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El legado de los caidos - Capítulo 5

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  3. Capítulo 5 - 5 Lo que se aprende a la fuerza
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5: Lo que se aprende a la fuerza 5: Lo que se aprende a la fuerza El día había empezado igual que todos.

Práctica al amanecer, dos horas de arco y dagas en el claro, luego el recorrido de recolección que Durg hacía cada tres días por los bordes del territorio donde crecían las hierbas que usaba para curar y conservar la carne.

Zael lo acompañaba siempre en ese recorrido, no porque fuera obligatorio sino porque Durg nunca había dicho que no y con el tiempo se había convertido en parte del ritmo del día, caminar junto al ogro entre la vegetación retorcida de Drakmor mientras este señalaba cosas sin detenerse, esa raíz sirve, esa no la toques, ese hongo de noche brilla pero de día mata.

Zael escuchaba y guardaba todo.

Iban por el tramo norte del territorio, cerca del límite donde el bosque de Drakmor empezaba a cambiar de carácter y la vegetación se hacía menos agresiva, cuando Durg se detuvo.

Zael se detuvo también sin preguntar.

Olía a madera quemada y a algo más que Zael tardó un segundo en identificar.

Metal.

Sangre.

Durg giró levemente la cabeza hacia el este y empezó a moverse en esa dirección sin decir nada, más despacio que antes, pisando con más cuidado.

Zael lo siguió con la mano en la daga.

Lo vieron antes de llegar a olerlo del todo.

El carruaje estaba volcado sobre el costado del camino, o lo que quedaba de él.

Las ruedas rotas, la madera de los laterales destrozada hacia adentro como si algo enorme hubiera golpeado desde afuera con fuerza repetida, los caballos ausentes, probablemente muertos en algún punto del bosque cercano o simplemente huidos en el caos.

Las pertenencias que había adentro estaban esparcidas por el barro del camino, telas finas, un cofre pequeño abierto y vacío, papeles que la humedad del suelo ya había empezado a destruir.

Dos cuerpos junto al carruaje.

Elfos, por la altura y la estructura, con armadura ligera de viaje, espadas todavía en las manos.

No habían muerto huyendo.

Durg se agachó junto a las marcas en el barro sin tocar nada.

Zael miró por encima de su hombro.

Las huellas eran grandes, profundas, con cuatro dedos anchos y una presión que hundía el barro varios centímetros.

Más de una.

Zael contó al menos cuatro patrones distintos antes de que el barro se mezclara demasiado para seguir leyendo.

— Trolls — dijo Durg.

— ¿Cuántos?

— Cuatro.

Quizás cinco.

— ¿Siguen cerca?

Durg olfateó el aire una vez.

— Se fueron.

Llevan un rato.

Zael miró el carruaje destrozado, los cuerpos, el cofre vacío.

Luego miró hacia el tramo del camino que continuaba más adelante, donde los árboles cerraban el paso y la luz gris de Drakmor apenas llegaba entre las ramas.

Desde ahí llegó un sonido.

Metal contra metal, breve y trabajoso, como alguien que bloquea un golpe con lo que le queda de fuerza.

— Hay alguien vivo — dijo Zael.

Durg ya lo había oído.

Se miraron.

El ogro tenía esa expresión cerrada que no era negativa sino neutral, la de alguien que está evaluando sin que el resultado sea todavía evidente.

Zael conocía esa expresión y sabía lo que venía después si no decía nada.

— Podemos ayudarlos — dijo.

— No es nuestro problema.

— Hay alguien vivo.

— En Drakmor siempre hay alguien vivo hasta que deja de estarlo.

No es nuestro problema, Zael.

Zael miró hacia los árboles donde había venido el sonido.

Luego miró a Durg.

Había algo en su cara en ese momento que no era el cálculo de Seris ni la impulsividad de Auren, era algo más quieto y más firme, como una decisión que ya estaba tomada antes de que él mismo lo supiera del todo.

— ¿Los podemos ayudar?

— dijo, y esta vez no fue una afirmación sino una pregunta real, directa, mirando a Durg a los ojos.

El ogro lo miró durante un momento largo.

Luego resopló por la nariz y se levantó.

— Vamos — dijo.

Eran tres.

Un guerrero elfo que todavía estaba de pie aunque apenas, con una herida en el costado que había intentado vendarse con lo que tenía a mano y que seguía sangrando a través del vendaje improvisado.

Detrás de él, apoyadas contra el tronco de un árbol enorme, dos elfas con ropas de viaje que en otro contexto hubieran sido elegantes y que ahora estaban rasgadas y manchadas.

Las dos tenían las manos levantadas frente a ellas con una luz tenue pulsando entre los dedos, un soporte débil pero sostenido, lo que quedaba de su maná después de lo que claramente había sido un tiempo largo aguantando.

El guerrero los vio llegar y levantó la espada.

— Atrás — dijo, la voz tensa, los ojos moviéndose de Durg a Zael y de vuelta a Durg con la velocidad de alguien que está calculando amenazas en tiempo real.

— Venimos a ayudar — dijo Zael.

El guerrero no bajó la espada.

Una de las elfas dijo algo en voz baja a la otra, demasiado bajo para entenderlo.

