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El Maldito Instructor de la Academia de Magia - Capítulo 79

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  3. Capítulo 79 - 79 Bajo la lluvia 1
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79: Bajo la lluvia [1] 79: Bajo la lluvia [1] Plic.

Ploc.

El sonido de la lluvia al caer.

Karina llevaba días sin encontrarse bien.

La fiebre no le bajaba, la cabeza le martilleaba con jaquecas constantes y no tenía apetito.

—Ah…

me muero.

Roselyn había estado pasándose para ver cómo estaba y ayudarla, pero hacía dos días de su última visita.

Parecía ocupada.

Toc, toc.

Unos repentinos golpes en la puerta la sacaron de su aturdimiento.

Demasiado débil para levantarse, se hundió más en el sofá.

Instantes después, una voz familiar llegó desde detrás de la puerta.

—Karina, soy yo.

—¡…!

Se quedó helada, reconociendo la voz al instante.

Reuniendo las fuerzas que le quedaban, Karina se levantó de un salto y fue a trompicones hasta la puerta.

La abrió con vacilación.

—¿Profesor…?

Allí de pie estaba el Profesor Vanitas.

A pesar del diluvio que caía fuera, estaba completamente seco.

—Me lo ha dicho Roselyn —dijo él.

—Usted…

no tenía por qué venir —respondió ella con voz ronca.

—Toma esto.

Le entregó una bolsa llena de medicamentos para la fiebre y comida recalentable.

—Ah…

—Por seguir mis instrucciones —añadió—.

Ahora, ¿puedo pasar?

La lluvia no amaina.

—No he limpiado…

Mi casa está hecha un desastre.

—¿Para qué crees que estoy aquí?

—Ah.

Karina vaciló.

No quería que viera las condiciones en las que vivía, pero con la que estaba cayendo fuera, sintió que no tenía otra opción.

—Está bien…

—Karina se hizo a un lado, dejándolo entrar.

Vanitas entró y echó un vistazo al desordenado salón.

No parecía molestarle el desorden en absoluto.

En lugar de eso, dejó la bolsa con los medicamentos y la comida en la mesa más cercana.

—De verdad que no tenía por qué venir —dijo Karina, cerrando la puerta tras él.

—¿Siempre hablas tanto cuando estás enferma?

—…No.

—Bien.

Entonces siéntate y descansa.

—Se giró e inspeccionó la habitación—.

Yo me encargo de esto.

—Espere, Profesor, no tiene por qué…

—¿Quieres ponerte bien o no?

—…

Karina suspiró y se dejó caer de nuevo en el sofá, demasiado cansada para discutir.

Observó cómo él empezaba a ordenar, apilando papeles y recogiendo los objetos desperdigados por el suelo.

Sus pensamientos eran confusos.

Normalmente, no le habría dejado limpiar, y mucho menos entrar.

Después de todo, técnicamente era su jefe.

—Sigues estudiando incluso enferma —dijo Vanitas, organizando los papeles esparcidos—.

En serio, tómate un descanso.

—Necesito al menos mantenerme al día…

Sin mirarla, Vanitas respondió:
—La gente muere todos los días, Karina.

A veces por cosas que ni siquiera se dan cuenta de que son graves hasta que es demasiado tarde.

Tómate en serio todas las enfermedades, por pequeñas que parezcan.

Nunca se sabe.

—…

Karina parpadeó, sorprendida por sus palabras.

Permaneció en silencio, sin saber cómo responder.

Mientras Vanitas limpiaba, pasó un paño por las superficies abarrotadas y se fijó en una fotografía apoyada cerca del espejo.

La foto mostraba a una joven Karina, de la mano de su madre, sonriendo radiante.

—¿Hm?

Le llamó la atención.

Sabía que la madre de Karina había fallecido hacía mucho tiempo, así que no sacó el tema.

Pero en la foto se notaba la ausencia de una persona.

Le entró la curiosidad.

—¿No tienes una relación cercana con tu padre?

—preguntó Vanitas con naturalidad.

Karina lo miró, dándose cuenta de a qué se refería.

—Ah…

no, no me crie con él.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Mientras seguía ordenando, volvió a preguntar: —¿Cómo está tu padre?

¿Se encuentra bien últimamente?

Karina dudó un momento antes de responder: —Está estabilizado, pero…

sigue en coma.

—Ya veo…

Se dio cuenta de que no debería haber preguntado.

No era algo que esperara oír.

Karina notó el ligero cambio en su expresión y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—No se preocupe, Profesor…

Llevo cuidando de mí misma desde que tengo memoria…

Estoy acostumbrada.

Vanitas no respondió.

Se limitó a asentir.

