El invocado del rey demonio - Capítulo 25
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25: Capítulo 25: La Voluntad de Aiden 25: Capítulo 25: La Voluntad de Aiden (Punto de vista de Piro) Pasé la noche en el granero; ni Garrok ni Elarael fueron allí.
Esta mañana, al levantarme y buscarlos, vi que Elarael dormía cerca de una fogata ya extinta, encogida por el frío, mientras Garrok estaba sentado con la espalda pegada a la puerta de la cabaña, inamovible como una estatua.
—Nada es igual desde que pasó eso con nuestro señor —murmuré para mí mismo.
Miré el cielo, notando el sol cálido de la mañana que empezaba a asomarse, y volví a mirar a mis dos compañeros que aún descansaban.
—Tengo que ser más útil.
Tomé mi espada y corrí en dirección al bosque en busca de unos ciervos.
Pero, al alejarme a una distancia de unos doscientos metros de la cabaña, sentí mi cuerpo repentinamente débil, tan pesado que caí sin fuerzas al suelo de tierra.
¿Qué me está pasando?
Garrok dijo que podíamos irnos lejos de Zyro durante el día.
El pánico me invadió.
Mis dedos se enterraron en el lodo frío, rompiendo un par de uñas mientras buscaba tracción.
El crujido de las hojas secas bajo mi pecho sonaba como disparos en el silencio del bosque.
Miré hacia atrás y se me heló la sangre: mis pies ya no estaban.
Solo había un rastro de humo cobrizo donde debería estar mi carne.
Arrastré mi peso muerto, sintiendo el raspón de las piedras contra mi vientre, hasta que el hormigueo cesó y la solidez volvió a mis huesos.
—Eso fue…
—mi voz salió como un gemido—…
aterrador.
Furioso por mi propia impotencia y por la mentira evidente, golpeé el suelo con el puño.
Me levanté, tanteando mis piernas para asegurarme de que ya funcionaban con normalidad.
Decidí no volver al bosque.
En su lugar, caminé hacia el pueblo y pasé por la carnicería, que para esta hora ya tenía las puertas abiertas.
—Buenos días.
El carnicero se acercó al mostrador, limpiándose las manos.
—Buenos días, chico.
Te ves exhausto, ¿no has dormido bien?
Si vienes por el pago, recuerda que estará listo por la tarde.
Suspiré, algo cansado de fingir.
—Estoy bien.
Vengo a comprar algo de carne para desayunar.
—Entiendo, disculpa la confusión.
Ten, esto es un regalo de mi parte —dijo, pasándome un paquete envuelto—.
Es el primer corte de la serpiente de roca.
Mi recomendación es que se la lleves a doña Lupira, ella es la cocinera del pueblo y sabrá sacarle el mejor potencial.
Luego, colocó sobre la mesa una botella de vidrio con un espeso líquido verde y una bolsa de tela de la que goteaba un poco de sangre oscura.
—Esto es el veneno de la serpiente y sus ojos.
Llévalo a la alquimista que vive a las afueras de la aldea.
Le servirá.
Asentí con la cabeza, tomando las cosas con cuidado, y me dirigí a la ubicación donde estaba la señora Lupira.
Cuando la encontré, le entregué la carne.
—Buen día.
Me manda el carnicero, dijo que usted podría ayudarme con esto.
La mujer tomó el paquete y enarcó una ceja.
—Creí que a los semi-humanos les gustaba la carne cruda, pero quién soy yo para juzgar.
Vuelve en una hora, tendré listo tu pedido, pero te cobraré por los ingredientes extra que use.
Asentí nuevamente y emprendí el camino de regreso.
Al llegar a la fogata, noté que Garrok ya estaba de pie, imponente como siempre.
—¿Dónde estabas?
—preguntó con su voz ronca, mientras se acercaba.
—Quise ir a cazar…
pero algo me limitó —respondí, dejando caer el peso de mi cuerpo en un banco de madera cercano—.
Tengo preguntas, pero estoy agotado.
Elarael, que acababa de despertar, se estiró y se acercó a nosotros al escucharme.
—Tienes muy mal aspecto.
Deja que te dé una poción de sanación —dijo con tono preocupado, arrodillándose para buscar en su mochila.
Yo no le respondí a la elfa.
En su lugar, mantuve mi mirada fija y penetrante directamente en los ojos de Garrok.
—¿Puedes decirme por qué tengo un límite?
—pregunté, tratando de ponerme de pie, pero Elarael me tomó por los hombros y me obligó a sentarme de nuevo.
—Estás débil.
Ten, tómalo, es de vitalidad —dijo, ofreciéndome una botella.
Bebí el líquido y sentí cómo poco a poco me reconfortaba.
Elarael se puso de pie y dirigió una mirada fija a Garrok.
—Creo que nos debes una explicación.
¿Acaso nos ocultas algo?
Garrok soltó un suspiro profundo.
—Tal vez olvidé aclarar bien la situación.
No creí que te irías tan rápido.
Piro, tú y yo somos clones y, sí, tenemos un límite.
Pero al hablar con Aiden, me explicó que me dio energía extra, que se conecta como un cable entre él y yo, y también lo comparto contigo… —¿Un qué?
—pregunté intrigado.
—¿C-Cable?
—replicó Elarael, incrédula.
—Una soga de energía.
Yo tengo la mayor parte y, mientras estés cerca de mí, podremos ir tan lejos como queramos.
Esas son las palabras de Aiden.
Después de un rato, ya recuperado, me puse de pie.
