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El invocado del rey demonio - Capítulo 24

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24: Capítulo 24: Fragmentados 24: Capítulo 24: Fragmentados (punto de vista de Elarael) —Lleva varios días encerrado y se niega a hablar conmigo —dije, mirando el plato de comida intacto que habíamos dejado junto a la puerta de la cabaña.

Suspiré, sintiendo un nudo en el estómago.

—No solo es eso —continué, girándome hacia mis compañeros—.

También nos quedamos sin dinero.

La anciana ya nos dejó quedarnos una noche más por lástima, pero no creo que nos permita mucho más tiempo.

Necesitamos ingresos urgente.

¿Tú qué opinas, Garrok?

Luego de decir esas palabras, Piro y yo llevamos nuestras miradas al gigante.

Garrok soltó un gruñido bajo, rascándose la nuca.

—Tendré que hablar con él…

Caminó con pasos pesados en dirección a la casa.

Sin pedir permiso, abrió la puerta de una patada que hizo temblar el marco, entró y la cerró de un portazo a sus espaldas.

Piro dio un respingo.

—¿Crees que Zyro se enojará?

¿O está muy débil como para protestar?

—No lo sé, Piro —respondí, ajustando la correa de mi mochila—.

Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados.

Mientras Zyro no esté en condiciones, seré yo quien los guíe.

Sígueme.

Caminamos por la aldea de tierra batida, deteniéndonos a hablar con cada vecino para preguntar si necesitaban ayuda.

Sin embargo, al ver mi piel y mis rasgos, la mayoría nos cerraba la puerta en las narices o simplemente nos ignoraba, desviando la mirada con desconfianza.

—Mi aspecto no ayuda mucho.

Es frustrante —murmuré, apretando los puños.

Piro colocó una mano en mi hombro, ofreciéndome una sonrisa reconfortante.

—No te preocupes.

Ya encontraremos algo que hacer.

De repente, se acercó a nosotros el mismo hombre corpulento que nos había recibido en la entrada de la aldea el primer día.

—Parece que están desocupados.

¿Les molesta si les pido ayuda con algo?

—preguntó, limpiándose las manos en su delantal—.

Supongo que, si son aventureros, les va a interesar.

Y pagaré bien.

De un bolsillo de su ropa manchada de sangre, sacó una hoja arrugada y nos la entregó.

—Es una lista de animales.

Soy el carnicero del pueblo y me estoy quedando sin recursos —explicó, señalando el papel—.

Al lado de cada animal está el dinero que pago por ellos.

Mínimo tienen que traer cinco de las especies chicas, o uno de los grandes.

Piro tomó el papel y lo ojeó por encima, analizando los precios.

—Muchas gracias.

Aceptamos el trabajo.

—Muy bien, muchachos.

Si lo hacen bien, yo mismo hablaré con los vecinos.

Algunos tienen tareas pendientes, pero son muy precavidos con los forasteros.

Hizo un gesto con la mano a modo de despedida y regresó a su carnicería.

—Bien, tenemos un encargo.

Por lo que veo, los ciervos y los jabalíes pagan más —dijo Piro, guardando la lista.

—Está bien.

Volvamos a la cabaña y esperemos a Garrok para ir a cazar —ordené.

Al volver a la zona de nuestra fogata, nos detuvimos en seco.

Garrok estaba sentado en un tronco, devorando ruidosamente el plato de carne que le habíamos dejado a Zyro.

—¡Esa es la comida de nuestro señor!

¡No puedes hacer eso!

—se adelantó Piro, visiblemente molesto, y lo tomó por el hombro.

Pero al mirarlo a los ojos, Piro se quedó completamente quieto y en silencio por un segundo, como si hubiera sentido algo extraño.

—Piro tiene razón, aunque supongo que no se te puede negar la comida si tienes hambre —intervine, tomando una botella de vino y bebiendo un trago para calmar los nervios—.

Dime, ¿qué te dijo Zyro?

Garrok tragó un bocado enorme antes de responder.

—Zyro está meditando, así que no puede hablar con nadie.

Pero hablé con un tal Aiden.

