El precio de los sueños - Capítulo 44
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Capítulo 44: Capítulo 44- Rutina
El primer día que Alina volvió a ver a Alejandro después de aquella noche interminable, pensó que sería un encuentro aislado. Un capricho pasajero de un hombre acostumbrado a tenerlo todo. Una coincidencia. Un error. Algo que podía dejar atrás si se lo proponía.
Pero no fue así.
Alejandro la llamó al mediodía, con esa voz grave que parecía siempre recién despertada, incluso cuando estaba en plena reunión. No le preguntó si estaba disponible. No le preguntó si quería verlo. Solo dijo:
—Te paso a buscar a las ocho.
Y colgó.
Alina se quedó mirando el teléfono como si fuera un objeto extraño. Parte de ella quiso ignorarlo. Otra parte —la que todavía tenía el cuerpo marcado por la noche anterior— sintió un estremecimiento que no supo controlar.
A las ocho en punto, el auto negro del hotel la esperaba en la puerta del departamento de Miranda.
Y así empezó todo.
Alejandro la llevaba a cenar a lugares donde las luces eran tenues, las mesas estaban separadas por metros y los mozos parecían entrenados para no mirar demasiado. Restaurantes donde el silencio era un lujo y la privacidad, una moneda de cambio.
La primera noche hablaron de música. Chopin, sobre todo.
—No sabía que te gustaba —dijo él, sorprendido, mientras el pianista del restaurante tocaba una versión suave del Nocturno Op. 9 No. 2.
—Mi mamá lo escuchaba —respondió Alina, sin pensarlo.
Alejandro la miró con un interés que no era simple curiosidad. Era algo más profundo. Algo que la incomodó y la atrajo al mismo tiempo.
—Entonces lo llevás en la sangre —dijo él.
Ella bajó la mirada. No estaba acostumbrada a que alguien la leyera tan rápido.
La segunda noche hablaron de correr.
—¿Cuánto hacés? —preguntó él, mientras caminaban por la terraza privada del hotel.
—Depende. A veces cinco kilómetros. A veces diez. Me ordena la cabeza.
—A mí también —respondió él—. En Madrid corro por el Retiro. Cuando vengas conmigo, te voy a llevar.
Alina se detuvo. —¿Cuándo vaya?
—En el receso de invierno. Te voy a invitar. Unos días. Nada complicado. Solo… aire.
Ella sintió un nudo en el estómago. No sabía si era ilusión, miedo o ambas cosas.
La tercera noche hablaron de medicina.
Alejandro parecía fascinado por su carrera. Por su dedicación. Por su forma de explicar cosas complejas con palabras simples.
—Tenés una cabeza brillante —le dijo mientras cenaban sushi en un salón privado del hotel—. No deberías estar perdiendo tiempo en… esto.
Alina sintió un golpe en el pecho. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo: sin juicio, sin lástima, sin superioridad.
—No tengo opción —susurró.
Alejandro la miró largo rato. —Todos tenemos opción. A veces solo necesitamos que alguien nos la recuerde.
Ella no supo qué responder.
Y así, sin darse cuenta, Alina empezó a verlo todos los días.
A veces la llamaba a la tarde. A veces al mediodía. A veces a la mañana, cuando todavía estaba en la facultad.
—¿Estás libre esta noche? —preguntaba él.
Y aunque no lo estuviera, aunque tuviera que estudiar, aunque tuviera que visitar a su padre, aunque tuviera que dormir… siempre terminaba diciendo que sí.
Porque Alejandro tenía esa forma de hablar que hacía que todo lo demás pareciera menos urgente. Menos importante. Menos real.
El problema fue que su vida empezó a desordenarse.
Los apuntes se acumulaban en la mesa. Las clases se volvían borrosas. Las guardias se hacían eternas.
Cada vez que intentaba estudiar, pensaba en él. En su voz. En su mirada. En cómo la hacía sentir vista.
Y cada vez que visitaba a su padre, la culpa la mordía. Porque sabía que estaba yendo menos. Que estaba fallando. Que estaba eligiendo otra cosa.
Pero no podía evitarlo.
Alejandro era un imán. Un peligro. Una promesa. Un escape.
En el departamento de Miranda, las chicas empezaron a notarlo.
Sofi la miraba con ternura. Vera con hostilidad. Las demás con una mezcla de envidia y curiosidad.
—Te estás enganchando —le dijo Sofi una noche, mientras se pintaban las uñas en la cocina.
—No —respondió Alina, demasiado rápido.
Sofi levantó una ceja. —No te mientas.
Alina apretó los labios. No sabía qué decir. No sabía qué sentir.
Porque no era amor. No era enamoramiento. No era dependencia.
Era otra cosa. Algo más oscuro. Más profundo. Más difícil de nombrar.
Alejandro, por su parte, parecía cada vez más cómodo con la rutina.
La esperaba en el lobby del hotel. Le abría la puerta del auto. Le acomodaba el abrigo. Le servía el vino. Le preguntaba por su día.
Y cada noche, cuando ella se iba, él decía:
—Mañana te quiero ver.
No “quiero verte”. No “¿podés?”. No “¿te gustaría?”.
Te quiero ver.
Una frase que no pedía permiso. Que no dejaba espacio para el no. Que la envolvía como una orden suave.
Y Alina, sin saber cómo, empezó a obedecer.
Una noche, mientras caminaban por el pasillo del penthouse, Alejandro se detuvo de golpe.
—No quiero que veas a nadie más mientras esté en Argentina —dijo.
Alina se quedó helada. No sabía si era un pedido… o una advertencia.
—¿Qué… qué querés decir?
Alejandro la miró con una calma inquietante.
—Quiero exclusividad.
Ella sintió que el piso se movía bajo sus pies.
—Alejandro… yo…
—No te preocupes —la interrumpió—. Yo me encargo de todo.
Y siguió caminando como si nada.
Pero Alina supo, en ese instante, que algo había cambiado. Que algo se había sellado. Que algo se había cerrado sobre ella.
Y que ya no había vuelta atrás.
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