Karina cerró los ojos y se quedó dormida poco después.

Cuando se despertó, la habitación estaba en silencio y el profesor se había ido.

Su mirada se posó en la mesa, donde algo inesperado le llamó la atención.

—¿Nnh?

Un cuenco de sopa reposaba pulcramente sobre la mesa.

Debajo, un circuito mágico la mantenía caliente, usando una fórmula de ignición simple.

Al lado de la sopa había varios paquetes de medicamentos, colocados en orden.

Luego, había una nota.

—…

La cogió y la leyó por encima.

La caligrafía era impecable, como siempre.

[Karina:
∎ Tómate primero la pastilla blanca con agua.

Espera treinta minutos y luego toma la cápsula azul.

Repite cada seis horas.

∎ La sopa se mantiene caliente con magia.

Cómela despacio.

Si no puedes terminarla ahora, seguirá caliente más tarde.

∎ Descansa.

No estudies.

Céntrate en recuperarte.]
—…

Los labios de Karina se curvaron en una suave sonrisa.

Viniendo de alguien tan frío y distante como el profesor, estos pequeños gestos de afecto resultaban inesperadamente reconfortantes.

***
En una noche en la que densas nubes ocultaban la luz de la luna, caía una lluvia incesante.

Bajo el aguacero, un coche avanzaba con suavidad por la carretera.

Sus faros iluminaban el camino, revelando un pasaje abierto.

Un pasaje que se suponía que debía estar cerrado.

El Pasaje Feramon.

Propiedad de la Familia Astrea, había formado parte de una empresa comercial abandonada hacía mucho tiempo.

Debido a su discreta ubicación y a su geografía favorable, se convirtió en una ruta oculta utilizada a menudo por la Familia Gambino, lo que condujo a un acuerdo entre ellos y los Astrea.

—¿Cuánto falta para que lleguemos?

—Todavía nos quedan seis horas de viaje, Señorita Ana —respondió el conductor.

Anastasia Gambino, la hija de Vincenzo Gambino, y heredera de la Familia Criminal Gambino.

Tras completar sus estudios adicionales en la Teocracia de Sanctis, ahora regresaba a Aetherion para comenzar su tercer año en la Torre de la Universidad de Plata.

—¿Ah, sí?

—Anastasia se reclinó en su asiento—.

Despiértame cuando lleguemos.

—Sí, Señorita Ana.

Anastasia cerró los ojos y se quedó dormida poco después.

Un rato después, se despertó y vio que el coche se había detenido.

Seguía lloviendo a cántaros.

—¿Qué está pasando?

—preguntó Anastasia, incorporándose.

—Hay algo bloqueando la carretera más adelante —dijo el hombre en el asiento del copiloto—.

Quédese en el coche, Señorita Ana.

Iré a comprobarlo.

Salió y, unos instantes después…

¡Bang!

¡Bang…!

Los disparos resonaron bajo la lluvia, y el hombre se desplomó sin vida en el suelo.

—¡…!

Antes de que nadie en el coche pudiera reaccionar, surgieron varias figuras.

El conductor y el resto del personal de seguridad salieron rápidamente en estado de máxima alerta.

—¡Señorita Ana, quédese dentro!

Anastasia suspiró, reclinándose en su asiento, poco impresionada.

—Otra vez lo mismo.

Cada vez que volvía a casa, ocurría algo así.

Incluso utilizando el pasaje supuestamente discreto, les habían tendido una emboscada en el momento en que salían de él.

Sinceramente, era agotador.

A veces pensaba que habría sido mejor quedarse en la Teocracia.

Anastasia entrecerró los ojos a través de la lluvia que caía por el parabrisas, tratando de ver mejor a los atacantes.

—¿Hm?

Un grupo de hombres armados con diversas armas.

Mientras tanto, sus propios guardias apenas contaban con unos pocos rifles mágicos.

—Van a morir.

El agotamiento la invadió.

Otro encuentro inútil.

Otra serie de muertes sin sentido.

Anastasia se reclinó y esperó, pero algo no encajaba.

Un olor familiar llegó a su nariz y entrecerró los ojos.

—Una fórmula de ignición.

Su estigma, «Llama Inmortal», reaccionó sutilmente, confirmando su sospecha.

Esa era la ventaja de tener el estigma oculto.

Un as en la manga.

—Uf.

Con un suspiro, salió del coche, la lluvia cayendo sobre su abrigo.

—¡Señorita, vuelva al coche!

—gritó uno de sus guardias.

—Cállate —dijo Anastasia con frialdad.

Avanzó y barrió con la mirada tanto a sus guardias como a los atacantes armados.

Su expresión se ensombreció al darse cuenta de la verdad.

