EL ODIO DIVINO - Capítulo 12
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12: Capítulo 12 : Divinos 12: Capítulo 12 : Divinos —Apúrate, Ariel.
—Ya voy, Maeriel.
Espérame.
Caminaban por un sendero largo, cubierto de pasto esponjoso.
Si te acostabas en él, te dormías en un abrir y cerrar de ojos.
A los costados crecían rosas que brillaban; sus pétalos se movían como si respiraran.
Era hermoso.
Y ligeramente aterrador.
Maeriel resplandecía tanto que, a su lado, Ariel parecía un niño.
—Oye… Lucifer.
—¿Qué?
—¿Tú naciste en este mundo?
—No.
Yo nací en el inicio de todo.
Tú lo llamas paraíso.
—¿Qué paraíso…?
Maeriel lo miró.
—¿Estás hablando solo otra vez?
Ariel se puso nervioso.
—Eee… sí.
Jajaja.
Es que estamos muy lejos y… bueno.
—Nos falta bastante por caminar —respondió ella, señalando el horizonte—.
Es hermoso, ¿no?
Mira ese pájaro.
Ariel levantó la vista.
Se quedó helado.
Era un ave con doble pico y cuatro alas, las plumas abiertas como cuchillas brillantes.
—Eeee… sí.
Es… hermoso.
Caminaron durante horas hasta que la vegetación se abrió y apareció algo parecido a un reino fantástico.
Torres curvas, estructuras orgánicas, criaturas de formas imposibles.
Maeriel tomó un fruto de un puesto.
—Este se llama mitt.
Solo se comen las espinas.
Por dentro tiene agua… pero es tóxica.
Nos lo llevamos.
El vendedor los observaba con algo entre asco y desconfianza.
Ariel lo miró mejor.
No tenía boca en el rostro.
Tenía un solo ojo enorme.
Y la boca estaba en el pecho.
Ariel retrocedió apenas.
Maeriel lo notó.
Y, sin decir nada, le tomó la mano.
—Vamos, Ariel.
Siguieron caminando.
La curiosidad de Ariel era abismal.
Peces que volaban sobre fuentes suspendidas.
Seres de piel blanca, negra, verde, amarilla.
Lobos humanoides.
Criaturas élficas.
Formas que parecían sacadas de un cuento de hadas… mal contado.
Ariel suspiró.
—Lucifer… esto no se parece nada a un mundo divino.
—Padre lo hizo así.
Dijo que sería el mejor de todos.
Por eso está cerca de Él y de sus ángeles.
Maeriel lo miró, molesta.
—Otra vez hablas con tu amigo imaginario.
Te voy a perder entre tantas especies si sigues distraído.
Vamos a casa.
—Es… hermosa la ciudad —dijo Ariel mirando alrededor—.
Pero… no vi a nadie como nosotros.
Maeriel bajó la mirada un segundo.
—Yo tampoco.
Somos los únicos.
Había algo de tristeza en su voz.
Ariel intentó animarla.
—¿Eso significa que somos especiales?
Ella rió suavemente.
—Lo que tú digas.
—Podemos volar.
Me da flojera caminar.
¿Una carrera?
Maeriel sonrió.
—Vamos.
Y despegaron.
Volaron a toda velocidad sobre la ciudad imposible, sin saber qué les deparaba el futuro.
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