El Soberano de las Cenizas - Capítulo 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: Capítulo 2- Cenizas 2: Capítulo 2- Cenizas Yeon Zhaoren — Tres horas antes del amanecer La señal llegó puntual.
Una luz verde al otro lado del muro norte — breve, casi imperceptible, el tipo de cosa que un ojo no entrenado confundiría con una luciérnaga.
Zhaoren la vio desde la torre de observación y no sintió nada en particular.
Solo la satisfacción ordenada de quien lleva meses construyendo algo y por fin lo ve funcionar.
Bajó los escalones sin prisa.
Tenía diecinueve años y caminaba como alguien que ya sabe cuánto vale su tiempo.
Los seis ancianos lo esperaban en el corredor inferior.
Hombres que llevaban décadas en el clan, que habían servido a su padre con una lealtad que el resto del Clan Yeon nunca había cuestionado.
Jaha no los habría cuestionado tampoco — Jaha no cuestionaba nada que no lo afectara directamente, ese era uno de sus defectos más útiles.
Zhaoren los miró uno por uno.
Caras conocidas.
Caras que habían estado en todas las celebraciones importantes de su vida, que habían aplaudido su Primera Resonancia, que le habían dicho que era el mayor talento de la generación.
No les debía nada por eso.
La verdad no crea deuda.
“¿Están en posición?” “Sí, joven señor” respondió el de más edad.
Había una tensión en su voz que Zhaoren registró sin nombrarlo.
Miedo, probablemente.
O lo que los hombres mediocres llaman conciencia.
“Las formaciones externas caerán en media hora.
Las internas, en cuanto vuestra señal las anule.” Zhaoren asintió.
“Y mi padre.” Silencio.
El tipo de silencio que contiene una pregunta que nadie quiere hacer en voz alta.
“El patriarca está en el salón de meditación” dijo otro anciano finalmente.
“Con los guardianes de siempre.
Tres de nivel seis.” “Cuatro” corrigió Zhaoren.
“El instructor Baerun volvió ayer de su misión.
¿Lo habíais contado?” Nadie respondió.
Zhaoren ya sabía la respuesta.
“Contadlo ahora.” Se dio la vuelta y caminó hacia el muro norte.
Detrás de él, los seis ancianos del Clan Yeon comenzaron a moverse para traicionar todo lo que habían jurado proteger.
Las marcas de su Dao del Emperador brillaban en sus brazos con una luz color ámbar que no necesitaba testigos para existir.
* * * Yeon Garan — El Patriarca Lo supo antes de que empezara.
No por las formaciones — esas cayeron después, con una precisión que habría requerido conocimiento interno y meses de preparación.
No por los gritos, que llegaron después también.
Lo supo por algo más pequeño: el silencio equivocado en el corredor exterior al salón de meditación, donde el guardia nocturno llevaba veinte años haciendo su ronda con el mismo ritmo de pasos, y esta noche no estaba.
Yeon Garan abrió los ojos en la oscuridad del salón y permaneció inmóvil durante tres segundos.
Dejó que su Corriente del Alma se expandiera sin hacer ruido, tanteando el espacio a su alrededor con la delicadeza que dan cuatrocientos años de práctica.
Contó catorce presencias fuera del salón.
Cuatro eran familiares — sus guardianes.
Las otras diez tenían la firma espiritual de cultivadores que no pertenecían al clan.
Se puso de pie.
Tomó su bastón — no por necesidad física, sino porque llevaba tantas décadas cargándolo que sería extraño dejarlo en un momento como este.
Pensó en su esposa.
Pensó en Jaha, que a esa hora probablemente estaba en el jardín exterior sin poder dormir, como casi todas las noches.
Pensó en Zhaoren.
Ese pensamiento duró menos que los otros.
Algunas comprensiones llegan completas, sin necesidad de procesarse.
La puerta del salón estalló hacia adentro.
Lo que siguió no fue una emboscada — fue una declaración.
