El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 44
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Capítulo 44: Capítulo Cuarenta y cuatro
—Oye, eso fue escalofriante, ¿no? —Egon le palmeó la espalda a Hagen cuando ya estaban a salvo en su casa.
—Un poco, pero fue interesante—. Replicó Hagen, sonriendo tímidamente.
—Habla por ti. Yo no quiero volver a ver nada relacionado a taxidermia o embalsamamiento jamás. Esas prácticas son tan maquiavélicas que de solo recordar lo que vi, me dan ganas de vomitar.
—¿Me prestas tu sanitario? —le preguntó a Egon.
—Claro. Ve.
El rubio se dirigió hasta el sanitario con el teléfono en la mano para poder contactar con Fritz.
En cuanto se comunicó con él, hizo sus necesidades y volvió a salir a la sala.
—¿Quieres que te llevemos a casa? Ya es muy tarde—. Se ofreció Egon.
—No. Fritz vendrá por mí, no te preocupes.
—Siempre me he preguntado sobre el extraño apego que tienes con ese señor.
—Fritz es el único que me entiende en casa—. Vaciló Hagen—. Y además, me apoya en mis decisiones y está siempre a mi servicio.
Egon destapó una soda de lata y le lanzó una a Hagen, quien la atrapó estando distraído.
—Buenos reflejos—. Silbó Egon, impresionado.
—En lo que llega Fritz, ¿por qué no jugamos una partida de fútbol?
—Siempre te gano, pero hagámoslo—. Bromeó Egon.
Durante treinta minutos, estuvieron jugando, riendo y comiendo frituras mientras esperaban a que Fritz pasara a recoger a Hagen.
Jaques continuaba muy afectado y había avisado que estaría recostado en alguna parte de la casa, pero que, si algo ocurría, no dudaran en llamarlo.
—No entiendo por qué les afectó demasiado esas técnicas de arte—. Murmuró el rubio como quien no quiere la cosa—. A mí me pareció interesante porque es como si hubiese vida después de la muerte.
—Jaques es un asesino a sangre fría, puede quitarle la vida a las personas y listo, pero es incapaz de jugar con los cadáveres porque no tiene sentido. Ya están muertos, ¿por qué intentan traerlos a la vida de esa manera? Es como estar burlándose de ellos.
—¿Entonces crees que es mejor asesinarlos en vez de practicar el embalsamamiento o la taxidermia con ellos? —rio Hagen con ironía.
Egon se encogió de hombros.
—Solo digo que no tiene sentido manipular un cadáver y recrear su mirada como cuando estaban con vida y lucrar con eso. Es tétrico.
Ahora fue Hagen quien se encogió de hombro, fingiendo indiferencia, pero por dentro, le irritaron los comentarios de su mejor amigo.
A pesar de que Fritz no había llegado todavía por él, Hagen decidió marcharse de ahí cuanto antes.
Se despidió de Egon Schreitz y salió de aquella casa en la oscuridad. Ya era más de medianoche, pero no le importaba.
Le envió un mensaje a Fritz para decirle que se iría andando hasta su casa y que lo alcanzara en el camino a través del GPS.
El motivo por el cual optó por marcharse de la casa de su mejor amigo fue porque le desagradó la manera de expresarse sobre ese arte tan espectacular, es decir, ¿por qué denigrar ese excelente trabajo que retrata eternamente la vida humana?
Pueden pasar siglos y el cuerpo de las personas mantenerse en un estado vivo por toda la eternidad.
En el camino, divisó un solitario parque con columpios meciéndose tenuemente por el aire, avisando que la nieve estaba próxima a caer.
Se acercó con lentitud hacia uno de los columpios y se sentó en él. Se meció un poco con la vista directa al cielo nocturno y nublado, observando su aliento como humo, deslizándose hacia arriba.
De repente, su teléfono comenzó a sonar y leyó el remitente.
Entornó los ojos al leer el nombre de Magnus Schreitz.
