El precio de los sueños - Capítulo 60
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Capítulo 60: Capítulo 60- La trampa invisible
La ciudad parecía contener la respiración esa semana. No era solo el clima húmedo de fines de agosto ni el ritmo frenético de los recuperatorios en la facultad: había una tensión subterránea, un movimiento silencioso que Alina no alcanzaba a comprender del todo, pero que sentía en la piel como electricidad estática. Miranda estaba más ocupada que nunca, entrando y saliendo de la casa con la precisión de un reloj, recibiendo mensajes que no compartía y haciendo llamadas que terminaban siempre con un “bien, dejalo así” o un “no te muevas hasta que yo diga”. Alina sabía que la trampa estaba en marcha, aunque no conocía los detalles. Y Miranda no se los daba. No por desconfianza, sino por estrategia: cuanto menos supiera Alina, menos podían sacarle si alguien la presionaba.
Lo que sí sabía era que el agresor estaba siendo vigilado. Que su rutina había sido mapeada. Que sus movimientos eran predecibles. Que su temperamento explosivo lo hacía vulnerable. Y que su vínculo con Esteban —el “tío” afectivo de Lisa, el hombre que manejaba la seguridad de varios locales nocturnos y que tenía contactos en todos los rincones oscuros de la ciudad— era la clave para que la trampa funcionara. Miranda no podía tocar a Esteban directamente, pero sí podía exponer a su empleado. Y cuando él cayera, Esteban quedaría debilitado. Y Lisa, sin su sombra protectora, quedaría expuesta.
Alina no sabía si sentirse culpable o satisfecha. Lo único que tenía claro era que no quería que ese hombre volviera a lastimar a nadie. Ni a ella ni a ninguna otra mujer. Y si para eso había que tenderle una trampa, entonces que así fuera.
Mientras tanto, la facultad se había convertido en un campo de batalla emocional. Los pasillos estaban llenos de estudiantes desesperados, profesores agotados y un aire espeso que mezclaba café frío, nervios y apuntes arrugados. Alina caminaba entre ellos como si estuviera dentro de un sueño borroso. Había desaprobado todas las materias, algo que jamás le había ocurrido. No era falta de capacidad; era falta de estabilidad. Su mente estaba en otra parte, dividida entre el miedo, la bronca, la investigación y la ausencia repentina de Alejandro, que se había ido del país sin demasiadas explicaciones.
Intentó estudiar, pero cada vez que abría un libro, las palabras se desarmaban. Cada concepto se mezclaba con la imagen del agresor, con la voz de Miranda, con la mirada de Federico en la facultad. Era como si su cerebro se negara a volver a la normalidad.
Federico, por su parte, estaba atrapado en un torbellino que no sabía cómo manejar. Había pasado noches enteras pensando en Alina, en la forma en que lo había rechazado, en la conversación con su padre, en la cena, en la página de Miranda. Y en la reserva que había logrado hacer usando el alias de Alfredo. No sabía qué esperaba encontrar cuando la viera. No sabía si quería pedirle perdón, explicarle algo, o simplemente asegurarse de que estaba bien. Lo único que sabía era que él estaba bloqueado y eso lo inquietaba más que cualquier otra cosa.
Mientras tanto, en un departamento elegante de Recoleta, Lisa estaba sentada frente a una mesa llena de papeles, fotos y notas escritas a mano. Parecía una estratega preparando una guerra. Tenía el ceño fruncido, los labios apretados y una expresión que mezclaba obsesión y furia contenida. José estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle con los brazos cruzados, como si buscara una salida que no encontraba.
—No podemos dejar que esto quede así —dijo Lisa sin levantar la vista—. Esa chica tiene que aprender que no puede meterse en mi vida y salir ilesa. No después de todo lo que pasó. No después de lo que nos hizo.
José cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas para hablar.
—Lisa… —dijo finalmente—. Ya está. Fue suficiente. No podemos seguir con esto.
Ella levantó la mirada, sorprendida por el tono.
—¿Qué te pasa?
José respiró hondo, como si estuviera a punto de confesar un crimen.
—Me pasa que no quiero seguir destruyendo la vida de una persona. Entiendo el infierno que pasaste en tu vida por que tu padre no te quiso reconocer, pero no tenés que desquitarte con esas chicas, Alina no es la culpable, tampoco Alexia y mucho menos Stella. Augusto fue un cobarde al dejar a tu madre sola, pero ellas no tienen nada que ver con eso.
Lisa dejó caer la lapicera sobre la mesa y se levantó lentamente, como si cada movimiento fuera una amenaza.
—¿Estás defendiendo a Alina? —preguntó con una voz tan baja que daba miedo.
