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El invocado del rey demonio - Capítulo 2

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2: Capítulo 2.

Bajo el Dominio de la Oscuridad 2: Capítulo 2.

Bajo el Dominio de la Oscuridad La nada no duró.

Fue reemplazada por el latido sordo de una punzada en el costado que, a su vez, fue sustituido por un líquido frío que caía directamente sobre la herida.

Apreté con fuerza mis dientes.

El dolor era insoportable.

Sentía cómo la bala dentro de mí era expulsada por mi propia carne; era como si todo estuviera yendo en reversa.

La bala salía, la carne y mis órganos volvían a su estado original.

Luego de unos segundos que parecieron horas, escuché algo.

¡CLACK!

¡CLACK!

Eran chasquidos secos de una mano.

—Tú, sucio humano, despierta —ordenó una voz femenina, y sentí algo que pateaba mi pie.

—Morgast, ya basta.

Tu servicio ya no son requeridos.

Informa a Padre del éxito con el portal.

Un sonido chillante se escuchó mientras la criatura, Morgast, se alejaba.

Logré abrir los ojos, notando una figura arrodillada cerca de mí, con una especie de botella vacía apuntando a mi herida.

Inmediatamente moví mi mano izquierda buscando el cuchillo, pero ya no estaba.

—¿Buscas ese pedazo de metal?

Ya me deshice de él.

Se levantó y se apartó.

Su rostro dibujaba una sonrisa pícara que acompañaba sus ojos color amarillo.

Se sacó la capucha y dejó ver su rostro por completo: tenía un aspecto humano, sin duda, pero desprendía una sensación que no era de una persona común.

Con rapidez me puse de pie, ignorando el resto de dolor.

Respondí a su sonrisa con una mirada penetrante, dispuesto a atacar si era necesario.

—Vaya, vaya.

Parece que esta vez sí tuvimos suerte.

Tienes la mirada de un asesino… —Ella me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi figura corpulenta—.

Aunque tu aspecto… bueno, ya veremos qué sale.

Por cierto, si no te has dado cuenta, este no es tu mundo.

Y para tu desgracia, soy la única criatura con la que puedes hablar.

Sonrió mientras con su mano cubría parte de su boca, disfrutando de mi confusión.

—Te explicaré mejor cuando te tranquilices, pero solo diré que tu y yo somos los únicos… híbridos con la habilidad de entender esta lengua, y la mía es más fuerte.

Así que si sales de aquí sin mí, tal vez mueras por error al no entender lo que se te pide.

No me tranquilicé.

Al contrario.

Al notar su sonrisa y su gesto de suficiencia, recordé las risas de quienes le arrebataron su luz.

Impulsado por la rabia ciega, caminé hasta donde ella estaba y coloqué mis manos alrededor de su cuello.

Apreté un poco, aprovechando que le sacaba unos veinte centímetros de altura y unos cuantos kilos.

—Dame un motivo por el cual no matarte aquí y ahora —susurré cerca de su oreja.

—Porque yo te salvé —contestó con una calma irritante—, y por lo menos puedes escucharme.

Luego de escuchar esas palabras, solté su cuello.

La liberación duró solo un instante y fue usada en mi contra.

Ella posicionó su mano en mi estómago y ejecutó un hechizo de electricidad que me mandó a volar contra la pared.

—No te mataré hasta que mi padre te vea, pero si vuelves a tocarme, estarás vomitando sangre por los próximos días.

Mi espalda chocó contra la pared y, con el impulso, caí de frente, colocando una rodilla en el suelo para no caer de cara.

Tosí, escupiendo sangre que manchó la piedra, mientras un dolor agudo recorría todo mi cuerpo.

Unas campanas sonaron de fondo.

—No tenemos tiempo para tus juegos.

Mi padre quiere verte.

—Se paró en la salida y me observó—.

¿Vas a venir o a fingir que eso te está matando?

Si es así, eres más débil de lo que aparentas.

Me puse de pie.

La miré con ira, pero sabía que la diferencia de poder era demasiado grande y que los trucos que guardaba me ponían en clara desventaja.

Caminé detrás de ella en silencio mientras escuchaba lo que decía.

—Primero lo primero.

Para ti seré Elarael, aunque los otros me llamen Xylena.

Tú te dirigirás a mí por el primer nombre.

