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El precio de los sueños - Capítulo 33

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33: Capítulo 33- Distancia 33: Capítulo 33- Distancia El alta de Alina llegó una mañana gris, de esas en las que el cielo parece una sábana húmeda colgada sobre la ciudad.

La clínica olía a café recalentado y a desinfectante, y el eco de los pasos en el pasillo le recordaba que llevaba demasiados días allí.

Cuando Miranda apareció con los papeles en la mano, vestida con un jean oscuro, un sweater beige y el pelo recogido en un rodete prolijo, Alina sintió un alivio extraño, casi culpable.

—Listo —dijo Miranda, guardando los documentos en su bolso de cuero impecable—.

Te llevo a casa.

Alina asintió.

No tenía fuerzas para discutir, aunque sabía que esa casa no era suya.

Era el refugio de Miranda, el lugar donde todas las chicas entraban y salían como si fuera una estación de trenes: llegaban, se cambiaban, se iban a trabajar, volvían tarde.

Pero Miranda vivía ahí.

Era su territorio, su orden, su aroma a vainilla y cosas caras.

Cuando llegaron, el departamento estaba tibio, iluminado por la luz tenue que entraba desde el balcón.

Había objetos de decoración de edición limitada , libros apilados en columnas perfectas y una manta color terracota sobre el sillón que abarcaba gran parte del living.

Todo tenía el olor suave del suavizante que Miranda usaba desde siempre, un olor que Alina asociaba con seguridad.

—Tenés listo tu cuarto —dijo Miranda, dejando las llaves sobre la mesa.

—No, Miranda, no hace falta… —No discutas —respondió ella, con esa firmeza tranquila que la caracterizaba—.

Necesitás descansar.

Alina bajó la mirada.

No estaba acostumbrada a que la cuidaran.

Esa misma tarde, mientras Miranda preparaba té de jengibre y acomodaba los medicamentos sobre la mesa, Alina reunió el coraje para decir lo que venía masticando desde que abrió los ojos en la clínica.

—Necesito volver a trabajar.

Miranda dejó la taza a medio camino.

La miró con una mezcla de incredulidad y cansancio.

—Alina… no.

No estás en condiciones.

—Estoy mejor.

Y necesito el dinero.

La cirugía de mi papá… y Esteban… Miranda apretó la mandíbula.

El nombre de Esteban siempre le provocaba un gesto de rechazo, como si le dejara un sabor amargo en la boca.

—No vas a volver ahí —dijo, sin levantar la voz—.

No mientras yo pueda evitarlo.

—Pero él me va a reclamar.

Vos sabés cómo es.

Si no cumplo con el pago diario… —No importa —interrumpió Miranda—.

Yo me encargo.

Todo lo que necesites, lo cubro yo.

La cirugía, los medicamentos, lo que haga falta.

Alina sintió un nudo en la garganta.

No sabía si era alivio o vergüenza.

—No quiero ser una carga.

—No lo sos —respondió Miranda, acercándose—.

A mis chicas las cuido yo.

Y ahora lo único que tenés que hacer es recuperarte.

después podemos ajustar cuentas.

Alina asintió, pero en el fondo sabía que no podía apagar tan fácilmente el miedo que llevaba años moldeando su vida.

Esa noche Alina se quedó sola en el departamento.

El silencio era tan profundo que podía escuchar el tic-tac del reloj de la cocina.

Se sentó en la cama, con los apuntes de la universidad desparramados a su alrededor.

Había decidido ponerse al día, aunque las letras se le mezclaban y la concentración se le escapaba como agua entre los dedos.

Pensaba en su padre.

En la sala del hospital donde lo había visto la última vez, con la piel pálida y los ojos hundidos.

El olor a alcohol medicinal impregnando las sábanas.

El tumor creciendo en silencio, como una sombra que se expandía sin pedir permiso.

Tenía que visitarlo.

Tenía que estar ahí.

Pero cada vez que cerraba los ojos, los sueños la arrastraban hacia otro lugar: rostros que no quería recordar, voces que la llamaban desde pasillos oscuros, manos que la sujetaban.

El pasado mezclándose con el presente, como si su mente no pudiera distinguir entre lo que había sobrevivido y lo que todavía la perseguía.

Dos días después, mientras Alina dormía una siesta agitada, alguien vino de visitas.

Miranda abrió la puerta y encontró a Lidia en el pasillo, envuelta en un abrigo largo color vino, con el pelo negro suelto y los labios pintados de rojo oscuro.

Lidia siempre parecía salida de una película: elegante, intensa, con un perfume a jazmín que llenaba el aire antes de que ella hablara.

—¿Cómo estás?

—preguntó Lidia, entrando sin esperar invitación.

—Muy bien—respondió Miranda, cerrando la puerta con suavidad.

Lidia dejó su cartera sobre la mesa y se cruzó de brazos.

—¿Seguro?

—preguntó, mirándola con esos ojos que siempre parecían ver más de lo que uno decía.

Miranda suspiró.

Se dejó caer en el sillón.

—Estoy cansada.

—No me sorprende.

Tenés demasiadas cosas encima.

Hubo un silencio.

Lidia la observó con una mezcla de ternura y preocupación.

—La situación te recuerda a Alejandra, ¿no?

Miranda cerró los ojos.

El nombre cayó en la habitación como una piedra en un estanque.

Alejandra.

Su amiga.

Su hermana elegida.

La mujer con la que había compartido noches enteras estudiando, riendo, llorando.

La que siempre olía a lavanda y llevaba el pelo recogido en una trenza desprolija.

La que tenía una sonrisa que podía iluminar un quirófano entero.

—Sí —dijo Miranda, apenas audible.

Lidia se sentó a su lado.

—No tenés que cargar sola con eso.

Miranda apretó las manos sobre las rodillas.

Recordó el accidente.

La sangre.

El temblor en las manos de Alejandra.

El miedo.

El pacto silencioso.

Recordó a Augusto, apareciendo como una solución conveniente.

Recordó el matrimonio apresurado.

Recordó el embarazo.

Recordó la certeza —la que nunca dijo en voz alta— de que Alexia no era hija de él.

Y recordó la distancia que creció entre ellas después.

El silencio.

La culpa.

—No puedo evitar pensar en ella —susurró Miranda—.

En lo que hizo.

En lo que hicimos.

Lidia le tomó la mano.

—No podés salvar a todo el mundo, Mir.

Ni entonces, ni ahora.

Miranda tragó saliva.

Miró hacia el pasillo, donde Alina dormía.

—Pero puedo intentarlo.

Esa noche, Alina volvió a soñar.

Estaba en un pasillo largo, iluminado por luces parpadeantes.

Escuchaba pasos detrás de ella, pero cuando giraba, no había nadie.

El aire olía a humedad y a algo metálico.

Caminaba, y cada puerta que abría mostraba una escena distinta: su padre en la cama del hospital, Esteban contando billetes, Stella llorando, Lisa gritando su nombre.

Y al final del pasillo, una sombra.

Una figura que no podía distinguir.

Que la llamaba.

Que la esperaba.

Despertó jadeando, con el corazón golpeándole el pecho.

El departamento estaba oscuro, salvo por la luz tenue que entraba desde la calle.

Se llevó las manos a la cara.

No sabía cuánto más podía soportar esos sueños.

Pero sabía que no podía huir de ellos.

No esta vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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