Me atraganté un poco con el vino al escuchar ese nombre.

—Me explicó que nuestro señor está encerrado en una burbuja en su propia mente y se niega a salir —continuó el gigante, masticando con la boca abierta—.

Así que Aiden se encargará de protegerlo.

También me pidió que no lo esperemos, ya que no sabe cuándo volverá a la normalidad Zyro.

Nos ordenó tomar cualquier misión para ganar dinero.

Para cuando terminó de hablar, soltó un eructo sonoro que apestaba a carne asada.

Piro parpadeó, saliendo de su trance, y arrugó la nariz.

—Qué asco, Garrok…

Por un momento creí ver algo diferente en ti, algo imponente, pero olvídalo.

Te sigues comportando como el salvaje que eres —se apartó, sacudiendo la mano frente a su rostro para alejar el mal olor.

—Termina rápido, tenemos un encargo —dije, dejando la botella a un lado.

Garrok limpió la grasa de su boca con el dorso de la mano y tomó su pesado machete del suelo.

—Un detalle más —añadió Garrok, mirando fijamente a Piro—.

Aiden me dijo que expandió nuestro límite mágico para estar lejos de Zyro.

Durante el día, podemos ir tan lejos como queramos.

Pero tenemos la obligación de volver al atardecer y pasar la noche aquí, cerca de él.

De lo contrario, Aiden gastará mucha de su energía…

y podríamos desaparecer.

Llegando a la salida del pueblo, en dirección al bosque, notamos una cabaña algo distinta; una anciana estaba colgando unas plantas en la entrada.

Al notar que íbamos hacia la espesura, se acercó.

—Jóvenes, el bosque es peligroso, sobre todo para una chica sin armas —advirtió con voz rasposa pero amable.

—No se preocupe, sé algo de hechizos.

Solo iremos a cazar animales para el carnicero —respondí, intentando sonar segura.

—Entiendo… pero espera aquí.

Entró a su casa y volvió segundos después con varias botellas de distintos colores tintineando en sus manos.

—Ten, son pociones viejas que ya no uso, pero les ayudarán.

Estas verdes son de sanación, estas otras harán que tus hechizos tengan un mayor impacto, y, casi lo olvido, esta azul ayuda a regenerar maná.

Sin esperar respuesta, las guardó directamente en la mochila que yo llevaba puesta.

—No podemos pagar por ellas —me apresuré a decir.

—Shhh.

No te estoy cobrando, niña.

¿Vas a despreciar los regalos de una anciana?

—No… muchas gracias.

Estamos en deuda con usted por su gesto.

—No es nada —dijo, dándose la vuelta para volver a su pequeño jardín.

Continuamos adentrándonos en el bosque.

El aire se sentía distinto a medida que nos alejábamos de las casas.

Piro iba a la cabeza, moviéndose con una agilidad que envidiaba; sus orejas se movían frenéticamente, filtrando cada crujido de las ramas.

—Tres jabalíes a unos cien metros —susurró Piro, señalando hacia un matorral espeso—, y unos ciervos aún más lejos.

—Vamos por los jabalíes primero.

Aseguremos el dinero mínimo —ordené, bebiendo una de las pociones para reforzar mi daño mágico.

La cacería fue extrañamente eficiente.

Piro los acorralaba, yo los paralicé con un hechizo de rayo para frenarlos, y Garrok… Garrok era una máquina.

No gritaba como un salvaje ni se lanzaba en un frenesí de sangre.

Se acercaba caminando, con una calma que me ponía los pelos de punta, y de un solo tajo de su machete decapitaba a las presas.

—Buen golpe, Garrok —dije mientras me arrodillaba para empezar a despellejar al segundo jabalí—.

Pero, ¿desde cuándo eres tan tranquilo?

Normalmente te lanzas sin pensar.

Garrok se encogió de hombros, limpiando la sangre de su arma en la hierba.

—Solo me adapto, supongo.

Fruncí el ceño.

Demasiado razonable para ser Garrok, pensé.

Pero antes de que pudiera decir algo más, los ciervos que mencionó Piro pasaron corriendo a toda velocidad en nuestra dirección, esquivando nuestra presencia como si huyeran de algo peor.

