El Heredero del Vacio - Capítulo 5
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5: CAPÍTULO 5 — El Primer Maestro 5: CAPÍTULO 5 — El Primer Maestro Wei Shan no tenía aspecto de haber sido poderoso nunca.
Era lo primero que pensaba cualquiera que lo mirara: un anciano de espaldas curvadas y ropa desteñida, que olía a licor de arroz y tierra mojada, con las manos manchadas de la arcilla de las macetas que cultivaba en el lateral de su choza.
No tenía emblema de ninguna secta.
No llevaba armas.
Su bastón de bambú tenía una rajadura a mitad que lo hacía inútil para cualquier uso marcial.
Zhen Wu llegó a la hora acordada con los dos baldes de agua.
Wei Shan estaba bajo el árbol muerto, como siempre, pero esta vez no tenía la calabaza en la mano.
Tenía un trozo de carbón y una piedra lisa.
—Siéntate.
Zhen Wu se sentó en el suelo frente a él.
—¿Sabes leer?
—Sí.
El maestro Gao nos enseña los caracteres básicos del cultivo en las clases que— —No te pregunté qué te enseñó el maestro Gao.
—Wei Shan dibujó un círculo en la piedra con el carbón—.
¿Sabes leer?
—Sí.
—Bien.
¿Qué ves aquí?
—Un círculo.
—¿Qué hay dentro?
—Nada.
—Incorrecto.
—Wei Shan señaló el interior del círculo con el dedo—.
Hay espacio.
El espacio no es nada.
El espacio es la condición que hace posible que haya algo.
Sin este espacio, no podrías meter nada dentro del círculo.
Zhen Wu miró el círculo.
Luego miró al anciano.
—Está hablando de mi dantian.
—Estoy hablando de todo —dijo Wei Shan—, pero si quieres empezar por tu dantian, está bien.
—Borró el círculo con la palma—.
El Vacío que llevas dentro no es una enfermedad.
No es una malformación.
Es la forma más antigua de poder que existe, anterior a los cinco elementos, anterior al sistema de reinos que usan hoy las grandes sectas.
Lo llamaron herético porque no podían medirlo.
Lo que no se puede medir asusta a los que gobiernan con números.
Zhen Wu sintió algo apretarse en el pecho.
No de miedo —de reconocimiento.
—¿Cómo sabe usted esto?
El anciano levantó su bastón y lo puso en horizontal sobre sus rodillas.
Con un movimiento casual que parecía costoso, abrió la palma de su mano derecha.
Durante un instante —tan breve que Zhen Wu casi lo dudó— algo brilló en el centro de esa palma.
No era luz.
Era la ausencia de luz, organizada en un patrón que el ojo no podía seguir.
Luego desapareció.
—Porque yo también lo llevé —dijo Wei Shan—.
Hace mucho tiempo, cuando todavía tenía un núcleo.
Una pausa larga.
El viento movió las ramas muertas del árbol.
—¿Qué le pasó?
—Lo que le pasa a todo lo que no se protege bien.
Alguien me lo rompió.
—No había amargura en su voz, solo la neutralidad de los hechos muy viejos—.
Por eso ya no puedo enseñarte las formas avanzadas.
Solo puedo darte lo que aprendí antes de perderlo todo: los fundamentos.
Los principios.
Lo que nadie más te va a enseñar porque nadie más lo sabe ya.
—¿Por qué yo?
—preguntó Zhen Wu—.
¿Por qué me enseña a mí?
Wei Shan lo miró durante un momento largo.
Algo cruzó por sus ojos —algo que Zhen Wu, a sus quince años, no sabía interpretar, aunque años después reconocería como culpa mezclada con esperanza.
—Porque alguien debería haberlo hecho hace ocho años —respondió finalmente—.
Y porque ya es tiempo.
⸻ ⸻ ⸻ La primera lección duró dos horas.
Wei Shan no le enseñó técnicas de combate.
No le habló de formas, de sellos ni de circulación de Qi.
Le enseñó a escuchar el Vacío como si fuera un idioma.
—El Vacío tiene su propia gramática —dijo—.
Absorbe porque tiene hambre.
Anula porque equilibra.
Devuelve porque no retiene nada que no sea suyo.
Si aprendes a reconocer cuándo hace cada cosa, puedes empezar a dirigirlo.
No controlarlo —nunca lo controlarás completamente.
Dirigirlo.
—¿Cuál es la diferencia?
—Controlar es imponer tu voluntad sobre algo.
Dirigir es aprender el idioma de algo y convencerlo de que quiere ir donde tú vas.
Zhen Wu pensó en esto durante el resto del día, mientras acarreaba agua, limpiaba establos y recibía la mirada transparente del maestro Gao.
Aprender el idioma.
No imponerme sobre él.
Convencerlo de que quiere ir donde yo voy.
Esa noche, en la meditación, el Qi se sostuvo durante cuatro minutos.
El abismo había empezado a escucharlo.
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