Con manos temblorosas, le atendió a la llamada.
—¿Hola? —titubeó.
—Hagen Falk, me han comentado los gemelos Voss de que fuiste el único que pareció estar interesado en las artes de la taxidermia y embalsamamiento y que a mi hijo le importó una mierda.
—Algo así. Me encantó más la taxidermia, de hecho—. Le tembló la voz. Jamás había hablado con el capo de Los Lobos de Viena directamente.
—Mañana a las seis de la tarde, Anastasia Voss te espera en el mismo lugar de esta noche para comenzar tu entrenamiento en la taxidermia—. Le informó.
—¿En serio? —no pudo contener la emoción en su voz.
—Sí. No llegues tarde porque no me gusta la gente que hace perder el tiempo—. Bramó.
—Eh, ¿señor Schreitz?
—¿Qué? —masculló.
—Le quiero pedir un favor, espero pueda ayudarme con eso.
—Habla ya, mocoso, que tengo cosas qué hacer.
—No quiero que le comente nada a Egon sobre mis prácticas para aprender taxidermia.
—¿Por qué no?
—Porque a él pareció desagradarle demasiado ambas técnicas y no quiero que tenga cierto recelo hacia a mí porque no pienso igual.
—De acuerdo, no te preocupes. No le diré nada, pero con una condición—. Siseó.
Hagen tragó saliva.
—Claro, dígame.
—No le diré absolutamente nada a mi hijo, si a cambio tú te conviertes en el mejor taxidermista de todo Viena y obedeces mis órdenes al pie de la letra.
—Por supuesto que sí, señor. No dude de eso—. Afirmó.
—Me gusta tu determinación. Cuando Anastasia me informe que ya estás listo, te voy a evaluar, tanto tu habilidad como taxidermista y como mi nueva mano derecha a través de las sombras que no dudará en ejecutar ninguna de mis órdenes.
—Yo estaré atento a sus indicaciones, señor Schreitz—. Se sintió excitado a tal punto que no se dio cuenta en que momento dejó de estar asustado a estar sonriendo de oreja a oreja.
La llamada culminó y él se quedó mirando a la nada con el teléfono puesto sobre la oreja.
No sabía lo que había ocurrido realmente, pero lo único que tenía en su mente era “Nueva mano derecha a través de las sombras”.
Había sido aceptado oficialmente entre los Lobos de Viena.
El claxon del coche de Fritz le hizo respingar cuando todo había estado en completo silencio.
—¡Joven Falk! —lo saludó Fritz desde el vehículo.
El rubio lo saludó de vuelta y se acercó a él con la sonrisa de oreja a oreja en sus labios. Nada podía quitársela.
Ya de vuelta a casa, Hagen le contó absolutamente todo a Fritz sobre su nueva afición y orden del señor Schreitz. Aunque por un momento pensó que Fritz se mostraría incómodo, pero no fue así. Ese hombre siempre le encontraba el lado bueno de las cosas.
—¿Y ya tiene una coartada para ir a sus prácticas? Sus padres no dejarán que usted vaya, así como si nada—. Comentó Fritz sabiamente.
—Eso es lo que estaba pensando. Tengo que encontrar una excusa lo suficientemente perfecta para no levantar sospechas—. Dijo Hagen, mordisqueándose el pulgar con aire pensativo—. Mi entrenamiento de futbol no es suficiente porque empieza de tres a seis de la tarde.
—Se me ocurre una idea, no sé si usted quiera.
Hagen volteó a ver a Fritz.
—Dime, cualquier cosa puede ayudarme.
—Voy a comentarle a sus padres de que necesito ayuda con unas plantas y que solamente confío en usted para que toque mi jardín.
—¿Crees que pueda funcionar? Mi madre últimamente ha estado encima de mí y ya no lo soporto. Estoy harto—. Carraspeó Hagen. Sus fríos ojos azules se ensombrecieron de rabia—. Comienzo a odiarla y también a mi padre. No son más que un estorbo en mi vida.