—¡Cuidado!

—gritó Piro, saltando hacia atrás.

Del suelo, camuflada entre las rocas de un arroyo seco, una masa grisácea se desenrolló con un sonido metálico.

No era una serpiente normal.

Sus escamas eran placas de granito superpuestas, y sus ojos eran dos gemas amarillas sin párpados.

Medía al menos seis metros y, al moverse, las piedras bajo ella se partían.

—¿Una serpiente con escamas de piedra?

—murmuré, incrédula—.

Leí en los libros que solo habitaban en lo alto de las montañas del norte… ¿qué hace aquí abajo?

La bestia lanzó un ataque lateral, rápido como un látigo.

Piro apenas logró esquivarla, pero la serpiente recuperó su posición al instante, lista para triturar a Garrok.

El gigante no retrocedió.

Plantó sus pies en la tierra y, en lugar de golpear las escamas duras, esperó a que la serpiente abriera las fauces.

Con un movimiento que me recordó a los guerreros de élite de mi hogar, Garrok clavó su machete directamente en el paladar de la criatura y la arrastró hacia el suelo, usando su peso para inmovilizarla.

La serpiente se retorció, golpeando árboles con su cola de piedra, pero Garrok no soltó el arma hasta que los espasmos cesaron.

Me quedé helada.

Garrok ni siquiera estaba jadeando.

Volvimos a la aldea al atardecer.

La imagen era imponente: Piro cargaba los jabalíes atados, yo llevaba las pieles y las herramientas, y Garrok arrastraba el cadáver de la serpiente de piedra, cuyo peso hacía surcos en el camino.

El carnicero salió de su puesto, limpiándose las manos en el delantal.

Cuando vio a la serpiente, el cuchillo que sostenía cayó al suelo con un tintineo metálico.

—Por los dioses… —exclamó, acercándose con cautela—.

Es una Escama de Piedra.

No he visto una de estas en años.

—Dijo que pagaría bien por algo grande —dije, tratando de recuperar mi tono de líder—.

Aquí la tiene.

El hombre sacó de su bolsillo una bolsa con algunas monedas.

—Tenía preparado esto, pero con esa serpiente les quedaré debiendo hasta mañana en la tarde.

¿Podrían dejarla dentro de la casa?

Abrió la puerta y Garrok la llevó al interior, dejándola caer pesadamente en el suelo.

—Escuchen bien, forasteros —dijo el carnicero, mirando hacia las siluetas oscuras de las montañas al norte—.

Estas bestias odian el calor de los valles.

Si ha bajado hasta aquí, es porque algo en las montañas la obligó a huir.

Algo que las asusta más que los humanos.

Tengan cuidado esta noche.

Miré a Garrok, que permanecía en silencio mirando hacia el norte.

Piro se erizó, frotándose los brazos.

—Mañana descansaremos —sentencié, aunque sabía que el descanso sería corto—.

Volvamos a la cabaña.

El sol se está poniendo y tenemos que estar cerca de Zyro.

Mientras caminábamos, no pude evitar pensar en las palabras del carnicero.

Las piezas del tablero se estaban moviendo, y nosotros estábamos justo en medio del camino de lo que sea que estuviera bajando de las montañas.

Al llegar a la cabaña, el silencio de la noche solo era roto por el crepitar de nuestra pequeña fogata.

Piro se acomodó en su manta, agotado por la jornada, mientras yo miraba la puerta cerrada de la habitación donde Zyro seguía “meditando”.

—Garrok —llamé suavemente—, puedes dormir adentro si quieres.

El suelo es firme, pero estarás a cubierto.

El mercenario negó con la cabeza, acomodándose pesadamente contra la pared exterior de la cabaña, justo al lado de la puerta.

Cruzó sus enormes brazos y cerró los ojos.

—Me quedaré aquí —gruñó con su voz ronca—.

Ya paso algo con Zyro cuando no estaba prestando atención.

No insistí.

Había algo en su postura, una rigidez que no parecía la de un salvaje cansado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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