el fin y el inicio de los reyes - Capítulo 31
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Capítulo 31: Volumen 4 – Capítulo 31 Israel La espada que aparece cuando todo parece perdido
El cielo estaba gris.
No era el gris de un día nublado normal. Era un gris pesado, como si el aire estuviera lleno de polvo y ceniza. La luz del sol apenas lograba atravesar las nubes oscuras que cubrían la ciudad.
Israel caminaba despacio por una avenida llena de escombros.
Vidrios rotos, autos abandonados y trozos de concreto estaban esparcidos por todas partes. Algunos edificios tenían enormes grietas en sus paredes. Otros simplemente se habían derrumbado.
Todo estaba demasiado quieto.
Israel ajustó la mochila en su espalda.
En sus brazos llevaba las **protecciones Incursión**, dos piezas de metal sujetas con correas. No eran una armadura completa ni nada especial. Solo pequeñas placas que podían desplegarse un poco para bloquear golpes.
Nada avanzado.
Nada heroico.
Solo algo básico que él mismo había ayudado a construir en el laboratorio.
Israel suspiró.
—Perfecto… —murmuró con ironía.
El viento sopló suavemente entre los edificios vacíos.
Durante unos segundos, el único sonido fue el crujido de los vidrios bajo sus pasos.
Entonces una voz habló dentro de su mente.
—No deberías caminar tan distraído.
Israel cerró los ojos un momento.
—Hola, Lisette.
La voz de Lisette siempre tenía un tono tranquilo… pero también peligroso.
—Podría haber algo detrás de cada esquina.
Otra voz apareció enseguida.
—No lo asustes.
Fleta.
Su voz era más suave, más amable.
Israel suspiró.
—¿Podemos tener cinco minutos de silencio?
—No —respondió Lisette.
—Solo queremos ayudarte —dijo Fleta.
Israel negó con la cabeza y siguió caminando.
Después de la explosión del laboratorio todo se había vuelto confuso. Las bestias habían aparecido en grandes cantidades, el edificio había colapsado y el grupo se había separado.
Ahora no sabía dónde estaba nadie.
Ni Mateo.
Ni Tristan.
Ni los demás.
Estaba solo.
—Perfecto… —repitió.
El silencio volvió.
Pero esta vez algo lo rompió.
Un sonido.
Como si alguien respirara con dificultad.
Israel se detuvo.
—¿Escucharon eso?
—Sí —respondió Fleta.
—Alguien está cerca —dijo Lisette.
El sonido venía de un callejón cercano.
Israel dudó un momento.
Luego caminó lentamente hacia allí.
Cuando dobló la esquina vio a un hombre tirado en el suelo.
Vestía un uniforme militar.
El hombre estaba respirando con dificultad.
Israel se acercó con cuidado.
—¿Se encuentra bien?
El soldado abrió los ojos lentamente.
—Ayuda…
Su voz era débil.
Israel se arrodilló a su lado.
—Tranquilo… voy a ver qué puedo hacer.
Entonces notó algo extraño.
Debajo de la piel del hombre se movían pequeñas líneas oscuras, como si algo recorriera su cuerpo por dentro.
El soldado empezó a temblar.
—Me… duele…
Israel retrocedió un poco.
—Israel… —dijo Fleta con preocupación—. Está infectado.
El hombre respiraba cada vez más rápido.
Su cuerpo parecía luchar contra algo invisible.
—No… quiero… convertirme…
Israel apretó los dientes.
No sabía qué hacer.
Nunca había pasado por algo así.
—Israel… —susurró Fleta—.
Lisette habló con voz seria.
—Si la corrupción avanza, se transformará.
El soldado miró a Israel.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
—Por favor…
Israel sintió un nudo en el estómago.
—Lo siento…
Cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos… el hombre ya no se movía.
La infección había terminado con él.
Israel respiró profundamente.
—Esto… está mal…
Entonces escuchó pasos.
Varios.
Israel levantó la cabeza.
Cuatro jóvenes aparecieron al final de la calle.
Parecían estudiantes.
Uno de ellos levantó las manos.
—¡Espera! ¡No queremos problemas!
Israel se levantó lentamente.
—No iba a atacarlos.
El chico se acercó un poco.
—Pensamos que eras una de esas cosas.
Una chica miró alrededor con nerviosismo.
—¿Estás solo?
Israel asintió.
—Sí.
El chico señaló al soldado.
—¿Qué pasó con él?
Israel bajó la mirada.
—La corrupción.
Los cuatro se quedaron en silencio.
Finalmente el chico habló.
—Mi nombre es Diego.
Señaló a los demás.
—Ella es Laura, él es Marcos y él es Iván.
Israel asintió.
—Israel.
Laura miró la calle vacía.
—Tenemos que irnos de aquí.
Diego asintió.
—Esas criaturas se mueven por la zona.
Como si el mundo hubiera escuchado sus palabras…
Un rugido profundo resonó entre los edificios.
El suelo vibró ligeramente.
Marcos palideció.
—No… otra vez…
Israel miró hacia los edificios.
Algo se movía entre las sombras.
—Tenemos que correr.
Pero ya era tarde.
Una criatura cayó desde una azotea cercana.
Aterrizó en medio de la calle.
Su cuerpo estaba deformado por la corrupción. Sus extremidades eran largas y su piel tenía grietas oscuras que recorrían todo su cuerpo.
La criatura los miró.
Laura retrocedió con miedo.
Diego intentó correr.
La criatura se movió más rápido.
En pocos segundos el grupo se dispersó tratando de escapar.
Otra criatura apareció desde el callejón.
Y luego otra.
Israel retrocedió.
No tenía armas.
No tenía un plan.
Las criaturas comenzaron a acercarse.
Diego tropezó mientras corría.
Laura gritó su nombre.
Pero las criaturas ya estaban demasiado cerca.
Israel sintió cómo el miedo le recorría el cuerpo.
—Perfecto… —susurró con desesperación.
—Déjame pelear —dijo Lisette.
—Israel… —dijo Fleta con tristeza.
Israel siguió retrocediendo hasta chocar contra un montón de escombros.
No había salida.
Las criaturas avanzaban lentamente.
Entonces algo llamó su atención.
Entre las piedras había una empuñadura.
Una espada.
Israel frunció el ceño.
—¿Qué…?
La criatura más cercana saltó hacia él.
Israel tomó la espada instintivamente.
La sacó de entre los escombros.
Era una **katana negra**.
La hoja parecía absorber la luz.
Y dentro del metal se movía un brillo rojo… como fuego.
La criatura cayó sobre él.
Israel levantó la katana para bloquear.
El choque liberó una fuerte onda de calor.
Las criaturas retrocedieron.
La espada comenzó a brillar.
Llamas oscuras recorrieron lentamente el filo.
Israel respiró con dificultad.
Dentro de su mente… el silencio apareció por un momento.
Lisette habló primero.
—Interesante…
Fleta susurró.
—Israel…
La espada vibraba en su mano.
El aire a su alrededor se sentía caliente.
Las criaturas dudaban.
Por primera vez parecían inseguras.
Israel levantó la katana.
No sabía qué era esa espada.
No sabía de dónde había salido.
Pero sabía una cosa.
Era su única oportunidad.
—Perfecto…
Y dio un paso hacia las criaturas.
El fuego de **Amaterasu** acababa de despertar.
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