El precio de los sueños - Capítulo 42
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Capítulo 42: Capítulo 42- Amanecer
El amanecer entraba por los ventanales del hotel como un velo dorado que se extendía sobre las sábanas blancas, arrugadas y tibias. La habitación seguía oliendo a la mezcla de la noche: perfume caro, piel, vino, deseo. Un aroma que no pertenecía a su vida, pero que ahora impregnaba su cuerpo como si quisiera quedarse.
Alina abrió los ojos despacio.
El silencio era distinto al de su casa. Era un silencio caro. Un silencio que solo existe en lugares donde el mundo no entra sin permiso.
El cuerpo le pesaba. Los músculos le ardían. La respiración le temblaba.
No de miedo. De lo otro. De eso que había descubierto anoche y que todavía no sabía cómo nombrar.
Las sábanas de algodón egipcio estaban marcadas por sus movimientos, por su entrega, por esa parte de ella que nunca había mostrado a nadie. La habitación, con sus muebles minimalistas y su aroma a madera cálida, parecía observarla, como si supiera que había cruzado un límite.
Alejandro dormía a su lado, tranquilo, dueño de sí mismo, dueño del espacio. Su pecho subía y bajaba con una calma que la desconcertaba. Él parecía satisfecho. Ella… no sabía qué era.
Se levantó despacio. La alfombra gruesa amortiguó sus pasos. El aire estaba tibio, cargado del olor de la madrugada. Su garganta estaba seca. Su mente, no.
Recordó cómo había empezado todo: suave, lento, casi cuidadoso. Recordó cómo había terminado: desbordada, pidiendo más, perdiendo el control, entregándose a algo que nunca había sentido.
Y lo peor —o lo mejor— era que no había sido por obligación. Había sido por decisión. Por hambre. Por una necesidad que no sabía que tenía.
Se apoyó en la cómoda y respiró hondo.
No puedo permitirme esto. No puedo confundirme. No puedo perder el foco.
Pero su cuerpo tenía memoria. Y esa memoria la traicionaba.
Mientras, en un departamento moderno de Recoleta, Federico abrió los ojos al mismo tiempo que Alina.
La luz de la mañana entraba por la ventana, iluminando el cabello rubio de Claudia, que dormía abrazada a su torso. Su respiración era suave, satisfecha, confiada.
Él no.
Él tenía la mandíbula apretada, el pecho tenso, la mente enredada.
Había tenido sexo con su prometida. Había sido intenso, casi desesperado. Claudia lo había celebrado, había dicho que lo extrañaba, que así era como quería que fueran siempre.
Pero él sabía la verdad.
No había sido por ella.
Toda la noche, cada vez que cerraba los ojos, veía el vestido rojo. El mismo que Alina llevaba en el restaurante del hotel. El hotel de su familia. Su territorio. Su mundo.
Y ella estaba allí… con otro hombre. Con un hombre de su mismo nivel social. Con un heredero. Con alguien que podía tenerla sin dudar. Soltero, sin prejuicios.
La imagen lo había atravesado como un golpe seco. Y lo había seguido hasta la cama.
Claudia se movió, se acomodó sobre él, le dio un beso en el pecho sin abrir los ojos.
—Anoche estuviste increíble —murmuró.
Federico cerró los ojos.
No quería pensar en por qué. No quería admitirlo. No quería decir en voz alta que la pasión que Claudia celebraba no le pertenecía a ella.
Pertenecía a un fantasma con vestido rojo.
Alina volvió a la cama. Alejandro abrió los ojos como si la hubiera estado esperando.
—Buenos días —dijo con voz grave.
Ella no respondió. No sabía qué decir. No sabía quién era en ese momento.
Alejandro la observó con una mezcla de curiosidad y satisfacción.
—No te vayas todavía —pidió, suave.
Alina tragó saliva.
No era miedo lo que sentía. Era peligro. Pero un peligro distinto. Uno que no venía de afuera, sino de adentro.
Porque por primera vez en mucho tiempo, Alina no sabía si quería irse.
Mientras, Claudia se estiró, sonrió, lo abrazó.
Federico la miró sin verla.
Porque en su cabeza, todavía estaba el vestido rojo. Todavía estaba la imagen de Alina entrando al restaurante del hotel de su familia. Todavía estaba el hombre que la acompañaba.
Y aunque no lo admitiera, aunque lo negara, aunque se escondiera detrás de su apellido, de su compromiso, de su vida perfecta…
Algo dentro de él había cambiado.
Algo que no iba a poder ignorar.
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