El precio de los sueños - Capítulo 59
- Inicio
- El precio de los sueños
- Capítulo 59 - Capítulo 59: Capítulo 59- Destejiendo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 59: Capítulo 59- Destejiendo
La investigación de Miranda avanzó con una precisión quirúrgica que Alina jamás habría imaginado. No había golpes de suerte ni intuiciones mágicas: había contactos, favores viejos, información que circulaba en los márgenes de la ciudad, y una red de personas que le debían algo a Miranda o que simplemente sabían que era mejor no decirle que no. Durante días, la casa se llenó de sobres cerrados, mensajes encriptados, fotos impresas y nombres que aparecían y desaparecían como piezas de un rompecabezas que solo Miranda parecía entender. Alina observaba todo desde la distancia, sin intervenir, sin preguntar demasiado, pero con una mezcla de ansiedad y determinación que la mantenía despierta hasta tarde.
Una tarde, Miranda dejó sobre la mesa un informe más grueso que los anteriores. No dijo nada al principio; simplemente esperó a que Alina se acercara. Cuando ella lo hizo, Miranda abrió el sobre y extendió varias hojas. Allí estaba el nombre del hombre que la había atacado semanas atrás, acompañado de un historial que helaba la sangre: denuncias por violencia de género que nunca habían prosperado, incidentes en bares donde había sido expulsado por agresividad, testimonios de mujeres que preferían no dejar su nombre, y finalmente, un dato que unía todo: trabajaba como seguridad privada para Esteban, el “tío” afectivo de Lisa, el hombre que manejaba los negocios más turbios detrás de la fachada de su bar y sus contactos políticos.
Alina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era sorpresa. Era confirmación. Todo conducía a Lisa. Todo. Pero Miranda no parecía alterada; al contrario, su expresión era la de alguien que finalmente encuentra la pieza que faltaba.
—No podemos ir contra Lisa directamente —dijo Miranda, cruzándose de brazos—. Es demasiado inteligente, demasiado rápida, y tiene demasiada gente que le debe favores. Si la atacamos de frente, nos va a destruir antes de que podamos pestañear.
Alina apretó los dientes, sintiendo cómo la bronca le subía por la garganta como un fuego espeso.
—Entonces vamos contra él —dijo, sin temblar.
Miranda asintió lentamente, como si hubiera estado esperando que Alina lo dijera.
—Exacto. Él es la hebra suelta. El punto débil. El saco se desteje desde ahí.
No había satisfacción en su voz. Había estrategia. Había experiencia. Había una frialdad que Alina no sabía si admirar o temer.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Alina.
Miranda la miró con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Con inteligencia. No con fuerza. No con impulsos. Vamos a tenderle una cama. Una que él mismo no pueda evitar. Y cuando caiga… Lisa va a quedar expuesta. No directamente, pero lo suficiente para que deje de tocarte.
Alina asintió. No era alivio lo que sentía. Era una determinación nueva, afilada, casi peligrosa. Por primera vez desde el ataque, no se sintió víctima. Se sintió parte de algo. Se sintió capaz.
Los días siguientes fueron un torbellino. La facultad estaba en pleno período de recuperatorios y Alina, que siempre había sido una estudiante impecable, descubrió con un golpe seco que había desaprobado todas las materias. Todas. Nunca le había pasado. Nunca. El peso de esa realidad la aplastó de una forma distinta a todo lo demás: era como si su vida académica, la única parte de su mundo que siempre había sido estable, se hubiera derrumbado también.
Intentó estudiar, pero las palabras se mezclaban, los conceptos se escapaban, y cada vez que abría un libro, la imagen del agresor volvía a su mente como un eco persistente. Aun así, se obligó a seguir. No podía permitirse caer del todo.
Mientras tanto, Federico vivía su propio infierno silencioso. La conversación con Alina en la facultad lo había dejado descolocado, herido, pero también inquieto. Había algo en ella que no podía ignorar, algo que lo empujaba a querer sacarla de ese mundo que él conocía demasiado bien. Esa noche, después de varias horas de dar vueltas en su departamento, abrió la laptop y entró a la página de Miranda. No necesitó buscar el enlace: lo tenía guardado desde hacía años.
Federico conocía ese sistema mejor que nadie. Era uno de los clientes mejor puntuados, uno de los favoritos de las chicas, alguien que siempre había sido respetuoso, discreto, generoso. Nunca había tenido problemas. Nunca había pedido nada fuera de lugar. Nunca había sentido la necesidad de “blindar” a nadie. Hasta ahora.
Buscó el apodo.
Misha.
Y esta vez, para su sorpresa, apareció como disponible.
El corazón le dio un vuelco. No sabía si era alivio, desesperación o algo más oscuro. Intentó reservarla. El sistema lo rechazó. Probó otra vez. Rechazado. Probó desde otro dispositivo. Rechazado. Probó desde una red distinta. Rechazado.
—¿Qué carajo…? —murmuró, sintiendo cómo la frustración le subía por la garganta.
Entonces, en un impulso desesperado, usó el alias de Alfredo, el que conocía porque una vez habían reservado juntos para una cena privada. Ingresó los datos. Confirmó.
Reserva aceptada.
Federico se quedó inmóvil. No sabía si sentirse culpable, aliviado o enfermo. Lo único que sabía era que él estaba bloqueado. Pensó que quizás podía ser Alina o Alejandro, pero ya no importaba. Ahora ella estaría esperando a Alfredo José Suárez, el fiscal.
Federico cerró la laptop con un golpe seco, sintiendo que algo dentro de él se rompía un poco.
En otro punto de la ciudad, en un departamento elegante de Recoleta, Lisa estaba sentada en el borde de su cama, con una copa de vino en la mano y una expresión calculadora en el rostro. Frente a ella, José caminaba de un lado a otro, inquieto, como si algo lo carcomiera por dentro.
—Tenemos que terminar lo que empezamos —dijo Lisa, con una frialdad que helaba el aire—. Esa chica no puede seguir caminando como si nada. No después de todo lo que nos hizo.
José se detuvo. La miró. Y por primera vez en mucho tiempo, algo en su expresión cambió. No era miedo. No era sumisión. Era… duda.
—Lisa… —dijo, pasándose una mano por el cabello—. Ya está. Fue suficiente. No podemos seguir con esto.
Lisa entrecerró los ojos, sorprendida.
—¿Qué te pasa?
José respiró hondo, como si estuviera a punto de decir algo que llevaba años guardado.
—Me pasa que… —titubeó— que creo que ya tuvo suficiente, ¿la viste? Es apenas un fantasma. Reprobó el cuatrimestre, perdió su beca, esta por perder a su padre…es una prosti de alta sociedad pero eso no la hace más digna. Ya le quitamos todo lo que le podía importar.
Lisa dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Qué dijiste?
José tragó saliva.
—Que no quiero seguir lastimándola. Que esto se fue de las manos. Que vos… vos estás obsesionada. Y yo… yo no quiero ser parte de eso. Ya no.
Lisa se levantó lentamente, como un animal que se prepara para atacar.
—¿Te volviste loco? —susurró—. ¿Después de todo lo que hicimos? ¿Después de todo lo que planeamos? ¿Ahora te ponés sensible?
José bajó la mirada, pero no retrocedió.
—No es sensibilidad —dijo—. Es… cansancio. Si se toma coraje va a denunciarnos y eso no va a terminar bien para ninguno de los dos.
Lisa lo miró como si no lo reconociera.
—No me falles, José —dijo, con una voz tan baja que daba miedo—. No ahora.
Pero él no respondió.
Y ese silencio fue la primera grieta en un plan que llevaba años gestándose.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com