José no respondió de inmediato. Miró el piso, luego la ventana, luego a ella.
—Estoy defendiendo lo poco que queda de mí —dijo finalmente—. Porque si sigo haciendo lo que vos querés… no sé en qué me voy a convertir. Su padre esta inconsciente si querés vengarte de él, sigamos con el resto del plan pero dejemos a las chicas fuera de esto.
Lisa lo miró como si no lo reconociera.
—No me falles, José —susurró—. No ahora. Porque hiciste mucho daño…y sabes que si quiero puedo hundirte a vos y a toda tu familia de abogados con un simple llamado.
Pero él no se movió. No dijo que sí. No dijo que no. Conocía a Lisa, sabía de su falta de escrúpulos, no podía simplemente irse.
Lisa lo observó con una mezcla de incredulidad y furia. Y en ese instante, algo en su mirada cambió. Ya no era solo odio hacia Alina. Era miedo. Miedo a perder el control. Miedo a que José se le escapara. Miedo a que todo lo que había construido se derrumbara.
Y cuando Lisa tenía miedo, se volvía peligrosa.
Muy peligrosa.
La tarde cayó sobre la ciudad con una lentitud pesada, como si el cielo supiera que algo estaba por romperse. Alina pasó todo el día con una sensación de inquietud que no lograba sacudirse. No era miedo. No exactamente. Era una mezcla de anticipación, cansancio y esa extraña energía que aparece cuando uno está a punto de enfrentar algo inevitable. Miranda le había dicho que tenía un cliente, que la había reservado para todo el fin de semana. La reserva era para Costa Esmeralda, un exclusivo balneario de la zona de Pinamar, un chofer la iba a recoger a las 3 am. Alina temía que fuera una trampa de Lisa pero Miranda notando su inquietud le aclaro que todos los clientes estaban debidamente registrados en la plataforma y que eran seguros.
Miranda, por su parte, estaba más silenciosa que de costumbre. No era el silencio frío de la estrategia, sino uno más tenso, más expectante. Había pasado la mañana revisando mensajes, coordinando movimientos, asegurándose de que cada pieza estuviera en su lugar. La trampa estaba lista. El agresor iba a caer. No por violencia, no por venganza, sino por su propio peso, por su propia impulsividad, por su propia historia. Miranda solo había acomodado el escenario para que tropezara.
—Esta noche no te quedes sola —le dijo a Alina mientras se preparaba para salir—. No porque estés en peligro, sino porque vas a necesitar cabeza fría.
Alina asintió. No preguntó. No quería saber más de lo necesario. Había aprendido que, en el mundo de Miranda, la información era un arma, y a veces era mejor no cargarla.
Federico llegó al departamento de Alfredo con el corazón latiéndole en la garganta. No sabía por qué había ido. No sabía qué esperaba encontrar. Alfredo lo recibió con una mezcla de curiosidad y preocupación, como si ya supiera que algo estaba mal.
—¿Qué te pasa? —preguntó, dejándole una copa de vino sobre la mesa.
Federico no tomó el vino. Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, mirando el piso como si ahí estuviera la respuesta.
—Reservé a alguien —dijo finalmente.
Alfredo levantó una ceja.
—¿Y eso es un problema desde cuándo?
Federico tragó saliva.
—La reservé con tu alias.
Alfredo dejó la copa en la mesa con un golpe seco.
—¿Qué hiciste?
Federico levantó la vista, con los ojos cargados de algo que Alfredo no le había visto nunca: culpa.
—No me dejaba reservarla. El sistema me bloqueaba. Pero con tu alias… funcionó.
Alfredo se quedó en silencio unos segundos, procesando.
—¿Quién es?
Federico negó con la cabeza.
—No puedo decirte eso.
—Entonces decime por qué estás así.
Federico respiró hondo, como si estuviera a punto de confesar algo que lo avergonzaba.
—Porque creo que Miranda me bloqueó. No ella. No Alejandro. Miranda.
Alfredo se pasó una mano por la cara.
—Si Miranda te bloqueó, Fede… es porque sabe algo, quizás tu madre te anda amenazando a la gente para que te portes bien.
Federico apretó los dientes.
—No creo que sea eso. No importa. Me la llevo el finde semana, si claudia pregunta, estoy con vos en Córdoba.
—Ok—respondió Alfredo—. Me alegra que mi viejo amigo este otra vez en el ruedo, me aburria esto de salir solo. Dijo riéndose.
Federico se dejó caer en el sillón, agotado.
Alfredo lo miró con una mezcla de compasión y advertencia.
—Tranquilo amigo —respondió Alfredo—. Yo te cubro.
