El Nacimiento de una Villana - Capítulo 247
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247: Desaparecida (2) 247: Desaparecida (2) En el laberíntico bosque, lleno de árboles altos y espesura, y envuelto en la oscuridad, un grupo de personas se apiñaba, intentando darse calor unos a otros en medio de la fría noche.
Un chico de no menos de quince años se removió en el suelo donde estaba sentado junto a los demás.
Casi todos temblaban de frío y por el miedo que les infundían los hombres equipados con armaduras y espadas al cinto.
Y, como depredadores esperando a que su presa haga un movimiento, todos los hombres armados tenían la mano en la empuñadura de su espada, listos para atacar en cuanto alguien se moviera.
Mirando a su alrededor con discreción, el chico se dio cuenta de que los habían secuestrado junto a otras personas, posiblemente gente de los reinos vecinos porque todos vestían de formas diferentes.
No solo eso… el cielo ya estaba cubierto de nubes grises y apenas iluminado por el resplandor amarillento de la luna en lo alto.
Debía de ser cerca de la medianoche, dedujo finalmente el chico.
No se había dado cuenta de que ya era de noche porque acababa de despertarse después de que lo noquearan.
Eso también significaba que llevaban varias horas secuestrados y que ya habían cruzado las fronteras del Imperio Zheng.
Se le heló el corazón al pensar que estaban a la intemperie.
Sabía que era una mala idea, pero el duque le había hecho cambiar de opinión.
—¿Estás despierto?
—sonó un susurro a sus espaldas, lo que hizo que el chico dirigiera su atención hacia el sonido.
Kael sintió a la mujer que tenía detrás apoyarse en su espalda.
Respondió con un leve gruñido y le devolvió la pregunta: —Sí.
¿Y tú?
—Sigo viva.
—¿Y eso va a durar mucho?
—se mofó el chico—.
Hay más de diez hombres con espadas formando un círculo para vigilarnos.
Si intentamos hacer algo, nos atacarán.
Al oírlo decir eso, Chu Chu no pudo evitar soltar una risita.
Si los hombres armados no los estuvieran vigilando tan de cerca, ya se habría echado a reír.
En cuanto terminó con su risita, dijo de inmediato: —Eres un crío… Espera, si es que eres un crío.
Kael se mordió el labio e hizo un puchero de rabia.
Ya era todo un jovencito, más alto que cualquier chico de su edad y más listo que cualquier niño que aún asistiera a la academia.
¡Cómo se atrevía esa mujer a llamarlo «crío»!
—Tú tampoco lo hiciste mucho mejor… ¿Quién fue la que se portó como una damisela cuando nos atacaban?
—replicó Kael.
Recordaba que la mujer detrás de él había intentado ganarse a sus captores y seducirlos con sus lágrimas de perla.
Por desgracia, los hombres que se los llevaron eran inmunes a los encantos femeninos y la noquearon rápidamente.
Chu Chu sintió que le ardían las mejillas al oír la mención a su fallido intento de seducción.
Daba igual que los hombres que se los llevaron fueran inmunes a su belleza, pues ella ya no estaba en su mejor momento; sin embargo, que un crío le dijera que no había logrado someter a sus enemigos y la llamara damisela era suficiente para darle ganas de meterse en una osera e hibernar hasta que esa mancha en su reputación desapareciera.
Justo cuando Kael quería seguir riñendo con ella, un hombre a su izquierda se movió de repente.
Fue más rápido que nadie y, como la mayoría eran gente corriente que no sabía artes marciales, no tuvieron tiempo de reaccionar; solo vieron al hombre armado alzar el puño y descargarlo.
Un gruñido de dolor escapó de la boca de Kael al sentir el puño del hombre golpearle la sien.
Estaba seguro de que la zona se le amorataría y se le hincharía después de esa noche.
—¡Deja de hablar, bicho raro!
—le gritó el hombre al chico, y desplazó los pies, inclinando todo el cuerpo hacia un lado con la intención de hacerle lo mismo a la mujer que estaba sentada detrás de él.
Sin embargo, justo cuando su puño estaba a punto de tocar a Chu Chu, una sombra le bloqueó el paso y recibió el golpe del hombre armado.
Kael volvió a gruñir.
Esta vez, el dolor fue un poco más sordo, pues ya le habían golpeado una vez.
Aun así, dolía como mil demonios, y si alguien sin entrenamiento en artes marciales lo hubiera recibido, habría quedado inconsciente al instante tras sufrir un fuerte golpe en la cabeza.
Tendría suerte si eso fuera lo único que le pasara y no sufriera los efectos secundarios de una conmoción cerebral.
Tras fallar el golpe y ver que el bicho raro que habían logrado secuestrar cubría a la señorita que tenía detrás, el hombre armado se enfureció y empezó a patear al chico por todas partes.
Kael intentó protegerse de los golpes más letales y recibir los más leves para apaciguar la ira del hombre armado.
Aunque deseaba con todas sus fuerzas devolvérselos y darle una paliza por el dolor que acababa de infligirle, no podía joder el plan.
—¡Muere, bicho raro!
¿Te atreves a interponerte en mi camino?
¿Crees que te aceptarán por intentar salvar a alguien?
¡Ja!
¡Sigue soñando!
Un fenómeno como tú no tiene cabida en este mundo.
El hombre armado continuó con la andanada de puñetazos y patadas.
El hombre armado, junto con el resto de su banda, eran unos infames bandidos que secuestraban a cualquier viajero que se cruzara en su camino.
No les importaba si capturaban a niños, mujeres, hombres, enfermos o ancianos.
Lo único que querían era arrebatarles todos sus objetos de valor y mercancías.
A los hombres y a los niños se los llevaban de vuelta a sus campamentos para hacer trabajos forzados, mientras que a las mujeres las obligaban a complacer a los hombres del campamento.
A los enfermos, a los ancianos y al resto que les resultaban inútiles los vendían en una casa de subastas por un dinero extra o, directamente, los mataban.
Y, en este caso, el chico alto que viajaba con una mujer bonita en el carruaje de aspecto caro que habían capturado estaba siendo tratado peor que ninguna de sus capturas en años debido a su extraña apariencia.
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