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El precio de los sueños - Capítulo 30

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30: Capítulo 30- La memoria es un animal que despierta 30: Capítulo 30- La memoria es un animal que despierta Alina flotaba entre dos mundos.

No estaba despierta.

No estaba dormida.

Estaba en ese territorio extraño donde la mente deja de obedecer y empieza a hablar por su cuenta.

Un territorio donde los recuerdos no piden permiso para volver.

Primero llegó el olor.

Un olor a lluvia sobre cemento caliente.

A perfume barato mezclado con café recién hecho.

A la piel de su madre cuando la abrazaba después de trabajar.

Ese olor la envolvió como una manta.

Y entonces vio la escena.

Tenía seis años.

Los rulos más cortos.

Los ojos más grandes.

La inocencia intacta.

Estaba sentada en el piso del living, dibujando.

Su madre caminaba de un lado a otro, guardando ropa en una valija vieja.

La valija azul.

La que siempre olía a mar.

—¿Nos vamos de vacaciones?

—preguntó Alina, sin levantar la vista del dibujo.

Alejandra se detuvo.

La miró.

Sonrió con tristeza.

—Ojalá, mi amor —dijo—.

Ojalá fuera eso.

Alina no entendió.

Pero siguió dibujando.

En el dibujo había una casa.

Un sol.

Dos niñas.

Y una mujer con el cabello largo.

No había un hombre.

La escena cambió como si alguien hubiera pasado una mano sobre el vidrio empañado de un recuerdo.

Ahora estaban en la cocina.

La luz era más tenue.

El aire más pesado.

Alejandra hablaba por teléfono.

La voz baja.

Urgente.

Temblorosa.

—Sí… sí, voy a irme hoy… No puedo seguir acá… No, no me importa lo que diga… Sí, lo sé… Yo también te extraño… Alina no entendía las palabras.

Pero entendía el tono.

Era el tono que su madre usaba cuando hablaba con alguien que quería.

Con alguien que la hacía sonreír incluso cuando estaba triste.

Un hombre.

Un hombre que no era su padre.

El sueño cambió otra vez.

Ahora era de noche.

La casa estaba en silencio.

El reloj de la cocina marcaba las 2:17.

Alina estaba despierta.

No sabía por qué.

Solo sabía que algo estaba mal.

Escuchó un ruido.

Un golpe.

Un grito ahogado.

Se levantó.

Caminó por el pasillo oscuro.

Sus pies descalzos no hacían ruido.

La puerta del baño estaba entreabierta.

Una luz amarilla escapaba por la rendija.

Y entonces lo vio.

No todo.

No claramente.

Solo una sombra.

Un movimiento brusco.

Un brazo levantado.

Un cuerpo que no era el de su madre.

Y un sonido.

Un sonido que nunca olvidó, aunque nunca lo entendió.

Un sonido como de algo rompiéndose.

El sueño se volvió más oscuro.

Más pesado.

Más difícil de sostener.

Alina quiso retroceder.

Quiso cerrar los ojos.

Quiso volver a la superficie.

Pero la memoria no la dejó.

La escena cambió una vez más.

Ahora estaba en la puerta de la casa.

Su madre no estaba.

Su padre sí.

Augusto Costa.

El hombre que todos creían perfecto.

El hombre que todos admiraban.

El hombre que nunca levantaba la voz.

El hombre que siempre sonreía en las fotos.

Tenía las manos temblorosas.

La camisa manchada.

Los ojos rojos.

—Mamá tuvo un accidente —dijo, arrodillándose frente a ella—.

Pero no te preocupes, mi amor.

Papá está acá.

Papá te va a cuidar.

Alina lo miró.

Y por primera vez en su vida, sintió miedo.

No sabía por qué.

No sabía de qué.

Pero lo sintió.

Un miedo frío.

Un miedo que se le metió en los huesos.

Un miedo que nunca se fue.

La voz de Federico la arrancó del sueño.

—Alina… si me escuchás… estás a salvo.

Ella quiso responder.

Quiso decirle que no estaba a salvo.

Que nunca lo había estado.

Que la verdad estaba despertando y dolía.

Pero su cuerpo seguía inmóvil.

Miranda entró como un rayo blanco.

—¿Cómo está?

—preguntó.

Federico no apartó la vista de Alina.

—Movió la mano.

Está reaccionando.

Miranda se acercó.

Le tomó la mano a Alina con una delicadeza feroz.

—Volvé, mi amor —susurró—.

No te quedes allá.

Te necesitamos acá.

Alina sintió ese toque.

No en la piel.

En el alma.

Y entonces, desde el fondo de su sueño, desde el fondo de su memoria, desde el fondo de su dolor… empezó a subir.

A nadar.

A luchar.

A despertar.

Sus párpados temblaron.

Federico contuvo el aliento.

Miranda apretó su mano.

Y Alina, con un esfuerzo que parecía romper el mundo en dos… abrió los ojos.

Azules.

Profundos.

Llenos de algo nuevo.

No miedo.

No confusión.

Determinación.

Porque ahora sabía algo que antes no sabía: que el hombre que ella intentaba salvar no era tan perfecto y que habia oscuridad es esa historia que todos contaron sobre su madre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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