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El Rey Alfa es nuestro papá - Capítulo 17

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17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 Punto de vista de Delilah
Había planeado este momento hasta el último latido.

Ni tan pronto como para parecer demasiado ansiosa, ni tan tarde como para arriesgarme a ser olvidada.

Una jarra de plata, dos tazas de porcelana y un plato de pasteles especiados, con el azúcar espolvoreado justo para que pareciera que no lo había pensado demasiado, aunque sí lo había hecho.

Llevé la bandeja yo misma.

Un sirviente lo habría hecho parecer rutinario.

Yo quería que me viera a mí.

Cuando las puertas se abrieron, entré en un ambiente con aroma a papel, a tinta y al eco de discusiones terminadas.

Vincent estaba sentado detrás del escritorio, y el atardecer le recorría la mandíbula con un pulgar de bronce.

Myra estaba sentada en su regazo, con sus pequeños dedos aferrados a la tela de la muñeca de él, como si lo estuviera anclando a la tierra.

Su presencia me sobresaltó durante medio suspiro, de la misma forma en que un pájaro pasa fugaz por la ventana y te roba la atención, aunque intentaras mantenerla fija.

—Alfa —dije, suavizando la voz—, necesitarás un refrigerio después del día que has tenido.

Sus ojos se apartaron de los libros de contabilidad para mirarme a mí y luego a la bandeja.

Sentí el peso de su atención como se siente el sol: sin suplicarlo, simplemente colocada donde este cae.

—Gracias —dijo en un tono educado y uniforme.

Una mujer mediocre y neutral podría confundirlo con indiferencia.

Yo sabía que era más que eso.

Su neutralidad es una puerta.

—Papá —murmuró Myra, casi como una pregunta, casi como una reclamación.

Dejé la bandeja con cuidado.

—Hay noticias —continué con ligereza, como si se me acabara de ocurrir—.

El festival del jardín de infancia.

Esas cosas pueden ser… encantadoras.

A las multitudes les encanta ver a un rey bajo una luz ordinaria.

—Entonces hice una pausa y lo miré de reojo; dejé que captara la insinuación sin tropezar con ella—.

¿Llevarás acompañante?

No respondió, pero tampoco se negó.

Su mirada se desvió hacia la ventana, hacia la ladera de los jardines, hacia cualquier cosa menos la pregunta.

Y entonces asintió una vez: a mí, o al aire, o a la idea de ceder una esquirla de sí mismo a una velada que no era la guerra.

Fue suficiente.

Una puerta, abierta el ancho de un dedo.

—Hablaremos más tarde —dijo, lo que en el lenguaje del poder no es un no.

—Estaré lista —le dije, y lo que quise decir fue: seré inolvidable.

Los hombros de Myra se encogieron, un gesto tan sutil que la mayoría no lo notaría.

Se pegó más a él, como una pequeña marea.

Etiqueté el movimiento y lo archivé.

Hice una reverencia y los dejé con su escena.

Mis aposentos resplandecían con la luz de las lámparas y las posibilidades.

Viola, mi doncella, había esparcido muestras de tela por el diván: una plateada con hilos azules como la luz de la luna sobre la nieve; un verde bosque profundo que favorecería mis hombros; una seda obsidiana que se bebía la habitación y no devolvía nada.

—El festival es al aire libre durante parte de la noche, mi señora —dijo Viola—.

Habrá farolillos, he oído.

Lunas de papel.

—Entonces nada de obsidiana —decidí—.

El negro es avaricioso con poca luz.

Se come los rostros.

—Toqué la tela plateada, sentí el frío coqueteo del brillo bajo las yemas de mis dedos y la aparté—.

Y nada del predecible brillo de luna.

No somos una metáfora.

A Viola le tembló una comisura de los labios.

Le gustaba más cuando era decidida; significaba que su trabajo sería fácil y su puesto, seguro.

Caminé hacia el espejo y sostuve el verde bosque contra mi cuerpo.

El espejo me amaba, como siempre lo había hecho: lo bastante honesto como para mostrar mis defectos y lo bastante fiel como para mostrarme cómo aniquilarlos.

El verde bosque hacía que mi piel pareciera de nácar.

Ceñía la línea de mi cintura y dejaba que mi cuello se alargara sobre ella como un tallo.

—Este —sentencié, y la decisión se convirtió en acción, mientras que mujeres mediocres habrían pedido tres opiniones más.

Nos movimos con rapidez: Viola con alfileres entre los dientes, yo con la paciencia de una cazadora.

—Más bajo —le indiqué, dándome un golpecito en la clavícula—.

Pero no vulgar.

Un pulgar por debajo del hueco.

—Sí, mi señora.

—Abre la falda —añadí—, hasta la rodilla.

No estamos persiguiendo gansos; estamos caminando sobre aplausos.

—Sí, mi señora.

—Y mangas que besen el codo —concluí—.

Y perlas, no diamantes; los diamantes gritan.

Las perlas discuten en susurros.

Ella asintió, y la habitación bullía de eficiente actividad: el sonido de las tijeras, el suspiro de la tela al renunciar a su antigua vida por una mejor.

Me observé en el espejo mientras el vestido me encontraba.

La observación es importante.

El poder no es un accidente; se ensaya hasta que parece instinto.

—La gente hablará —dijo Viola al fin, con cautela—, si llega con Su Majestad.

—La gente habla hasta cuando estornudo —repliqué—.

Que se atraganten.

Ella soltó una risa rápida y aliviada.

Un suave golpe en la puerta rompió el hilo de nuestra concentración.

Lita, la doncella más joven, se deslizó dentro con una bandeja.