Los diez cultivadores entraron en formación, con la coordinación de gente que ha ensayado esto, y Yeon Garan entendió en ese instante que lo que ocurría esta noche no era una incursión improvisada.
Era la conclusión de algo que llevaba mucho tiempo construyéndose en las sombras de su propio hogar.
“¡Formación defensiva!” Sus cuatro guardianes respondieron sin dudar.
Baerun, que había vuelto apenas el día anterior de una misión en el norte, ocupó el flanco izquierdo con la soltura de quien lleva décadas protegiéndolo.
El patriarca del Clan Yeon levantó el bastón.
Y a los cuatrocientos sesenta y dos años, con las marcas de su Sello Dual brillando en todo su cuerpo como un mapa de lo que había costado llegar hasta aquí, Yeon Garan comenzó a pelear por su clan sabiendo que no era suficiente.
No porque fuera débil.
Sino porque lo que venía afuera era demasiado, y porque la persona que debería haber estado a su lado no estaba.
Peleó de todas formas.
* * * Yeon Jaha El primer grito venía del sector este.
Jaha tardó un segundo en procesar que era real — esa clase de sonido no encajaba con la noche quieta del clan, con las estrellas, con el olor a hierba espiritual que siempre flotaba en el jardín exterior.
Su mente intentó encontrarle otra explicación y no encontró ninguna.
Se puso de pie.
La primera explosión lo tiró al suelo.
No fue grande — no como las que vinieron después.
Fue precisa.
Una formación destruida desde adentro, lo que producía un sonido diferente al de una formación destruida desde afuera.
Jaha lo supo sin poder explicar cómo lo sabía.
Algo en su interior procesó esa diferencia antes de que su mente consciente pudiera formular la pregunta.
Se levantó.
El jardín exterior estaba al margen del clan, protegido por los muros secundarios, suficientemente lejos del centro para que el caos todavía llegara amortiguado.
Pero llegaba.
Gritos.
Más explosiones.
El crujido inconfundible de una estructura grande derrumbándose.
Corrió hacia el muro interior.
Lo que vio desde lo alto lo detuvo.
El pabellón central estaba en llamas.
No el tipo de llamas que produce un accidente — el tipo de llamas que produce alguien que quiere asegurarse de que algo no quede en pie.
Los cultivadores que se movían entre los edificios no llevaban los colores del clan.
Las formaciones de protección que habían tardado décadas en construirse cedían una por una, con una regularidad que no podía ser aleatoria.
Alguien las estaba desactivando desde adentro.
Jaha miró hacia el salón de meditación de su padre.
La distancia era demasiada para ver con claridad, pero vio luz — el color específico de las marcas de Sello Dual activadas al máximo, el tipo de luz que un cultivador de nivel siete produce cuando no está guardando energía.
Su padre estaba peleando.
Bajó del muro.
Calculó la distancia, el tiempo, los cultivadores que se interponían entre él y el salón.
Calculó su propio nivel — uno, sin resonancia funcional, con una herida que acababa de recibir en el hombro cuando un fragmento de la formación destruida lo alcanzó sin que se diera cuenta.
Los números no cuadraban.
Empezó a moverse de todas formas.
* * * Yeon Zhaoren Las formaciones internas cayeron exactamente cuando debían.
Zhaoren observó desde el paso elevado que conectaba los edificios administrativos, con la misma atención con que había observado cada simulacro de combate en su vida.
Vio a los cultivadores del Culto moverse por el clan con eficiencia.
Vio a los discípulos que intentaban resistir ser neutralizados de forma rápida y sin concesiones.
Vio los edificios arder.
No vio a Jaha.
Lo había calculado: su hermano estaría en el jardín exterior a esa hora, como casi todas las noches.
Suficientemente lejos para sobrevivir el caos inicial.
Si era listo — y Jaha, por mucho que sus instructores lo hubieran descartado, no era estúpido — encontraría la forma de salir.
Zhaoren no había ordenado que lo buscaran.
No era generosidad.
Era precisión.
