El Regreso de la Heredera Alfa - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Clarissa – ¿Dónde están mis padres
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4: Clarissa – ¿Dónde están mis padres?
4: Clarissa – ¿Dónde están mis padres?
Fruncí el ceño y, sin darme cuenta, mi expresión se tornó peligrosamente fría.
Incluso Fina y sus secuaces retrocedieron un paso inconscientemente.
Estos ojos morados siempre me habían molestado.
Nunca había conocido a otra persona con este tono de violeta.
Incluso dentro de las manadas, algunos lobos susurraban que estaban malditos.
Hasta el año pasado, había usado gafas de montura gruesa para disimular el color, pero se rompieron después de mi primer celo.
No podía permitirme unas nuevas.
Cuando era la «omega singular», los ojos morados no habían llamado mucho la atención.
Ahora, tachada de «omega defectuosa», pensé que nadie añadiría otro insulto por el color de mis ojos.
—¡Cómo te atreves!
—espetó Fina, obligándose a reaccionar.
No me inmuté.
—Para ya, Fina Sanders.
Meterte conmigo no hará que Oscar saque una buena nota.
Harías mejor en ayudarlo a estudiar.
—¡¿Q-qué?!
—Mi comentario, evidentemente, no la calmó; avivó su furia—.
¡Los profesores no tienen pruebas, pero nosotras sí!
—¿Qué pruebas tienen?
—Me crucé de brazos y la miré con calma.
—¡La prueba son tus ojos!
—Señaló mi cara con el dedo.
La miré, sinceramente estupefacta.
—Tus ojos provienen de la maldición que heredaste por los crímenes de tus padres —declaró con una seguridad que parecía ensayada, no genuina—.
Tus padres eran ladrones.
Por eso los desterraron de la manada.
Tu Luna fue simplemente demasiado amable al perdonarte la vida, pero desde entonces, has estado marcada con esos ojos morados.
¡La hija de ladrones, por supuesto, es una ladrona!
Sinceramente, me daban ganas de reír.
¿De dónde demonios había sacado esa historia tan ridícula?
Hasta los niños podrían inventar un cuento más creíble.
Por desgracia, los estudiantes de alrededor que lo oyeron parecieron creerlo, sobre todo cuando mencionó su fuente.
—Tisha Browns, la hija del Alfa de tu manada, me lo contó todo.
Oyó la historia directamente del propio Alfa.
Es una deshonra para ellos que te conserven.
—¿Tisha?
Esa zor…
Me contuve.
Tisha era una de las gemelas del Alfa, pero nunca fuimos cercanas.
Sus celos descarados hacia mí siempre habían sido molestos.
Por suerte, su hermana, Tasha, era mucho más sensata y era mi única amiga íntima, aunque solo nos veíamos durante las vacaciones.
Como yo tenía buena reputación en la academia y Tisha estaba estancada en la clase más baja, nunca me había buscado problemas aquí.
Resultó que solo estaba esperando la oportunidad perfecta.
—¿Y le crees?
—desafié a Fina, encogiéndome de hombros con desdén.
—Entonces, ¿sabes dónde están tus padres, o por qué nadie en tu manada te dice adónde fueron?
¡Les da demasiada vergüenza sacar el tema!
—insistió Fina, y la multitud a nuestro alrededor asintió, creyéndola cada vez más.
El hecho de que nadie hablara de mis padres biológicos siempre me había molestado, pero siempre había estado satisfecha con la vida que tenía.
No necesitaba a la gente que me abandonó.
Yo los había rechazado mentalmente primero.
Sin embargo, oír que podían ser criminales me dejó con sentimientos encontrados.
De repente, una de las secuaces de Fina me dio un tirón hacia delante, agarrándome con fuerza del brazo.
Fina y sus otras amigas marcharon por delante.
Intenté zafarme, pero no lo conseguí.
Miré suplicante a los estudiantes en el pasillo, pero algunos apartaron la vista y el resto observaba con evidente diversión.
Al final, ¡nadie iba a ayudarme más que yo misma!
Dejé que me arrastraran, calculando el momento adecuado para escapar.
Fina nos condujo al vestíbulo de entrada.
Su secuaz me arrojó al suelo como una hoja seca.
Como la última clase acababa de terminar, la zona estaba abarrotada.
El alboroto llamó la atención de inmediato.
Al instante nos convertimos en el centro de todo.
Mientras yo luchaba por encontrar una escapatoria, Fina empezó a gritar, enumerando los supuestos hechos sobre mis padres y mi pasado…
hechos que aún no estaban aclarados, pero que exponía con tal convicción que los estudiantes le creyeron.
—Levanta la cabeza para que todos puedan ver tu cara de desvergonzada —se burló Fina, tirándome del pelo para levantarme la cabeza.
—¿Crees que no te castigarán por esto?
—A pesar del dolor agudo en mi cuero cabelludo, la fulminé con la mirada.
—¡Nadie me castigará, una vez que la verdad salga a la luz!
Quise gritar: «¡¿Qué verdad, zorra?!», pero no podía malgastar mis energías discutiendo.
¡Ploc!
Algo húmedo me salpicó la cara.
Cuando lo olí e intenté ver a través de la porquería, me di cuenta de lo que era: ¡un huevo podrido!
Allí estaba Tisha, con una expresión de suficiencia en el rostro, preparándose para otro lanzamiento.
La secuaz de Fina me sujetaba con fuerza, obligándome a recibir el siguiente directamente en la cara.
¡Arc!
El olor me dio una arcada y sentí náuseas al instante.
Se oían murmullos, burlas, risitas y carcajadas por todas partes.
Bajé la mirada al suelo.
Nunca me había sentido tan indefensa, tan públicamente humillada.
Repetía en silencio para mantener la calma.
Encontraré una forma de escapar y vengar lo que me están haciendo ahora mismo.
No sé cuántos huevos podridos me golpearon.
El hedor me mareaba y el líquido pegajoso me impedía ver con claridad.
Pero había guardado todos sus rostros en mi memoria: Fina, sus secuaces, Tisha y Oscar, que sonreía con disimulo desde detrás de la multitud.
—¡Oh, Dios mío!
¿Qué le están haciendo todos a esta señorita?
—Una voz de mujer desconocida se abrió paso entre el ruido.
Al instante, todos los sonidos de burla se desvanecieron.
Levanté la cabeza lentamente.
Ojos morados.
Intenté limpiarme la espesa yema de huevo para asegurarme de que no estaba viendo mal.
—Vámonos.
Ella es… No queremos buscarle problemas —susurró la secuaz de Fina, con un tono ligeramente asustado.
No pude oír las palabras con claridad, solo el tono temeroso.
—Vámonos —cedió Fina por fin.
Se oyeron pasos que se alejaban.
Todos se habían ido, simplemente por esta única mujer.
—¿Estás bien?
—Su voz suave y melódica llegó a mis oídos.
—Estoy bien.
Gracias, señora.
—Me limpié la cara a toda prisa, lo suficiente como para poder verla.
—¿Eso es una media luna?
—¿Qué luna?
—Por fin vi su rostro con claridad.
Era una mujer de mediana edad, hermosa y elegante.
Y sus ojos… eran verdaderamente morados, igual que los míos.
De repente, me agarró la mano; mi mano sucia y cubierta de huevo.
—No, señora.
Mi mano huele mal.
Se va a…
—Realmente es una media luna.
Seguí su intensa mirada.
No estaba mirando la suciedad; miraba fijamente mi marca de nacimiento, que tenía forma de media luna en mi muñeca.
—¿Por qué la mira así, señora?
…
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