El legado de los caidos - Capítulo 1
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1: Sangre, sudor y polvo.
1: Sangre, sudor y polvo.
El sol de la tarde caía oblicuo entre los árboles, partiendo la luz en franjas doradas que cruzaban el claro como lanzas.
Era la hora en que el bosque empezaba a enfriarse, cuando los pájaros dejaban de cantar y el viento bajaba un poco, como si el mundo entero decidiera respirar despacio antes de que llegara la noche.
Auren no lo notaba.
No notaba el viento ni los pájaros ni la luz.
Solo notaba los pies de Seris, cómo se movían, cómo trasladaba el peso de un lado al otro buscando el ángulo, el momento justo.
Llevaban más de dos horas así y sus pulmones ardían con cada respiración pero ninguno de los dos había dicho la palabra que terminaba el duelo.
Ninguno la iba a decir.
Tenían siete años y ninguno de los dos sabía perder.
Auren tenía el brazo izquierdo entumecido desde hacía un rato.
Un golpe temprano que no supo esquivar y que pagó caro, aunque jamás lo admitiría.
Su espada de madera estaba levantada frente a él, los dedos apretados alrededor de la empuñadura con más voluntad que fuerza.
El cabello castaño claro pegado a la frente por el sudor, las orejas apenas puntiagudas asomando entre los mechones, ese detalle que en la ciudad a veces le ganaba una mirada larga de algún desconocido y que él había aprendido a ignorar.
Seris estaba peor.
O al menos eso pensaba él.
Tenía un raspón en la rodilla de cuando había caído veinte minutos atrás, un tropiezo que no fue culpa de Auren sino del tronco enterrado que ninguno había visto, pero que Auren igual contó como punto propio en silencio.
El cabello negro recogido en una trenza corta que para ese momento era más un desastre que una trenza.
Los ojos oscuros fijos en él, calculando, siempre calculando, como si en algún lugar detrás de esa mirada hubiera algo que sumaba y restaba sin parar.
Eso era lo que más le molestaba de ella.
Que nunca actuaba sin pensar primero.
Auren era lo opuesto y lo sabía.
Ella dio un paso lateral.
Él siguió el movimiento sin pensarlo, girando el cuerpo para mantenerla de frente, y en ese giro cometió el error.
Un segundo de desequilibrio, el pie derecho un poco más adelante de lo que debía, y Seris ya estaba moviéndose.
No corrió.
No hizo falta.
Dos pasos cortos y rápidos, la espada de madera bajando en diagonal desde arriba, y Auren la bloqueó por instinto levantando la suya con ambas manos.
El impacto le sacudió los brazos hasta los hombros.
Ella aprovechó la resistencia para empujar, él cedió medio paso hacia atrás y entonces el pie derecho que estaba mal puesto terminó de traicionarlo.
Cayó sentado en la tierra con un golpe seco.
La punta de la espada de Seris quedó a diez centímetros de su nariz.
Silencio.
Solo el viento entre las hojas y la respiración pesada de los dos.
— Punto — dijo ella.
No lo dijo con burla.
No hacía falta.
La espada frente a su cara era suficiente.
Auren la miró un segundo, la mandíbula apretada, los brazos todavía sosteniendo su propia espada aunque ya no servía de nada.
Luego miró la punta de madera que tenía delante y algo en su cara se relajó un milímetro, solo un milímetro, de esa forma que tenía de reconocer algo sin decirlo en voz alta.
Bajó la espada.
— Suerte — dijo.
— Estrategia — respondió ella, y bajó la suya también.
Se quedaron así un momento, los dos en silencio, recuperando el aire.
Seris se sentó en el tronco caído que había sido el límite improvisado del duelo desde que eran tan pequeños que no recordaban quién lo había propuesto.
Auren se quedó en el suelo un momento más, mirando las copas de los árboles, antes de levantarse y sacudirse la tierra de la ropa con la misma expresión de siempre.
La de alguien que ya está pensando en la revancha.
— Mañana — dijo.
— Mañana — confirmó ella.
Era la misma conversación de siempre.
La misma que tenían cada vez que terminaba un duelo, sin importar quién ganara.
Un acuerdo tácito que ninguno de los dos había propuesto formalmente y que sin embargo los dos cumplían sin falta.
Mañana volvían.
Mañana intentaban de nuevo.
El claro donde entrenaban no era gran cosa.
Un espacio entre árboles que con el tiempo habían despejado ellos mismos, sacando ramas y piedras y apisonando la tierra con sus propios pies durante meses de idas y vueltas.
Estaba a unos veinte minutos caminando desde las afueras de la ciudad, adentrado lo suficiente en el bosque como para que nadie de Arken los viera pero no tanto como para que los árboles se cerraran completamente sobre sus cabezas.
Era su lugar.
No de una manera declarada, no había ninguna marca ni ningún acuerdo con nadie, simplemente era suyo porque ellos lo habían hecho suyo.
Seris estaba limpiando el raspón de la rodilla con el borde de la manga cuando Auren se sentó a su lado en el tronco.
No dijo nada.
Ella tampoco.
Esa era otra de las cosas del claro, que ahí el silencio entre los dos era distinto al silencio del orfanato.
Más liviano.
La luz entre los árboles seguía bajando despacio.
En algún momento tendrían que volver antes de que la hermana Maren cerrara las puertas y los dejara afuera otra vez, lo cual ya había pasado dos veces ese mes y las dos veces había resultado en una semana sin postre, que era el único castigo que la hermana Maren aplicaba con consistencia y que a Auren le importaba considerablemente más de lo que estaba dispuesto a admitir.
— Te estás quedando con el brazo izquierdo — dijo Seris sin mirarlo.
— No me estoy quedando con nada.
— En el tercer intercambio lo bajaste dos veces seguidas.
Lo vi.
Auren no respondió.
Que lo hubiera visto no significaba que tuviera que confirmarlo.
— Si en el siguiente duelo no lo corriges voy a apuntar ahí desde el principio — agregó ella, con el mismo tono con que podría estar hablando del clima.
— Ya sé.
— Solo te aviso.
— Ya sé, Seris.
Ella asintió levemente y volvió al raspón de la rodilla.
Auren miró hacia el bosque, los árboles que se oscurecían despacio conforme el sol bajaba, y pensó en el brazo izquierdo y en el pie mal puesto y en los dos puntos que ella le llevaba en el conteo general del mes, un conteo que solo existía en la cabeza de los dos y que ninguno mencionaba directamente pero que ambos sabían de memoria.
Dos puntos.
Los iba a recuperar.
— Nos vamos — dijo Seris, y se levantó.
Auren se levantó también, recogió su espada de madera del suelo y la cargó sobre el hombro.
Los dos empezaron a caminar hacia el borde del bosque, hacia el camino que llevaba de vuelta a la ciudad, con el mismo paso cansado y la misma distancia de siempre entre los dos, ni demasiado cerca ni demasiado lejos.
El bosque los dejó ir sin hacer ruido.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Lodyx Hola a todos!
soy nuevo en esto y la verdad estoy súper entusiasmado!
déjenme saber en qué puedo mejorar o si tienen algún consejo!
lo estaré implementando en próximos episodios!
Muchas gracias y no se olviden de votarme, agregarme a su biblioteca y si quieren dejarme un par de regalitos!
abrazos para todos y emprendamos está aventura juntos !!!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com