El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 43
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Capítulo 43: Capítulo Cuarenta y tres
Siete años y medio atrás…
Iba a llegar tarde.
Esa noche se había despertado a regañadientes porque olvidó que tenía una junta muy importante en casa de su amigo y como había llegado muy cansado de la escuela, decidió dormir un poco, pero se le hizo tarde.
Y de ninguna manera podía retrasarse más o lamentaría.
Al señor Magnus Schreitz no le gustaba esperar y lo entendía perfectamente.
Bajó la escalera a grandes zancadas mientras terminaba de componerse la chaqueta encima de su camisa y antes de llegar a la puerta, su madre lo interceptó con los brazos cruzados sobre el pecho y sus fríos ojos azules mirándolo con desdén. Tenía el ceño muy fruncido, casi partiéndole la mitad del rostro y su cabello rubio con algunas canas estaba atado en una cola de caballo.
—¿Se puede saber a dónde vas a las diez de la noche? —inquirió la fémina, profundizando el ceño.
—A la casa de Egon, mamá. No tardaré, lo prometo—. Mintió, sin mirarla, pero a pesar de ello, no pudo rodear a su madre porque esta estiró los brazos, bloqueándole el paso.
Hagen alzó la mirada a ella con cansancio.
—Por favor, déjame hazte a un lado, mamá. Es importante que vaya a ver a mi amigo.
—Su padre está metido en actos ilícitos, hace casi tres años entraron unos mafiosos a asesinar a la madre de tu amigo, y por ende, ya te he dicho que quiero que dejes de juntarte con él—. Repuso con rigidez. Se le notaba en el rostro pálido el miedo que sentía y no podía culparla.
—Egon me necesita—. Insistió—. No me pasará nada, lo juro. Soy su único amigo y además, dentro de seis meses seré mayor de edad y podré independizarme para ya no darles problemas a papá y a ti.
El rostro de su madre perdió más color y entornó los ojos.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Planeo irme a vivir con Egon porque voy a trabajar oficialmente para su padre, mamá; así que por eso no debo faltar esta noche—. Repuso, indignado y pasó junto a ella rápidamente, dejándola estupefacta, pero antes de marcharse, se detuvo bajo el umbral de la puerta—. Por cierto, Fritz irá a recogerme. Él sabe a qué hora saldré de ahí y me traerá a casa.
—Pero Friedrich tiene su semana libre y no creo que…
—Yo mantengo contacto con él siempre, mamá. No te preocupes y no me esperes despierta con papá.
Era bien sabido que en cuanto llegase su padre de trabajar, su madre lo pondría al tanto y entre los dos idearían algún plan para detenerlo, pero él ya había tomado la decisión.
Deseaba entrar de manera oficial a la mafia de Los Lobos de Viena, liderado por el gran Carnicero de Viena y ocupar un grandioso puesto, acompañando a su amigo Egon Schreitz.
—¡Hagen!
El rubio volteó a ver su madre. Sus ojos estaban inundados de lágrimas y percibía mucho miedo en su mirada.
—¿Sí? —suavizó su voz al verla tan vulnerable. Por alguna razón, le gustaba ver a su madre siendo tan débil y dócil.
—Escucha, quédate en casa, por favor. Si tu padre y yo estamos haciendo algo mal, dínoslo, y vamos a remediarlo, pero no vayas a ese lugar, te lo pido por lo que más quieras, hijo—. Suplicó, dando dos pasos tambaleantes hacia a él con inseguridad, ya que sabía que, si se acercaba bruscamente, Hagen se marcharía más rápido.
—No han fallado como padres, se los aseguro.
—¿Entonces por qué quieres estar con esas personas? Nosotros somos tu familia—. Balbuceó, nerviosa.
—Egon es mi mejor amigo y me necesita. No puedo dejarlo solo. Desde que asesinaron a su madre, me he convertido en su hombro y su fuerza, además, le agrado al señor Magnus, así que no te preocupes. Estaré bien—. Le aseguró con una sonrisa de oreja a oreja.
En cuanto Hagen Falk se dio la vuelta, su sonrisa se esfumó, plasmándose una máscara de piedra en su rostro. Estaba cansado también de tener que calmar a su mamá cuando perdía el control, pero dentro de poco, sería libre. De eso estaba seguro.