—Aiden esto, Aiden lo otro… Nuestro señor es quien nos da la orden y, desde ayer, actúas diferente —dije.
Elarael se paró firme frente a mí.
—Entiendo tu enojo, pero si Zyro no está bien, está solo siguiendo órdenes.
—Piro, yo… —intentó hablar el gigante.
—¡Vete al carajo!
Por tu culpa casi vuelvo a morir —lo interrumpí, lanzándole la botella verde y la bolsa con los ojos—.
Lleva eso a la alquimista, ya que tú puedes ir a donde quieras.
Garrok, molesto, no dijo nada y se alejó con las cosas.
—Entiendo que estés asustado.
Esto es difícil para todos —intervino Elarael—.
Es mi culpa por no preguntar más, pero tú y Garrok son parte de Zyro, y mientras él no esté, son lo único que me queda.
Por favor, ¿puedes perdonarlo?
Al escuchar la voz quebrada de la elfa, mi furia y miedo bajaron, y me acerqué para abrazarla.
—No es tu culpa, perdón.
No era mi intención.
Solo que me sentía inútil por no proteger a Zyro y quería hacer más.
Elarael limpió mis lágrimas con sus manos.
—Todos estamos pasando por algo similar.
Ven, vamos con Garrok.
Tomó mis manos y caminamos hacia la cabaña donde ya estaba Garrok esperando.
Al acercarnos, salió la misma anciana de ayer.
Al notar lo que traíamos, nos invitó a pasar.
—¡Oh, ya veo!
Vengan, pasen, no sean tímidos.
Les daré té y galletas.
Elarael fue la primera en ingresar.
Al acercarme a Garrok, vi algo que nunca creí en sus ojos: una mezcla de culpa y algo más profundo.
Entramos en la cabaña, cuyos muros de madera oscura se entrelazaban con musgo y hiedra, fundiéndose con el bosque a su alrededor.
El aire estaba impregnado de aromas terrosos, especiados y dulces, entremezclados con el tenue humo de un incienso quemado en la chimenea de piedra que desprendía un aroma cálido y tranquilizador.
Sumergidos en la penumbra acogedora, estanterías repletas de frascos y tarros etiquetados con caligrafía antigua cubrían las paredes.
Dentro reposaban extractos de flores raras, polvos de minerales, cristales colgantes y raíces secas, muchos tintineando suavemente a pesar del aire quieto.
Sobre la mesa central de madera robusta pero gastada, morteros de piedra, tubos de ensayo y alembiques de cobre reflejaban la luz tenue, mientras varios libros de aspecto arcano descansaban abiertos, sus páginas amarillentas plasmaban símbolos alquímicos y recetas herbales.
Un pequeño jardín interior irradiaba vida con helechos, lavandas y hongos luminosos que destellaban en tonos azulados y verdosos junto a una ventana estrecha.
En un rincón, una silla de respaldo alto y curtido mostraba señales de uso constante.
En el suelo, una vieja gata parda se acomodaba sobre un cojín raído, sus ojos brillando con sabiduría.
La anciana comenzó a preparar algunas mezclas, así que me adelanté y dejé las cosas sobre una mesa.
—Lo de la botella es veneno de serpiente de piedra, y en la bolsa están sus ojos.
El carnicero nos pidió que los trajéramos aquí.
—Sí, jóvenes, los vi llegar ayer con esa gran bestia —comentó ella, mientras movía hojas y hierbas en un mortero.
—Por cierto, no nos hemos presentado —dijo la elfa—.
Somos cuatro aventureros: yo, Elarael; el grande, Garrok; él, Piro; y nuestro líder, indispuesto por ahora, Zyro.
—Mucho gusto, me llamo Mao Li.
Soy boticaria, alquimista y, en mi tiempo libre, maga muy poderosa… o era al revés.
Bueno, da igual.
Tomen, beberán un poco de té de jazmín, mi favorito —dijo soltando una risita de señora mayor mientras servía tazas con capullos cerrados que, al contacto con el agua caliente, se abrían en flores delicadas.
—Yo paso, no soy de tomar té, disculpen —respondí.
—No pasa nada, toma estos bocadillos —dijo, poniendo un plato con galletas de miel en la mesa—.
Son suficientes para endulzar cualquier día gris.
Luego de un rato salimos.
El sol ya estaba en su punto más alto, dando a entender que ya era mediodía.
—Tenemos que pasar por una cabaña más —dije, guiando al grupo a la casa de Lupira.
Ella ya nos esperaba con una olla humeante que olía exquisito.
—Tardaron mucho y me deben una moneda de plata por los ingredientes —dijo, moviendo la olla más cerca de nosotros.
Elarael tomó la bolsa con monedas y le dio dicha paga.
—Cuando terminen pueden devolver la olla o les cobraré por ella —habló mientras volvía dentro de su casa.
Garrok tomó la olla y se dirigió a la fogata.
Pasamos el resto del día en silencio y comiendo, hasta que llegó el atardecer.
—Chicos, iré por la paga con el carnicero —anunció Elarael.
Pasó a mi lado y me susurró—: ¿Podrían arreglar las cosas entre ustedes?
Luego de eso, se alejó.
Garrok estaba sentado nuevamente contra la puerta de la cabaña de Zyro.
—Elarael no lo nota, pero llevamos varias semanas juntos y desde ayer noté un cambio en ti.
¿Puedes decirme la verdad?
¿Qué pasó ahí dentro?
Garrok levantó su mirada, a punto de decir algo, pero a lo lejos se escuchó un grito desgarrador.
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