El sistema - Capítulo 3
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: Lo que queda cuando todo se rompe 3: Lo que queda cuando todo se rompe El departamento olía a vacío.
Tomás cerró la puerta detrás de él y por un momento se quedó inmóvil, como si entrar ahí le pesara más que enfrentarse a cuatro hombres en la oscuridad.
No encendió la luz.
No hacía falta.
Conocía cada rincón de memoria.
Dejó la mochila sobre la mesa y caminó directo a la cocina.
Abrió la heladera.
Agua.
Nada más.
La cerró.
El silencio era distinto ahí adentro.
Más denso.
Más personal.
Sus ojos se desviaron sin querer hacia el sillón.
Ahí fue donde todo había terminado.
—No podés vivir así, Tomás —había dicho ella.
Clara.
Siempre directa.
Siempre más valiente que él en lo importante.
—¿Así cómo?
—había respondido él, sin mirarla.
—Como si el mundo fuera un problema que tenés que controlar.
No supo qué contestar.
Porque tenía razón.
—Nunca sé dónde estás, qué hacés, ni por qué desaparecés días enteros —continuó ella—.
Y lo peor… es que siento que nunca te voy a conocer de verdad.
Silencio.
El mismo de ahora.
—No puedo seguir con alguien que siempre está a medias.
Esa fue la frase.
No gritos.
No drama.
Solo una decisión.
Clara agarró sus cosas y se fue.
Y él no la detuvo.
— Tomás se dejó caer en el sillón.
Se pasó una mano por la cara.
No era el dolor lo que le molestaba.
Era la certeza.
Ella había visto algo que nadie más veía.
Y aun así, eligió irse.
— El celular vibró sobre la mesa.
Un mensaje.
Número desconocido.
Tomás lo miró unos segundos antes de desbloquearlo.
No esperaba nada bueno.
Pero tampoco esperaba eso.
“¿Siempre te metés en lugares donde no te llaman?” Frunció el ceño.
Otro mensaje.
“Porque lo de anoche fue bastante torpe.” Tomás se incorporó de golpe.
No era el mismo estilo del mensaje anterior.
No era amenaza.
Era… distinto.
“¿Quién sos?” —escribió.
La respuesta tardó unos segundos.
“Sos bueno.
Pero no tanto como creés.” Tomás apretó el teléfono.
Esto ya no era coincidencia.
“Si querés seguir vivo, dejá de investigar.” Pausa.
Y después: “O aprendé a mirar mejor.” La conversación terminó ahí.
— Esa noche no durmió.
— A la mañana siguiente, volvió al bar.
El mismo.
La misma mesa.
El mismo café.
Rutina.
Control.
Pero algo había cambiado.
Mientras abría la notebook, alguien se sentó frente a él sin pedir permiso.
Tomás levantó la vista.
Mujer.
Aproximadamente su edad.
Mirada firme.
Demasiado firme para alguien que se acerca a un desconocido.
—Estás ocupando mi mesa —dijo ella, tranquila.
Tomás la observó.
No había duda.
Mentía.
—No —respondió—.
No lo estoy.
Ella sonrió apenas.
No incómoda.
No nerviosa.
Como si esperara esa respuesta.
—Entonces compartimos.
Silencio.
Tomás no dijo nada.
Pero tampoco se levantó.
La mujer apoyó su taza y lo miró directo.
—Tenés cara de no haber dormido —comentó.
—Y vos de hablar demasiado con desconocidos.
Otra leve sonrisa.
—Depende del desconocido.
Tomás cerró la notebook lentamente.
Algo en ella no encajaba.
Y eso era exactamente lo que lo mantenía atento.
—¿Cómo te llamás?
—preguntó ella.
Tomás dudó medio segundo.
—Tomás.
—Yo soy Martina.
Se quedaron en silencio.
Midiéndose.
Como si ambos supieran que ese encuentro no era casual.
— Afuera, la ciudad seguía igual.
Pero adentro de ese bar, algo nuevo acababa de empezar.
Y Tomás, por primera vez desde el mensaje, no estaba seguro de si eso era una ventaja… o un problema más.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com