El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 42
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Capítulo 42: Capítulo Cuarenta y dos
Pero aquello en vez de intimidarlo, pareció enfurecerlo más y motivarlo a darse prisa a su idea nauseabunda.
—¡Egon!
—¡Cállate! Él no puede entrar aquí—. Se burló Friede.
Elara se horrorizó cuando Jakob se bajó el pantalón por completo y se sacó su miembro, colocándose muy cerca de su cara.
—¿Te acuerdas cuando fantaseabas con tocarlo y besarlo? —se burló Jakob, jugando con su porquería como si fuera la cosa más bella del mundo—. Pues aquí lo tienes, es todo tuyo aún.
—¡Aleja tu miseria de mi vista! —le gritó Elara, asqueada—. ¡Tu depravación quemó tus neuronas!
—Quítenle la ropa para que Jakob cumpla su fantasía y la dejemos ir con el pobre imbécil que está afuera intentando entrar—. Ordenó Friede a carcajadas.
—¡No! ¡No me toquen! ¡Por favor! —chilló ella, odiándose por haberse alejado de Egon.
Y justo cuando las manos pervertidas de los amigos de su ex novio comenzaron a tocarla paras quitarle la ropa, se escuchó un fuerte ruido en la puerta que dejó a todos desconcertados.
—Continúen, él no puede derribar la puerta—. Exigió Friede, pero su rostro estaba pálido.
Sin embargo, cuando habían logrado desabrocharle la blusa, se escuchó otro crujido y de repente, un disparo directo en el pomo, y después tres más en el mismo sitio.
—¡¿Qué demonios?! —masculló Jakob, poniéndose bien los pantalones y se acercó a Elara—. ¿Quién mierda es este tipo?
—¿Por qué? ¿Acaso tienes miedo? —se burló ella, levantándose porque los demás se habían alejado a un rincón, muertos de miedo.
—Solo responde, maldita sea.
—¿Conoces al Carnicero de Viena?
—¿Qué tiene que ver ese mafioso con esto? —intervino Friede con desasosiego.
—Pues el que está afuera es su hijo, el Lobo de Hielo, pero como es mi novio, yo lo llamo por su nombre: Egon Schreitz—. Respondió, esbozando una sonrisa a pesar de que tenía el labio sangrándole—. Habíamos decidido venir a darte la paliza que merecías después de romperme el corazón, Jakob, y pensé en desistir, pero ahora con lo que me hiciste con ayuda de tus amigos, la venganza será peor.
La madera de la puerta, gracias a los disparos, quedó lo suficientemente débil y para cuando se escuchó el último disparo incrustado, hubo un silencio sepulcral y a continuación, el puño de Egon atravesó ese pequeño espacio y abrió deliberadamente la puerta con el arma en la otra mano.
Sus ojos grises estaban ensombrecidos de ira y cólera; y cuando divisó a Elara ensangrentada despeinada y con la blusa desabrochada, enloqueció.
Ella corrió a abrazarlo y él la tomó de la cintura con posesividad.
Barrió a cada uno con la mirada y se centró en Jakob Severin que parecía a punto de orinarse.
—¿Recuerdas cuando te prometí que no le haría daño? —siseó Egon a Elara. Ella asintió—. Mentí.
—Todos ellos intentaron abusar de mí, a excepción del que está inconsciente. Él trató de defenderme.
—No es verdad. Ni siquiera la tocamos—. Se defendió Jakob de manera cobarde, pero eso sirvió para que Egon lo identificara porque todos estaban con el cabello asquerosamente largo y al momento que su ex novio habló, alcanzó a ver el espacio enorme de donde debería tener su diente frontal.
Egon bajó la mirada a Elara y le dio un tierno beso en la sien derecha.
—Ve abajo, cariño, yo me encargaré de cada uno de ellos. Prometo no asesinarlos, pero los dejaré deseando la muerte.
La fémina le envió una última mirada a su ex novio antes de retroceder y dejarle todo en manos de su novio, el Lobo de Hielo, hijo del Carnicero de Viena.
—¡Elara…!
Ella sacudió la cabeza al escuchar gritar a Jakob y bajó corriendo a resguardarse. Sabía que Egon los haría sufrir de la peor manera y que no soportaría presenciarlo.
Se sentó el sofá y se abrazó a sí misma.
¿Cómo era posible que se hubiera atrevido a hacerle semejante humillación?
Habría esperado todo, menos eso.
Elara tuvo que cubrirse los oídos cuando empezó a escuchar los gritos de dolor y de desesperación de todos ellos, especialmente de Jakob.
E inmediatamente escuchó ladrar a Cookie, la perrita de él, en el patio, tratando de entrar con mucha desesperación para salvar a su dueño, pero era inútil.
Al cabo de treinta tormentosos minutos, escuchó la voz de Egon.
—¿Podrías subir, preciosa?
Ella no respondió, pero obedeció.
Subió a pasos torpes, deseando no ver aquella escena, pero era necesario.
En cuanto estuvo nuevamente ahí, el alma se le cayó a los pies.
Egon Schreitz yacía sentado en la cama bañado en sangre y sosteniendo una navaja, al lado de Dante, quien seguía inconsciente e ileso, señalando a todos esos idiotas que estaban dispersos por toda la recámara, agonizando de dolor, y no encontró a Jakob por ningún sitio.
—¿Y Jakob? —le tembló la voz al preguntar.
—En su habitación, claramente—. Le guiñó el ojo—. Ve a verlo y regresas, ¿de acuerdo?
Ella asintió, temerosa.
Se dirigió a la recámara de su ex novio y abrió la puerta sigilosamente.
