El sistema - Capítulo 4
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
4: Demasiado cerca 4: Demasiado cerca Martina no apartaba la mirada.
No era incómodo.
Era… intencional.
Tomás lo notó enseguida.
La mayoría de las personas miran y desvían.
Evalúan sin que se note.
Ella no.
Ella sostenía.
—¿Siempre eres así de callado?
—preguntó, inclinando apenas la cabeza.
—Depende —respondió Tomás.
—¿De qué?
—De quién pregunta.
Martina apoyó los codos en la mesa, acercándose apenas.
—Entonces voy a asumir que todavía no confías en mí.
Tomás no respondió.
Pero tampoco negó.
El mozo pasó, dejó la taza de ella y se fue sin intervenir.
Todo seguía pareciendo normal.
Pero no lo era.
Tomás analizó rápido: postura, manos, tono de voz, respiración.
Nada encajaba con alguien que simplemente “se sentó en la mesa equivocada”.
—¿Nos conocemos?
—preguntó él.
Martina sopló el café antes de responder.
—No.
Pausa.
—Pero podríamos.
Esa frase no era casual.
Nada en ella lo era.
Tomás entrecerró los ojos.
—¿Qué quieres?
Por primera vez, Martina dudó.
Fue mínimo.
Pero él lo vio.
—Depende —dijo ella, devolviendo la palabra—.
¿Qué estás buscando vos?
Silencio.
El tipo de silencio que pesa más que una respuesta.
Tomás cerró la notebook.
Demasiado.
Todo era demasiado rápido.
Se levantó.
—Un consejo —dijo, sin mirarla—.
Elegí mejor a quién molestar.
Dejó dinero sobre la mesa y se fue.
— No caminó directo a su casa.
Nunca lo hacía después de algo así.
Doblando esquinas sin patrón, cruzando calles al azar, usando reflejos en vidrieras para observar sin ser visto.
Rutina.
Pero esta vez había algo más.
La sensación.
Esa presión leve en la nuca.
Como si alguien estuviera demasiado atento.
Giró en una esquina y se detuvo.
Esperó.
Nada.
Siguió.
Dos cuadras más.
Y entonces lo vio.
Un auto oscuro.
Motor encendido.
Vidrios polarizados.
Demasiado quieto.
Tomás no cambió el paso.
Pero su mente ya estaba trabajando.
Distancia: quince metros.
Posibles ocupantes: dos, mínimo.
Salida más cercana: calle lateral, a la derecha.
Siguió caminando.
Tres pasos más.
Dos.
Uno.
Giró de golpe.
El auto reaccionó.
Tarde.
Tomás ya estaba corriendo.
— La calle lateral era más angosta.
Menos gente.
Peor para perderlos… mejor para enfrentarlos si hacía falta.
Escuchó la puerta del auto abrirse.
Pasos.
Rápidos.
Profesionales.
No eran improvisados.
Tomás aceleró.
Llegó a mitad de cuadra y evaluó.
No iba a escapar corriendo.
Demasiado expuesto.
Demasiado predecible.
Frenó en seco.
Giró.
El primero venía directo.
Sin hablar.
Error.
Tomás lo dejó acercarse.
Último segundo.
Desplazamiento lateral.
Golpe al cuello.
Seco.
El hombre cayó sin hacer ruido.
El segundo dudó.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Tomás avanzó.
Ataque directo.
Bloqueo.
Contraataque.
Dos movimientos.
El segundo cayó de rodillas, sin aire.
Silencio.
Otra vez.
Tomás no se quedó.
Nunca se quedaba.
Revisó rápido: armas, nada visible.
Comunicación, probable.
No tenía tiempo.
Se alejó.
Rápido.
Controlado.
— Dos cuadras más adelante, redujo el paso.
Respiración estable.
Mente activa.
Esto ya no era seguimiento pasivo.
Era contacto.
Y eso significaba una sola cosa.
Habían decidido acercarse.
— Esa noche, desde otro departamento, revisó las cámaras cercanas.
Buscó el auto.
Lo encontró.
Pero lo que lo dejó quieto no fue el vehículo.
Fue quién bajaba del asiento del conductor.
Pausa.
Zoom.
Claridad.
Tomás entrecerró los ojos.
No era uno de los hombres.
Era otra persona.
Una mujer.
La imagen no era perfecta.
Pero suficiente.
Cabello oscuro.
Postura firme.
Movimiento seguro.
La había visto antes.
Esa misma mañana.
En el bar.
— Tomás apoyó las manos sobre la mesa.
Miró la pantalla en silencio.
Martina.
Nada había sido casual.
Nada.
Y ahora la pregunta ya no era quién lo estaba cazando.
Era peor.
Por qué alguien tan cerca… ya sabía tanto sobre él.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com