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El precio de los sueños - Capítulo 34

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  3. Capítulo 34 - 34 Capítulo 34- Lo que vuelve con otro nombre
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34: Capítulo 34- Lo que vuelve con otro nombre 34: Capítulo 34- Lo que vuelve con otro nombre El departamento estaba en penumbra cuando Lidia llegó.

La tarde caía detrás de los edificios, tiñendo el cielo de un naranja sucio que anunciaba tormenta.

Miranda abrió la puerta sin decir palabra.

Lidia entró envuelta en su abrigo color vino, dejando tras de sí un rastro de perfume a jazmín que llenó el ambiente como un recuerdo antiguo.

—¿Alina duerme?

—preguntó Lidia, dejando su cartera sobre la mesa.

—Hace un rato —respondió Miranda, frotándose los ojos—.

No descansa bien.

Tiene pesadillas.

Lidia la observó un momento.

Miranda llevaba un impecable traje negro, de pantalón cigarrette, camisa blanca y blazer entallado.

Parecía más joven y más cansada al mismo tiempo.

Había algo en su postura, en la forma en que sostenía los hombros, que delataba un peso que no estaba diciendo.

—Sentate —dijo Lidia, señalando el sillón.

Miranda obedeció.

Lidia se acomodó a su lado, cruzando las piernas con elegancia.

El silencio entre ellas no era incómodo; era el silencio de quienes se conocen demasiado.

—La vi —dijo Lidia finalmente—.

A Alina.

Es impresionante el aprecido con su madre.

También la vi con alguien, en la clínica cuando fue a visitar a Alexia.

Miranda cerró los ojos un instante, como si ya supiera qué venía.

—Federico —murmuró.

Lidia asintió.

—Sí.

Federico Álvarez Soller.

Estaba en la clínica cuando fui..

Lo vi en el pasillo,hablando con ella, pero eso no era lo importante.

Era cómo la miraba.

Como si algo en ella le estuviera arrancando el corazón.

Miranda apretó los labios.

Recordó ese momento.

Recordó la tensión en el aire, la forma en que Federico había detenido el paso cuando vio a Alina despierta por primera vez.

Ese segundo suspendido en el que ninguno de los dos habló, pero todo se dijo.

—No quiero que se acerquen —dijo Miranda, con un hilo de voz.

—Lo sé —respondió Lidia—.

Pero no podés controlar eso.

Miranda apoyó los codos en las rodillas y se tomó la cabeza entre las manos.

—No puedo permitir que ella pase por lo mismo que Alejandra.

El nombre quedó flotando en la habitación como un fantasma.

Lidia bajó la mirada.

Sabía que ese dolor no se había ido nunca.

Solo había aprendido a esconderse.

—Mir —dijo suavemente—.

No todos los Álvarez Soller son iguales.

Miranda levantó la cabeza, y en sus ojos había una mezcla de furia y miedo.

—No digas eso.

Vos sabés mejor que nadie cómo terminó todo.

Sabés lo que le hizo.

Sabés lo que nos hizo.

Lidia no respondió enseguida.

Se quitó el abrigo, lo dobló con cuidado y lo dejó sobre el respaldo del sillón.

Luego se acercó un poco más.

—Federico no es su padre.

—Pero es su hijo —escupió Miranda—.

Y eso basta.

Hubo un silencio largo.

Lidia respiró hondo.

—Lo vi todo.

Lo vi parado con esa cara de preocupación sincera…  Lidia ladeó la cabeza.

—¿Y ella?

Miranda tragó saliva.

—Ella lo miró como si… como si lo reconociera sin conocerlo.

Como si hubiera algo ahí que no entiende.

Y eso es lo que me da miedo.

Porque así empezó todo con Alejandra.

Con una mirada.

Con una tensión que nadie supo leer a tiempo.

Lidia apoyó una mano en el brazo de Miranda.

—No podés cargar con la vida de todos, Mir.

—No estoy cargando con la vida de todos —respondió Miranda, con la voz quebrada—.

Estoy intentando evitar que se repita la historia.

Alejandra… —su voz se apagó un segundo— Alejandra se enamoró del hombre equivocado.

Y vos sabés cómo terminó.

Sabés lo que le costó.

Sabés lo que nos costó.

Lidia cerró los ojos.

Sí, lo sabía.

Lo había visto todo: el accidente, el encubrimiento, el matrimonio apresurado, el embarazo, la distancia, la culpa.

Y el amor prohibido que había quedado enterrado bajo capas de silencio.

—Federico no es su padre —dijo Lidia, con suavidad.

—No importa —respondió Miranda—.

Nada termina bien con los Álvarez Soller.

Nada.

Lidia suspiró.

—Hablé con alguien de la universidad —dijo—.

Me contaron que Federico se postuló como docente.

Miranda levantó la vista, sorprendida.

—¿Qué?

—Sí.

Presentó papeles para dar clases en la cátedra de fisiología.

No necesita el trabajo, ya lo sabés.

Pero dijo que quería “devolverle algo a la sociedad”.

Miranda soltó una risa amarga.

—¿Y Claudia?

¿Qué dice Claudia de todo esto?

—Lo apoya —respondió Lidia—.

Cree que es un gesto noble.

Cree que Federico está buscando propósito.

Miranda negó con la cabeza.

—No está buscando propósito.

Está buscando a Alina.

Lidia no lo negó.

No podía.

—Desde que ella salió de la clínica —continuó Miranda—, él aparece en todos lados.

Pregunta por Alexia, se ofrece a ayudar.

—Está vacío —dijo Lidia—.

Lo noté.

Como si algo se hubiera apagado en él.

—Sí —respondió Miranda—.

Y eso es lo que me asusta.

Porque los hombres vacíos… buscan llenarse con lo que encuentran.

Y Alina está rota.

Vulnerable.

No quiero que él la agarre así.

Lidia la miró con una mezcla de ternura y tristeza.

—¿Y si no la quiere agarrar?

¿Y si la quiere cuidar?

Miranda clavó los ojos en ella.

—Eso mismo nos dijo sobre Alejandra.

Lidia no respondió.

No había nada que decir.

La tormenta empezó a golpear contra los ventanales.

El departamento se llenó del olor a lluvia y tierra mojada.

Miranda se levantó y caminó hacia la cocina.

Puso agua a calentar.

Sus manos temblaban apenas.

—No quiero perder a otra —dijo, sin darse vuelta.

Lidia se acercó despacio.

—No la vas a perder.

—No lo sé —susurró Miranda—.

Alina tiene esa forma de mirar… esa mezcla de inocencia y dolor.

La misma que tenía Alejandra cuando lo conoció.

Y Federico… Federico tiene los ojos de su padre.

No físicamente.

Pero sí en la forma en que observa.

En la forma en que se queda callado.

En la forma en que se acerca sin acercarse.

Lidia apoyó la frente en la espalda de Miranda, un gesto íntimo, antiguo.

—No podés salvarlas a todas —dijo.

Miranda cerró los ojos.

—Pero puedo intentarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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