Cuando asesinaron a la madre de su mejor amigo, Egon y su padre decidieron mudarse casa para estar menos estresados al recordar la masacre. La nueva residencia le quedaba más lejos a Hagen, pero podía llegar caminando, no obstante, en ese momento, debía estar ahí lo antes posible, así que pidió un taxi y se dirigió hasta allá.
Esa noche, por lo que le había comentado Egon, iban a tener demostraciones de toda clase de artes sangrientas para que ambos jóvenes decidieran cual les llamaba más la atención para poder tener un pasatiempo y perfeccionarlo si en algún momento estaban a nada de ser descubiertos por el FBI.
Hacía poco, él había visto un documental gracias a sus padres, sobre lo hermoso que era la taxidermia y deseaba que exactamente eso fuera uno de los artes sangrientos que iban a mostrarle en casa de su mejor amigo, porque si fuese así, estaría dispuesto a aprenderlo con sumo cuidado.
Cuando llegó, todo estaba muy oscuro, pero era buena señal. Aun no había llegado el señor Schreitz y eso le daba ventaja para encontrarse con su mejor amigo.
Le pagó al taxista y se acercó peligrosamente a la acera, muy cerca de la casa, la cual se hallaba custodiada desde varios metros a la redonda de hombres armados, que en cuanto advirtieron su presencia, se pusieron en posición de ataque, pero Hagen alzó las manos sin titubear y sin detenerse.
—¿Siempre va a pasar lo mismo? Soy Hagen Falk, el mejor amigo de Egon Schreitz y tengo una cita con el señor Magnus, y dudo mucho que le haga gracia que le haga mención de que siempre que vengo aquí, me reciben con las armas apuntándome al pecho—. Bufó, aburrido.
Enseguida los sujetos bajaron la guardia y palidecieron por un segundo.
—Solo déjenme pasar—. Ladró el chico rubio, abriéndose paso entre ellos, y no sin antes enviarles una mirada mezquina con sus fríos ojos azules.
Al momento de entrar a la casa, fue recibido por Egon, quien había dejado de hablar con Jaques, uno de los hombres de confianza del señor Magnus y lo invitó a pasar a la cocina por un bocadillo.
—Es un alivio saber que vine justo a tiempo.
—Tuviste suerte. Mi padre se retrasó porque tuvo que ocultarse un rato de la policía—. Repuso Egon, encogiéndose de hombros y echándose unas papas a la boca—. En todo caso, no me hace mucha gracia la reunión de hoy. A mí no me importa bien poco saber algún tipo de arte macabra, me conformo con que ya sé como asesinar personas y ya. Mis manos no necesitan mancharse de más sangre y jugar a ser Dios.
—Yo tampoco—. Mintió Hagen, comiéndose una papa con nerviosismo—. Pero supongo que tu padre quiere que aprendamos algo que pueda ayudarnos en algún momento.
Egon hizo una mueca de burla y rio entre dientes. Abrazó al rubio, cogió el cuenco de papas en la otra mano y lo dirigió hacia la sala.
Se inclinó lo suficiente a él para hablarle en susurros en la oreja.
—Mi padre solo quiere ver que tan retorcida está nuestra mente, Hagen. No caigas en su juego, por favor. Finge que es interesante, pero no le des el gusto de decirle que quieres aprender alguna de esas técnicas como pasatiempo porque habrás firmado tu sentencia de muerte.
—¿De qué hablas? —el rubio lo miró con el ceño fruncido.
Egon se mordió el labio inferior con incomodidad porque en esa casa nada era seguro, y mucho menos hablar.
—Si te ofreces a aprender algo de lo que él nos enseñe, mi padre te elegirá como su conejillo de indias para que seas un experto, y si luego te aburres o fallas, te va a meter una bala en la cabeza por haberle hecho perder el tiempo—. Le advirtió en un siseo y dejó de abrazarlo y se dirigió al sofá con el cuenco.
Para ese momento, Hagen lejos de asustarse, se sintió motivado, pero no quería que su mejor amigo se enterara de que iba a entregarse totalmente a la taxidermia si en caso era una de las artes sangrientas que el señor Magnus le demostraría.
