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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 1

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1: Capítulo 1- La noche anterior 1: Capítulo 1- La noche anterior El continente de Huangjin no tenía un centro — tenía varios, y cada uno creía ser el único.

Estaban las montañas eternas del norte, donde la niebla espiritual era tan densa que los cultivadores de nivel bajo sangraban por los ojos si permanecían demasiado tiempo.

Estaban las llanuras del este, donde las tormentas nunca terminaban y los hombres del Clan Jinrae caminaban entre los rayos como si fueran viejos conocidos.

Estaba la ciudad flotante de Wenjing, construida sobre formaciones tan antiguas que nadie recordaba quién las había creado, suspendida a trescientos metros sobre un lago que nunca se congelaba.

Y estaba el territorio del Clan Yeon.

No era el más espectacular.

No tenía montañas imposibles ni ciudades que desafiaran la gravedad.

Tenía colinas suaves cubiertas de hierba espiritual que brillaba levemente al amanecer, bosques donde la energía del cielo era tan equilibrada que incluso los animales ordinarios vivían el doble que en cualquier otro lugar, y en el centro de todo ello, los muros del clan: piedra gris construida hacía tantas generaciones que el musgo había crecido en patrones que algunos ancianos juraban que eran formaciones naturales.

Era un lugar que no imponía.

Que simplemente era.

Yeon Jaha lo había despreciado durante años.

* * * Tenía quince años cuando decidió que odiaba el clan Yeon.

No de golpe.

Esas cosas nunca ocurren de golpe aunque uno las recuerde así.

Fue una acumulación.

La mirada del instructor de cultivo cuando evaluó su resonancia por tercera vez consecutiva y encontró lo mismo que las dos anteriores: nada funcional.

Las dos corrientes de su Sello Dual separadas como ríos que no podían encontrarse, sin importar cuánto lo intentara.

La forma en que los discípulos mayores dejaban espacio cuando él pasaba, no por respeto sino por esa incomodidad específica que la gente siente cerca de algo que no sabe cómo clasificar.

Y Zhaoren.

Siempre Zhaoren.

Su hermano mayor había logrado la Primera Resonancia perfecta a los doce años.

Tres años antes que cualquier talento registrado en la historia del clan.

Los ancianos hablaban de ello en voz baja, con esa reverencia reservada para las cosas que superan la comprensión.

El patriarca lo había convocado al salón principal y le había dicho algo en privado que Jaha nunca supo exactamente, pero cuyo efecto fue visible durante semanas en la forma en que Zhaoren caminaba.

Como alguien que había recibido una confirmación que ya esperaba.

Jaha había visto todo eso desde un pasillo, a través de una puerta entreabierta, sin que nadie lo invitara a entrar.

* * * El patriarca del Clan Yeon se llamaba Yeon Garan.

No era el hombre más expresivo del mundo.

Era la clase de persona que comunica más con el silencio que con las palabras, que hace que los demás hablen menos simplemente por estar presente.

Había alcanzado el nivel siete a los cuatrocientos sesenta y dos años — un logro que en cualquier otro contexto habría convertido al clan en objeto de peregrinación — y gobernaba con una solemnidad que a Jaha de niño le parecía excesiva.

Lo que Jaha tardó años en entender era que su padre no era solemne por naturaleza.

Era solemne porque cargaba algo.

Lo supo una tarde en que llegó al estudio sin anunciarse: doce años, curioso, convencido de encontrar al patriarca trabajando en algo importante.

En cambio encontró a su padre sentado frente a la ventana, mirando el patio donde los discípulos entrenaban, con una expresión que Jaha no supo nombrar entonces.

Años después la reconocería como amor mezclado con miedo.

La clase de amor que sabe exactamente lo que puede perder.

Yeon Garan lo escuchó entrar sin voltearse.

“¿Qué ves cuando miras a tus hermanos entrenar?” Jaha miró por la ventana.

Los discípulos moviéndose en formaciones de práctica, las marcas de sus Daos emergentes brillando en trazos imprecisos en sus brazos.

“Veo gente que puede hacer lo que yo no puedo.” Su padre asintió despacio.

“¿Y eso qué te hace sentir?” “Rabia” Después, porque algo en la pregunta le pedía más: “Y envidia.

Y después vergüenza de la envidia.” Yeon Garan se volvió a mirarlo.

Sus ojos grises — los mismos que Jaha había heredado — tenían algo que no era lástima.

Era reconocimiento.

“Eso” dijo su padre, “es exactamente lo correcto.” No explicó qué quería decir.

Jaha pasó años preguntándoselo.

