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El legado de los caidos - Capítulo 9

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  3. Capítulo 9 - 9 El primer gran desafío de Lena
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9: El primer gran desafío de Lena 9: El primer gran desafío de Lena Lena ganó sus siguientes dos duelos antes de que llegara el mediodía.

El segundo fue contra un humano de las provincias del norte, clase berserker, más alto que ella por dos cabezas y con una maza de una mano que usaba con una velocidad que no correspondía a su tamaño.

Las runas en sus antebrazos no eran tan elaboradas como las del berserker de la mañana pero cumplían su función, cada golpe que conectaba llegaba con un peso adicional que se sentía en las gradas cuando impactaba contra el escudo de Lena.

Duró ocho minutos.

Lena no intentó igualarle la fuerza.

No tenía sentido y ella lo sabía.

Se movió alrededor de él con pasos cortos y controlados, dejando que se cansara, que las runas consumieran su energía, que la maza pesara un poco más con cada swing que no conectaba donde quería.

Cuando el ritmo del berserker bajó lo suficiente ella entró por el lado izquierdo, donde el arco de la maza tardaba más en volver, y terminó el duelo con la espada en las costillas y una presión sostenida que el juez interpretó correctamente como rendición inminente.

El berserker levantó la mano.

Las gradas aprobaron.

El tercero fue más corto.

Una ladrona élfica de movimientos tan rápidos que las primeras dos veces que atacó Lena no vio de dónde venía el golpe sino adónde iba.

Dagas cortas, dos de ellas, y una manera de desaparecer del ángulo de visión que no era magia sino técnica pura, años de entrenamiento en moverse exactamente donde el ojo no busca.

Lena recibió dos cortes en ese duelo.

Uno en el antebrazo derecho y uno en la mejilla izquierda, ninguno profundo pero los dos suficientes para que la sangre llegara.

No se detuvo.

Esperó el tercer ataque con la espada baja y el cuerpo abierto, una invitación que la ladrona leyó como descuido y que Lena había construido como trampa.

Cuando las dagas entraron ella ya no estaba donde había estado y el puño del escudo conectó con la sien de la ladrona con suficiente fuerza para sentarla en el suelo.

La ladrona intentó levantarse.

No pudo terminar el intento.

Rendición.

Cuartos de final.

Auren y Seris la encontraron en el túnel sur durante el descanso del mediodía, donde los aspirantes que seguían en competencia podían recibir agua y atención básica antes de continuar.

Lena estaba sentada en un banco de piedra con un trapo húmedo en el corte de la mejilla y una expresión de alguien que está calculando algo en silencio.

— El corte en el brazo — dijo Seris antes de saludar.

— No es profundo — dijo Lena.

— Te va a molestar en el agarre.

— Ya lo sé.

Auren le pasó la cantimplora que habían conseguido en uno de los puestos del exterior.

Lena bebió sin bajar el trapo de la mejilla.

— ¿Vieron los cuartos del otro lado del cuadro?

— preguntó.

— Vimos — dijo Seris.

— El hijo del noble.

— Aldren — dijo Seris, porque Seris sabía el nombre de todos los aspirantes que habían llegado a esa instancia — hijo del conde Maren del distrito oeste.

Entrenador privado desde los cinco años.

Habilidad de fortalecimiento clase C.

— Lo vi pelear — dijo Lena — es bueno.

— Es metódico — dijo Seris — ataca en patrones.

El mismo patrón tres veces y en la cuarta varía.

Si lo leés en las primeras tres podés anticipar la cuarta.

Lena bajó el trapo de la mejilla y miró a Seris.

— ¿Lo mediste?

— Dos duelos — dijo Seris — es suficiente.

Lena asintió despacio, guardando eso en algún lugar.

Luego miró a Auren que había estado en silencio más tiempo de lo habitual.

— ¿Qué?

— dijo ella.

— Nada — dijo él — estás llegando a la final.

— Todavía no.

— Vas a llegar.

Lena lo miró un segundo con esa manera suya de recibir las cosas que le decían, evaluándolas antes de quedárselas, y luego volvió al trapo húmedo en la mejilla.

— Vayan a las gradas — dijo — me distrae verlos desde abajo.

Los echó con la misma naturalidad con que hacía todo y los dos obedecieron con la misma naturalidad con que siempre lo habían hecho.

En el camino de vuelta a las gradas pasaron cerca de un enano que estaba apoyado en la baranda del pasillo superior con una jarra en la mano y los ojos en la arena con la expresión de alguien que lleva suficientes años viendo esto como para no necesitar esforzarse para leerlo.

No tenía nada que lo distinguiera del resto del público salvo eso, esa manera de mirar que era demasiado precisa para ser casual.

Cuando Auren y Seris pasaron a su lado el enano no los miró.

— El de las orejas puntiagudas tiene el brazo izquierdo dormido — dijo, sin dirigírselo a nadie en particular, con la misma naturalidad con que podría comentar el clima — pena, porque lo demás no está mal.

Auren se detuvo.

Se dio vuelta.

El enano seguía mirando la arena con la jarra en la mano, sin ningún interés aparente en nada que no fuera lo que había adentro.

Auren abrió la boca.

Seris lo tomó del brazo y siguió caminando.

— Tiene razón — dijo en voz baja.

Auren cerró la boca.

Miró hacia atrás una vez más al enano apoyado en la baranda como si el mundo entero fuera un espectáculo organizado para su entretenimiento personal, y luego siguió caminando.

La semifinal de Lena fue otra historia.

Su rival era un chamán humano de mediana edad, demasiado mayor para ser aspirante primerizo lo que significaba que había intentado el examen antes y había vuelto.