Sería un secreto.
—Oye, ¿y tus padres no te dijeron nada cuando decidiste venir? —le preguntó Egon, perplejo—. Siempre vienes y jamás te lo prohíben y no es que no me gusta que vengas, pero es raro. Tu familia es normal, nada que ver con la mía.
—No les gusta—. Confesó, encogiéndose de hombros y le robó algunas papas, sentándose a su lado—, pero logré convencerla. Además, en seis meses cumplo dieciocho años y me voy a independizar.
Egon arqueó una ceja y lo escudriñó con interés. Sus ojos grises se dilataron.
—¿En serio estás dispuesto a pertenecer a Los Lobos de Viena? —Inquirió el chico, emocionado de tener a su mejor amigo más cerca que nunca.
—No puedo dejarte solo—. Bromeó—. Me necesitas y por eso me uniré a ustedes.
—En eso tienes razón, Hagen—. Convino el chico de ojos grises y tristes. Su ánimo cambió totalmente de un momento a otro. Su mirada se ensombreció de profunda tristeza—. Te necesito demasiado, si no estás conmigo, siento que enloqueceré. No puedo estar con mi padre y tampoco solo, no desde lo de… mamá.
—Tranquilo, amigo. Estoy contigo, nunca te dejaré solo—. Hagen estiró la mano y la empuñó.
Egon lo imitó y chocaron puños.
—Bien, ya lo prometiste. Si algún día piensas abandonarme o traicionarme, primero voy a…
—Primero me doy un tiro en la sien antes de abandonarte o traicionarte, lo juro. Y no bromeo—. Su voz sonó muy seria y honesta, así que Egon tuvo que suspirar de alivio.
A los pocos minutos, se escuchó el sonido de varios motores de coches aparcando afuera y mucho movimiento de todos los hombres armados.
Jaques, que era el encargado de patrullar en el interior, se acercó a los adolescentes y cuadró los hombros, muy cerca de ellos para que entendieran de debían levantarse cuanto antes porque el señor Magnus Schreitz había vuelto.
Egon se levantó rápidamente y Hagen también, por lo que Jaques se encaminó a la puerta para abrirla.
Sin embargo, la persona que entró, no era nadie que ellos conocieran. De hecho entraron dos individuos desconocidos con los ojos pardos, muy similares entre sí. Era un hombre y una mujer de unos treinta años. Y Egon advirtió que eran… gemelos.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde está mi padre? —les preguntó, a la defensiva.
Jaques también se puso en posición de ataque si en caso esos gemelos intentaban atacar a los adolescentes, pero Hagen solamente miraba fascinado a la mujer, que tenía un aire felino en su mirada.
—El señor Schreitz no pudo venir porque la policía sigue rondando su escondite—. Respondió el hombre. Su voz era suave y muy desconcertante, especialmente sus ojos pardos. Tenía el cabello al ras del cráneo y vestía todo de negro, al igual que su hermana.
—Hemos venido a enseñarles el maravilloso arte de retratar eternamente a un ser vivo—. Externó la mujer con excitación, esbozando una sonrisa de oreja a oreja, en donde ellos advirtieron que tenía los caninos hechos colmillos reales, de resina, viéndose el doble de felina y salvaje. Su cabello rojo encendido y su ropa negra la hacían lucir muy extravagante—. La taxidermia es mi especialidad.
—Y yo domino el arte del embalsamamiento. El arte fugaz antes del descanso eterno—. Comentó el hombre.
Egon frunció el ceño e intercambió miradas con Hagen.
—¿Cuáles son sus nombres? —masculló el chico de ojos grises, con desconfianza.
—Anastasia Voss—. La mujer hizo una ridícula reverencia.
—Alaric Voss—. Replicó el otro.
—¿Son gemelos? —preguntó Hagen.
—¿No es obvio? —musitó Alaric con sarcasmo y el rubio puso los ojos en blanco, fastidiado.
—Y para que puedan ser testigos de nuestra arte, tienen que venir con nosotros—. Dijo ella, mirando a Jaques, quien faltaba poco para que les metiera una bala en el trasero por tanta desconfianza—. Órdenes del señor Schreitz, si no me crees, llámalo.