En cuanto puso un pie dentro, se cubrió la boca con las manos y ahogó un grito.
Jakob Severin seguía vivo, pero apenas respiraba.
Estaba sentado en su silla que usaba para jugar en su consola, con las manos atadas por detrás del respaldo, escurriendo sangre hasta la alfombra y también de sus pies descalzos.
No tenía ninguna de sus uñas y a eso se debía la sangre.
Su boca estaba ensangrentada y notó que tenía golpes que le habían hecho reventar sus labios y recordó que ella probablemente se miraba así gracias a la patada que recibió.
Su rostro casi no se miraba por su cabello largo y negro por encima y con la mano temblorosa, le apartó un mechón para poder mirarlo y se encontró con su mirada.
—¿En serio me odias tanto como… para haber venido con tu nuevo … novio criminal a… matarme? —logró decir con dificultad y la sangre escurrió por su barbilla.
—No vas a morir, Jakob—. Le prometió.
—¿Cómo… estás tan segura?
—Porque le hice prometer a Egon que no lo hiciera.
—Me duele todo el cuerpo y si no muero desangrado… moriré por el dolor—. Se quejó en un hilo de voz.
—Este dolor que sientes es poco en comparación a lo que me hiciste sentir aquel octubre, Jakob. Y solo hasta este momento puedo decir que te he perdonado. Tenía que verte agonizando para saber que por fin estoy libre de ti y no sabes cuanto me alegra eso porque por fin conocí a alguien que daría la vida por mí y no se irá detrás de cualquier mujer que tengas los pechos enormes y le dé la más mínima atención.
—Nunca te engañé mientras… estuvimos juntos—. Tragó saliva y sacudió la cabeza—. Y tampoco después.
—Es porque ninguna chica ha sido igual de tonta que yo, créeme.
—Perdón.
—Te perdono. Y quiero que también me perdones porque solamente viéndote así, estoy en paz. Nunca se va a comparar a lo que me hiciste sentir. Yo te amaba con toda mi alma, aunque no nos habíamos visto en persona, fuiste el primero en verme y aceptarme, pero también el único que logró romper mi corazón de la peor manera, haciéndome ver que todas esas palabras hermosas y promesas eran falsas, que simplemente fuiste un chico hormonal y nada más.
—Nunca quise hacerte daño, pero tus… maldito celos enfermizos me orillaron a ya no querer estar contigo, Elara…
—Yo no era celosa ni insegura, pero comencé a ser así gracias a ti y a tu comportamiento inmaduro.
—Soy menor que tú casi diez… años—. Le recordó—. No puedes… compararte conmigo.
—Tienes razón, pero ahí fuiste tú el culpable por pensar que salir con alguien mayor era sano, cuando yo misma te dije que no creía que funcionaría, pero insististe, ¿lo recuerdas?
Jakob cerró los ojos, angustiado y más porque seguramente le dolía al respirar.
—Lamento haberte conocido en estas circunstancias, Jakob. Y también te perdono por haber intentado abusar de mí con ayuda de tus imbéciles amigos—. Le susurró en la oreja antes de tener intención de marcharse.
—Espera, no… te vayas, por favor…
—¿Qué sucede? Asumo que Egon les leyó las indicaciones para que no llamen a la policía, ¿no?
—Desátame las manos, por favor.
—¿Por qué?
—Solo hazlo… por favor. No voy a lastimarte—. Tragó saliva—. No tengo fuerzas ni para moverme.
Elara lo miró con ojos estrechados y después obedeció su petición. Le desató las manos entumecidas y manchadas de sangre fresca y seca, y le causó repulsión verlo sin uñas.
—Quiero pedirte algo más, porque sé que después de esto… te vas a volver a esfumar de mi vida…
—Jakob, basta.
—Me lo… debes. No llamaré a la policía y mantendré en… anonimato tu presencia y la de él…
—¿Qué es lo que quieres? —titubeó.
—Un beso. Solo uno… no pido más…
Elara se desconcertó.
—No. No puedo hacerlo, lo siento. Si hago eso, sería traicionar a Egon.
—Hazlo por ese amor que me juraste alguna vez. Siempre soñamos con darnos nuestro primer beso, ¿lo olvidas? Yo todavía no… lo he dado y… quiero que sea contigo…
—Pero yo ya lo di y fue con Egon Schreitz, mi novio.
Aquello pareció atormentarlo, pero lo camufló perfectamente bien en no hacer una mueca, aunque su mirada lo delató.
—No importa… yo quiero que el mío sea contigo… por favor, Elara.
Azorada, se debatió en cumplirle su deseo o mandarlo al diablo.
Y al final, como ella no podía ser cruel, aceptó. Echó un vistazo a la puerta y se colocó frente a él, mirándolo con pena.
Años atrás habría dado todo por ese momento, había fantaseado en como sería besar al “amor de su vida”, y ahora, tiempo después, lo besaría, pero no por deseo o amor, sino por lástima, lo cual era incluso peor.
Elara le despejó la cara y lo tomó por las mejillas, dándole igual la sangre de su boca porque ella igual estaba y no estaba como para seguir haciéndole el feo.
Ambos se sostuvieron las miradas y ella se inclinó a sus labios. Cerró los ojos y presionó sus labios con los suyos, siendo un beso simple y fugaz, en donde las emociones inundaron a ambos y pronto sintieron humedad entre sus bocas.
—Gracias por todo, Jakob. A pesar de todo, mientras todo estaba bien entre nosotros, fuiste un buen novio, es una lástima que termináramos así, habríamos sido muy felices—. Susurró ella antes de darle un beso en la frente como despedida.
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