* * * Su madre se llamaba Yeon Sae, y era la razón por la que la piel de Jaha era clara donde la de su padre era oscura, la razón por la que su cabello tenía una textura que ningún otro miembro del clan compartía, la razón por la que cuando sonreía — cuando realmente sonreía — la gente a veces dejaba de hablar sin darse cuenta.

Era también la única persona en el clan que nunca había tratado el Mingpo de Jaha como un problema a resolver.

“Las cosas que no se entienden” le dijo una vez, mientras le curaba un corte que se había hecho entrenando con técnicas que su cuerpo técnicamente no debería poder ejecutar, “no son necesariamente cosas rotas.

A veces son cosas que todavía no encontraron su forma.” “Los maestros dicen que mi Sello Dual no puede resonar.” “Los maestros dicen muchas cosas.” Le apretó la mano un momento.

“¿Tú qué sientes cuando intentas cultivar?” Jaha pensó en ello honestamente.

“Siento que hay algo ahí.

Algo grande.

Pero que no puedo tocarlo.

Como si hubiera una pared entre yo y lo que soy.” Su madre lo miró durante un momento largo.

“Eso no suena a un Sello roto” dijo finalmente.

“Suena a alguien que todavía no encontró la puerta.” Jaha no le creyó entonces.

Pero tampoco lo olvidó.

* * * Zhaoren tenía diecinueve años cuando Jaha cumplió quince, y las cosas entre ellos eran lo que habían sido siempre: complicadas de una forma que ninguno sabía nombrar.

No era odio.

Jaha lo había pensado muchas veces y llegaba siempre a la misma conclusión.

Era algo más extraño.

Una relación entre dos personas que el mundo había insistido en comparar desde el principio, y que habían aprendido a existir en esa comparación de formas distintas.

Zhaoren había aprendido a ser la respuesta.

Jaha había aprendido a ser la pregunta.

Lo que sí existía entre ellos era una especie de interés.

Zhaoren lo observaba a veces con una atención que no aplicaba a otros miembros del clan, como si Jaha fuera un problema que todavía no había decidido si valía la pena resolver.

Sus ojos color miel — heredados de su madre — tenían esa expresión que los demás llamaban arrogancia y que Jaha siempre había sentido como algo más preciso: la certeza absoluta de alguien que ha sido confirmado por el universo en todo lo que creía de sí mismo.

Una tarde lo encontró en el jardín, intentando ejecutar un ejercicio de resonancia básico por decimoséptima vez ese día.

“¿Por qué sigues intentando cultivar?” Sin crueldad.

Con la curiosidad directa que tenía para todo.

“Porque es lo que se hace.” “Eso no es una razón.” “No.

Pero es la que tengo.” Zhaoren lo observó un momento más.

“El Mingpo no se cura.

Los ancianos lo han revisado cuatro veces.

Tu Sello Dual no puede resonar.

Seguir intentándolo es…” Buscó la palabra.

“…ineficiente.” “Probablemente.” Y Jaha volvió al ejercicio.

Zhaoren se quedó mirándolo tres segundos más de lo necesario.

Luego se fue.

Eso también lo recordaría Jaha.

La pausa de tres segundos.

* * * El Clan Yeon tenía trescientos cuarenta y dos miembros la noche en que todo cambió.

Había ancianos que llevaban el apellido desde antes de que Jaha naciera.

Había discípulos jóvenes que llevaban meses aprendiendo sus primeros sellos, con esa expresión de asombro que el cultivo produce al principio antes de convertirse en trabajo.

Había instructores, guardias, administradores.

Una anciana en la cocina que guardaba caramelos de hierba espiritual para Jaha desde que tenía cinco años y seguía haciéndolo a los quince, sin comentarlo, como si fuera algo completamente normal.

Jaha los conocía a todos.

Sus nombres, sus historias, sus manías pequeñas.

Los había observado durante dieciséis años con esa atención que desarrolla quien no puede participar completamente en lo que lo rodea.

Esa noche tenía dieciséis años y no podía dormir.

Estaba en el jardín exterior, mirando el cielo de Huangjin que en las noches despejadas mostraba más estrellas de las que cualquier ciudad podía ver.

Escuchó el primer grito a la hora más silenciosa de la noche.

Fin del Capítulo 1 REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yeiler Bienvenidos a Tianwu, un mundo donde el poder lo es todo y la traición viene de donde menos se espera.

Soberano de las Cenizas es una historia que llevo mucho tiempo construyendo.

Espero que Yeon Jaha os enganche tanto como a mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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