Segundo, eres un invocado de otro mundo, y aunque en tu mundo no tenías ningún poder, al pasar por el portal a este mundo adquieres una fuerza mayor a la de los habitantes de aquí.

A los seres como tú se les llama héroes.

Al terminar de decir eso, salimos de las escaleras en forma de espiral.

El sol me dio en la cara, pero este tenía un color rojo furioso.

El castillo era una forma muy vieja, con pinta de que cualquier viento podría tumbarlo.

Todos mis sentidos me golpearon a la vez.

Mis ojos, al recibir el rojo del sol, se cerraron en un ardor punzante.

Mis oídos escuchaban muchos susurros y sonidos extraños que evitaban que pudiera escuchar mis propios pensamientos.

Mi nariz recibió un olor nauseabundo, como algo descomponiéndose.

Ella se detuvo y me miró.

—Supongo que no estás acostumbrado a esto.

Dale unos segundos, estarás mejor.

Sé que no es el momento, pero, ¿cómo te llamas?

—preguntó con una sonrisa mientras me veía sufrir y retorcerme de dolor en el suelo.

Así como ella dijo, tardé unos cuarenta y cinco segundos en adaptarme al entorno.

El olor seguía siendo horrible, pero ahora era soportable, el sonido se suavizó y mis ojos se adaptaron al sol rojo.

—¿Mi nombre?

—Sí, tu nombre.

¿Sabes qué es eso o quieres que te ponga uno yo?

Pero si lo hago, serás mi mascota —Ella se agachó, acariciando mi pelo, aprovechando que yo aún estaba en el suelo.

—Quita tus garras de mí, bruja.

Aparté su mano de un manotazo y me puse de pie, mirándola.

Pude notar mejor su figura cubierta con la capa.

Aparte la mirada para responder y con una tos fingida, para evitar que se diera cuenta de que la estaba observando, respondí: —Puedes llamarme Zyro.

No es mi nombre, pero es lo único que te daré.

Ya escuché bastante de tu parte y ahora quiero ser yo quien haga las preguntas.

Ella se puso seria en el instante en que aparté su mano, pero luego, al ver mi reacción, volvió a sonreír.

—Con eso basta, Zyro.

Y con respecto a lo que vayas a preguntar, tengo limitaciones hasta que lleguemos con Padre.

Siguió caminando por un pasillo vacío.

—Pareces humana, pero dices que solo tú hablas mi lengua, ¿a qué te refieres?

Por cierto, hace rato que llevamos caminado y no veo a nadie más, solo escucho sonidos raros.

Llegamos a unas puertas gigantes que estaban cerradas.

Ella las golpeó con un puño enguantado y me miró.

—No ves a nadie porque todos esperan tu llegada.

Y con respecto a lo otro… Las puertas se abrieron de golpe, dejando ver un número abrumador de seres aterradores con múltiples formas.

Algunos volaban, otros colgaban del techo.

Toda la multitud dejó un espacio para que pudiéramos pasar.

La vista y el olor eran una cosa que sería difícil describir, solo que el lugar parecía el mismo infierno con distintas criaturas fusionadas a la fuerza.

Todos hablaban o chillaban en un dialecto que no entendía.

A medida que avanzaba, algunos me tocaban, otros me gruñían.

Recorrimos unos metros que parecieron kilómetros hasta que llegué y vi a unos seres arrodillados ante una gran sombra sentada en un trono tan grande como el mismo salón.

Tharvathorax, el que devora los cielos y tritura los reinos.

Elarael se adelantó unos pasos y luego hizo una pequeña reverencia, que al Rey Demonio pareció molestar.

Con un gesto de su mano, él le pidió que se apartara.

Ella obedeció de inmediato y me miró, indicándome que me acercara más.

Avancé hasta quedar al lado de los que estaban arrodillados, los hijos del rey.

La sala quedó en completo silencio.

En un solo movimiento, toda la multitud, que antes chillaba y gruñía, se arrodilló, inclinando la cabeza ante su señor.

El Rey Demonio Tharvathorax habló.

Su voz no era un rugido, sino un sonido profundo y vibrante, pero incomprensible.

—Xylena, xar-thak — lyth-trans morg-perg — scrips-thak!

Xylena asintió y me miró.

Su voz, en español, era un contraste extraño con el dialecto gutural que acababa de resonar.

—Padre quiere que lea lo que escribió, pero antes pide que le digas tu nombre.

Dilo fuerte, para que todos te escuchen.