—Frutos del bosque calientes, mi señora, y pasteles de miel…, recién hechos.

—Tenía las mejillas sonrosadas por el calor de la cocina y —ahí estaba— su corpiño era más escotado que la semana pasada.

No era indecente, pero sí lo suficiente como para que los hombres se fijaran sin que ella pareciera intentarlo.

Mi mirada se detuvo donde lo haría la de un hombre.

Sus pechos eran… generosos.

Enmarcados.

Ofrecidos, si una quisiera ser cruel y honesta a la vez.

Dejó la bandeja e hizo una reverencia tan pronunciada que su escote se amplió.

—Levántate —dije con calma.

Lo hizo, perpleja.

—¿Quién eligió tu vestido?

Su mano revoloteó hasta el encaje.

—El intendente, mi señora.

Es el que me asignaron.

—Mmm.

—Di un lento paso hacia ella.

En el espejo, me observé acercarme para poder ver lo que ella veía, una imagen medida en miedo—.

¿Y quién te dio instrucciones de llevarlo así?

—Nadie… Yo… —Tragó saliva.

Viola se quedó completamente inmóvil.

La bofetada restalló en el aire, seca y definitiva.

Mi palma se encontró con la suavidad de su mejilla con la fuerza suficiente para girarle la cabeza de golpe, dejando una nítida floración de hinchazón a su paso: una lección grabada a fuego con calor y humillación.

Ella ahogó un grito y se llevó una mano a la marca, para luego caer de rodillas tan rápido que la bandeja traqueteó.

—Por favor… mi señora…, por favor, no era mi intención… Yo nunca…
—Tu intención era que se fijaran en ti —la corregí—.

Y lo has conseguido.

Considera tu objetivo cumplido.

Las lágrimas empañaron sus pestañas.

La disculpa brotó a trompicones: palabras, aliento, más palabras.

Dejé que se rompieran en el suelo entre nosotras.

Me habían ignorado lo suficiente en mi vida como para entender la física de la atención: es una moneda de cambio.

Y no permitiría que se gastara sin mi permiso.

—Escúchame —dije, en voz tan baja que tuvo que inclinarse para ganarse el derecho a oírme—.

Este palacio no es un escenario para que exhibas lo que pertenece al ámbito privado.

Si vuelves a llevar el uniforme así, haré que te reasignen más allá de nuestras fronteras durante un mes.

¿Sabes qué territorio se encuentra más allá de nuestras fronteras?

Abrió los ojos de par en par.

—Las… tierras salvajes, mi señora.

—Bien.

Puedes aprender la modestia de los dientes de los lobos si no la aprendes de mí.

—Arriba —dije por fin—.

Arréglate el vestido.

Y después, la sensatez.

Obedeció, torpe, con dedos temblorosos mientras se subía el corpiño y se prendía el encaje para cerrarlo.

Parecía más pequeña cuando terminó.

Bien.

Las mujeres más pequeñas chocan menos conmigo al pasar.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Viola exhaló.

—Ha sido misericordiosa —murmuró.

—He sido instructiva —dije, mientras cogía un pastel de miel.

Se desmoronó lo justo cuando lo mordí: la dulzura cediendo a la presión perfecta—.

Al palacio hay que enseñarle a diario para qué sirve.

Viola asintió, con la mirada baja.

Me complacía esa deferencia.

Siempre lo ha hecho.

La gente confunde la amabilidad con la bondad.

Confunden la crueldad con la fuerza.

Yo entiendo la tercera cosa: la precisión.

La fuerza aplicada que mueve una bisagra en el momento exacto para que la puerta no se abra para nadie más.

De vuelta en el espejo, dejé que el vestido a medio hacer se asentara de nuevo sobre mis hombros.

Giré la cabeza.

Admiré la línea que iba de la garganta a la cintura, la forma en que mi piel brillaba contra el verde, la promesa cosida en cada costura: «Mira aquí; olvida todo lo demás».

La mujer del espejo me devolvió la sonrisa en perfecto acuerdo.

Los farolillos del festival florecían en mi mente como un campo de estrellas dóciles.

Lo vi todo con la claridad de una hechicera: el patio bañado en oro, la música danzando sobre risas educadas, los niños tirando de las mangas para mostrar sus lunas de papel.

Me vi llegando al lado de Vincent… no detrás, nunca detrás…, con la seda verde traduciendo la noche a mi idioma.

Vi rostros inclinándose hacia mí como las flores se inclinan hacia el sol.

Vi el susurro pasar como una corriente: «Esa.

Ella».

Y él… Vincent… su neutralidad resquebrajada por la simple aritmética de la atención.

Las multitudes se apartan para los reyes.

También se inclinan ante las reinas.

Solo es cuestión de enseñarles los pasos.

Presioné las palmas de las manos contra mi cintura y sentí la certeza del hueso bajo la seda, la ambición envuelta en carne y aliento.

—Un peldaño —murmuré, saboreando las palabras al salir de mis labios.

Ni un compañero, ni siquiera un igual.

Solo una roca sobre la que apoyarme hasta alcanzar la corona que quiero.

Una mujer mediocre adoraría al hombre, lo convertiría en su montaña.

Yo lo usaré para cruzar ríos que él ni siquiera puede nombrar.

Me volví hacia el espejo, sosteniendo mi propia mirada hasta que se agudizó y se convirtió en la de la mujer que necesitaba ver.

El poder es un placer más honesto que el amor, y nunca me he avergonzado de desearlo.

El hombre que todos creen que codicio no es más que el primer peldaño de mi ascenso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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