Pinturas rituales en el cuello y los brazos trazadas con una precisión que no era decorativa sino funcional, cada línea en el lugar exacto donde necesitaba estar para conducir el maná a través del cuerpo con la menor resistencia posible.

Un bastón de madera oscura con un cristal opaco en el extremo superior que pulsaba con una luz amarilla tenue cuando canalizaba, y una manera de pararse en la arena que era la de alguien que no tiene apuro porque sabe que el tiempo trabaja para él.

Los chamanes invocaban.

Esa era su fortaleza y su debilidad al mismo tiempo, necesitaban tiempo y concentración para preparar sus invocaciones y mientras las preparaban eran vulnerables, pero si lograban completarlas el campo de batalla cambiaba de manera que pocas clases podían contrarrestar.

El chamán empezó a canalizar antes de que el juez terminara de bajar la mano.

Lena no le dio tiempo.

Cruzó la arena en diagonal, no en línea recta hacia él sino hacia su lado derecho, forzándolo a girar y romper la concentración de la canalización.

El chamán interrumpió, dio un paso atrás, y golpeó con el bastón hacia ella en un arco amplio que no era un ataque sino una advertencia de distancia.

Lena lo leyó tarde y el extremo del bastón le rozó el hombro derecho con suficiente fuerza para hacerla girar medio paso.

No cayó pero perdió el ángulo de entrada y tuvo que reposicionarse mientras el chamán ya ponía distancia nuevamente y volvía a canalizar.

La luz amarilla del cristal empezó a crecer.

Lena atacó de nuevo, esta vez por la izquierda, y el chamán hizo algo que ella no esperaba.

No interrumpió la canalización.

Siguió canalizando con la mano izquierda mientras con la derecha sostenía el bastón horizontalmente como barrera, bloqueando el avance con el cuerpo y confiando en que el cristal terminara lo que había empezado antes de que ella pudiera llegar.

Fue una apuesta.

Lena la leyó en el último segundo y se echó hacia atrás justo cuando la primera descarga salía del cristal, una onda de energía amarilla que cruzó la arena y golpeó el suelo donde ella había estado dejando una marca quemada en la tierra apisonada.

Las gradas exhalaron.

Lena estaba de pie en el borde opuesto de la arena con la respiración acelerada y el escudo levantado.

El chamán la miraba desde el centro con el cristal todavía pulsando, evaluando, recalibrando.

El duelo encontró su ritmo ahí.

Durante los siguientes minutos fue un juego de acercamiento y distancia que las gradas siguieron en silencio porque era el tipo de combate que no tenía golpes espectaculares sino una tensión que se construía debajo de cada movimiento.

Lena intentaba cerrar la distancia en ángulos distintos cada vez, el chamán interrumpía cuando llegaba demasiado cerca y canalizaba cuando tenía espacio suficiente, y entre los dos fueron llenando la arena de marcas quemadas y tierra removida que contaban la historia de cada intercambio.

Lena recibió dos impactos parciales.

El primero en el escudo, una descarga que no fue completa porque ella giró en el último momento pero que igual le entumecio el brazo izquierdo hasta el codo.

El segundo rozó su costado derecho por encima de la armadura de cuero, suficiente para dejarle una quemadura que no vio pero sintió como una línea de calor que no desapareció.

Siguió moviéndose.

El chamán era metódico pero no era inagotable.

Cada canalización consumía maná y con el tiempo ese consumo se acumulaba, las pinturas rituales que brillaban con cada invocación empezaron a hacerlo con un poco menos de intensidad, el cristal tardaba un segundo más en alcanzar su punto máximo.

Eran cambios pequeños que la mayoría del público no hubiera notado.

Lena los notó.

Empezó a presionar más, acercándose más de lo que era seguro, obligando al chamán a canalizar más seguido y con menos tiempo de preparación, forzándolo a elegir entre invocaciones incompletas o renunciar a la distancia que necesitaba.

El chamán eligió las invocaciones incompletas y las descargas que salían del cristal eran menos potentes pero más frecuentes, llenando el espacio entre ellos de energía que Lena tenía que esquivar o bloquear con un ritmo que no le daba margen para respirar.

Siete minutos dentro del duelo Lena tomó una decisión.

Soltó el escudo.

El ruido del metal contra la tierra de la arena fue breve y seco y las gradas lo recibieron con un murmullo que era mitad confusión y mitad reconocimiento de que algo había cambiado.

Sin el escudo era más vulnerable pero más rápida, sin el peso en el brazo izquierdo podía moverse con una agilidad que los últimos minutos le habían negado.

Tomó la espada con las dos manos.

El chamán leyó el cambio y canalizó con todo lo que le quedaba, el cristal encendiéndose con la luz más brillante del duelo, una invocación completa que tardó cuatro segundos en formarse y que cuando estuvo lista era claramente suficiente para terminar todo de una vez.

Lena ya estaba corriendo.

No en diagonal.

No en zigzag.

Directo y rápido, midiendo los cuatro segundos con algo que no era cálculo sino instinto entrenado durante meses, y cuando la descarga salió del cristal ella ya no estaba en la línea de fuego sino a dos pasos del chamán con la espada subiendo desde abajo en un arco que pasó por debajo del bastón y se detuvo a un centímetro de su garganta.

El chamán no se movió.

La luz del cristal se apagó.

Silencio en la arena.

— Me rindo — dijo el chamán, y en su voz había algo que no era derrota sino reconocimiento genuino, el de alguien que perdió contra algo que valió la pena perder.

Las gradas tardaron un segundo en reaccionar y cuando lo hicieron el ruido fue el más grande del día.

Desde la baranda del pasillo superior el enano con la jarra miró la arena un momento, luego bebió despacio y no dijo nada.

No hizo falta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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