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El legado de los caidos - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Toque de queda y sus consecuencias
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2: Toque de queda y sus consecuencias 2: Toque de queda y sus consecuencias El problema con perder la noción del tiempo en el bosque era que el bosque no avisaba.

Auren lo notó cuando salieron al camino y la luz ya no era dorada sino anaranjada, ese tono específico que en la ciudad significaba una sola cosa: las campanas del toque de queda iban a sonar en menos de veinte minutos.

Se detuvieron los dos al mismo tiempo.

Se miraron.

— ¿Cuánto falta?

— preguntó él aunque ya sabía la respuesta.

— Poco — dijo Seris, y ya estaba mirando hacia la ciudad con esa expresión de cálculo que a Auren a veces le daban ganas de borrarle de la cara y otras veces le salvaba la vida.

Las campanas sonaron exactamente entonces.

Tres golpes lentos y profundos que viajaron desde la torre central de Arken hasta el camino del bosque sin perder fuerza en el trayecto.

El sonido se metió entre los árboles y rebotó y cuando terminó el silencio que dejó atrás era un silencio distinto al de antes.

Más pesado.

Toque de queda.

— Corremos — dijo Auren.

— No podemos entrar por la puerta principal — respondió Seris sin moverse todavía — los guardias ya están en los puestos.

— Entonces por dónde.

Ella tardó exactamente dos segundos.

— Por el mercado viejo.

La calle del herrero dobla hacia el callejón del fondo del orfanato.

Si no hay patrulla podemos llegar sin que nos vean.

— ¿Y si hay patrulla?

— Improvisamos.

Auren sonrió sin querer y ya estaba corriendo.

Arken de noche era otra ciudad.

De día era ruido y movimiento, carruajes sobre los adoquines, vendedores en los mercados, caballeros en formación cruzando las plazas principales con sus armaduras relucientes.

De noche todo eso desaparecía y quedaba la ciudad de piedra sola, las antorchas en las esquinas que le daban a cada calle un color ambarino y una sombra larga, los pasos de las patrullas resonando en el silencio con una regularidad que si uno sabía escuchar podía usar a su favor.

Auren y Seris sabían escuchar.

Llevaban años perfeccionando esto, no tan conscientemente como perfeccionaban sus duelos pero con la misma acumulación de experiencia.

Sabían qué calles evitar, qué callejones conectaban con qué, dónde una pared baja permitía cruzar a un patio y de ese patio a otro y de ese otro a la calle siguiente sin pisar los adoquines principales.

Eran siete años de vida en esa ciudad y la mitad de esos años habían incluido alguna que otra situación que requería moverse sin ser visto.

Se pegaron a la pared del primer edificio al entrar por el borde sur de la ciudad, donde la muralla tenía un tramo con una piedra floja que desde los cinco años sabían mover lo suficiente para pasar de costado.

Adentro el callejón olía a madera húmeda y a algo que cocinaban en el edificio de al lado, algo con ajo y caldo que le recordó a Auren que no había comido desde el mediodía.

— Patrulla — susurró Seris.

Él la oyó antes de verla.

Dos guardias, armadura ligera, antorcha en mano, conversando en voz baja mientras cruzaban la intersección al final del callejón.

Los dos se aplastaron contra la pared y esperaron.

Las botas sobre los adoquines, el metal de las armaduras, la conversación que no llegaba como palabras sino como murmullo.

Pasaron sin detenerse.

Seris esperó tres segundos más antes de moverse.

Cruzaron la intersección rápido, sin correr porque correr hacía ruido, ese trote corto y controlado que habían desarrollado sin ponerse de acuerdo, y se metieron en la calle del herrero.

La fragua estaba apagada a esa hora, la puerta cerrada con cadena, y el olor a metal quemado todavía flotaba en el aire como si el calor del día se hubiera quedado atrapado entre las paredes de piedra.

Al fondo de la calle del herrero había una curva ciega que la mayoría de la gente pasaba de largo porque no llevaba a ningún comercio.

Ellos la tomaron sin dudarlo y al doblar apareció el callejón trasero, estrecho y sin antorchas, con el muro de piedra del orfanato cerrando el fondo.

Auren exhaló.

— Bien — dijo.

— Todavía no — respondió Seris.

Señaló hacia arriba con la cabeza.

La ventana del primer piso, la que daba al dormitorio común, estaba oscura.

