El legado de los caidos - Capítulo 27
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27: El primer gran desafío 27: El primer gran desafío Casi un año después de la primera salida el bosque de Arken ya no tenía secretos en los sectores que habían explorado.
No en el sentido de que lo hubieran recorrido todo, el bosque era suficientemente grande para que eso no fuera posible en un año de salidas matutinas, sino en el sentido de que los sectores que conocían los conocían de una manera que iba más allá de la geografía.
Conocían los patrones de actividad de cada criatura por sector y por hora, las rutas que usaban, los puntos donde tendían a descansar y los puntos donde tendían a cazar, las variaciones de comportamiento entre individuos de la misma especie que hacían que ningún combate fuera exactamente igual al anterior aunque el rival fuera del mismo tipo.
Todo eso estaba en la cabeza de Seris organizado de una manera que Auren no hubiera podido replicar aunque hubiera querido, y en la suya propio de una manera diferente, más instintiva, más corporal, el tipo de conocimiento que no se puede explicar con palabras pero que el cuerpo aplica solo cuando la situación lo requiere.
Habían subido de clase D bajo a clase D medio en los últimos meses sin que nadie se los dijera porque no había nadie que se los dijera, simplemente porque las criaturas que enfrentaban eran más fuertes cada vez y el nivel que se necesitaba para enfrentarlas subía en consecuencia.
El fortalecimiento de cuerpo de Auren ya no era algo que activaba con intención y esperaba que respondiera.
Era algo que activaba con intención y respondía, con la consistencia suficiente para que Seris lo incorporara como variable fija en sus cálculos en lugar de variable probable.
No era fortalecimiento completo todavía, había niveles de intensidad que todavía no alcanzaba y que veía en los recuerdos del torneo como algo lejano pero real, pero lo que tenía era suficientemente real para cambiar los resultados de los combates de manera medible.
La inteligencia de Seris había encontrado su forma.
No fue un momento específico sino una acumulación, como todas las cosas que importaban en esa historia.
Había empezado como posicionamiento, luego había sido sistema de señales, luego había sido lectura de patrones de comportamiento en criaturas, y en algún punto en los últimos meses todos esos elementos habían dejado de ser cosas separadas y se habían convertido en una sola cosa que operaba como una unidad, una consciencia del campo de combate completo que procesaba todas las variables disponibles al mismo tiempo y producía decisiones que no eran instinto ni cálculo puro sino algo entre las dos que funcionaba más rápido que cualquiera de las dos por separado.
En los últimos combates Auren había notado que Seris a veces decía una señal medio segundo antes de que la situación que la justificaba existiera todavía, como si estuviera respondiendo a algo que todavía no había pasado pero que ella ya sabía que iba a pasar.
No lo había mencionado.
Ella tampoco.
Esa mañana fueron al sector este profundo, el que habían dejado para último porque las criaturas que habían detectado ahí desde el borde en semanas anteriores no correspondían a ninguna de las clases que habían enfrentado antes.
Las marcas en el suelo eran de algo que se desplazaba en trípode en lugar de en cuatro puntos, dos extremidades posteriores y una anterior central que dejaba una huella diferente a todo lo demás, y el daño en la vegetación a media altura sugería que había algo que cortaba de manera limpia y con una precisión que los colmillos y las garras no solían producir.
Entraron con más cuidado que en cualquier salida anterior.
No porque el miedo fuera mayor sino porque el respeto por lo desconocido era una variable que los dos habían aprendido a mantener activa independientemente de cuánto hubieran mejorado, exactamente porque habían mejorado lo suficiente para entender lo que no sabían todavía.
La encontraron a trescientos metros de la entrada al sector.
Estaba inmóvil en el centro de un claro pequeño, lo que en una criatura de movimiento constante como un lobo o un mono habría sido una señal de descanso pero que en esta no lo era porque la inmovilidad de esta criatura no era la de algo que descansa sino la de algo que espera, con toda la tensión del cuerpo contenida en una quietud que era más amenazante que cualquier movimiento.
Una mantis.
No del tamaño de un insecto sino del tamaño de un niño de diez años, que era exactamente el tamaño de los dos que la miraban desde el borde del claro.
El cuerpo era el verde oscuro específico de las mantis mágicas del bosque de Arken, con esa textura en el exoesqueleto que hacía que la luz se refractara de manera diferente sobre ella que sobre cualquier otra superficie del bosque, produciendo un efecto de camuflaje que no era invisibilidad pero que hacía que los bordes del cuerpo fueran difíciles de distinguir de la vegetación detrás.
Los ojos compuestos eran grandes y de un amarillo intenso que no tenía luminosidad mágica sino algo diferente, más frío, más calculador, la mirada específica de algo cuya inteligencia de combate estaba por encima de todo lo que habían enfrentado hasta ese momento.
Clase D superior.
Los dos lo supieron al mismo tiempo sin decirlo.
— Es diferente — dijo Auren en voz muy baja.
— Sí — dijo Seris igual de bajo — las extremidades delanteras.
