.

—No estoy lista.

Nira sonrió con tristeza.

—Las madres nunca están listas.

Evelyn abrió los ojos.

Y por fin, con un gesto cuidadoso, entregó a Kai a Lisa.

Kai se tensó un segundo.

Pero Lisa le sonrió.

Una sonrisa torpe.

—Hola, pequeñín… Kai la miró.

Y entonces… como si algo en él reconociera la intención, se calmó.

Se aferró a la manga de Lisa.

Lisa parpadeó, sorprendida.

—Me… agarró.

Evelyn sintió un pinchazo en el pecho.

Celos.

Alivio.

Dolor.

Todo mezclado.

Nira la empujó suavemente hacia el pasillo.

—Ve, capitana.

Evelyn asintió, sin mirarlas, porque si miraba una vez más… se quedaba.

Lisa llevó a Kai a la habitación asignada como zona segura.

La habitación estaba llena de juguetes.

Juguetes que Evelyn había pedido fabricar con impresoras de materia.

Juguetes simples, suaves, pequeños.

Porque aunque Kai era imposible… su infancia tenía derecho a ser real.

Lisa se sentó en el suelo.

Kai la miró.

Lisa levantó un pequeño cubo que cambiaba de color.

—Mira esto.

Mira, mira… Kai extendió la mano.

Tocó el cubo.

El cubo vibró y emitió una luz suave.

Kai sonrió.

Lisa se quedó congelada.

—Sonrió… —susurró, como si acabara de ver una estrella nacer.

Kai hizo un sonido suave, casi como un intento de risa.

Lisa sintió que el corazón se le aflojaba.

—Está bien… —murmuró—.

Está bien, Kai.

Estoy aquí.

Por primera vez, se sintió menos novata.

Más hermana mayor.

La puerta se abrió de golpe.

No con una alerta suave.

Con violencia.

Lisa se giró.

Cuatro soldados entraron.

Armas de plasma arriba.

Cara cerrada.

Ojos sin alma.

Lisa se puso de pie de inmediato, instinto puro.

—¡Alto!

—ordenó—.

Ustedes no tienen permitido estar aquí.

Uno de los soldados dio un paso adelante.

—Muévete, Lisa.

Lisa lo miró con desprecio.

—No.

Kai se quedó quieto, sentado en el suelo.

Observando.

Como si entendiera que la habitación había cambiado de temperatura emocional.

—¿Qué están haciendo?

—preguntó Lisa.

El soldado apretó el rifle.

—Haciendo lo correcto.

Lisa entrecerró los ojos.

—¿Lo correcto?

¿Apuntar a un bebé?

—No es un bebé —escupió otro—.

Es el fin.

Lisa dio un paso atrás, colocándose delante de Kai.

Su voz fue hielo.

—Entonces tendrán que pasar por mí.

La puerta volvió a abrirse.

Y alguien entró caminando con calma, como si estuviera llegando a una fiesta.

Un Nivel 3.

Lisa lo reconoció al instante.

Su rostro cambió.

Su voz se quebró por el odio puro.

—…John.

John sonrió.

Esa sonrisa de alguien que siempre ha tenido poder y nunca ha tenido consecuencias.

—Hola, Lisa.

Lisa apretó los puños.

—¿Qué haces en esta nave?

John inclinó la cabeza.

—Lo mismo que tú, supongo.

Cumpliendo mi deber.

Lisa escupió: —Tú no tienes deber.

Tú tienes ego.

John soltó una risa suave.

—Qué furiosa… como siempre.

Lisa tembló de rabia.

—Tú fuiste quien mató a mis padres.

John abrió los brazos, exagerando inocencia.

—No es muy feo culpar a otros sin pruebas… —dijo con voz arrogante y sarcástica—.

Sobre todo tú, que te crees tan moral.

Lisa apretó los dientes.

—Eres basura.

John sonrió más.

—Soy necesario.

Y entonces miró al bebé.

—Y ese niño… es útil.

Lisa no esperó más.

Levantó las manos.

Y el aire se congeló.

Un domo de hielo nació alrededor de Kai.

No un domo frágil.

Un escudo perfecto.

Traslúcido.

Hermoso.

Mortal.

Los soldados dispararon.

Plasma contra hielo.

Lisa se movió como una danza de guerra.

Estacas de hielo surgieron del suelo y atravesaron armaduras.

No mataba por placer.

Mataba porque no tenía opción.

Lisa corrió, giró, esquivó.

Sus ataques eran precisos.

Uno por uno, los soldados fueron cayendo.

Hasta que sintió un golpe invisible.

El aire la golpeó.

Lisa salió volando contra la pared.

Un impacto seco.

Dolor.

John.

Telequinesis.

John levantó las armas de los soldados caídos con su mente.

