El legado de los caidos - Capítulo 26
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26: Golpe de realidad 26: Golpe de realidad El sector sur resultó ser lo que las marcas en la corteza prometían.
Entraron con más cuidado que en los otros sectores porque la densidad de la vegetación reducía la visibilidad a menos de diez metros en cualquier dirección y eso cambiaba las reglas de manera fundamental.
En el norte y el noreste siempre había suficiente espacio para ver lo que venía antes de que llegara.
Acá no.
Acá lo que venía podía estar a cinco metros antes de que cualquiera de los dos lo detectara y cinco metros con una criatura de clase D o superior era una distancia que no daba margen para errores.
Seris eligió el camino.
No el más directo hacia el interior sino el que bordeaba la zona densa por el margen donde los árboles eran ligeramente más espaciados, ganando visibilidad lateral a cambio de ir más despacio.
Auren siguió sin cuestionar porque en ese sector específico la lógica de Seris era la correcta y los dos lo sabían.
Veinte minutos adentro encontraron las marcas frescas.
No en la corteza de los árboles sino en el suelo, huellas que no correspondían a ninguna de las criaturas que habían cazado en los otros sectores.
Cuatro puntos de apoyo pero con una distribución que no era la de un cuadrúpedo común, más ancha y con una profundidad en el suelo que sugería un peso considerable distribuido de manera diferente a un animal que caminara con las cuatro patas en el suelo de manera convencional.
Seris se agachó y las estudió.
— Trepa — dijo en voz baja — usa los árboles para moverse pero baja al suelo para cazar.
Estas marcas son de cuando aterriza.
— ¿Clase?
— dijo Auren igual de bajo.
— D — dijo Seris — probablemente D medio por la profundidad de la huella.
No es liviano.
Auren miró hacia las copas de los árboles.
La bóveda continua que formaban arriba no dejaba ver nada con claridad, solo capas de vegetación que se superponían y entre las cuales cualquier cosa del tamaño adecuado podía moverse sin ser detectada desde abajo.
— No podemos verlo desde aqui — dijo Auren.
— No — dijo Seris — pero él puede vernos a nosotros.
Los dos procesaron esa asimetría al mismo tiempo.
— Necesitamos que baje — dijo Auren.
— O necesitamos subir — dijo Seris.
Auren la miró.
— ¿Subir?
— Hay una formación de rocas al este — dijo Seris señalando hacia un punto que Auren no había notado todavía pero que cuando lo vio entendió inmediatamente lo que ella había calculado, un grupo de rocas que emergían del suelo del bosque llegando hasta la mitad de la altura de los árboles, lo suficiente para igualar el nivel desde el que la criatura se movía — si subimos ahí cambia la dinámica.
Ya no somos presas en el suelo.
Somos rivales en su nivel.
— ¿Y si ataca mientras subimos?
— Cubrís la subida — dijo Seris — yo subo primero y vos subís cuando yo esté arriba y pueda ver lo que viene.
Auren miró las rocas.
Luego miró las copas.
— De acuerdo — dijo.
Seris llegó a las rocas en treinta segundos y empezó a subir con una agilidad que los años de entrenamiento habían instalado en su cuerpo sin que nadie lo planificara específicamente, encontrando los puntos de apoyo con los pies antes de cargar el peso, moviéndose hacia arriba de manera continua sin detenerse en ningún punto más de lo necesario.
Auren cubrió desde abajo con la espada levantada y los ojos en las copas.
Nada se movió.
Seris llegó a la cima de las rocas y tomó posición con la espada en la mano y los ojos recorriendo el nivel superior del bosque desde esa altura nueva.
— Sube — dijo en voz baja.
Auren subió.
Desde arriba el bosque sur era completamente diferente.
La bóveda de copas que desde abajo era un techo impenetrable desde arriba era una superficie irregular llena de espacios y conexiones entre ramas que formaban una red de caminos naturales que cualquier criatura lo suficientemente ágil podía usar como si fueran caminos de tierra.
Y en uno de esos caminos a unos cuarenta metros al oeste había algo moviéndose.
Grande.
Oscuro.
Con cuatro extremidades que usaba para desplazarse entre las ramas con una fluidez que era más simio que cuadrúpedo, el peso del cuerpo trasladándose de rama en rama con esa confianza específica de algo que lleva toda su vida en ese entorno y que nunca ha tenido que pensar en dónde poner el siguiente apoyo porque el cuerpo lo sabe solo.
Un mono de sombra.
Clase D, sin duda.
El tamaño era el de un adulto grande con algo adicional en la constitución que lo hacía parecer más denso de lo que su silueta sugería, y los ojos cuando giró la cabeza hacia las rocas donde estaban los dos tenían esa luminosidad característica de las criaturas mágicas pero en un tono rojizo que en las especies que cazaban desde las alturas solía significar una visión nocturna desarrollada más allá de lo normal.
Los había visto.
No cargó de inmediato.
Los evaluó desde su rama con esa calma de algo que sabe que tiene la ventaja del territorio y que por lo tanto no necesita apresurarse.
Luego se desplazó dos ramas hacia la derecha sin apartar los ojos de ellos, un movimiento lateral que Auren reconoció como el mismo tipo de posicionamiento que el zorro había intentado semanas atrás, buscando el ángulo.
— No va a bajar al suelo — dijo Seris en voz baja — se siente seguro arriba.
— Entonces subimos más — dijo Auren.
— No hay más — dijo Seris — las rocas terminan acá.
