El invocado del rey demonio - Capítulo 1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
1: El principio del Fin 1: El principio del Fin Risueñas y distantes, las voces me llegaban como ecos de una victoria ajena.
El crujido de las piedras bajo mi suela acompañó mi suspiro pesado y lleno de ira.
—Disfrutan con el sufrimiento ajeno — Susurré, sintiendo el nudo en la garganta.
La saliva se sintió áspera.
Mis manos temblaban al tiempo que un sudor frío me recorría la frente.
Ya era la hora.
No había vuelta atrás después de esto.
Tomé mi arma de 9 mm, sintiendo el peso familiar en la palma, y golpeé la puerta con fuerza.
Dentro, las risas se detuvieron de golpe, sustituidas por un murmullo nervioso y el sonido de alguien que se aproximaba al umbral.
La cerradura giró.
La puerta se abrió lo justo para mostrar un rostro irritado que me barrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en mi figura corpulenta.
—¿Qué quieres, gordo de mier…?
Apenas pronunció la última sílaba, ejecuté dos disparos.
¡BANG!
¡BANG!
Por un instante, todo se ralentizó.
El fogónazo cegador de la boca del arma rasgó la oscuridad.
El olor de la pólvora explotó en mis fosas nasales, un impulso primitivo que alimentó mi instinto de venganza.
El eco sordo de los disparos aún vibraba en mis oídos mientras el cuerpo caía.
La caída de su compañero desató el caos.
—¡Mierda!
¡Acaba de matar a Ronin!
—gritó uno de los hombres de la mesa, poniéndose de pie de un salto.
—¡Acábalo!
—bramó el otro.
La reacción fue instintiva, y cada hombre respondió al terror de manera diferente.
El que estaba desplomado en el sillón se arrojó al suelo con un grito ahogado, arrastrándose desesperadamente para alejarse de la puerta, buscando la protección de la pared.
Simultáneamente, los dos hombres sentados en la mesa, a pocos metros del sillón, llevaban ya las manos a sus propias armas, preparándose para cumplir la orden.
Aún atónito por la acción, les concedí el margen fatal.
El infierno estalló.
Dos fogonazos en la mesa, y de inmediato, un golpe seco en mi costado derecho me robó el aliento.
La bala me impactó en el estómago, cerca de la cadera.
El dolor ardiente me hizo reaccionar por instinto, obligándome a retraerme y esconderme contra la solidez de la pared.
Mi adrenalina se disparó como un trueno.
El dolor desapareció, sustituido por una furia fría y total.
Estaba en modo frenesí.
Cuando los disparos cesaron, me asomé rápidamente por el borde del marco.
Disparé con una precisión fría.
Una ráfaga corta, dirigida y mortal.
Los dos hombres de la mesa cayeron sobre las sillas, heridos, pero no muertos.
Sus gritos se mezclaron con los alaridos del hombre en el suelo que clamaba por ayuda.
Al no percibir más amenazas activas, empujé la puerta y entré en la sala.
Mi rostro era una máscara de oscuridad y mis ojos, un vacío absoluto.
Me dirigí a la cocina, esquivando los cuerpos que yacían en el pasillo.
Abrí un cajón y mis manos se cerraron sobre el frío de una cuchilla de cocina, la más grande que encontré.
Esto, me dije, recién estaba por comenzar.
Me quedé parado en la entrada de la casa, con una mano presionando la herida y la otra empuñando el cuchillo, cuya hoja aún goteaba sangre.
Se escuchaban las sirenas a la distancia, cortando con su sonido la quietud de la noche.
A través de la oscuridad, las luces intermitentes se acercaban, iluminando de forma irregular la escena que dejé atrás.
Cerré los ojos, pero el rojo y el azul persistían en mi mente.
Un grito.
Recordé el forcejeo y el sonido húmedo al hundir el filo.
Un sollozo.
La desesperación en los ojos del que gritaba por ayuda.
El frenesí se había disipado, dejando solo la ira.
Abrí los ojos, mirando con rabia la llegada de la primera patrulla.
De repente, una luz inusualmente cálida se abrió como un portal bajo mis pies.
Era un círculo brillante que me atraía hacia abajo con una fuerza irresistible.
Intenté reaccionar, aferrarme al suelo, a la alfombra manchada, a lo que fuera, pero era demasiado tarde.
El cuchillo que sostenía se resbaló de mi mano en el impacto.
Lo único que logré agarrar fue el cuchillo que estaba en el suelo, ahora deslizándose conmigo hacia el vórtice de luz.
Abrí los ojos con pesadez.
—¿Dónde… dónde estoy?
—musité.
La voz se sintió ajena, rasposa—.
¿Fue solo un sueño?
Me encontraba tendido en un suelo de piedra fría.
Al mirar hacia abajo, vi que el suelo estaba grabado con símbolos extraños y luminosos que aún despedían un débil resplandor.
Miré a mi alrededor: un entorno completamente desconocido.
Aferrado a mi mano, vi el cuchillo de chef, su hoja sucia aún manchada con sangre seca.
No fue un sueño.
Sabía lo que había hecho, pero no tenía la menor idea de dónde estaba.
Intenté ponerme de pie, pero una punzada aguda y feroz en mi costado derecho me recordó la bala.
La herida en mi estómago era real, y me obligó a soltar un gruñido mientras me desplomaba de nuevo.
Como pude, me senté, apretando los dientes.
Mi visión se adaptó rápidamente a la penumbra.
Estaba en una estancia pequeña y sucia, que se parecía mucho a una celda vieja.
No había barrotes, pero sí una silueta inmóvil y alta que bloqueaba la única salida.
La figura dio unos pasos lentos en mi dirección.
Reaccioné de inmediato: con mi mano izquierda empuñé el cuchillo y lo levanté en señal de advertencia, apuntando hacia la sombra.
Mi mano derecha, temblorosa, se presionó contra el abdomen, tratando de contener el flujo cálido y abundante de sangre que empapaba mi costado.
Mi visión comenzó a nublarse, a teñirse de gris.
El esfuerzo de mantener el brazo izquierdo levantado, sosteniendo el cuchillo, se hizo insoportable.
Estaba perdiendo mucha más sangre de lo que había creído.
La realidad de la herida me golpeó de lleno.
Entonces, la sombra avanzó unos cuantos pasos lentos.
Pude distinguir que llevaba algo parecido a una capa con capucha que ocultaba la mayor parte de su figura, pero al moverse, la poca luz reveló un destello: su rostro no era humano.
Fue el último detalle que pude registrar.
Un mareo inmenso me invadió, como si la tierra se hubiera abierto bajo mis pies.
Me desplomé en el frío suelo de piedra, soltando el cuchillo con un ruido metálico y sordo.
Mientras la oscuridad me envolvía, alcancé a ver otra silueta más allá del umbral, que parecía estar hablando con la sombra.
Sus voces sonaban distorsionadas y lejanas, como si hablaran bajo el agua.
Luego, solo la nada.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com