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El legado de los caidos - Capítulo 6

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6: Lo que queda luego 6: Lo que queda luego Durg caminó hasta la cueva sin detenerse.

Eso era lo que más le costaba procesar a Zael mientras lo seguía entre los árboles, los pasos de su padre sobre el suelo negro de Drakmor con la misma cadencia de siempre, pesados y regulares, como si la espada en la espalda fuera parte del paisaje y no una hoja de metal enterrada en su cuerpo.

No cojeaba.

No se apoyaba en nada.

Caminaba.

Zael fue detrás sin decir nada, mirando la empuñadura que sobresalía por encima del hombro derecho de Durg, moviéndose levemente con cada paso, y algo en su pecho seguía apretado con esa presión sin nombre que no sabía cómo soltar.

Entraron a la cueva.

Durg se sentó en la piedra plana de siempre con la lentitud de alguien que sabe que si se apresura algo se rompe.

Un sonido grave y corto salió de su garganta cuando el peso de su cuerpo asentó sobre la piedra, el único sonido que había hecho desde el golpe, el único reconocimiento de que algo no estaba bien.

— Necesito que la saques — dijo.

Zael ya estaba detrás de él.

La espada había entrado limpio, eso era lo único medianamente bueno que podía decirse.

No había entrado en ángulo ni había girado adentro, lo cual significaba que al sacarla el daño adicional sería menor.

Zael sabía eso porque Durg se lo había enseñado, no como una lección específica sino como parte de todas las conversaciones sobre heridas y supervivencia que habían tenido a lo largo de años, sentados junto al fuego después de la cena, con la misma naturalidad con que otros hablarían del clima.

Ahora ese conocimiento estaba en sus manos y no se sentía como conocimiento.

Se sentía como una responsabilidad demasiado grande para el tamaño de sus manos.

— A la cuenta de tres — dijo Zael, y su voz sonó más pareja de lo que se sentía por dentro.

— No cuentes — dijo Durg — solo hazlo.

Zael puso ambas manos en la empuñadura.

El metal estaba tibio.

Respiró una vez, dos, y jaló hacia arriba y hacia atrás en un movimiento continuo sin pausas.

Durg no hizo ningún sonido.

La espada salió.

La sangre vino después, oscura y espesa, y Zael la presionó de inmediato con el trozo de tela más grande que encontró a mano, arrodillado detrás de Durg, empujando con todo el peso de su cuerpo pequeño contra la herida mientras con la otra mano buscaba a tientas entre las provisiones del fondo de la cueva las hierbas que Durg usaba para esto.

— El tarro de barro — dijo Durg con una voz que seguía siendo entera aunque más baja que antes — el que tiene la tapa verde.

— Ya sé cuál es.

Lo encontró.

Lo abrió con una mano mientras la otra seguía presionando.

La pasta adentro olía fuerte y amargo, ese olor que Zael asociaba con las noches en que Durg volvía con alguna herida menor y la trataba él mismo sin darle mayor importancia.

Esto no era menor.

Trabajó en silencio durante un rato largo, limpiando, aplicando la pasta, vendando con las tiras de cuero que Durg guardaba preparadas para esto.

Las manos no le temblaron.

Se lo agradeció a alguna parte de sí mismo que no identificó pero que estaba claramente a cargo mientras el resto procesaba otras cosas.

Cuando terminó se sentó en el suelo frente a Durg y lo miró.

El ogro tenía los ojos abiertos, la respiración pareja aunque más lenta de lo normal, la mano enorme apoyada sobre la rodilla.

Estaba pálido bajo el tono verde grisáceo de su piel, o al menos lo que Zael interpretaba como pálido después de años de aprender a leer su cara.

— ¿Duele?

— preguntó Zael.

— Sí.

— ¿Mucho?

— Lo suficiente.

Zael miró el vendaje.

La tela ya tenía algo de rojo pero menos de lo que esperaba, la pasta estaba haciendo su trabajo.

— Debería haber visto al guerrero — dijo.

