El Nacimiento de una Villana - Capítulo 248
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248: Desaparecidos (3) 248: Desaparecidos (3) Al ver el pelo dorado del niño y aquellos ojos azul océano que brillaban incluso de noche, el hombre armado se sintió sumamente irritado.
Si no fuera porque el crío valía tanto en la casa de subastas que frecuentaban, ya le habría arrancado los ojos.
—¡¿Qué miráis?!
—gritó el hombre armado a los otros cautivos, que para entonces estaban del todo despiertos y habían visto lo que ocurría.
Los demás agacharon la cabeza, como si una espada fuera a pasar zumbando de repente para rebanárselas.
Apartaron la vista del hombre armado, al que miraban con miedo, y la clavaron en el suelo, esperando que no los golpeara.
Aunque querían ayudar al muchacho y detener al hombre, arriesgarían su propia vida por la de otro.
Sencillamente, no podían permitírselo.
El egoísmo tan propio de los humanos se apoderó de ellos al instante e hicieron la vista gorda a lo que estaba sucediendo.
Incluso los otros bandidos siguieron observando la paliza.
Por supuesto, intervendrían para detener a su compañero si la cosa se descontrolaba o el muchacho estaba a punto de morir; sin embargo, por el momento, preferían ver un buen espectáculo a morir de aburrimiento en mitad del bosque.
Chu Chu fulminó con la mirada al bandido armado y se mordió los labios.
Tenía los ojos enrojecidos y anegados en lágrimas por el esfuerzo de contener el llanto.
Era demasiado.
¿Qué hacían los hombres que había enviado Qu Xing Xu?
¿Por qué no detenían aquellas atrocidades y permitían que el muchacho recibiera semejante paliza?
Lo que ella no sabía es que los hombres de Qu Xing Xu ya tenían los arcos tensados, con las flechas listas para ser disparadas.
En cuanto vieron que el bandido golpeaba a Kael, se lanzaron al ataque con las armas desenvainadas, preparados para hacer trizas a aquellos necios bandidos.
Y justo cuando estaban a poca distancia del grupo, el muchacho les dirigió una mirada severa y los detuvo articulando una palabra sin emitir sonido.
Al principio no quisieron obedecerle y ansiaban matar a aquellos hombres, pero Kael se sacrificó y aceptó cada golpe sin quejarse.
—¡Parad!
¿Qué hacéis?
—Chu Chu se abalanzó hacia delante, pero la soga que la ataba la retuvo en su sitio y solo pudo caer de bruces al suelo—.
¡Detenedlo!
¡Vais a matarlo si seguís así!
Por favor…
Sin embargo, cuanto más suplicaba ella, más se regocijaban los bandidos, como si estuvieran en un festival y oyeran a las mujeres aclamarlos.
Cuando el bandido terminó de darle patadas y puñetazos, Kael ya estaba al borde de la consciencia, a punto de perder el sentido.
A pesar de todo, pudo sentir cómo el bandido regresaba junto a sus amigos.
También sintió unas manos suaves que lo alcanzaban y lo acariciaban, como queriendo borrar su dolor.
Chu Chu, que ya no contenía el llanto, lo agarró por la ropa y tiró de él para acercarlo, acomodándolo sobre su regazo.
Con delicadeza, posó sus dedos temblorosos sobre los moratones y cortes que tenía en la cara.
—¿Por qué has hecho eso?
—le preguntó—.
Deberías haber dejado que me golpeara a mí.
Mira cómo te han dejado.
—Yo… ah… no podía hacer eso.
A ti te habría dolido mucho —replicó Kael.
Levantó una mano temblorosa y se señaló la cara—.
Mírame a mí.
—A mí me han golpeado incontables veces y aguanto el dolor.
No tienes que volver a hacer algo así —le dijo, culpándose en parte por lo que le había ocurrido y culpando a Qu Xing Xu por haberlo planeado todo.
En el pasado, Yu Fangzhu aparecía sin cesar para intimidarla y amenazarla con la vida de su mejor amiga.
Sabía que los funcionarios de la corte inevitablemente revelaban sus secretos ante una belleza de burdel, por lo que la dejó allí durante años para que reuniera toda la información que pudiera.
Pero, al final, Yu Fangzhu la engañó haciéndole creer que su Xiaofei estaba sana y salva, viviendo felizmente en la residencia del príncipe.
En realidad, él ya había enviado a su mejor amiga a lo más profundo de su mazmorra para torturarla y humillarla durante un mes.
No fue hasta un mes después que recibió la noticia de que Xiaofei había muerto sin tumba.
—Entonces hice lo correcto —fue lo que oyó decir al muchacho que yacía en su regazo, mientras ella se perdía en sus recuerdos.
Chu Chu frunció el ceño al oír sus palabras, pero no insistió.
Sabía que Kael seguiría intentando que se sintiera menos culpable y agobiada asumiendo él la responsabilidad, así que decidió centrar toda su atención en limpiarle la sangre y la suciedad de la cara.
Como el espectáculo había terminado con un muchacho ensangrentado, todos volvieron a lo que estaban haciendo.
Los bandidos ocuparon sus puestos alrededor de las presas que habían capturado esa noche, mientras que los secuestrados se acurrucaban juntos, a excepción de Chu Chu y Kael, quienes pensaban que era mejor no esperar nada de esa gente y confiar solo en sí mismos.
En el bosque, el canto de los grillos, el susurro de las hojas y el crepitar del fuego que los bandidos habían encendido para calentarse fueron los últimos sonidos de paz que pudieron oír antes de que una lluvia de flechas comenzara a caer sobre ellos desde todas direcciones.
Los bandidos, que se habían relajado y se mostraban confiados al vigilar su mercancía, pensando que nadie iría a por ellos ni los encontraría, no se esperaban aquella repentina emboscada.
Por eso, cuando las flechas empezaron a caer del cielo, algunos tuvieron la mala suerte de ser atravesados por ellas en varios puntos.
—¡Una emboscada enemiga!
—gritó un bandido a sus compañeros a pleno pulmón, al ver cómo algunos caían presa de las afiladas puntas de las flechas que llovían sobre ellos.
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