Luego de escuchar lo que decía, retomé mi compostura.

Manteniendo una mirada sombría, miré hacia donde estaba el Rey.

La sumisión no era una opción.

—¡ZYRO!

—Grité, mi voz retumbando en las paredes de la inmensa sala.

Una risa fría provino del Rey.

Los demás seres la acompañaron, un coro de carcajadas secas y desagradables.

No duró mucho; cuando el Rey quedó en silencio, el resto lo hizo de inmediato.

—¡Xylena!

—el Rey volvió a gritar.

Ella se estremeció por un segundo al escuchar su nombre de nacimiento, y luego tomó un pergamino de su cinturón.

—Ser de otro mundo, te hemos invocado porque necesitamos equilibrar la balanza de nuestra guerra —comenzó a leer, con la voz plana—.

Te lo pedimos por las buenas para que veas que no te haremos daño… Pedirlo por las buenas, pensé, mientras me fríen en mi propia sangre.

—…pero negarte solo te traerá desgracias.

Se te matará en el acto, o se te torturará.

Con eso, te damos este regalo.

Xylena hizo una seña.

Entró en el salón un demonio errante, parecido a un fantasma, y detrás de él lo seguían seres encadenados.

¿Qué es todo esto?

Mi mente gritaba, pero mi rostro permaneció inexpresivo.

Xylena continuó, presentando a las especies con el mismo tono monótono: —Estos son prisioneros de guerra: Centauro, mitad humano y caballo; Hada, un ser de luz; Duende, pequeños humanoides verdes; Naga, mitad serpiente y humano; Enano, humanos pequeños; Elfo, criatura alta y longeva; Kitsune, zorro de nueve colas en su forma humana…

Y por último, un asqueroso traidor demonio.

Se levantó uno de los que estaba arrodillado, cubierto con una capa y capucha.

En su mano derecha sostenía un bastón con una gema roja que brillaba, y en la otra, un frasco vacío.

—Adelante, hermano Morgast —dijo Xylena.

Morgast se acercó al primer prisionero.

Con un leve toque de su bastón, el prisionero cayó seco al suelo.

Sin embargo, en la punta del bastón brillaba algo, una luz etérea que Morgast metió en la botella.

Así pasó uno por uno de los prisioneros.

Gritaban, lloraban y trataban de escapar, pero fue en vano.

Al terminar, se llevaron los cuerpos arrastrando, mientras Morgast se acercó para darme la botella, que ahora contenía un líquido iridiscente y oscuro.

—Bebe —replicó Xylena.

Miré la botella que Morgast me ofrecía.

No era un regalo, era un ultimátum envuelto en una demostración de poder.

En el interior, las esencias de siete especies y un demonio traidor se agitaban, un arcoíris enfermizo de luz atrapada.

Mi rabia me había llevado a desafiar a Xylena, y la descarga eléctrica me había enseñado la primera regla de este mundo: la supervivencia está por encima de la moral.

Si quería regresar, si quería tener la fuerza para cobrar las deudas que aún me quedaban, no podía permitirme el lujo de la resistencia.

Tomé la botella de la mano de Morgast.

Su piel era fría y áspera.

Miré a Tharvathorax, la Sombra, que esperaba mi movimiento desde el trono.

—¿Sabe bien?

—le pregunté a Xylena, mi voz volviendo a ser un susurro sombrío.

Ella sonrió, la burla apenas contenida.

—Si no te mata, te hará invencible, Zyro.

Pruébalo.

Desconfiado, quité el tapón.

El olor era indescriptible, una mezcla de ozono quemado y carne cruda, pero me lo llevé a los labios.

Vertí el contenido.

El líquido era denso y caliente, más parecido a beber metal fundido que agua.

Apenas pasó por mi garganta, el dolor de la bala que acababa de salir se sintió insignificante.

Sentí el alma del demonio traidor chillando contra las paredes de mi estómago, luchando por salir.

Una oleada de conocimiento me golpeó, tan violenta como el hechizo de Xylena.

No eran solo palabras o hechos, sino la esencia de la existencia.

Sentí la larga y arrogante vida del elfo, el instinto territorial del centauro, la sabiduría terrestre del enano…

Y el conocimiento de todos los dialectos de la sala.

¡Gah-rathor ax-naros!

Escuché el grito del Rey Demonio, y por primera vez, lo entendí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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