El Patito Feo De La Tribu Tigre - Capítulo 281
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Capítulo 281: Las olas llevan muchas voces
Si pudiéramos quitarle el agua contaminada del cuerpo al hombre marino, quizá mejoraría y ya no estaría adormilado.
—Damar, tenemos que lavarlo —dije, alargando la mano hacia la bolsa de agua.
No sabía cuánto tardaría Robi, así que era mejor empezar con poco.
—Y luego, tenemos que encontrar una forma de detener lo que sea que esté cayendo de esos acantilados. ¿Hay una cura para esta hierba somnífera que está contaminando el agua?
Damar miró a los acantilados y luego a mí, con expresión grave. —Hay una cura —dijo.
Levantó al hombre marino —con cuidado esta vez, ya que ahora había confirmado que no intentaba tendernos una trampa— y nos refugiamos a la sombra de las rocas justo cuando Robi llegó corriendo con una hoja grande doblada en forma de cuenco, de la que goteaba agua de manantial clara y fresca.
Ah, fue más rápido de lo que pensaba. ¿Las ovejas eran así de rápidas? Y yo que estaba a punto de sacrificar mi agua de beber.
—Ya estoy aquí.
Le pasé la cesta a Damar y empecé a quitarle la mucosidad, con las manos temblorosas.
—Jael, ¿verdad? ¿Puedes oírme?
Jael escupió un pegote de porquería marrón al toser.
—Supongo que me oyes. Vamos a hacer todo lo posible para curarte tanto del efecto somnífero como de la contaminación. Pero no estoy segura de cómo limpiar el mar contaminado.
No tenía ni idea de cómo filtrar agua, y menos una extensión tan vasta como el mar.
La gente del mar ya estaba muy afectada, así que, en lugar de intentar limpiar el agua, teníamos que detener el origen de la contaminación e intentar sacar a la gente del mar fuera del agua hasta que las olas arrastraran la polución lejos.
—Damar, ¿cómo de rápido puedes conseguir la cura? —le pregunté. Él miró a izquierda y derecha, como si buscara algo en concreto, olfateando el aire. Luego dijo:
—No mucho.
—Entonces, ¿puedes ir a buscarla? Preparemos solo la suficiente para curar a Jael por ahora.
Damar me miró un rato, dudando si dejarme a mí y a los cachorros con este… pez.
Le cogí la mano, aunque la mía estaba un poco pegajosa por la mucosidad.
—Estoy segura de que puedo apañármelas con un pez enfermo si pasa algo —le dije. Él asintió, se dio la vuelta para marcharse sigilosamente tras fulminar con la mirada al pez moribundo durante un instante y me entregó la cesta de los cachorros dormidos.
Sus movimientos eran tan silenciosos que fue como si el bosque se lo hubiera tragado entero al desaparecer entre la maleza.
Volví a centrar mi atención en Jael. Robi estaba ocupado vertiendo el agua fresca sobre el cuello del hombre marino, ayudando a arrastrar esa desagradable mucosidad marrón.
—Sigue así, Robi —lo animé, usando un trozo de tela limpio para limpiar con cuidado las escamas alrededor de las branquias de Jael—. Necesitamos que esas aberturas estén despejadas para que pueda recibir oxígeno… o lo que sea que respiren fuera del agua.
Jael dejó escapar una larga y estremecida bocanada de aire. Sus ojos empezaban a enfocar de nuevo, y su color cambiaba de aquel gris opaco a un azul oceánico profundo. Me miró a mí y después a la cesta con los cachorros que estaba en la roca a mi lado.
—Tú… ¿Eres la de las historias? —dijo Jael con voz rasposa. Su voz seguía siendo áspera, pero la carraspera estaba desapareciendo—. La madre-tierra.
Casi se me cae el paño que estaba usando para limpiarle la mucosidad de las escamas. Miré a Jael, parpadeando.
—¿Historias? —repetí.
Durante unos dos segundos sentí un impulso repentino de echarme el pelo hacia atrás, sintiéndome mítica y legendaria, pero entonces el peso de la situación me golpeó. Sentí un vuelco en el estómago.
—¿Qué clase de historias? ¿Y «madre-tierra»? Si a duras penas me las apaño como una madre normal, no nos adelantemos.
Miré a Robi y luego de nuevo al hombre marino. ¿Había alguna especie de adivino primitivo bajo el mar? ¿O simplemente me estaban confundiendo con alguna diosa antigua que casualmente tenía orejas de tigre y muy malas pulgas con las hienas?
—Las olas transportan muchas voces —dijo Jael con voz rasposa, clavando en mí una mirada demasiado intensa para mi gusto—. Los videntes-profundos hablaron de una hembra que vendría de un mundo de piedra fría… una que lleva la marca del Lobo pero el corazón de un hogar. Dijeron que caminaría por donde nosotros no podemos y que hablaría por los que no tienen voz en tierra.
La parte de la «piedra fría» me provocó un escalofrío. ¿Se referían al cemento y los rascacielos de mi antigua vida? ¿Cómo demonios iba a saber un hombre pez algo así? No, seguro que le estoy buscando demasiadas vueltas.
Es porque tengo una historia que contar.
—Espera, espera —dije, levantando las manos—. Rebobinemos. Solo soy Arinya. Soy la pareja de Damar, Fenric y Noah —conté con los dedos—. Y soy la madre de tres cachorros. Solo tres. No soy ninguna salvadora enviada de los cielos para arreglar el ecosistema. Simplemente odio ver cómo se meten con los demás, sobre todo si son tipos que usan veneno porque son demasiado gallinas para pelear limpio.
Justo entonces, Damar regresó de la maleza con las manos llenas del Cardo-Sol púrpura y unas raíces lechosas. Oyó el final de lo que Jael estaba diciendo, y entrecerró los ojos, con la mirada yendo y viniendo del hombre marino a mí.
—Ignora sus supuestas leyendas, Ari —dijo Damar con voz inexpresiva mientras dejaba las hierbas en el suelo para empezar a machacarlas—. La gente del mar tiene una historia para cada onda en el agua. La mayoría no son más que sueños para pasar el rato mientras esperan la marea.
—Esto no es un sueño —insistió Jael, aunque hizo una mueca de dolor cuando Damar le apretó la amarga pasta púrpura contra los labios—. Ella está aquí. Las estrellas han comenzado a alinearse, aunque el agua esté oscura.
Vale, ahora todo me sonaba a un galimatías. Mejor lo ignoro por ahora. Solo estoy haciendo lo que puedo para reducir el estrés de Noah. Que tengan una leyenda o no, no es asunto mío.
Observé cómo Damar le metía la cura en la boca a Jael.
—Cómete la flor y punto, Jael —mascullé, echándome hacia atrás sobre los talones—. Ya hablaremos luego de mi estatus mítico. Ahora mismo solo soy una hembra muy cansada que quiere asegurarse de que vuestra «guardería» no se quede dormida para siempre.
Mientras Jael masticaba la amarga medicina, su color comenzó a volver, y un resplandeciente azul plateado regresó a su piel. La «niebla» de sus ojos se estaba despejando y se incorporó, pareciendo más un guerrero y menos un trapo mojado.
—Bueno —dije, mirando los altos y escarpados acantilados—. ¿Empezamos a hablar de cómo ayudar al resto de la tribu de la gente del mar?
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