EL ODIO DIVINO - Capítulo 11
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11: Capítulo 11 : Rarezas 11: Capítulo 11 : Rarezas Estos años, Ariel pasó por muchas cosas: muerte, tragedia, viaje.
¿Qué le depara ahora?
—Ariel… despierta.
De repente abrió los ojos.
—Ahhhh… mierda… me siento del carajo.
—Al fin te despertaste.
Dormiste casi seis meses.
—¿Qué… seis meses?
—Sí.
No sé si te lo dije, pero aquí el tiempo pasa de manera diferente.
—Joder… ¿pero seis meses?
¿Y en qué casa estoy?
—No lo sé.
Es de una mujer enorme.
—¿Y cómo sabes que es mujer?
—Es lo último que viste antes de desmayarte.
La puerta se abrió.
Una figura gigantesca entró en la habitación.
Medía casi tres metros.
Su cabello era rojo carmesí, largo y brillante como fuego contenido.
—Hola.
Mi nombre es Maeriel.
Te encontré cerca del monte.
Apestabas bastante fuerte… aunque ahora hueles un poco menos.
Te bañé, pero seguías igual, así que te dejé en el sofá.
Ariel parpadeó varias veces.
—Eh… muchas gracias.
Mi nombre es Ariel… y mi otro… la estrella de la mañana… Maeriel frunció el ceño.
—¿Lucifer…?
—murmuró Ariel.
Lucifer, molesto, habló en su mente: Ariel, ¿qué estás haciendo?
No le digas nada.
—Es mi amigo imaginario —dijo Ariel, riendo nerviosamente.
—¿Tienes amigos imaginarios?
Qué gracioso —respondió Maeriel con calma—.
Oye, ya que estás mejor… ¿puedes ayudarme con algo?
—Ah… todavía me siento medio débil, pero sí, te ayudo.
Y así Ariel comenzó a ayudar a Maeriel.
Por su altura, ella no podía hacer muchas cosas con facilidad.
Su jardín era amplio, lleno de flores extrañas y luminosas que reaccionaban al tacto.
Ariel pasó el día arrancando hierbas, acomodando raíces, plantando nuevas semillas.
Sin darse cuenta, pasaron varios días.
Y en ese trabajo sencillo… Ariel sintió algo familiar.
No era tristeza.
No era dolor.
Era recuerdo.
Trabajar la tierra con sus padres.
—Oye, sabes hacer muchas cosas, Ariel.
—Sí… antes trabajaba en esto todos los días.
—¿Te fuiste a la ciudad?
Ariel dudó un segundo.
—No… yo vivía en el bosque.
Nunca en la ciudad.
¿Y tú?
—Nunca fui a lugares donde las personas te miran demasiado.
Sabes… tú te pareces a mí.
—¿La gente de la ciudad es diferente?
—Sí.
Ariel la miró.
—¿Quieres ir?
Maeriel sonrió levemente.
—Vamos.
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