Eso era normal.

Pero la ventana pequeña al lado de la puerta trasera, la que correspondía al cuarto de la hermana Maren, tenía luz.

Los dos se quedaron quietos mirando esa luz.

— Está despierta — dijo Auren.

— Está esperando — corrigió Seris.

Hubo una pausa.

— A lo mejor no sabe que salimos — intentó Auren.

Seris lo miró de esa manera que tenía cuando alguien decía algo que no merecía respuesta verbal.

— Bueno — concedió él.

Se acercaron a la puerta trasera despacio, casi sin hacer ruido, aunque en ese punto el sigilo era más un hábito que una estrategia real.

Auren puso la mano en el picaporte.

La puerta no estaba cerrada con llave, nunca lo estaba por ese lado, y al empujarla el gozne crujió con ese sonido específico que llevaba meses prometiéndose aceitar y que nunca acordaba de aceitar.

El pasillo interior estaba oscuro.

Entraron.

Cerraron la puerta.

El silencio del orfanato de noche era distinto al de cualquier otro lugar, más suave, con la respiración de los otros niños filtrándose desde el piso de arriba como un ruido de fondo que uno dejaba de notar después de años de escucharlo.

— Sabía que iban a entrar por acá.

La voz vino de la oscuridad del pasillo y los dos se detuvieron en seco.

La hermana Maren estaba apoyada en la pared con los brazos cruzados, en el punto exacto donde el pasillo giraba hacia la cocina, el único ángulo desde el cual podía ver la puerta trasera sin ser vista desde afuera.

No tenía cara de sorpresa.

No tenía cara de enojo tampoco, o al menos no solo eso.

Tenía esa cara que ponía cuando la situación la superaba en términos de audacia y todavía estaba decidiendo cómo procesarlo.

Veintiocho años, cabello castaño recogido sin ceremonia, una cicatriz fina que cruzaba el borde de la mandíbula izquierda y que nunca había explicado.

Había dejado la armadura años atrás pero la postura no se le había ido con ella.

Seguía parada como alguien que sabe exactamente cuánto espacio ocupa en una habitación.

— Toque de queda — dijo, y su voz no subió ni un tono pero llenó el pasillo entero.

— Lo sabemos — dijo Auren.

— ¿Lo saben?

— Por eso entramos por atrás.

Seris cerró los ojos un segundo con la expresión de alguien que comparte techo con una causa perdida.

La hermana Maren los miró a los dos durante un momento que se estiró lo suficiente para ser incómodo.

Luego descruzó los brazos, se dio vuelta y empezó a caminar hacia la cocina.

— Vengan — dijo sin mirar atrás.

Los dos se miraron.

Luego la siguieron.

La cocina a esa hora tenía las brasas todavía tibias bajo las ollas y olía a la cena que el resto de los niños había comido horas atrás.

La hermana Maren puso dos platos sobre la mesa sin decir nada.

Caldo con pan.

Simple y caliente.

Auren se sentó y empezó a comer antes de que el plato terminara de tocar la madera.

Seris se sentó más despacio, con esa forma suya de instalarse en cualquier lugar como si primero evaluara la situación, y tomó la cuchara.

La hermana Maren se quedó parada del otro lado de la mesa con los brazos cruzados otra vez, mirándolos.

— Dos semanas sin postre — dijo.

— Una — negoció Auren con la boca todavía llena.

— Tres.

— Dos está bien — intervino Seris sin levantar la vista del plato.

Auren la miró.

Ella siguió comiendo.

La hermana Maren los observó un momento más.

Algo en su cara cambió apenas, tan poco que si uno no la conociera no lo hubiera notado.

No era ternura exactamente.

Era algo más parecido al reconocimiento, a la sensación de ver algo familiar en alguien más joven.

— Coman — dijo, y apagó la discusión con la misma facilidad con que apagaba casi todo.

— Mañana hablamos.

No hablaron mañana.

Los dos lo sabían y ella también.

Pero era la forma que tenía la hermana Maren de cerrar las noches que terminaban así, con ellos dos entrando por la puerta trasera después del toque de queda y ella esperándolos en el pasillo oscuro con comida caliente y un castigo que nunca llegaba a cumplirse del todo.

Era su manera de decir que estaban en problemas.

Era también su manera de decir que estaban en casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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