A las 3 am una suv negra esperaba por Alina, ella entró, registro la patente y le envió la ubicación en tiempo real a Miranda, quería estar segura. El conductor no hablo mucho, solo le dijo que aprovechara el viaje a descansar si quería, Alina al principio se resistió a relajarse, pero a los 50 km de haber salido, se durmió profundamente.
Alina se despertó cuando el motor se detuvo y una voz desconocida le hablaba. Se dio cuenta que ya había llegado a su destino. El olor a la resina de los pinos invadía el lugar, la calma y el sonido de los pájaros hicieron que su corazón se agitara. No era por miedo, era una sensación rara que no la dejaba respirar con normalidad. Sus emociones eran un caos, una mezcla de nervios y resignación. No sabía quién la había pedido. No sabía qué esperaba encontrar. Solo sabía que Miranda había dicho que fuera, que confiara. Camino por el sendero de grava blanca y madera, rodeada de plantas que no conocía pero que denotaban cuidado, como todo allí. No había ninguna otra propiedad en los alrededores y entre los sonidos de la naturaleza solo se oía el ruido del mar.
Cuando abrió la puerta, el aire se volvió más denso. Su corazón dio un vuelco, sus piernas se aflojaron y tuvo ganas de salir corriendo.
Federico estaba ahí.
De pie. Esperándola. Con una expresión que mezclaba alivio, miedo y algo más profundo, algo que él mismo no sabía nombrar.
Alina se quedó congelada. No esperaba eso. No quería eso. No sabía cómo reaccionar.
Federico dio un paso hacia ella, pero se detuvo enseguida, como si tuviera miedo de asustarla.
—No vine por… eso —dijo, con la voz baja, casi temblorosa—. No vine a pedirte nada. No vine a… reservarte. Vine porque necesitaba hablar con vos. Porque no sé qué está pasando. Pero sé que la Alina de estas últimas semanas no es la misma que conocí en febrero.
Alina cerró la puerta detrás de ella, sin acercarse.
—No deberías estar acá —dijo, con un tono firme pero no agresivo—. No así. No de esta forma.
Federico bajó la mirada.
—Lo sé. Y lo siento. Pero no sabía cómo encontrarte. No sabía cómo hablarte. No sabía cómo… sacarte de ahí.
Alina sintió una punzada en el pecho. No de dolor. De cansancio.
—No necesito que me saques de ningún lado —respondió—. No soy una víctima. No soy una chica perdida. No soy alguien que necesita que un hombre venga a rescatarla. No necesito ningún príncipe azul que se destiña al primer lavado.
Federico levantó la vista, con los ojos brillantes.
—No quiero rescatarte. No quiero usarte. No quiero tu cuerpo. Quiero entenderte. Y si es posible, quiero ayudarte a que cumplas tu sueño, que no es “ser la acompañante bonita” de los hombres.
Alina respiró hondo.
—¿Y qué querés entender?
Federico se acercó un paso. Solo uno.
—Por qué estás con Miranda.
El silencio cayó como un bloque de mármol.
Alina sintió que el aire se volvía más pesado.
—Eso no te incumbe —dijo finalmente.
Federico asintió, con una tristeza que lo envejecía.
—Tenés razón. Pero igual me duele.
Alina no respondió. No sabía qué decir. No sabía qué sentir. No sabía si quería consolarlo o alejarlo.
Federico dio un paso atrás.
—No voy a insistir —dijo—. No voy a presionarte. Solo quería que supieras que… estoy acá. Que si necesitás algo… lo que sea… podés venir a mí.
Alina lo miró largo rato. No con rechazo. No con enojo. Con algo parecido a gratitud. Y también a distancia.
—Gracias —dijo finalmente.
Federico asintió. Y se fue. Sin tocarla. Sin mirarla otra vez. Sin pedir nada.
Solo se fue.
En otro lugar, Miranda observaba desde un auto estacionado a media cuadra del bar donde trabajaba el agresor. No estaba sola. Dos de sus contactos estaban con ella, cada uno con una función precisa. No iban a tocarlo. No iban a provocarlo. Solo iban a dejar que él hiciera lo que siempre hacía: perder el control.
Y cuando lo hiciera, las cámaras estarían listas. Los testigos también. Y la policía, avisada de forma anónima, llegaría justo a tiempo.
Miranda sonrió apenas.
—Los hombres así siempre caen solos —murmuró—. Solo hay que darles el escenario adecuado.
Lisa estaba sentada en su departamento, mirando la puerta cerrada de su oficina, José estaba ahí. Él no había salido en horas. No había hablado. No había obedecido. Y eso la descolocaba más que cualquier otra cosa.
—No me falles, José —susurró, con una mezcla de súplica y amenaza—. No ahora.
Pero del otro lado de la puerta, solo había silencio.
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