¿Las ves?
Las vio.
Las extremidades delanteras de la mantis no eran como las de un insecto común, romas y sin filo.
Eran el arma principal de la criatura, largas y articuladas con una curvatura que las hacía funcionar como cuchillas naturales, con un borde que incluso desde esa distancia producía la sensación de algo que cortaba con el movimiento sin necesidad de velocidad adicional porque el filo hacía el trabajo que la velocidad haría en otro tipo de criatura.
Y tenía velocidad también.
Eso era lo que hacía la diferencia con los rangos anteriores.
No era solo una cosa, era todo al mismo tiempo.
Filo, velocidad, tamaño proporcional a ellos, inteligencia de combate que se veía en la inmovilidad calculada de esa postura de espera, y un exoesqueleto que iba a responder diferente a los golpes de lo que respondía el pelaje o la piel de las criaturas que habían enfrentado antes.
— El exoesqueleto — dijo Seris — los golpes normales no van a ser suficientes.
Necesitamos las articulaciones.
— ¿Las articulaciones?
— Los puntos donde las placas del exoesqueleto se unen — dijo Seris — ahí el material es más fino.
Cuello, base de las extremidades, abdomen donde conecta con el tórax.
— Son blancos pequeños — dijo Auren.
— Son los únicos blancos que importan — dijo Seris.
La mantis los miró durante todo ese intercambio sin moverse, con esa inmovilidad que ya era imposible de leer como desinterés.
Sabía que estaban ahí.
Estaba esperando que se acercaran.
— No va a cargar — dijo Seris — está esperando que entremos al claro.
— ¿Por qué?
— Porque en campo abierto su velocidad es mayor ventaja que en la vegetación densa — dijo Seris — nos está eligiendo el terreno.
Auren miró el claro.
Luego miró la vegetación densa a los costados.
— Entonces no entramos al claro — dijo.
— Exacto — dijo Seris — la forzamos a entrar a la vegetación donde su velocidad se reduce.
— ¿Cómo la forzamos?
Seris lo miró.
— Uno de los dos entra al claro — dijo — el otro se queda en la vegetación.
El que entra es el señuelo.
La mantis va a ir por el objetivo más accesible primero.
Auren procesó eso.
— El señuelo soy yo — dijo.
— Sí — dijo Seris — porque tu fortalecimiento te da margen para absorber un golpe si no lo esquivas completamente.
Yo no tengo ese margen.
— Y si no lo esquivo completamente con esas extremidades — dijo Auren.
— Por eso lo esquivas — dijo Seris, con una calma que no era indiferencia hacia el riesgo sino la de alguien que ha calculado que el plan es el mejor disponible y que lo que viene después del plan depende de la ejecución.
Auren miró a la mantis.
La mantis lo miró de vuelta.
— De acuerdo — dijo Auren, y activó el fortalecimiento de cuerpo antes de dar el primer paso hacia el claro.
Entró despacio.
No corriendo ni con gestos que anunciaran la intención sino caminando, con la espada baja y los ojos en la mantis que seguía inmóvil en el centro del claro con esa inmovilidad que ya era imposible de separar de la amenaza que representaba.
Diez metros dentro del claro la mantis se movió.
No cargó.
Dio un paso lateral, un reposicionamiento, evaluando el ángulo con esa inteligencia de combate que Auren ya había identificado como el factor más peligroso de esta criatura, más peligroso que la velocidad o el filo porque guiaba ambas cosas.
Auren ajustó su posición en respuesta.
La mantis ajustó la suya.
Tres intercambios de posición sin contacto, los dos leyendo al otro, y Auren entendió en ese proceso que esta criatura era cualitativamente diferente a todo lo que había enfrentado porque respondía a sus movimientos con una lógica que era reconocible, no la lógica animal de los rangos inferiores sino algo más cercano a la lógica de un combatiente.
Luego la mantis atacó.
La velocidad fue lo primero que registró, no como información procesada sino como hecho físico, la criatura que estaba a cinco metros de distancia de repente estaba a uno sin que hubiera un trayecto visible entre los dos puntos, y la extremidad delantera derecha bajando en diagonal desde arriba con ese filo natural que no necesitaba impulso adicional porque el filo hacía el trabajo.
Auren se echó hacia atrás y a la izquierda con todo el fortalecimiento activo.
La extremidad pasó a diez centímetros de su hombro derecho.
Diez centímetros que en otro combate hubieran sido suficientes pero que en este se sintieron como nada porque la mantis ya estaba reposicionando para el segundo ataque antes de que el primero terminara de completarse, las articulaciones del cuerpo ejecutando la transición con una fluidez que no tenía pausa entre movimientos.
El segundo ataque llegó desde la izquierda.
Auren lo bloqueó con la espada.
El impacto fue diferente a cualquier bloqueo que había hecho antes, no en términos de fuerza bruta sino en términos de la calidad del choque, el filo de la extremidad contra el metal de la espada produciendo un sonido que no era el de metal contra metal sino el de algo más duro todavía contra metal, y el brazo absorbió la vibración hasta el hombro con una intensidad que con el fortalecimiento era manejable y sin él hubiera sido otra cosa.
