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El precio de los sueños - Capítulo 31

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31: Capítulo 31- Lo que vuelve a nacer en la madrugada 31: Capítulo 31- Lo que vuelve a nacer en la madrugada Despertar no fue un acto.

Fue un proceso.

Primero, un sonido.

Un pitido suave, constante, como un corazón ajeno marcando el ritmo del mundo.

Después, una sensación.

El peso de las sábanas.

El frío del aire acondicionado.

El olor a desinfectante mezclado con algo más cálido… ¿café?

Y finalmente, una voz.

—Alina… ¿estás ahí?

La voz era baja, casi un susurro, como si temiera romper algo frágil.

Ella abrió los ojos.

La luz la lastimó.

Parpadeó.

Respiró hondo.

Y lo vio.

Federico estaba sentado a su lado, con el guardapolvo arrugado, el cabello desordenado y una taza de café frío entre las manos.

Parecía cansado.

Parecía preocupado.

Parecía… presente.

—Hola —dijo él, con una sonrisa que no le llegaba del todo a los ojos.

Alina quiso responder, pero la voz no salió.

Solo un suspiro.

Federico se inclinó un poco.

—No hables todavía.

Estás débil.

Ella tragó saliva.

Le ardía la garganta.

Le ardía el alma.

—¿Cuánto…?

—logró decir.

—Siete días —respondió él—.

Estuviste siete días dormida.

Siete días.

Siete días en los que el mundo siguió girando sin ella.

Siete días en los que su vida pendió de un hilo.

Siete días que no había visto a Stella, ni a su padre…

Miró sus manos.

Temblaban.

No sabía si por el dolor o por la vergüenza.

Federico lo notó.

—Estás a salvo —dijo—.

Te lo prometo.

Alina cerró los ojos.

No quería llorar.

No quería quebrarse.

No delante de él.

Pero la voz le salió rota.

—No estoy a salvo… de mí.

Federico frunció el ceño.

—No digas eso.

Ella lo miró.

Y en sus ojos azules había algo nuevo: una mezcla de miedo, vergüenza y una determinación que recién empezaba a nacer.

—Me siento sucia —susurró—.

Rota.

Como si… Federico se quedó quieto.

Muy quieto.

Como si cada palabra de ella fuera un golpe.

—Alina… —dijo, con la voz más suave que ella le había escuchado jamás—.

No hay nada en vos que esté roto.

Nada que te haga menos.

Nada que te quite valor.

Ella negó con la cabeza.

—¿Por qué seguis apareciendo cada vez que estoy destrozada?- le dijo sin mirarlo a la cara.

—Mirame —respondió él—.

Es mi trabajo, pero además, me encariñe con vos…

—¿Te encariñaste?

Así que soy como una mascota para vos….—dijo, con la voz más suave —.

No hay nada penoso que esto…

—No quiese decirlo así, lo siento…descansa…no es momento para hablar de estas cosas.—respondió él y se apartó de ella.

Las madrugadas se volvieron su territorio compartido.

Federico hacía sus rondas de guardia, pero siempre terminaba en la habitación de Alina.

A veces se quedaba cinco minutos.

A veces una hora.

A veces toda la noche.

Ella lo esperaba despierta, aunque fingiera dormir cuando lo escuchaba entrar.

—¿No deberías estar descansando?

—le dijo una madrugada, cuando él apareció con un libro de anatomía bajo el brazo.

Federico sonrió.

—No puedo dormir.

—¿Por qué?

Él dudó.

Ella lo vio dudar.

Y eso la sorprendió.

—Porque… —dijo finalmente—.

Porque me preocupa tu evolución.

Alina bajó la mirada.

Sabía que no era solo eso.

Pero no se atrevió a decirlo.

Hablaron de la universidad.

De profesores que explicaban mal.

De parciales imposibles.

De materias que ella amaba y él odiaba cuando era estudiante.

—¿Te acordás de Fisiología II?

—preguntó ella, con una sonrisa tímida.

—La odié —respondió él—.

Pero la aprobé con diez.

—¿En serio?

—Sí.

Soy insoportable cuando estudio.

Ella rió.

Una risa pequeña, suave, pero real.

Federico la miró como si esa risa fuera un milagro.

Hablaron de contenidos específicos.

Ella le preguntó sobre neuroanatomía.

Él le explicó con paciencia, dibujando en una hoja, usando metáforas que la hacían reír.

—El hipocampo es como un bibliotecario obsesivo —dijo él—.

Guarda todo.

Hasta lo que no querés recordar.

Alina se quedó en silencio.

Miró sus manos.

Miró la ventana.

Miró el techo.

—Mi hipocampo… guarda cosas que no quiero ver —susurró.

Federico dejó el lápiz.

La observó.

—Cuando estés lista —dijo—.

Podés hablar de eso.

Ella negó.

—No quiero hablar.

Quiero entender.

Federico asintió.

—Entonces empecemos por lo que recordás.

Alina cerró los ojos.

Y la memoria volvió como un animal que despierta.

—Mi mamá… —dijo—.

El día que desapareció… yo estaba ahí.

Federico no respiró.

— Leí la historia de tu madre , buscando respuestas a la violencia con la que te atacaron, temí que fuera algún resentimiento hacia ella ¿Qué viste?

Ella tragó saliva.

—No todo.

Solo… fragmentos.

Olores.

Sombras.

Un grito.

Una puerta entreabierta.

Y a mi papá… diciendo que ella tuvo un accidente.

Federico sintió un escalofrío.

—A veces la memoria nos muestra cosas reales, mezclada con ficcón.

Debemos buscar algún profesional que te ayude, antes de que tu memoria se vuelva muy frágil…

Alina lo interrumpió.

—No creo que ahora sea el mejor momento, necesito entender…era muy pequeña.

Abrió los ojos.

Y por primera vez desde que despertó, lo miró directo.

—Mi papá amaba a mi mamá pero ella…creo que ella amaba a otra persona.

Federico sintió que el mundo se detenía.

Alina respiró hondo.

—Y yo… lo vi.

Lo vi sin entenderlo.

Federico se acercó un poco más.

—Alina… lo que estás recordando es importante.

Pero no te apresures.

Ella sonrió.

Una sonrisa triste, pero firme.

—Lo sé.

Gracias por estar, para mi, todos estos días…realmente te lo agradezco, no se que sería de mi sin vos.

Federico bajó la mirada.

No podía sostener esa verdad.

No todavía.

—Es mi trabajo —dijo.

Alina negó con la cabeza.

—Entonces me alegro de ser “parte de tu trabajo” Federico no respondió.

No podía.

Pero esa madrugada, cuando salió de la habitación, se apoyó contra la pared del pasillo y cerró los ojos.

Porque sabía que tenía que alejarse.

Y sabía que no iba a poder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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