EL ERROR QUE APRENDIO A AMAR - Capítulo 44
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Capítulo 44: Capítulo 26 — Rastro
El olor llegó antes que la orden.
Siempre ocurre así.
Los débiles esperan instrucciones.Los cazadores… sienten.
Y lo que sentimos… resulta extraño.
Me detengo.
El resto de la manada también.
Doce lobos.
Todos de segunda generación.
Cuerpos reforzados.Instintos amplificados.Mentes… aún humanas en lo profundo.
Eso ayuda.
A veces.
—Aquí —digo.
Uno de los jóvenes se acerca.
—¿Lo encontraste?
—Su rastro.
Inhala el aire.
Frunce el ceño.
—Esto… sabe raro.
Asiento.
—Porque lo es.
Nunca he olido algo así.
Tiene base humana.
Pero también… algo más.
Algo que se mueve.
Algo que cambia.
Como si el rastro estuviera vivo.
—Pago alto —dice otro.
—Demasiado alto.
—Cliente desconocido.
—Eso siempre significa problemas.
Lo miran.
Esperan decisión.
—Seguimos —digo.
Sin duda.
Sin pausa.
Nos movemos por las calles como sombras.
La gente se aparta.
Siempre lo hacen.
Aquí entienden quién caza… y quién huye.
El rinoceronte avanza por otra ruta.
Pesado.
Imparable.
Los tigres se mueven por los techos.
Silenciosos.
Elegantes.
El oso… atrás.
Siempre atrás.
Esperando el momento.
—¿Por qué un niño? —pregunta uno.
Buena pregunta.
—Porque alguien poderoso lo quiere.
—¿Tan peligroso?
—El pago responde eso.
El rastro se intensifica.
Más claro.
Más presente.
Me detengo otra vez.
—Está cerca.
Todos se tensan.
Uno de los más jóvenes sonríe.
—Entonces cazamos.
Lo miro.
—Primero entendemos.
—Es un niño.
—Ese pensamiento mata.
Silencio.
Cierro los ojos un segundo.
Respiro profundo.
El rastro entra.
Se mezcla.
Se expande.
Y entonces lo siento.
Otra cosa.
Abro los ojos.
—No está solo.
—¿Quién?
—Algo más.
—¿Otro Nivel 3?
Niego.
—Esto… es distinto.
Un escalofrío recorre la espalda.
Y eso dice mucho.
Muy pocas cosas logran eso.
—¿Seguimos? —pregunta uno.
Lo pienso.
Un segundo.
Dos.
—Sí.
Porque el instinto es claro.
Esto vale la pena.
Nos acercamos más.
La zona cambia.
Más tranquila.
Más cerrada.
Más… protegida.
—Ahí —susurro.
Una estructura simple.
Nada especial.
Y aun así…
todo apunta a ese lugar.
Uno de los lobos sonríe.
—Fácil.
—Cuidado —respondo.
—Es solo un niño.
—Ese error mata.
El viento cambia.
Y entonces lo siento otra vez.
Más fuerte.
Más claro.
Algo nos observa.
Levanto la cabeza.
Nada visible.
Y aun así…
está ahí.
—¿Lo sientes? —pregunta uno.
—Sí.
—¿Qué es?
Respondo con honestidad.
—No lo sé.
Eso genera silencio.
Porque en nuestra especie…
no saber…
resulta peligroso.
Doy un paso adelante.
La manada me sigue.
El suelo vibra levemente.
El aire pesa.
La noche parece más densa.
Y entonces lo entiendo.
No estamos cazando.
Estamos entrando en territorio de algo que ya decidió quedarse.
Sonrío.
Lento.
Instintivo.
—Esto se pone interesante —murmuro.
La manada se prepara.
Garras listas.
Dientes expuestos.
Respiración controlada.
Y aun así…
por primera vez en mucho tiempo…
siento algo distinto.
No miedo.
Respeto.
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