El precio de los sueños - Capítulo 45
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Capítulo 45: Capítulo 45- Noche de chicas
La noche de chicas había empezado como todas: música fuerte, olor a esmalte de uñas, risas que se mezclaban con el sonido de copas chocando, y esa energía eléctrica que solo aparece cuando un grupo de mujeres que viven demasiado rápido intenta, por unas horas, convencerse de que todo está bien.
Pero esa noche era distinta.
Alina lo sintió apenas entró al living del departamento de Miranda. Había algo en el aire. Algo que no sabía si era expectativa, tensión o simplemente la sensación de que ella ya no pertenecía del todo a ese lugar.
Sofi la saludó con un abrazo efusivo. Vera la miró de arriba abajo con una expresión que no era exactamente desprecio, pero tampoco cariño. Las demás chicas la recibieron con sonrisas amplias, demasiado amplias, como si estuvieran esperando algo de ella.
—¡Llegó la estrella! —gritó una de las chicas desde el sillón.
Alina se tensó.
—¿Qué estrella?
—La del ranking, obvio —respondió otra, riéndose.
—¿Qué ranking? —preguntó Alina, confundida.
Sofi la tomó del brazo y la llevó hacia la mesa del comedor, donde había una libreta abierta, llena de nombres escritos con birome rosa, azul y violeta. Había corazones, flechas, números, comentarios al margen.
—Nuestro ranking de príncipes azules —explicó Sofi—. Los mejores amantes. Los que valen la pena. Los que te hacen olvidar que esto es un trabajo.
Alina sintió un vuelco en el estómago.
—¿Y por qué…?
—Porque vos tenés dos de los primeros puestos —interrumpió una de las chicas, divertida.
Alina se quedó helada.
—¿Dos?
Sofi sonrió con una mezcla de ternura y picardía.
—Federico Álvarez Soller está primero. Alejandro está segundo.
Alina sintió que el piso se movía bajo sus pies.
Federico. El médico. El hombre que la había mirado en el restaurante como si la conociera desde siempre. El hombre que había sentido algo —ella lo había visto en sus ojos— pero que estaba comprometido, atrapado en una vida perfecta que no tenía lugar para ella. Pero con quién nunca tuvo intimidad, aunque todos pensaran que si.
Y Alejandro… Alejandro era otra cosa. Un torbellino. Un peligro. Una promesa.
—¿Por qué Federico está primero? —preguntó Alina, intentando sonar casual.
Las chicas se miraron entre sí y estallaron en risas.
—Porque es… —empezó una.
—Porque tiene… —intentó otra.
—Porque sabe… —agregó una tercera.
Pero ninguna terminaba la frase.
No necesitaban hacerlo. La reputación hablaba sola.
—Es intenso —dijo finalmente Sofi, con un tono que mezclaba nostalgia y resignación—. Intenso de verdad. No de esos que creen que lo son. Él… escucha. Lee. Entiende. Te lleva a un lugar donde te olvidás de todo. Pero después… —hizo un gesto con la mano, como espantando un mosquito— desaparece.
—Como todos —agregó otra chica.
—Como todos —repitieron varias.
Alina tragó saliva.
—¿Y Alejandro? —preguntó, aunque no sabía si quería escuchar la respuesta.
Vera, que había estado callada hasta ese momento, levantó la vista.
—Alejandro es otra liga —dijo, con una voz cargada de algo que Alina no supo identificar al principio. ¿Dolor? ¿Celos? ¿Orgullo? ¿Todo junto?—. No es solo intenso. Es… exigente.
Las chicas rieron.
—Exigente es poco —dijo una.
—Exigente y creativo —agregó otra.
—Exigente, creativo y caprichoso —remató una tercera.
Vera clavó los ojos en Alina.
—Y no se queda con nadie. Nunca.
Alina sintió un pinchazo en el pecho.
—Yo no… —empezó a decir.
—No te ilusiones —la interrumpió Vera, con una sonrisa amarga—. A todas nos pasó. A todas nos hizo sentir especiales. A todas nos dijo cosas lindas. A todas nos llevó a cenar. A algunas… —hizo una pausa, disfrutando del efecto— a Europa.
Alina abrió los ojos, sorprendida.
—¿A Europa?
Vera asintió, orgullosa.
—Dos veces. París y Barcelona. Me compró ropa, me llevó a restaurantes, me hizo sentir como una reina. Y después… —chasqueó los dedos— silencio. Hasta que volvía a Argentina. Y ahí sí. Ahí me buscaba. Como si nada hubiera pasado.
Las chicas asentían, acostumbradas a ese tipo de historias.
—Son príncipes azules —dijo una—. Pero no de los cuentos. De los nuestros.
—Los que te hacen sentir viva —agregó otra.
—Pero no los que se quedan —concluyó Sofi.
Alina sintió que algo dentro de ella se quebraba. No era amor. No era enamoramiento. Era ilusión. Una ilusión que se deshacía como papel mojado.
—¿Y vos? —preguntó Vera, con una hostilidad que ahora tenía un matiz distinto, más vulnerable—. ¿Qué te dijo? ¿Qué te prometió? ¿Qué te hizo creer?
Alina no respondió. No podía. Porque no sabía la respuesta.
O peor: La sabía. Y no quería admitirla.
La noche siguió entre risas, confesiones, copas de vino y música fuerte. Pero Alina ya no estaba ahí.
Estaba en otro lugar. En otra cama. En otra terraza. En otra mirada.
Y por primera vez desde que había conocido a Alejandro, sintió miedo.
A kilómetros de distancia, en un departamento mucho menos lujoso pero igual de silencioso, Federico abrió los ojos al mismo tiempo que Alina.
La luz de la mañana entraba por la ventana, iluminando el cabello rubio de Claudia, que dormía abrazada a su brazo. Su respiración era suave, tranquila, satisfecha.
Él no.
Él tenía la mandíbula tensa, el pecho apretado, la mente enredada.
Había tenido sexo con su prometida. Había sido intenso, apasionado, casi desesperado.
Pero no había sido por ella.
Toda la noche, cada vez que cerraba los ojos, veía el vestido rojo. El mismo que Alina llevaba en el restaurante. El mismo que lo había dejado sin aire cuando la vio entrar con ese hombre.
Alejandro. El heredero. El cliente. Ahora entendía de que se trataba todo, Alina era una chica de Miranda y él sabía perfectamente de que se trataba eso.
Federico había sonreído, había brindado, había tocado la cintura de Claudia como si nada pasara. Pero por dentro, algo se había roto. O se había encendido. No sabía. Desilusión? Quizás.
Y cuando llegaron a casa, Claudia lo había besado con una pasión que él no esperaba. Él respondió. Su cuerpo respondió. Pero su mente…
Su mente estaba en otro lugar. En otra piel. En otra mujer.
Ahora, mientras Claudia dormía apoyada en su pecho, él miraba el techo con los ojos abiertos, sintiendo una culpa que no sabía si merecía o no.
Porque no había sido infiel. No había hecho nada malo. No había tocado a Alina.
Pero la había deseado. La había imaginado. La había sentido como si estuviera allí.
Y eso lo atormentaba más que cualquier acto.
Claudia se movió, se acomodó sobre él, le dio un beso en el pecho sin abrir los ojos.
—Anoche estuviste increíble —susurró.
Federico cerró los ojos.
No quería pensar en por qué. No quería admitirlo. No quería decir en voz alta que la pasión que Claudia había celebrado no le pertenecía a ella.
Pertenecía a un fantasma con vestido rojo.
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