—Traidores.

Los hombres intercambiaron miradas, fingiendo ignorancia.

—¿Señorita?

—preguntó nervioso uno de los guardias.

—¿Cuánto?

—preguntó Anastasia—.

¿Cuánto os pagaron?

¿O habéis estado trabajando con ellos todo este tiempo?

—Señorita, no sé a qué se…

—Eso —lo interrumpió, señalando el coche a sus espaldas.

Maná emanaba débilmente de su mano.

Los guardias y los atacantes se giraron para mirar el coche, confusos.

Fue entonces.

¡Bum…!

El coche explotó en una brillante y estruendosa llamarada.

La onda expansiva hizo que los hombres retrocedieran a trompicones.

—¿Queréis explicarme eso?

—preguntó Anastasia—.

Además, han pasado…

¿qué?

¿Minutos?

¿Y ninguno de vosotros se ha molestado siquiera en matarse entre vosotros?

—…

***
Al día siguiente.

—Con esto concluye nuestro informe semanal del club.

Astrid, Charlotte, Ezra, Casandra, Sophia y el resto de los miembros del club permanecían en silencio, esperando la evaluación del Profesor Vanitas.

Vanitas estaba sentado con las piernas cruzadas, hojeando despreocupadamente los documentos que habían presentado mientras ultimaba sus pensamientos.

Tras un momento, los dejó y los miró.

—Es un progreso —empezó—.

Pero habéis retrocedido en comparación con la semana pasada.

Ahora vuestra tesis carece de sostenibilidad.

—Ah…

—murmuró Astrid, retorciéndose las manos nerviosa.

Los demás intercambiaron miradas incómodas, sin saber cómo responder.

—Página veinte —dijo Vanitas, recogiendo los papeles de nuevo—.

Contradice vuestro argumento de la página seis.

¿Cómo pensáis justificarlo?

—Eh…

—vaciló Casandra—.

Pensamos que…

—Pues pensasteis mal —la interrumpió Vanitas—.

Es un trabajo chapucero.

Vuestros datos no respaldan las conclusiones que sacáis.

Arregladlo.

El grupo se encogió ante su crítica.

Sin embargo, Astrid asintió en señal de comprensión.

Para ella, era una crítica válida, y ya estaba pensando en formas de mejorar.

Pero entonces, una mueca de desdén rompió el silencio.

—Hemos trabajado duro en esto —dijo uno de los miembros más nuevos, un joven que Astrid había reclutado.

No era uno de los alumnos de Vanitas, como tampoco lo eran los otros cinco miembros.

Para ellos, Vanitas era un profesor desconocido.

Todo lo que sabían eran los rumores sobre él del pasado.

—¿Cómo puede destrozarlo así sin más?

¿Siquiera sabe de lo que está hablando, Profesor?

—…

La sala se quedó en silencio.

Todos se quedaron helados, mirándolo con incredulidad.

Vanitas lo miró con una expresión impasible.

«Otra vez lo mismo, ¿eh?», pensó.

No era la primera vez que desestimaban su trabajo o sus palabras.

Varios otros profesores habían hecho lo mismo: intentar socavarlo por su pasado.

Otro miembro dudó antes de intervenir.

—Astrid…

he tenido mis dudas.

No nos dijiste que el Profesor Vanitas sería nuestro moderador.

Alguien más añadió, apenas audible: —He oído por ahí que no está cualificado…

Charlotte, de pie cerca del fondo, permaneció en silencio.

Su mirada se desvió hacia Vanitas, pero no habló.

—¿Estáis cuestionando mi decisión, Arnold?

¿Jasmine?

¿El resto de vosotros?

—preguntó Astrid, mirando a los otros miembros.

—No dudamos de ti, Astrid, pero no puedes esperar que aceptemos críticas de alguien con una…

reputación como la suya.

Arnold hizo un gesto hacia Vanitas.

—¿Cómo vamos a saber si está cualificado?

—¿Reputación?

—repitió Astrid, alzando la voz—.

¿Te refieres a rumores infundados?

¿De verdad estáis juzgando a un profesor sin conocimiento de primera mano?

—Pero, Astrid…

no nos dijiste que él sería nuestro moderador.

Simplemente nos lo soltaste de repente —intervino Jasmine con vacilación.

—¡Porque no debería importar!

—espetó Astrid—.

Si no podéis soportar una crítica constructiva, ¿cómo esperáis mejorar?

Arnold se burló.

—¿Constructiva?

Ha desestimado semanas de trabajo en segundos.

Eso no es constructivo.

Es una simple falta de respeto.

Casandra dio un paso al frente.

—Sí que es constructiva.

