El legado de los caidos - Capítulo 8
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8: Rumbo a un sueño 8: Rumbo a un sueño Cuatro meses después.
La ciudad de Arken no era la misma.
No de manera permanente, sino de esa manera específica que tenía cada año cuando llegaba la semana del examen de caballería, como si el ritmo habitual de la ciudad se soltara un poco de sus amarras y se permitiera algo parecido a la euforia.
Los mercados que normalmente cerraban al atardecer seguían abiertos hasta entrada la noche, las tabernas desbordaban hacia las calles con mesas improvisadas y el ruido de conversaciones en idiomas que el resto del año no se escuchaban por esos adoquines.
Pendones del imperio colgaban de las fachadas de piedra, dorados y carmesí, moviéndose con el viento de la mañana sobre cabezas de todas las alturas y colores posibles.
Habían llegado de todas partes.
Humanos de las provincias del norte con sus armaduras de placas gruesas y sus espadas de dos manos, elfos de Aelthar con arcos cruzados en la espalda y esa manera de moverse que parecía no tocar del todo el suelo, enanos de las montañas del este con hachas dobles y voces que llenaban el espacio el doble de lo que su tamaño sugería.
Magos de túnicas largas que llevaban sus grimorios colgados al costado como otros llevan una daga, asesinos que se reconocían no por lo que mostraban sino por lo que no mostraban, chamanes con pinturas rituales en la piel y amuletos que tintineaban con cada paso.
Auren y Seris los miraban desde el borde de la plaza principal, apretados entre la multitud que se movía hacia el coliseo como una marea con un solo destino.
— Ese es elfo oscuro — dijo Auren, señalando con la cabeza hacia un joven de piel gris azulada y cabello blanco que cargaba dos dagas curvas en el cinturón con la naturalidad de quien nació con ellas.
— Lo sé — dijo Seris sin apartar los ojos del conjunto general, procesando todo al mismo tiempo como siempre.
— ¿Creés que Lena lo vio?
— Lena está adentro hace dos horas.
Auren miró hacia el coliseo.
La estructura de piedra dominaba el centro de la ciudad como siempre lo había hecho, pero esa mañana tenía algo diferente, las gradas llenas hasta los bordes, el ruido que salía de adentro como un organismo propio, distinto al silencio habitual de los días sin evento.
Banderas de los escuadrones imperiales en los arcos de entrada, guardias reales en formación a cada lado, y sobre la entrada principal el escudo del imperio grabado en piedra que Auren había mirado toda su vida sin terminar de acostumbrarse a lo que le generaba.
Algo en el pecho.
Sin nombre todavía.
— Cuando sea nuestro turno — dijo en voz baja, casi para él mismo.
— Nueve años — dijo Seris.
— Ocho y medio.
Ella no respondió pero tampoco lo corrigió, lo cual para Auren era suficiente.
La multitud los llevó hacia adentro.
El coliseo por dentro era más grande de lo que parecía desde afuera.
La arena central de tierra apisonada tenía unos cuarenta metros de diámetro, rodeada por las gradas que subían en anillos hasta la altura de tres edificios normales.
Cada sector estaba marcado con los colores de los escuadrones imperiales y en el nivel más alto, separado del resto por una barandilla de hierro forjado, estaba el palco de los generales y subgenerales, figuras que desde abajo parecían pequeñas pero cuya presencia se sentía de todas formas, como algo que tiene peso propio independientemente de la distancia.
Auren y Seris encontraron lugar en las gradas medias, lo suficientemente cerca para ver bien y lo suficientemente lejos para tener perspectiva.
A su izquierda había un enano que comía algo envuelto en papel y miraba la arena con la expresión de alguien que ha visto muchos exámenes y tiene opiniones formadas sobre todos ellos.
A su derecha una familia humana con tres niños que se empujaban entre ellos para ver mejor.
En la arena dos aspirantes terminaban un duelo.
Un berserker humano enorme, con el torso descubierto y runas pintadas en los brazos que pulsaban con una luz roja tenue cuando se movía, contra un mago élfico de túnica gris que había estado manteniendo una barrera de viento que desviaba cada embestida.
El berserker había roto la barrera en el séptimo intento y el mago había pedido rendición antes de que llegara el octavo.
El juez de arena levantó la mano del berserker.
Las gradas respondieron con un ruido que Auren sintió en el pecho.
— Las runas del berserker — dijo Seris — son de la clase fortalecimiento.
Pero combinadas con el estado de trance le multiplican el daño por encima de lo que el mago podía sostener con la barrera.
— Ya lo vi.