—Me encargaré de convencerlos, no se preocupe. Usted vaya a la escuela con normalidad y le enviaré un mensaje cuando logre tener la respuesta afirmativa para que vaya a sus prácticas de taxidermia.
—Te agradezco que me apoyes, Fritz. Desde que tengo uso de razón, me has ayudado y apoyado en todo.
—No agradezca, joven Falk, lo hago con gusto—. Afirmó Fritz, sonriendo.
A decir verdad, ese hombre parecía más su familia que sus mediocres padres, por eso lo estimaba mucho y le tenía demasiada confianza, y esperaba que fuese así para siempre, porque ahora Egon Schreitz podía ser completamente su confidente, ya que, se había dado cuenta que despreciaba la taxidermia y lo miraría como un bicho raro si se enteraba que le encantaba.
Cuando llegó a su casa, sus padres lo estaban esperando en la sala con el rostro endurecido.
—Mamá, te advertí que no me esperaran despiertos—. Susurró con una sonrisa conciliadora.
Se había preparado mentalmente mientras llegaba a la casa y esperaba que funcionara.
—Es la última vez que vas a la casa de esa familia—. Ladró su padre con cólera—. Tu madre ha estado muy angustiada.
Pero en vez de quedarse a mentirle más a sus padres, Hagen se desvió en dirección a la escalera, con la finalidad de subir a su habitación y no tener que agotarse en una discusión que no iba a llegar a ninguna parte.
Y cuando estuvo a nada de alcanzar la puerta de su recámara, sintió la mano dura y brusca de su padre, detenerlo con violencia.
—¿Qué es lo que te pasa, Hagen? ¿Quién te has creído para ignorarnos como si fuéramos cualquiera y no tus padres? —le espetó su padre con severidad.
La expresión de Hagen se mantuvo pasiva, pero apretó los puños.
—¿Tiene algún sentido reñir con ustedes? Si de todas maneras van a regañarme y no vamos a llegar a ningún lado.
Su padre tomó a Hagen del cuello de la chaqueta y lo alzó para quedar casi a la misma altura. Ambos tenían los ojos azules, pero solamente Hagen tenía una intensa oscuridad y frialdad en ellos, que, de alguna manera, le asustó a su progenitor, haciendo que lo soltara rápidamente.
—¿Qué te está pasando, hijo? ¡Mírate! Tu mirada… ya no es la misma desde un tiempo para acá… —titubeó.
Hagen relajó su semblante lo más que pudo y esbozó una sonrisa, entrecerrando levemente los ojos.
—Sigo siendo el mismo, lo que pasa es que estoy comenzando a enfadarme con sus restricciones y no me queda de otra más que quedarme callado y no discutir con ustedes. Como le dije a mamá, en seis meses seré mayor de edad y voy a independizarme para ya no darles problemas.
—¿De qué estás hablando? No te hace falta nada, Hagen. Tu deber es estudiar nada más.
—No me siento cómodo aquí, lo siento.
Dicho eso, se dio media vuelta y entró a su habitación, poniéndole pestillo.
Al otro día, despertó más temprano para no tener que encontrarse con sus padres.
Llamó un taxi y se dirigió a la escuela con mucho aburrimiento, ya que su mente estaba solamente en sus prácticas de taxidermia.
Ni siquiera puso atención a las clases y tampoco a su entrenamiento de futbol.
—¡Oye, enfócate! —le gritó su entrenador alrededor de diez veces.
—Lo lamento—. Se disculpó, pero en su interior solamente deseaba que ya fueran las seis de la tarde.
A las cinco con cuarenta minutos, recibió un mensaje de Fritz, dándole buenas noticias sobre la coartada para sus prácticas de taxidermia.
La sonrisa que se dibujó en los labios de Hagen Falk fue tan escalofriante, que varios de sus compañeros de equipo de futbol lo miraron con cierto temor, sin saber que al rubio le habían dado el pase directo hacia su demencia.
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