Las alineó.

Las apuntó.

—Qué hermosa es tu disciplina, Lisa —dijo—.

Siempre defendiendo… siempre protegiendo… siempre creyendo que eres la heroína.

Disparó.

Lisa levantó un muro de hielo.

El plasma lo atravesó por zonas.

Lisa retrocedió.

Sudor frío.

El domo detrás de ella vibró.

—No puedo… usarlo todo —susurró Lisa—.

No puedo… Porque si liberaba su poder completo, si bajaba la temperatura demasiado… Podía lastimar a Kai.

Y ese era el punto.

John lo sabía.

John sonrió.

—Mírate.

Limitada por amor.

Lisa se movió rápido, lanzando cuchillas de hielo.

John las detuvo en el aire con telequinesis.

Las giró.

Las devolvió.

Lisa se tiró al suelo.

Rodó.

Una cuchilla rozó su hombro.

Sangre.

El domo se estremeció.

Un ataque lo golpeó.

Una grieta apareció.

Lisa lo vio.

Su corazón se paró.

—¡NO!

—gritó, corriendo de vuelta.

Pero John fue más rápido.

Un golpe invisible le dio en el abdomen.

Lisa cayó de rodillas.

Sangre caliente en el uniforme.

No podía respirar bien.

John caminó hacia ella con calma, disfrutando.

—Voy a matar a ese niño —dijo con un gesto malévolo—.

Y después voy a diseccionarlo.

Para que sea de utilidad.

Lisa tembló.

Intentó levantarse.

El dolor era un cuchillo dentro de ella.

Y aun así… se puso en pie.

Se puso delante del domo.

Delante de Kai.

Sus piernas temblaban.

Pero su voz salió firme: —No… vas… a… tocarlo.

John sonrió como si le diera ternura.

—Eres patética.

Kai observaba.

Sus ojos azules fijos.

Viendo la sangre de Lisa.

Viendo su rodilla temblar.

Viendo el odio de John.

Y por primera vez, en el rostro del bebé apareció algo que no era sueño ni calma.

Fue una expresión de enojo.

Un pequeño ceño fruncido.

Un gesto simple… Pero absoluto.

Kai levantó un dedo.

Solo uno.

En la punta de su dedo nació una llama azul.

Pequeña.

Silenciosa.

Hermosa.

John frunció el ceño.

—¿Qué— La llama salió disparada.

A una velocidad absurda.

No fue un fuego “humano”.

Fue como si el espacio mismo obedeciera a ese movimiento.

Le dio a John en el pecho.

John ni siquiera gritó.

Se desintegró.

Como ceniza.

Como polvo.

Como nada.

El silencio cayó como una muerte.

Lisa se quedó inmóvil.

Sangrando.

Viva por milagro.

Y Kai… bajó el dedo.

Como si hubiera apagado una luz.

En una colonia minera, a cientos de miles de kilómetros, Evelyn estaba peleando.

Insurgentes armados.

Rehenes.

Polvo.

Fuego.

Gritos.

Evelyn levantó la mano y un muro de llamas cortó el avance enemigo.

Los insurgentes retrocedieron.

Uno cayó.

Otro gritó.

Evelyn iba a avanzar cuando el comunicador explotó con la voz de ATENEA.

—Capitana Evelyn Ardent.

Emergencia en nave.

Ataque interno confirmado.

Evelyn sintió que el mundo se rompía.

—¿KAI?

—gritó.

—Situación en desarrollo.

—¡Dime dónde está mi hijo!

—En zona segura, pero— Evelyn ya no escuchó.

El fuego se apagó.

Su cuerpo se movió sin permiso.

Corrió hacia el punto de extracción.

—¡ACTIVEN TELETRANSPORTE!

¡AHORA!

El equipo técnico dudó un segundo.

—Capitana, el gasto de energía— —¡AHORA!

—rugió Evelyn, ojos encendidos.

La luz la tragó.

Evelyn apareció en la nave.

No caminó.

Corrió.

Los pasillos se volvieron túneles.

Su respiración era guerra.

Su mente era un grito.

—¿DÓNDE ESTÁ MI HIJO?

—rugió.

Tripulantes se apartaban.

Puertas se abrían.

ATENEA marcaba ruta.

Evelyn llegó a la habitación.

Entró como una explosión.

Todo estaba… controlado.

Silencio.

Soldados caídos.

Hielo en el suelo.

Nira estaba allí.

Kai en brazos.

Lisa en el suelo, herida.

Evelyn se congeló un instante.

Luego el mundo volvió a golpearlas.

Evelyn se lanzó hacia Kai.

Lo tomó.

Lo apretó contra su pecho con fuerza.

Su voz salió rota: —¡¿QUÉ PASÓ AQUÍ?!

