El Lord que no podía olvidar - Capítulo 9
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9: Secretos revelados [1] 9: Secretos revelados [1] Eloise se guardó para sí lo del cadáver durante dos días.
Tenía otros planes en los que centrar su atención ahora que había llegado la noche del baile, lo que les daba a Eloise e Iris la oportunidad de llevar a cabo los suyos.
Eloise jugueteaba nerviosa con el vestido que le había dado Agatha.
Palidecía en comparación con el vibrante vestido rosa que llevaba Iris, pero no le importaba, ya que su intención no era disfrutar del baile.
—Toma —susurró Iris, quitándose un pasador rosa del pelo para ponérselo a Eloise—.
Un poco de color para rematar tu vestido.
Eloise se tocó el pasador que Iris le había dado.
—Eres muy amable.
Eloise sabía que tendría que devolver el pasador en cuanto Agatha se diera cuenta de que lo llevaba, pero no quería arruinar el momento.
Iris tomó a Eloise de la mano y caminó hacia la entrada de la mansión detrás de sus padres.
—¿Recuerdas el plan?
En cuanto empiece el siguiente baile, yo los distraeré a los dos.
¿Tienes las monedas para pagar un carruaje que te lleve?
—Sí —respondió Eloise, mostrando la bolsa con las monedas que había ahorrado y las que Iris tan amablemente le había ofrecido—.
¿Estás segura de que estarás bien?
—No es por mi bienestar por lo que debemos preocuparnos.
Vas a irte sola en un carruaje por la noche.
Si al menos tuviéramos un caballo para que montaras.
Ojalá pudiera acompañarte —dijo Iris, poniendo su mano sobre la de Eloise—.
O si mi hermano estuviera en casa.
—Estaré bien.
Sé que no debo hablar con extraños y mantenerme reservada.
No, ese hombre está aquí —susurró Eloise, horrorizada por la presencia de Percival—.
El hombre de rojo es del que te hablé.
El que quiere hijos varones.
—Tenemos que mantenerte lejos de su vista.
Si se acerca, mi padre te lanzará a los brazos de Percival para un baile.
Pasa desapercibida —sugirió Iris.
—Creo que llevo el vestido adecuado para ello —bromeó Eloise.
Iris se tapó la boca para ahogar la risa, pero aun así Agatha la oyó.
Agatha se giró para mirar a las dos jóvenes.
—Debéis comportaros.
Vuestro padre se ha tomado muchas molestias para conseguirnos una invitación.
No lo avergoncéis.
Agatha apartó la vista, pero volvió a mirar al fijarse en el pelo de Eloise.
Soltó el brazo de Clive y se acercó a Eloise para quitarle el pasador del pelo.
—A nadie le gustan las ladronas, Eloise.
¿Es que no tienes de sobra en casa para ponerte?
—dijo Agatha, quitándole el pasador—.
No debes interponerte en el camino de Iris.
Eloise se limitó a sonreír como respuesta.
Por alguna razón, Agatha mostraba su desdén cada vez más abiertamente a medida que pasaban los días.
—Madre —dijo Iris, levantando una mano para impedir que Agatha le volviera a poner el pasador en el pelo—.
He sido yo quien se lo ha dado a Eloise.
¿No te parece que su vestido es bastante soso para el baile?
Todo el mundo viste colores preciosos, mientras que ella lleva un vestido que ya no es blanco.
Es pálido.
—Es todo lo que tenía.
¿Habrías preferido que se quedara sola en casa?
No me respondas, Iris.
No lo permitiré —dijo Agatha.
—Estoy agradecida por el vestido, tía Agatha —intervino Eloise para rebajar la tensión—.
Parece que una pareja requiere su atención y la de mi tío.
Agatha se giró para ver quién se había acercado.
Forzó una sonrisa y volvió al lado de Clive.
—Te pido disculpas por cómo se comporta.
Últimamente, nuestras finanzas no van bien, pero debería haberte permitido llevar uno de tus vestidos.
Creo que nuestros problemas están haciendo que actúe de forma un poco extraña.
Volverá a la normalidad —prometió Iris.
—No le doy importancia —replicó Eloise, guardándose para sí lo que sentía por Agatha.
—¡Oh!
Ahí está.
Me preocupaba que Lord Hawthorne no apareciera —dijo Iris, aferrándose a Eloise al divisar a Damien.
Eloise se quedó helada, nerviosa por estar en el mismo lugar que Damien.
«No sabe lo que has encontrado», pensó Eloise, intentando mantener la calma.
—Damien está aquí con sus hermanos.
Debe de hacer mucho tiempo que no los ves.
¿Te gustaría saludarlos?
Eloise reunió el valor para mirar hacia donde estaba Damien.
Él estaba a un lado con sus tres hermanos.
—No, no quiero.
Ya no somos cercanos, así que debería mantener las distancias.
—Qué pena.
Parecía que había una oportunidad para que los dos reavivarais vuestra amistad.
A mí me habría ayudado.
Reconsidéralo —le aconsejó Iris a Eloise.
—Iris, dime la verdad.
Si alguien fuera a ver a los guardias de la ciudad para hablar de un crimen cometido por Lord Hawthorne, ¿le iría bien?
—inquirió Eloise.
Iris resopló.
—Esa persona tendría que estar loca.
Yo no querría verme envuelta en algo que expusiera a los Hawthorne.
Una familia con esa riqueza no es alguien contra quien quieras enfrentarte, especialmente si eres gente pequeña como nosotras.
Sus actos podrían encubrirse fácilmente y entonces toda la ciudad te evitaría.
—¿Asumes eso y, aun así, estás deseando casarte con él?
—preguntó Eloise.
—Por supuesto.
Hay seguridad en convertirse en su esposa.
Nadie molestaría a Damien.
¿Por qué lo preguntas?
¿Has averiguado algo sobre él?
—preguntó Iris, con curiosidad.
—No, solo sentía curiosidad por el poder que ostenta ahora —replicó Eloise, echándole un último vistazo a Damien—.
No sería prudente que nadie lo molestara.
Eloise entró en pánico cuando su mirada se encontró con la de Damien.
Estaba completamente segura de que la estaba mirando directamente, así que apartó la vista y guio a Iris a otro lugar para que él la perdiera de vista.
Al otro lado del salón de baile, Damien seguía con la mirada a la frenética Eloise.
Se estaba comportando de forma extraña.
Su último encuentro no había sido tan malo como para que Eloise evitara su mirada ahora, a menos que hubiera descubierto algo.
«Sigue siendo una damita curiosa», pensó Damien.
Parecía que tenía aún más razones para no perder de vista a Eloise.
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