La otra respondió sin apartar los ojos de Durg.

— El niño puede acercarse — dijo el guerrero finalmente — el ogro se queda donde está.

Durg no se movió ni dijo nada.

Zael lo miró un segundo y luego avanzó solo hacia el grupo, despacio, con las manos visibles a los costados, lejos de las dagas.

El guerrero lo dejó pasar con la mirada pero no bajó la espada.

De cerca las dos elfas estaban peor de lo que parecían desde lejos.

Una tenía un corte en la frente que le había cerrado un ojo de sangre seca, la otra tenía el brazo derecho en una posición que no era natural y seguía usando la mano de ese brazo para sostener el soporte de maná con una concentración que debía costarle más de lo que mostraba.

Zael evaluó la situación en silencio.

— Los trolls se fueron — dijo — llevan un rato.

Si se mueven ahora pueden llegar al límite del territorio antes de que vuelva a llover.

— ¿Y el ogro?

— preguntó el guerrero sin bajar la espada.

— Es mi padre — dijo Zael — y vino a ayudarlos.

Hubo un silencio.

La elfa del brazo roto miró a Zael con una expresión que era difícil de leer, algo entre la evaluación y algo más suave que no terminaba de formarse del todo.

Luego miró a Durg, que seguía exactamente donde estaba, quieto, con las manos a los costados.

— Está bien — dijo ella finalmente, con una voz que todavía tenía autoridad a pesar de todo.

El guerrero bajó la espada.

Apenas.

Lo suficiente para que dejara de ser una amenaza activa.

Durg se acercó.

Llevaron veinte minutos en total.

Durg cargó a la elfa del brazo roto sin que ella lo pidiera, simplemente la levantó con un cuidado que contrastaba con su tamaño de una manera que siempre sorprendía a quien lo veía por primera vez, y avanzó por el camino hacia el límite del territorio a un paso que el guerrero herido pudiera seguir.

Zael fue detrás, mirando los árboles, la mano en la daga, escuchando el bosque con esa atención que ya era tan automática como respirar.

Llegaron al punto donde los árboles de Drakmor empezaban a abrirse y la vegetación cambiaba, el límite informal donde el bosque dejaba de ser territorio de nadie para convertirse en algo más transitable.

Desde ahí podían orientarse solos.

Durg dejó a la elfa en el suelo con cuidado.

Se enderezó.

El guerrero estaba detrás de él.

Zael lo vio.

Vio la mano moverse, vio el destello del metal, y abrió la boca para decir algo que no llegó a tiempo.

La espada entró por la espalda de Durg en el costado derecho, por debajo del omóplato, hasta la mitad de la hoja.

El bosque se quedó en silencio.

Durg no cayó.

Se quedó quieto un segundo, los hombros tensos, la cabeza levemente inclinada hacia abajo.

Luego se dio vuelta despacio.

El guerrero retrocedió un paso.

Luego otro.

La expresión en su cara era de alguien que esperaba un resultado diferente y que ahora estaba recalculando a una velocidad que no le alcanzaba.

No le alcanzó.

Durg lo golpeó una vez.

Solo una.

Con el dorso de la mano derecha, sin fuerza aparente, con el mismo gesto con que podría apartar algo del camino.

Ese único golpe bastó para que la cabeza del guerrero saliera disparada de su cuerpo.

Cayó de rodillas frente a Durg, ya sin vida, ya sin nada.

Las dos elfas no dijeron nada.

Durg miró su propio costado, la espada todavía incrustada en la espalda con la empuñadura asomando por encima del hombro, y luego miró al guerrero en el suelo.

Su cara no tenía la expresión de alguien que acaba de matar.

Tenía la expresión de alguien que acaba de confirmar algo que ya sabía.

Luego empezó a caminar.

De vuelta hacia el bosque, hacia la cueva, sin decir nada, con la espada en la espalda y los pasos pesados y lentos como siempre, como si el camino de vuelta fuera el mismo de siempre y nada hubiera cambiado.

Zael no se movió.

Miró a su padre alejarse entre los árboles, la figura enorme hundiéndose en la vegetación oscura con esa calma que era la peor versión de la calma, la de alguien que ya no espera nada diferente.

La empuñadura de la espada moviéndose levemente con cada paso.

Algo en el pecho de Zael se apretó de una manera que no tenía nombre todavía.

— Niño.

La voz vino de detrás.

Una de las elfas.

La de la frente cortada, de pie ahora, con la mano extendida hacia él y una expresión que intentaba ser agradecida y conciliadora al mismo tiempo.

— Espera — dijo — queremos agradecerte.

Puedes venir con nosotras, podemos llevarte a un lugar seguro, podemos— Zael se dio vuelta.

Las miró.

Las dos elfas se callaron al mismo tiempo.

No por las palabras sino por su rostro.

Por esos ojos oscuros y quietos que no parecían de un niño de siete años.

Parecían los ojos de una bestia.

Algo tan frío, tan quieto y tan peligroso que las dos retrocedieron medio paso sin darse cuenta de que lo estaban haciendo.

— Les deseo suerte — dijo Zael, su voz baja y completamente vacía — en el infierno, Agrego.

— Perras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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