El precio de los sueños - Capítulo 41
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Capítulo 41: Capítulo 41- La noche que la desbordó
La habitación parecía diseñada para que el tiempo se detuviera. Las sábanas blancas, gruesas, de algodón egipcio, tenían ese aroma limpio y caro que solo existe en hoteles donde una noche cuesta más que un mes de alquiler. El aire estaba perfumado con notas de bergamota y madera, un olor cálido que envolvía sin imponerse.
Alina se sentó al borde de la cama. La tela suave cedió bajo su peso, hundiéndose apenas. Sus manos temblaban, pero no de miedo. Era otra cosa. Algo que no sabía nombrar.
Alejandro se movía por la habitación con una calma que la desconcertaba. No había urgencia en él. No había ansiedad. Solo una seguridad tranquila, casi peligrosa.
Ella sabía lo que había ido a hacer. Sabía lo que necesitaba lograr. Sabía que cada minuto allí era un paso más hacia la tutela de Stella, hacia las cirugías de su padre, hacia una vida que no la aplastara.
Pero también sabía que algo dentro de ella estaba cambiando.
Alejandro se acercó despacio, como si temiera romper algo frágil. Le rozó la mejilla con el dorso de la mano. Un gesto simple. Suave. Pero que la atravesó como un latido.
—Podés decirme que pare —murmuró él.
Y fue esa frase, esa libertad inesperada, lo que la desarmó.
Porque nadie le había dado elección en mucho tiempo.
Alina cerró los ojos. Sintió su respiración acelerarse, sintió el calor subirle por el cuello, sintió cómo su cuerpo respondía antes que su mente. Y cuando Alejandro la tomó de la cintura, cuando la guió hacia él con una firmeza que no era violenta sino segura, algo dentro de ella cedió.
No era sumisión. No era obediencia. Era entrega. Una entrega que la sorprendió más a ella que a él.
La noche avanzó como una marea lenta al principio, suave, medida, casi cuidadosa. Alejandro parecía leerla, anticiparla, descubrirla. Y Alina, que con José siempre había vivido en alerta, que siempre había tenido que protegerse, que siempre había sido la que resistía, se encontró respondiendo con una intensidad que no sabía que tenía.
Cada vez que creía haber llegado a su límite, él la llevaba un poco más lejos. Cada vez que pensaba que iba a quebrarse, descubría que todavía podía más. Cada vez que intentaba contenerse, su propio cuerpo la traicionaba.
Y en algún momento —no supo cuándo— dejó de pensar en lo que debía hacer y empezó a sentir lo que quería.
La habitación se llenó de respiraciones entrecortadas, de murmullos, de silencios densos. Las sábanas se arrugaron bajo sus cuerpos, impregnándose del calor de la noche. El perfume del cuarto se mezcló con el olor de piel, de deseo, de algo primitivo que no tenía nombre. Sus bocas se besaban, sus cuerpos se encimaban y en un momento…el comenzó a darle ordenes…
—Dame tus muñecas —murmuró él. Ella obedeció. Se las ató con su corbata negra, se las puso por encima de la cabeza…sujeto una de sus piernas del borde de la cama, con su camisa blanca y comenzó a penetrala con un hambre que la hacia temblar…ella estaba disfrutando demasido de este encuentro. Él la embestía como si el mundo se fuera a extigir, ella se entregaba como si no hubiera un mañana.
—Querés que pare—murmuró él.
—No, por favor, segui- susurró ella.
Alejandro la observaba como si estuviera descubriendo un secreto. Alina lo miraba como si estuviera descubriendo una parte de sí misma.
La ciudad seguía viva detrás de los ventanales, pero allí adentro no existía nada más que esa cama, esa noche, ese cuerpo que la guiaba y la desbordaba.
Cuando finalmente el cansancio los alcanzó, el cielo empezaba a aclararse.
El amanecer entró por la ventana como una caricia fría. La luz tenue se deslizó sobre las sábanas revueltas, sobre la piel húmeda, sobre el desorden que habían dejado atrás. El aire olía a madrugada, a sudor, a perfume caro, a algo nuevo.
Alina estaba recostada boca arriba, respirando despacio, con el pecho aún agitado. Alejandro, a su lado, la miraba con una expresión que no supo descifrar.
Ella no era la misma que había entrado en ese departamento. Lo sabía. Lo sentía en los músculos, en la piel, en la mente.
Había cruzado un límite. Uno que no sabía que existía. Uno que no sabía si quería volver a cerrar.
Y mientras la luz del amanecer iluminaba la habitación, Alina entendió algo que la estremeció:
Esa noche Alina descubrió en manos de ese hombre, lo que era el placer.
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