El Profesor Vanitas lleva en esta Torre Universitaria el tiempo suficiente para saber lo que funciona y lo que no.

Sus críticas pueden escocer, pero siempre son válidas.

—Es fácil para ti decirlo —replicó Arnold—.

Eres su alumna.

Por supuesto que lo defenderías.

—No se trata de favoritismo —argumentó Casandra—.

Si de verdad escucharais lo que dice, os daríais cuenta de que está señalando fallos reales que tenemos que arreglar.

—Cierto, cierto —asintió Ezra de acuerdo.

Jasmine se removió incómoda.

—Es que…

no lo sé.

Quizá podríamos haber tenido a otro moderador.

Alguien con un historial más limpio.

—Ya es suficiente —dijo Astrid.

Se giró hacia Jasmine—.

Te uniste a este club sabiendo que el trabajo sería duro.

¿Pensabas que te dejaría ir de paseo sin una guía real?

—…

Jasmine se estremeció, pero no respondió.

—Profesor Vanitas —dijo Arnold—.

¿Siquiera sabe de lo que está hablando?

¿O solo está aquí para hundirnos?

Vanitas finalmente levantó la vista.

—Si dudáis de mí, está bien —dijo—.

Pero no dejéis que vuestras opiniones personales nuben vuestro juicio.

Si no queréis mi opinión, decidlo ahora y me marcharé.

Dejó escapar un suave suspiro y se levantó, sacudiéndose el abrigo.

—Discutidlo primero entre vosotros —continuó—.

No tengo intención de perder mi tiempo con estudiantes que no respetan a su profesor.

Sin esperar respuesta, Vanitas se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

Justo cuando su mano alcanzó el pomo, se detuvo.

—¿…?

Sintió un suave tirón en la parte de atrás de su abrigo.

Al darse la vuelta, encontró a Astrid agarrando el bajo de su abrigo con la cabeza gacha.

—Profesor, lo siento.

No les haga caso.

Todavía no entienden su valor.

Ya hablaré yo con ellos.

La mirada de Vanitas se suavizó ligeramente.

No respondió de inmediato, simplemente se quedó mirándola.

Un recuerdo lejano afloró en su mente.

No como Vanitas Astrea.

Sino como Chae Eun-woo.

—Senpai, ¿cuál es tu personaje favorito?

Si me preguntas por el mío, probablemente sea Soliette Dominique.

Ah, es tan sexi.

La voz de su entusiasta subalterno, que se había unido a la empresa el año anterior.

«Mi personaje favorito, ¿eh?», pensó él.

Varios personajes destacaban, pero solo una captó de verdad su atención.

«Probablemente Astrid».

—Astrid, ¿eh?

Pensé que preferías a las mujeres mayores.

«En la mía tiene 28».

—Espera, ¿qué?

Joder.

¿Consiguió vivir tanto tiempo en tu partida?

Debiste de haber derrotado a su hermano, ¿no?

«Sí».

—Pero ¿por qué Astrid?

Es guapa, sí, pero tiene una personalidad muy fuerte.

A la mayoría de los jugadores no les gusta.

La respuesta era clara y sencilla.

Ni siquiera necesitaba devanarse los sesos.

«Me recuerda a alguien que conocí en el pasado».

La voz de Astrid sacó a Vanitas de sus pensamientos poco después.

—No se vaya…

La estudió un momento más antes de soltar con suavidad su abrigo de las manos de ella.

—Os dejo para que lo resolváis —dijo, girando el pomo de la puerta.

Sin una segunda mirada, salió de la habitación.

Puede que él fuera el adulto, pero no tenía sentido malgastar palabras con gente que no estaba dispuesta a escuchar.

Después de salir, se detuvo junto a una máquina expendedora, abrió un refresco y bebió un sorbo.

Instantes después, oyó una voz vacilante a sus espaldas.

—Oye, eh…

Al darse la vuelta, vio a Charlotte allí de pie con expresión inquieta.

—¿Qué necesitas?

—preguntó él.

Charlotte dudó antes de hablar.

—Siento no haberte defendido ahí atrás…

—No pasa nada —dijo él—.

Entiendo tu postura.

Teniendo en cuenta su conexión con el Vanitas original, sabía que podría haberle resultado difícil defenderlo, dado el pasado.

Extendiendo la mano, le posó con suavidad una mano en la cabeza.

—No te preocupes.

Venga, te invito a cenar esta noche.

—¿Ah?

—parpadeó Charlotte, sorprendida.

—Para recompensarte por tus esfuerzos.

Has estado trabajando duro en el viñedo.

Tras un momento de vacilación, Charlotte asintió.

—…Vale.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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