El sistema - Capítulo 5
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5: El espejo 5: El espejo Tomás no creía en coincidencias.
Nunca lo había hecho.
Por eso, cuando algo no encajaba, no lo ignoraba… lo desarmaba.
La pantalla iluminaba el departamento en penumbra.
Tres monitores.
Distintas capas de acceso.
Sistemas que no existían para nadie más.
Martina.
Nombre simple.
Demasiado simple.
Lo escribió una vez.
Después otra.
Y otra más… pero no en buscadores comunes.
Bases de datos privadas.
Registros filtrados.
Sistemas cerrados.
Nada.
Ni un error.
Ni una sombra.
—No existís… —murmuró.
Pero eso no era lo inquietante.
Lo inquietante era lo siguiente.
Apareció algo.
No información.
Rastros.
Pequeños.
Distribuidos.
Como migas de pan.
Un registro en una cámara de seguridad en Palermo.
Otro en una estación de tren.
Una compra mínima con efectivo, captada por un sistema bancario indirecto.
Todo inconexo.
Todo inútil por separado.
Perfecto si alguien quisiera… ser seguido.
Tomás se recostó en la silla.
Eso no era ocultarse.
Eso era guiar.
Quieres que te encuentre… La idea no le gustó.
Nada de esto le gustaba.
Volvió a la pantalla.
Reconstruyó trayectorias.
Tiempos.
Distancias.
Patrones.
Y entonces lo vio.
Una rutina.
No fija.
Pero repetida.
Un margen de error mínimo.
Un café.
Siempre distinto… pero dentro del mismo radio.
Tomás amplió el mapa.
Marcó los puntos.
Trianguló.
Un área.
Pequeña.
Controlable.
— Dos horas después, estaba ahí.
No con la notebook.
No con tecnología.
Solo él.
Caminó despacio, observando reflejos, movimientos, tiempos.
Nada fuera de lugar.
Hasta que la vio.
Sentada.
De espaldas.
Café en mano.
Como si supiera exactamente cuándo iba a llegar.
Tomás no se acercó de inmediato.
Rodeó.
Observó desde otro ángulo.
Confirmó postura, respiración, entorno.
Sin escolta visible.
Sin tensión.
Pero alerta.
Siempre alerta.
Se acercó.
—Esto ya no es casual —dijo, deteniéndose frente a la mesa.
Martina levantó la vista.
Ni sorpresa.
Ni preocupación.
Solo una leve sonrisa.
—Te tardaste —respondió.
Tomás no se sentó.
—¿Quién eres?
Ella apoyó la taza con calma.
—Depende de lo que quieras ver.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Silencio.
Corto.
Denso.
Tomás la miró fijo.
—Dejaste rastros.
—Sí.
—Querías que te encuentre.
—Sí.
—¿Por qué?
Martina inclinó apenas la cabeza.
—Porque necesitaba ver si eras tan bueno como creés.
No había burla en su tono.
Peor.
Había evaluación.
Tomás se sentó lentamente.
—¿Y?
—Todavía no decido.
Eso lo tensó más que cualquier amenaza.
—Mandaste gente —dijo él—.
Anoche.
Martina negó.
—No eran míos.
Pausa.
—Pero sabía que iban a estar ahí.
Tomás no apartó la mirada.
—¿Entonces qué sos?
Martina lo observó en silencio unos segundos.
Midiendo.
Calculando.
Como él.
—Alguien que está mirando lo mismo que vos… pero desde antes.
Esa respuesta abrió más preguntas de las que cerró.
—No me sirve —dijo Tomás.
—No tiene que servirte —respondió ella—.
Tiene que alcanzarte.
Silencio otra vez.
Pero distinto.
Menos hostil.
Más… curioso.
Tomás cambió el enfoque.
—Sabés quién me mandó ese mensaje.
No era una pregunta.
Martina no respondió de inmediato.
Miró alrededor.
Gente normal.
Conversaciones normales.
Mundo normal.
Después volvió a él.
—Sé lo que es —dijo finalmente.
— Dilo.
—Todavía no.
Tomás apoyó las manos sobre la mesa.
—No estoy para juegos.
Martina se inclinó apenas hacia adelante.
Por primera vez, su voz bajó.
Más seria.
Más real.
—Y yo no estoy para salvarte si te adelantas.
Eso lo frenó.
No por miedo.
Por lógica.
—Entonces decime por qué no estoy muerto —dijo.
Martina lo sostuvo con la mirada.
Sin dudar.
—Porque esto no es una cacería.
Pausa.
Y después: —Es una selección.
El ruido del bar volvió de golpe.
Como si alguien hubiera subido el volumen del mundo.
Tomás no se movió.
Pero algo en su cabeza encajó.
Las peleas.
Los tiempos.
Los errores controlados.
Nada había sido para matarlo.
Había sido para medirlo.
—¿Quién selecciona?
—preguntó.
Martina tomó su taza.
La giró lentamente entre los dedos.
—Eso… —dijo— es lo que todavía estás tratando de entender.
Se levantó.
Sin apuro.
Sin mirar atrás.
—No te atrases, Tomás —agregó antes de irse—.
Porque ellos no esperan.
Y esta vez… no dejó ningún rastro.
Tomás se quedó sentado.
Inmóvil.
Procesando.
Por primera vez desde el mensaje… tenía una dirección.
Y eso lo hacía más peligroso.
Pero también… mucho más expuesto.
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