Pero las ramas llegan hasta acá.
Auren miró las ramas más cercanas.
La más baja estaba a metro y medio sobre la cima de las rocas, alcanzable con un salto desde el punto más alto si uno tenía suficiente impulso.
— Si saltamos a las ramas perdemos el suelo firme — dijo.
— Si nos quedamos en las rocas él tiene el ángulo — dijo Seris — y tarde o temprano va a usarlo.
El mono de sombra se desplazó otra rama hacia la derecha.
— Tuyo — dijo Seris.
Auren procesó eso un segundo.
Tuyo en ese contexto significaba que Seris cedía la iniciativa y que lo que Auren hiciera era lo que iba a definir la dinámica del combate desde ese punto.
Auren activó el fortalecimiento de cuerpo.
No de manera completa porque todavía no tenía ese control, pero suficiente para que las piernas tuvieran algo adicional cuando lo necesitaran, y saltó desde la cima de las rocas hacia la rama más cercana con todo el impulso que pudo generar en el espacio disponible.
Llegó.
Las manos encontraron la rama y el cuerpo siguió el movimiento hacia arriba hasta que los pies tuvieron apoyo, y en el segundo que tardó en reposicionarse el mono de sombra ya estaba en movimiento, cerrando la distancia entre ellos con esa velocidad de rama en rama que desde el suelo había parecido fluida y que desde el mismo nivel resultó ser considerablemente más rápida de lo que había parecido.
Auren bloqueó el primer golpe.
No con la espada sino con el antebrazo porque el golpe llegó desde un ángulo que la espada no cubría desde esa postura, y el impacto fue suficiente para moverlo medio paso hacia atrás sobre la rama donde estaba, un paso que sobre una rama a esa altura tenía consecuencias diferentes a un paso sobre el suelo del bosque.
Se estabilizó.
El mono de sombra reposicionó para el segundo ataque y en ese reposicionamiento Seris llegó desde la izquierda, había saltado a una rama paralela mientras el mono estaba ocupado con Auren, y la espada fue directa sin rodeos hacia el costado expuesto del animal.
El mono giró.
Pero a diferencia del lobo cuyo giro había sido la apertura que terminó el combate este mono usó el giro para lanzarse hacia una rama más arriba, saliendo del rango de la espada de Seris y reposicionándose dos metros sobre ellos con una agilidad que hizo que el movimiento pareciera completamente natural.
Arriba.
Tenían al rival arriba.
— Centro — dijo Seris.
Los dos convergieron hacia el tronco del árbol más cercano, reduciendo el espacio entre ellos y quitándole al mono el ángulo lateral que había estado usando.
Desde arriba el animal los miraba con esos ojos rojizos evaluando la nueva configuración y Auren vio en ese momento algo que no había esperado ver en una criatura, la duda, ese segundo de recalibración que ocurre cuando algo no sale como esperaba.
Fue suficiente.
Auren saltó hacia arriba.
No hacia la rama donde estaba el mono sino hacia la rama intermedia, usando el tronco como apoyo para ganar altura en lugar de distancia horizontal, y el fortalecimiento en los brazos fue lo que hizo que el salto llegara donde llegó porque sin él no hubiera alcanzado.
Desde la rama intermedia la distancia al mono era la mitad.
La espada subió en un arco vertical.
El mono intentó desplazarse hacia el costado pero la rama que tenía disponible en esa dirección era delgada para su peso y cedió bajo él medio segundo, ese medio segundo que fue el margen entre esquivar y no esquivar.
El golpe conectó en el hombro derecho del animal.
El mono perdió el agarre con esa extremidad y el peso del cuerpo que dependía de cuatro puntos de apoyo de repente dependía de tres, y tres no eran suficientes para sostener lo que cuatro sostenían con facilidad, y el mono de sombra cayó.
No al suelo directamente sino de rama en rama, golpeando en dos antes de llegar al suelo del bosque sur con un impacto que levantó hojas y tierra y que fue seguido por el silencio específico de algo que no va a levantarse.
Auren y Seris bajaron de las rocas en silencio.
El mono de sombra estaba en el suelo con los ojos todavía abiertos y esa luminosidad rojiza que se apagaba despacio, como una llama que encuentra el final sin prisa.
Procesaron la presa con más eficiencia que cualquier vez anterior.
El pelaje del mono de sombra era diferente a todo lo que habían juntado hasta ese momento, más oscuro y con una textura que al tacto producía una sensación que Auren no supo describir pero que registró como importante sin saber exactamente por qué.
Las garras eran largas y curvas y del mismo material que las del gato de sombra pero más grandes y con algo en el filo natural que sugería que se mantenían afiladas sin necesidad de ningún proceso externo.
Todo fue a la bolsa nueva que habían traído esa mañana.
Volvieron al borde del bosque sur y dejaron la bolsa en el punto acordado junto a la herrería sin ver a Riven, exactamente como había dicho que fuera.
Entraron a la ciudad.
La mañana de Arken seguía siendo la mañana de Arken, con sus calles y sus ruidos y sus caminos de piedra que llevaban a todos los lugares que uno necesitara ir, y los dos caminaron hacia el orfanato con esa sensación que ya era familiar pero que esa mañana tenía algo adicional porque el sector sur había sido diferente a todo lo anterior y diferente de maneras que iban a requerir ajustes en todo lo que habían desarrollado hasta ese punto.
Clase D era otro nivel.
Y todavía quedaban más niveles los cuales enfrentar.
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