Nira levantó una mano.

—Evelyn, cálmate.

Evelyn la miró como si la odiara.

—¡NO ME VOY A CALMAR!

Nira no se movió.

—Evelyn.

La voz de Nira no subió.

Pero fue más fuerte que cualquier grito.

—Respira.

Evelyn temblaba.

Sus ojos buscaban sangre en Kai.

Su cuerpo buscaba heridas.

Kai estaba bien.

Kai estaba tranquilo.

Evelyn no podía creerlo.

Y entonces Kai levantó una mano pequeña.

Tocó la mejilla de Evelyn.

Fue un toque suave.

Una caricia torpe.

Pero en ese contacto… Evelyn inhaló.

Como si ese niño le estuviera devolviendo el aire que el terror le había robado.

Evelyn cerró los ojos.

Bajó la voz.

—Explícame.

Lisa, herida, intentó hablar.

—Mayor… yo… Evelyn iba a moverse hacia ella… Pero Kai flotó.

No caminó.

Flotó.

Se separó de los brazos de Evelyn y fue directo a Lisa.

Evelyn abrió los ojos como platos.

—¡Kai!

Nira la agarró del brazo.

—Déjalo.

Evelyn tembló.

—¡Está herida!

—Lo sé —dijo Nira—.

Confía.

Kai llegó frente a Lisa.

Lisa lloraba en silencio.

No de dolor.

De miedo.

De alivio.

Kai puso sus dos manos en la cara de Lisa.

La energía no fue visible.

Pero fue real.

La herida del abdomen cerró.

La sangre dejó de correr.

La piel se reparó como si nunca hubiera sido rota.

Lisa soltó un sollozo.

—…Hermano.

Kai la miró, serio.

Y con una voz pequeña, imperfecta, recién nacida… Dijo: —He…rma…na… Lisa.

Lisa se quebró.

Lo abrazó.

Evelyn dio un paso por reflejo.

—¡Espera!

¡No lo abraces!

Nira la detuvo con firmeza.

—Evelyn.

Todo está bien.

Evelyn temblaba.

No sabía qué hacer con un bebé que podía matar y sanar.

No sabía cómo ser madre de un milagro… sin convertirse en su carcelera.

Nira la miró.

—Todo está bien —repitió—.

Está con los suyos.

Evelyn tragó saliva.

Sus ojos ardían.

Porque “los suyos” ya no eran sangre.

Eran elección.

Más tarde, cuando el caos fue controlado, Lisa se sentó con el uniforme nuevo (porque el anterior ya no podía usarse) y explicó todo.

Nira y Evelyn la escucharon con la cara dura.

Pero por dentro, Evelyn se rompía en pedazos.

Cuando Lisa terminó, Evelyn apretó los dientes.

—¿Quién era John?

Nira respondió, fría: —John Vance.

Evelyn frunció el ceño.

—¿Vance?

Nira asintió.

—Hijo de uno de los magnates más ricos y poderosos de la Tierra.

Su familia controla sectores enteros.

Armamento.

Transporte.

Tecnología.

Inversión militar.

Su influencia… es gigantesca.

Evelyn apretó la mandíbula.

—Entonces hay que eliminarlos.

Nira la agarró del hombro.

—No podemos.

Evelyn la miró como si fuera traición.

—¿Por qué no?

Nira habló rápido, duro: —Porque es uno de los mayores inversionistas del ejército.

Porque sin su dinero, muchas colonias se caen.

Porque sin pruebas… no podemos llevarlo a juicio.

Y porque si lo tocamos sin respaldo… nos destruyen desde adentro.

Evelyn tembló.

Golpeó la pared con el puño.

El metal se abolló.

Una llama se asomó en sus dedos.

—¡MALDITA SEA!

Nira se le acercó, bajando la voz.

—Evelyn… mírame.

Evelyn respiraba como si hubiera corrido una guerra entera.

Nira dijo: —Lo intentaron.

Evelyn apretó a Kai contra su pecho.

Kai estaba tranquilo.

Pero su mirada azul observaba.

Como si el niño entendiera que el universo estaba lleno de manos que querían tocarlo.

Nira continuó: —Y lo intentarán otra vez.

Evelyn cerró los ojos.

Su voz salió rota: —No voy a perderlo.

Nira respondió, firme: —Entonces no lo perderás.

Y Lisa, con lágrimas todavía pegadas en las pestañas, añadió: —Mayor… yo no lo dejaré solo.

Evelyn las miró a ambas.

Su familia.

Su escudo.

Su destino.

Evelyn abrazó a Kai con cuidado.

Y por primera vez, en lugar de miedo puro, sintió una furia distinta: La furia de una madre que ya perdió una vez… y no va a perder dos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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