El Patito Feo De La Tribu Tigre - Capítulo 249
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Capítulo 249: Lo siento por regañarte
Alcancé el pelo de Damar y, aunque parecía que iba a acariciarlo con suavidad, le agarré un puñado y le tiré de él.
—¿A qué te refieres con que quieres atesorar una cicatriz? Haz que te la traten de inmediato. Te pondrás enfermo si las heridas se infectan, lo sabes —le rebatí, pero no quiso.
Era la primera vez que Damar se negaba a hacerme caso. Estaba tan decidido a dejar que los arañazos se convirtieran en cicatriz.
Me quedé sin palabras… Era como si estuviera obsesionado conmigo.
Bueno, es decir, no era ninguna sorpresa. Ya lo sabía desde el principio. Pero…
—Damar, ¿de verdad… quieres pasar por todo eso solo para conservar una marca mía en tu cuerpo? —le pregunté, y él asintió.
Me cogió la mano y se la llevó a los labios.
—Quiero que el mundo sepa que te pertenezco a ti y solo a ti —dijo, con los ojos fijos en los míos, y yo tragué saliva.
Ahora que Damar tenía piernas, ya no parecía un hombre bestia serpiente, así que seguro que llamaría mucho la atención.
Si un hombre bestia tan guapo como este, con un aspecto etéreo sobre sus dos piernas, se paseaba por ahí, las moscas no tardarían en revolotear a su alrededor.
Por mucho que no me gustara, no quería que lo pasara mal solo por conservar las cicatrices.
Lo odiaba.
Acababa de despertar, había sufrido una fiebre alta y lo había pasado mal… Nunca más.
—Damar —lo llamé, arrebatándole la mano y mirándolo con una expresión totalmente seria—. Deshazte de las cicatrices —dije con voz fría.
Fenric y Noah se giraron para mirar en nuestra dirección, interrumpiendo lo que estaban haciendo.
Nunca esperaron que me pusiera tan fría y seria al hablar con Damar.
—Ari… —Me miró con los ojos entrecerrados por la tristeza.
—Hay otras formas —dije—. Podemos encontrar una manera de que te deje una marca natural, pero no esta… Si te pones enfermo —la mano me tembló y me mordí el labio—, no me lo perdonaré, así que no me hagas esto. No dejes que te pase y cúrate… Del todo.
Damar bajó la cabeza y luego, lentamente, asintió.
—Lo siento, Ari —susurró—. He vuelto a ser egoísta.
No, la egoísta soy yo. Lo siento, pero no estoy segura de poder soportar que te pongas enfermo…
Aparté la cara y abrí la boca para hablar, pero en vez de eso, suspiré.
—Siento haberte reñido —dije—. Solo estoy preocupada por ti.
—Sí, Ari es la única que más se preocupa por mí. —Levantó la cabeza y me dedicó una sonrisa triste.
Sentí como si una piedra me cayera sobre el corazón y yo también forcé una sonrisa.
—Sí, lo hago. Así que no me preocupes, ¿vale?
Se levantó y salió, sin siquiera molestarse en ponerse la túnica. Aunque el invierno había terminado, el viento de fuera todavía era frío. No le importó y se fue sin más.
Me sentí responsable. Sentí que había sido demasiado dura con él.
Levanté la cabeza y miré a los dos que habían dejado lo que estaban haciendo y me observaban.
No pude decir nada y simplemente bajé la cabeza.
—No es culpa tuya, Arinya —dijo Fenric, intentando consolarme.
—Sí, hasta yo sé que sería peligroso si se deja las heridas así sin tratárselas —añadió Noah.
—Fui yo quien le hizo esas heridas —murmuré.
—Bueno, para empezar, fue lo que él estaba haciendo lo que te llevó a dejarle esas marcas, ¿sabes? —dijo él, y aunque sabía que era su forma de intentar animarme, no funcionó tan bien como esperaba.
Cerré los ojos, con la conciencia remordiéndome.
No debería haberle reñido con tanta dureza.
Debería disculparme con él y hacérselo entender con palabras sencillas y suaves.
—Fenric —lo llamé—. Por favor, ayúdame.
Me ayudó a colocar a los cachorros uno a uno en su cesta y luego me puse de pie, deslizando un brazo por la manga de mi abrigo.
—¿Vas a ir tras él? —preguntó Noah, y yo asentí.
—Sí —dije, y salí.
No dijeron nada más y simplemente me observaron mientras me iba.
Salí y miré a ambos lados, pero no pude encontrarlo.
¿Qué camino había tomado?
Miré al suelo; la tierra húmeda mostraba su huella con la claridad del día.
Seguí sus pasos hasta que llegué al bosque, y entonces perdí la pista de la dirección que había tomado.
Miré a mi alrededor e intenté rastrearlo con el olfato.
Caminé y caminé hasta que me perdí y me cansé.
Y pensar que una bestia se perdería rastreando el olor de su pareja. Vaya bestia estaba hecha.
Quizá era así de mala rastreando… O quizá Damar se estaba alejando de mí a propósito porque todavía no quería verme.
Me mordí el labio, con el puño apretado contra el pecho.
Realmente había sido demasiado dura con él.
—¡Damar! —grité, y mi voz resonó en el bosque—. ¡Eh! ¿Dónde estás? —Una vez más, mi voz hizo eco, pero no obtuve respuesta.
Entonces, oí un crujido en el arbusto a mi izquierda.
Aparté las ramas del arbusto.
—¿Damar?
Pero no era Damar.
Era una de las mujeres bestia ardilla que compartían la cueva con nosotros. Ya sabes, la ardilla japonesa.
—Oh, hola —la saludé con una cálida sonrisa—. No sabía cuándo os habíais ido. ¿Ya os habéis mudado?
Era una ardilla hembra y, aunque estaba segura de que no suponíamos una amenaza para ellos, todavía se sentía un poco ansiosa en mi presencia.
—Sí, fue hacia el final del invierno —dijo, con una voz suave y algo soñadora. Era la primera vez que hablaba con ella.
Siempre era el macho el que hablaba si querían salir de la cueva y luego entrar, mientras ellas se quedaban allí encerradas.
—Bueno, entonces, ayúdame con algo —dije, y ella se estremeció—. Ah, no te pido nada peligroso. Solo… ¿Has visto por aquí a un hombre alto y guapo de piel pálida y pelo blanco?
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