— Lo viste — respondió Durg — demasiado tarde.

Eso pasa.

— No debería haber pasado.

— Zael.

— Los ayudamos — dijo, y ahora la voz no salió tan pareja, tenía algo adentro que empujaba desde abajo, caliente y sin forma todavía — los ayudamos y él te clavó una espada en la espalda.

—Te clavó una maldita espada en la espalda.

Repitió con angustia atorada en la garganta.

— Sí.

— ¿Por qué?

Durg no respondió de inmediato.

Miró el fuego que Zael había encendido casi sin darse cuenta mientras trabajaba, ese hábito automático de prender fuego cuando entraban a la cueva de noche o cuando algo estaba mal, y las llamas le pusieron sombras largas en la cara que lo hacían parecer más viejo de lo que era.

— Porque soy un ogro — dijo finalmente.

— Ya me dijiste eso antes.

— Porque somos diferentes — dijo Durg, con más peso esta vez — y hay gente que cuando ve algo diferente no piensa.

Solo actúa.

El miedo los hace así.

— No tenía miedo — dijo Zael — te atacó por la espalda.

Eso no es miedo, eso es cobardía.

Durg lo miró.

— Sí — dijo — lo es.

— Les salvamos la vida.

— Sí.

— Y aun así.

— Aun así.

El fuego crepitó.

Afuera el bosque de Drakmor tenía sus sonidos de siempre, el vapor de las grietas, el viento entre la vegetación, algo lejano que se movía en la oscuridad con pasos que no llegaban a ser amenaza pero que recordaban que siempre había algo ahí.

Zael miró sus propias manos.

Todavía tenían restos de la pasta de las hierbas entre los dedos, y algo más oscuro en los bordes de las uñas que prefirió no nombrar.

— ¿Los de Aelthar son todos así?

— preguntó.

— No todos — dijo Durg.

— Pero ese sí.

— Ese sí.

— ¿Y los humanos?

Durg tardó un segundo.

— Hay de todo — dijo — en todas las especies hay de todo.

— Pero la mayoría.

No era una pregunta.

Durg lo miró con esa mirada larga que tenía cuando Zael decía algo que tocaba un lugar que el ogro no frecuentaba seguido, un lugar que existía detrás de todo lo demás, detrás de la calma y las lecciones y los gestos pequeños.

— La mayoría — dijo Durg finalmente, y en esas dos palabras había algo pesado que no era rabia sino algo más viejo que la rabia, algo que se acumula durante años de recibir siempre lo mismo sin importar lo que uno haga — no nos quiere cerca.

Zael no dijo nada más.

Se quedó sentado en el suelo frente al fuego con las manos sobre las rodillas, mirando las llamas, y algo en él fue asentándose despacio en un lugar nuevo.

No era el enojo de esa tarde, ese había sido rápido y caliente y directo.

Esto era diferente.

Más frío.

Más quieto.

Como agua que encuentra el nivel más bajo disponible y se instala ahí sin hacer ruido.

No sabía todavía cómo llamarlo.

Pero estaba ahí.

— Duerme un poco — dijo Durg desde la piedra, la voz más baja que antes, el cansancio finalmente filtrándose por los bordes.

— Primero tú.

— Zael.

— Primero tú — repitió, sin moverse, sin levantar la vista del fuego.

Durg no discutió.

Zael escuchó su respiración volverse más lenta y más pareja con el tiempo, el sonido profundo y rítmico de alguien que se entrega al sueño a pesar de todo, y siguió mirando el fuego hasta que las llamas bajaron y quedaron solo brasas y la cueva se llenó de esa oscuridad templada que olía a hierbas y a metal y a todo lo que era ese lugar.

Afuera Drakmor seguía siendo lo que siempre había sido.

Adentro algo había cambiado, tan silenciosamente que casi no se notaba, como una grieta pequeña en la roca que todavía no llegaba a ningún lado pero que ya estaba ahí, esperando el siguiente golpe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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