Jaques asintió y se alejó unos pasos sin dejar de observarlos mientras llamaba al padre de Egon.
Tanto Egon como su amigo, se mostraron nerviosos frente al par de gemelos extraños hasta que Jaques resopló detrás de ellos.
—Todo en orden, aunque yo iré con ustedes—. Objetó Jaques.
—Como sea, vámonos—. Añadió Anastasia Voss, dándose la vuelta con su hermano pisándole los talones.
Afuera los esperaba una camioneta negra y la abordaron en compañía de Jaques.
El trayecto a quien sabe dónde comenzó.
Acababa de terminar el invierno y aún quedaba residuos de nieve revuelta con fango.
La camioneta avanzaba por un camino de tierra, levantando polvo como si quisiera borrar sus propias huellas. El paisaje se volvía cada vez más vacío, más silencioso… como si el mundo se estuviera retirando poco a poco.
Hagen comprendió que era más macabro de lo que había imaginado, puesto que Egon e incluso Jaques, se hallaban muy temerosos y eso que ellos tenían más experiencia en ese ámbito, pero dejó a un lado el miedo y se concentró en el camino.
Llegaron rápido a lo que parecía ser una casa normal que estaba al borde del comienzo del bosque más cercano. Era enorme, abismal y abandonada.
—Es aquí. —Avisó Alaric, abriendo la puerta y siendo él el primero en bajar de un salto.
Hagen miró a Egon y Egon a su vez miró a Jaques, quien asintió, todavía no tan convencido.
Al final, solo el chofer quedó en la camioneta. Todos bajaron y entraron a esa casa abandonada, que por fuera parecía estar en ruinas, pero por dentro era un sitio sumamente elegante y frívolo, que olía a formol y a otros químicos.
—Muy bien, es por aquí—. Los guió Anastasia—. Comenzaremos con la teoría, y si después gustan quedarse a vernos trabajar, con gusto les enseñaremos la práctica.
El par de gemelos abrieron una compuerta con huella dactilar compartida y entraron. Todo estaba oscuro y después se hizo la luz, que era tan deslumbrante que los jóvenes se cubrieron los ojos, pero después los entornaron al ver todos los cadáveres que habían ahí.
La estancia estaba dividida en dos.
De un lado había animales disecados que parecían tener vida, pero sin poder moverse y del otro lado había cadáveres humanos en mesas metálicas. Algunos aun conservaban su expresión en vida y otros no tanto. Y el olor era… desagradable, pero no del todo, al menos para Hagen Falk, porque sus ojos azules se quedaron fijos en aquellos animales inmóviles.
—¿Alguna vez han visto a un muerto de cerca? —preguntó Alaric, apoyándose contra la mesa metálica.
—Algo así…—respondió Hagen, perplejo.
—Yo sí. Pero nunca… así—. Egon sonrió apenas.
El hombre asintió, como si eso fuera suficiente.
—Bien. Entonces escuchen. El embalsamamiento no es magia… es técnica. Precisión. Y respeto… en teoría—. Se acercó, bajando un poco la voz—. Primero, se desinfecta el cuerpo. Siempre. No quieres sorpresas de ningún tipo porque no estás tratando con animales. Después… viene lo interesante: haces una incisión, normalmente cerca de la clavícula o la ingle, para acceder a una arteria—. Mientras hablaba, les había hecho una seña para que se acercaran al cadáver menos dañado.
—¿Para qué? —preguntó Hagen.
—Para sustituir la sangre—respondió el gemelo, directo—. Se drena. Y en su lugar se inyecta una solución conservante, usualmente con formaldehído. Eso ralentiza la descomposición.
—O sea… lo conviertes en algo que no se pudra tan rápido—. Egon cruzó los brazos sobre el pecho, incómodo.
—Exacto. Pero no es solo eso. También se trata la cavidad interna. Los órganos… liberan gases para nada agradables, líquidos, etc,. Así que se aspiran y se reemplazan con químicos más fuertes—. Explicó, haciendo que el silencio se hiciera más pesado.
Jaques estaba pálido como si fuese uno más de esos cadáveres.
—Oye, Jaques, ¿te sientes…? —Egon apenas se dirigió a él cuando el mencionado se cubrió la boca con las manos y Anastasia le acercó una cubeta.