La mantis retrocedió medio paso, el primero que daba hacia atrás desde que el combate había empezado.
Seris entró desde la vegetación izquierda.
La mantis la detectó antes de que llegara, que era lo que hacía que clase D superior fuera diferente a clase D medio, y giró hacia ella con una velocidad que hizo que el movimiento de Seris que había calculado llegar al cuello quedara desviado hacia el tórax donde el exoesqueleto era más grueso.
El golpe de Seris no penetró.
Rebotó.
Seris retrocedió dos pasos absorbiendo la información de lo que acababa de pasar con esa velocidad de procesamiento suya y la mantis giró de vuelta hacia Auren que había usado el momento del giro para cerrar la distancia, la espada apuntando hacia la base de la extremidad delantera izquierda donde la articulación era visible desde ese ángulo.
El golpe llegó.
No completamente porque la mantis movió la extremidad en el último momento pero sí en el borde de la articulación, suficiente para que la criatura registrara algo diferente a los golpes anteriores, un daño real en lugar de un impacto absorbido.
La mantis retrocedió dos pasos.
Los dos se reposicionaron.
— El cuello — dijo Seris desde su posición — cuando ataca con la derecha el cuello queda expuesto por la izquierda durante el movimiento.
Es el blanco.
— La velocidad no me da el margen para llegar — dijo Auren.
— El fortalecimiento en las piernas — dijo Seris — no en los brazos.
Las piernas para cerrar la distancia, los brazos para el golpe cuando llegues.
Auren procesó eso.
Era correcto.
Había estado usando el fortalecimiento para absorber impactos y para dar más fuerza a los golpes pero no para moverse, y mover el fortalecimiento a las piernas en el momento de la entrada podía darle la fracción de segundo adicional que necesitaba para llegar al blanco antes de que la mantis completara el reposicionamiento.
— De acuerdo — dijo — forzamos el ataque con la derecha.
— Tuyo — dijo Seris.
Auren entró.
No directamente hacia la mantis sino hacia su flanco derecho, forzando a la criatura a usar la extremidad derecha para cubrir ese ángulo, y cuando la extremidad empezó el movimiento Auren redirigió con el fortalecimiento en las piernas, cerrando la distancia hacia el cuello en el tiempo que la extremidad tardaba en completar el arco.
Llegó.
La espada entró en la articulación del cuello con suficiente ángulo para que el filo encontrara el punto donde las placas del exoesqueleto eran más finas, y el sonido que produjo fue diferente a todos los sonidos de todos los combates anteriores, más limpio, más definitivo.
La mantis se detuvo.
No cayó de inmediato sino que se quedó quieta con esa inmovilidad que al principio había sido la de algo que espera y que ahora era la de algo diferente, el cuerpo sosteniendo una postura que ya no tenía el propósito que había tenido antes.
Luego las patas cedieron.
Y la mantis cayó en el suelo del claro con el sonido del exoesqueleto contra la tierra, un sonido duro y seco que el claro absorbió sin eco.
Silencio.
Auren estaba de pie en el centro del claro con la espada todavía en la posición del golpe final y la respiración de alguien que acaba de dar todo lo que tenía disponible y que está haciendo inventario de lo que queda.
Seris llegó a su lado desde la vegetación.
Los dos miraron a la mantis en el suelo.
El exoesqueleto tenía esa textura verde oscura que de cerca era todavía más difícil de separar de la vegetación, y los ojos compuestos amarillos que habían tenido esa inteligencia calculadora estaban ahora simplemente abiertos sin nada detrás.
— El exoesqueleto — dijo Seris.
— Sí — dijo Auren.
— Vale más que todo lo que llevamos junto hasta ahora — dijo Seris — si Riven puede trabajarlo.
Auren miró el exoesqueleto.
Luego miró sus propias manos, el fortalecimiento que todavía sentía en los músculos como una presencia que iba cediendo despacio ahora que no había necesidad de sostenerla.
— ¿Puedes desarmarlo?
— dijo Seris.
— No sé cómo — dijo Auren.
— Yo tampoco — dijo Seris — lo llevamos entero.
Auren miró el tamaño de la mantis.
Del tamaño de un niño de diez años, lo que significaba que era del tamaño de ellos, lo que significaba que no iba a ser fácil de cargar durante los cuarenta minutos que los separaban del borde del bosque.
— Nos turnamos — dijo.
— claro que si— confirmó Seris.
Salieron del sector este con la mantis a cuestas, turnándose cada diez minutos como habían dicho, y el bosque de Arken los dejó pasar con la indiferencia de siempre pero con algo diferente en el peso que cargaban, no solo el peso físico de la criatura sino el otro peso, el de haber cruzado un umbral que no tiene nombre pero que se siente cuando se cruza.
Dejaron la mantis en la puerta de la herrería de Riven antes de entrar a la ciudad.
No vieron a Riven.
No hizo falta.
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