— ¿Viste que el mago tenía reserva de maná?
No estaba agotado cuando se rindió.
Auren lo pensó.
— Se rindió antes de tiempo.
— Se rindió cuando calculó que no podía ganar.
No es lo mismo que antes de tiempo.
Auren miró la arena donde el berserker saludaba a las gradas con los brazos abiertos y las runas todavía encendidas, y pensó en la diferencia entre las dos cosas.
El juez anunció el siguiente duelo.
Lena.
Entró por el túnel sur con otros tres aspirantes que se dispersaron hacia sus posiciones de espera en los bordes de la arena.
Auren la encontró de inmediato entre la multitud de la arena, la altura media, el cabello castaño recogido, la armadura ligera de cuero que era la mejor que el orfanato había podido conseguirle entre todos, incluyendo una colecta silenciosa que la hermana Maren había organizado sin decir que era para eso.
Se veía pequeña desde las gradas.
Se veía entera.
— Está bien — dijo Seris, y no era una pregunta.
— Sí — dijo Auren.
Su rival salió del túnel norte.
Un elfo del bosque, alto y delgado, con un arco largo en la mano y una carcaj completa a la espalda.
Clase explorador, por el equipo y la manera de moverse, ligero y con los pies siempre listos para cambiar de dirección.
Llevaba además una daga corta en el muslo derecho para distancia cercana.
Las gradas murmuraron.
Un arquero contra una espadachina era un duelo de distancias y el resultado dependía casi completamente de si la espadachina podía cerrar esa distancia antes de quedarse sin opciones.
El juez levantó la mano.
Lena ya estaba mirando al elfo con esa concentración que Auren reconocía de los años de orfanato, la misma cara que ponía cuando algo le importaba de verdad, cuando dejaba de ser la chica de las listas de provisiones y los quehaceres y se convertía en otra cosa.
La mano del juez bajó.
El elfo se movió hacia atrás de inmediato, creando distancia, y la primera flecha salió antes de que Lena diera tres pasos.
Ella la esquivó con un giro del cuerpo que no fue elegante pero fue efectivo, cambiando de dirección sin detenerse, zigzagueando hacia adelante mientras el elfo seguía retrocediendo y disparando en movimiento.
Segunda flecha.
Lena la desvió con la espada, un golpe lateral que cambió la trayectoria lo suficiente para que pasara rozando su hombro izquierdo.
Tercera flecha.
Esta vez no la esquivó ni la desvió.
La recibió en el escudo de antebrazo que llevaba en el brazo izquierdo, un golpe que la frenó medio paso pero no la detuvo, y en ese medio paso que perdió el elfo ganó distancia y ya estaba en el borde opuesto de la arena con otra flecha en el arco.
Las gradas estaban en silencio.
— Tiene que cambiar el patrón — dijo Seris en voz baja — si sigue en línea recta el elfo la lee.
Como si la hubiera oído, Lena se detuvo.
No retrocedió.
No buscó cobertura porque no había cobertura.
Se detuvo en el centro de la arena y miró al elfo con la espada baja y el escudo al frente y esperó.
El elfo esperó también.
Auren contuvo la respiración.
Lena arrancó hacia la derecha, tres pasos rápidos, y cuando el elfo ajustó el ángulo del arco ella cambió de dirección hacia la izquierda en un movimiento brusco que la llevó a cubrirse detrás de su propio eje, la flecha pasó por donde había estado medio segundo antes, y entonces corrió directo.
No en zigzag.
Directo.
El elfo disparó dos veces más en los cuatro segundos que tardó Lena en cruzar la arena.
Una flecha pasó demasiado lejos, la otra le rozó el muslo sin penetrar la armadura de cuero, y cuando el elfo alcanzó a poner la mano en la daga del muslo ya era tarde.
Lena tenía la espada en su garganta.
El silencio duró un segundo.
Luego las gradas explotaron.
Auren gritó algo que no era ninguna palabra en particular.
A su lado el enano que comía dejó de comer y aplaudió con las manos enormes produciendo un sonido como de madera contra madera.
Los tres niños de la derecha saltaron en sus lugares.
Seris miraba la arena con los ojos brillantes y la boca cerrada y las manos apretadas sobre las rodillas.
El juez levantó la mano de Lena.
Desde las gradas Auren la vio levantar la vista hacia donde estaban ellos, buscarlos entre la multitud con esa manera suya de encontrar lo que necesita, y cuando los encontró no sonrió exactamente.
Hizo algo más pequeño que una sonrisa y más verdadero.
Auren levantó la mano.
Ella ya había vuelto a mirar al frente.
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