Jaques se dobló hacia adelante para vomitar y ella lo acompañó afuera para que se calmara.
—Él estará bien. No todos aguantan la impresión—. Explicó Alaric, restándole importancia.
—Es más bien el hedor. Jaques es un asesino experimentado y ha visto y dejado cadáveres desechos—. Lo defendió Egon y Hagen sonrió.
—Luego viene lo “estético” —continuó el hombre, poniendo los ojos en blanco ante su comentario—. Se cierran los ojos, se fija la mandíbula… a veces con suturas, a veces con dispositivos internos, dependiendo el estado del cadáver porque suele ocurrir que han fallecido en accidentes, quedan irreconocibles y toca reconstruirlos—. Suspiró—. Se maquilla el cuerpo. Se viste. Se intenta… devolverle algo de dignidad de cuando estuvo en vida.
—Suena… frío y muy tétrico—. Opinó Egon, con los vellos de punta.
El hombre lo miró fijamente.
—Lo es. Pero también es control. En este negocio, muchachos… controlar lo inevitable es poder.
Entonces, Egon Schreitz sonrió genuinamente ante ese comentario.
—Me gusta eso.
Minutos después, Anastasia regresó sola y sacó un par de guantes de látex de un cajón para dar su explicación teórica. Se amarró su rojizo cabello en una cola de caballo y se movió hacia donde estaban los animales inmortalizados.
—Ustedes creen que la muerte es el final—comenzó a decir ella, limpiándose las manos con un paño—. Pero en realidad… es solo un cambio de forma.
—Eso suena más perturbador—. Murmuró Egon, pero Hagen miraba con fascinación a los animales.
Ella sonrió.
—Debería.
Se acercó a una mesa donde había herramientas perfectamente ordenadas.
—La taxidermia es el arte de preservar animales. No como eran… sino como queremos recordarlos. O exhibirlos.
—¿Cómo empieza? —preguntó Hagen, muy interesado, ladeando la cabeza.
—Con la piel—respondió ella—. Siempre con la piel. Se hace una incisión cuidadosa y se separa del cuerpo. Es… delicado. No puedes dañarla o será imposible hacerlo completo.
—¿Y el resto? —. Egon frunció el ceño.
—Se desecha. O se estudia. Depende de quién lo haga—. Hubo un breve silencio.
—También se puede conservar en frascos, ¿no? Pero eso depende de cada quien—. Opinó Hagen.
—Exactamente. Cada taxidermista tiene su propia manera de trabajar, pero solamente al principio, porque todo debe ser exactamente igual.
—Comprendo. Por favor, continue—. Le instó Hagen, con las pupilas dilatadas y ella sonrió al ver su interés.
—Después, la piel se limpia completamente. Se eliminan restos de grasa, tejido… todo. Luego se trata con productos químicos para evitar que se degrade.
—¿Y luego la vuelven a… poner? —preguntó el chico, dudando.
Ella asintió, satisfecha.
—Sobre una estructura. Un molde. Puede ser de espuma, de alambre… incluso esculpido a medida. Ahí es donde entra el arte—. Se inclinó un poco hacia ellos—. Porque no se trata solo de conservar… sino de recrear la ilusión de vida. La postura. La expresión. Los ojos, que son de vidrio… pero deben parecer reales.
—Entonces… es como mentirle a la muerte o burlarse de ella—. Añadió Hagen y Egon lo miró con desconcierto.
—No. Es negociar con ella—. La mujer lo observó, divertida.
—No sé si eso es mejor—. Egon se estremeció.
Ella se encogió de hombros.
—Depende de qué lado estés.
Y como ninguno de los dos jóvenes pidieron tener una sesión de práctica, fueron llevados de regreso a casa con Jaques moribundo. Su estómago seguía revuelto a causa del hedor y apenas podía estar sin vomitar con ayuda de un algodón remojado en alcohol.
No obstante, el que iba muy callado y sumido en sus pensamientos era Hagen, pero fingía interés a lo que su mejor amigo le decía para no levantar sospechas de su atracción enfermiza hacia la taxidermia, especialmente porque ya tenía en mente con quienes empezar a ejercer ese arte.
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