El sistema - Capítulo 6
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6: Herror humano 6: Herror humano El problema no era Martina.
Eso fue lo primero que Tomás intentó convencerse.
El problema era lo que había dicho.
“Selección.” La palabra no encajaba en ningún esquema lógico que tuviera sentido… y eso era exactamente lo que lo hacía peligroso.
— No volvió al departamento anterior.
Nunca dos veces seguidas después de exponerse.
Eligió otro lugar.
Más alto.
Más limpio.
Más seguro.
O eso pensaba.
Encendió los sistemas.
Pantallas activas.
Redes abiertas.
Capas de seguridad superpuestas.
Todo en orden.
Todo bajo control.
Eso necesitaba.
Control.
Buscó patrones.
Movimientos financieros.
Transferencias invisibles.
Cuentas dormidas que de pronto despertaban.
Nada.
Demasiado limpio.
Demasiado perfecto.
—No existe un sistema así… —murmuró.
Pero sí existía.
Lo estaba viendo.
O peor… lo estaban dejando ver.
— Horas después, seguía igual.
Misma pantalla.
Misma postura.
Pero algo distinto.
Un error.
Pequeño.
Ridículo.
Ingresó mal una clave.
Tomás se quedó quieto.
Mirando la pantalla.
Eso no pasaba.
No con él.
Nunca.
Volvió a escribirla.
Correcta.
Acceso concedido.
Pero ya no importaba.
El error había ocurrido.
Y no era técnico.
Era humano.
— Se levantó.
Caminó hasta la ventana.
Ciudad abajo.
Caótica.
Impredecible.
Real.
A diferencia de lo que estaba enfrentando.
Cerró los ojos un segundo.
Respiró.
Y en ese segundo… lo entendió.
No lo estaban midiendo solo por lo que hacía.
Lo estaban midiendo por cómo reaccionaba.
Al estrés.
A la presión.
A la incertidumbre.
—No buscan al mejor… —dijo en voz baja.
—Buscan al que no se rompe.
—Casi.
La voz vino desde atrás.
Tomás giró de inmediato.
Martina.
Apoyada contra la pared.
Como si hubiera estado ahí todo el tiempo.
No forzó la sorpresa.
Pero la registró.
—Entraste —dijo.
—Sí.
—No deberías haber podido.
—Deberías revisar eso.
Silencio.
Tenso.
Pero distinto al de antes.
Ahora había otra cosa.
Curiosidad.
Y algo más difícil de definir.
—¿Cuánto tiempo?
—preguntó Tomás.
—Lo suficiente.
—¿Para qué?
Martina se separó de la pared y caminó despacio por el departamento.
Observando.
Midiendo.
Como si leyera el lugar igual que él leía sistemas.
—Para confirmar algo —dijo.
—¿Qué?
Se detuvo frente a una de las pantallas.
Miró los datos.
Sonrió apenas.
—Que sos bueno… pero predecible.
Eso le molestó.
No lo mostró.
Pero le molestó.
—No entrás acá sin dejar rastro —respondió.
Martina lo miró por encima del hombro.
—Ya lo hice.
Pausa.
—Dos veces.
Tomás no habló.
Pero su mente ya estaba trabajando.
Rutas.
Entradas.
Errores.
Y ahí estaba.
Un punto ciego.
Pequeño.
Pero suficiente.
—Lo dejaste —dijo.
No era una pregunta.
Martina se giró completamente.
Ahora sí, más cerca.
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque quería ver si lo encontrabas.
Silencio.
Otra vez.
Pero ahora más corto.
Más cargado.
—Y no lo hiciste —agregó ella.
Tomás la sostuvo con la mirada.
—Todavía.
Eso cambió algo.
Mínimo.
Pero cambió.
Martina se acercó un poco más.
Distancia corta.
Incómoda para cualquiera.
No para ellos.
—Ese es tu problema —dijo—.
Siempre llegás… pero tarde.
Tomás no se movió.
—Y vos te adelantás demasiado.
Martina inclinó la cabeza.
—Tal vez.
Pausa.
Y después: —O tal vez ya estuve donde vos estás intentando llegar.
Eso sí le importó.
—¿Quiénes son?
—preguntó.
Directo.
Sin rodeos.
Martina lo miró fijo.
Por primera vez… sin juego.
—Todavía no estás listo.
Tomás apretó la mandíbula.
—Eso no lo decidís vos.
—No —respondió ella—.
Pero tampoco vos.
Silencio.
Largo.
Pesado.
—Te están observando ahora mismo —dijo Martina.
Eso lo congeló un segundo.
No externamente.
Internamente.
—Siempre —agregó.
Tomás miró alrededor.
Cámaras.
Sistemas.
Redes.
Nada.
—No los vas a ver —continuó ella—.
Ese es el punto.
—Entonces decime cómo encontrarlos.
Martina dudó.
Muy leve.
Pero real.
—No los encontrás —dijo finalmente—.
Ellos te encuentran a vos.
Esa frase quedó suspendida en el aire.
Como una advertencia.
O una sentencia.
— Martina caminó hacia la puerta.
Pero se detuvo antes de salir.
Sin girarse.
—Ah… y otra cosa.
Tomás no respondió.
—Dejá de pensar que estás solo en esto.
Pausa.
—Porque no lo estás.
Y esta vez… se fue.
— Tomás quedó en silencio.
El departamento ya no se sentía seguro.
Ni siquiera controlado.
Volvió a la pantalla.
Revisó todo otra vez.
Más profundo.
Más agresivo.
Más obsesivo.
Y entonces lo encontró.
No en el sistema.
En él.
Su primer error no había sido la clave.
Había sido confiar en que entendía el juego.
— Y eso… era mucho más peligroso.
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