Un hermano muerto en la masacre del propio clan habría sido una variable innecesaria, una historia que alguien podría haber usado contra él en el futuro.
Un hermano vivo con el Sello Roto y sin clan era irrelevante.
El mundo tenía suficientes cultivadores irrelevantes para no notar uno más.
Una figura encapuchada se materializó a su lado sin hacer ruido.
“El patriarca sigue resistiendo.” Zhaoren no giró la cabeza.
“¿Cuánto tiempo llevan?” “Casi una hora.
Ha neutralizado a seis de los nuestros.
El instructor Baerun murió protegiendo el flanco.” Una hora.
Catorce contra cinco, y su padre llevaba una hora sin ceder.
Zhaoren sintió algo que tardó en identificar — no orgullo exactamente, pero algo en esa misma familia.
La confirmación de que el talento que él había heredado venía de algún lugar real.
“Mandad a los dos de nivel siete.” “¿Seguro?
El maestro dijo que—” “El maestro no está aquí.” La figura encapuchada guardó silencio y se fue.
Zhaoren volvió a mirar el clan que ardía debajo de él.
En algún lugar ahí dentro estaba su madre — habían dicho que las formaciones de su ala habían cedido en los primeros minutos, que el equipo encargado de asegurar esa zona había completado su trabajo.
Zhaoren no había pedido detalles.
Algunos detalles no eran necesarios.
* * * Yeon Garan — Final Baerun cayó el primero.
No porque fuera el más débil — era todo lo contrario.
Cayó porque en el momento en que los dos nuevos cultivadores entraron al salón, identificó correctamente que su nivel superaba al de todos los guardianes, y tomó la decisión de absorber el primer golpe antes de que alcanzara al patriarca.
Lo hizo sin dudar, con la misma naturalidad con que llevaba décadas haciendo su trabajo.
Yeon Garan no pudo hacer nada para evitarlo.
Lo que siguió fue diferente.
Dos cultivadores de nivel siete contra un patriarca exhausto y tres guardianes que ya acusaban el peso de una hora de combate.
Los números eran claros.
Garan los leyó en un segundo y no perdió tiempo en cálculos que no cambiarían el resultado.
Pero había algo que sí podía hacer.
Abrió su Sello Dual al máximo — no para atacar, sino para sellar.
Las marcas de su cuerpo brillaron con una intensidad que iluminó todo el salón, y comenzó a comprimir esa energía hacia adentro, hacia el núcleo de su cultivo, construyendo en segundos lo que normalmente requería días de preparación.
Uno de sus guardianes entendió lo que estaba haciendo y gritó algo.
Los atacantes también lo entendieron y arreciaron.
Yeon Garan terminó el sello.
No era grande.
No era el tipo de legado épico que los textos describen cuando hablan de los grandes patriarcas.
Era pequeño, preciso, y estaba dirigido a una sola persona.
Pensó en Jaha.
En sus ojos grises.
En la pregunta que le había hecho a los doce años y en la respuesta que nunca había terminado de explicarle.
El golpe que lo alcanzó no le dio tiempo a terminar ese pensamiento.
Cayó.
Las marcas de su Sello Dual se apagaron una por una, como velas en el viento.
* * * Yeon Jaha Llegó tarde.
Lo supo antes de llegar al salón — la luz que había visto desde el muro ya no estaba.
El tipo de oscuridad que dejaba no era la oscuridad ordinaria de una habitación sin lámparas.
Era la oscuridad de algo que había dejado de existir.
Aun así entró.
El salón de meditación de su padre olía a piedra quemada y a algo más, algo que Jaha no quería nombrar.
Había rastros de combate en cada superficie — marcas de técnicas de nivel alto grabadas en las paredes, el suelo partido en varios lugares, la butaca donde su padre meditaba reducida a astillas.
No había cuerpo.
Los atacantes se habían llevado a sus muertos y habían borrado lo que podían borrar.
Era meticuloso.
Profesional.
El tipo de operación que no se improvisa.
Jaha se quedó parado en el centro del salón durante un tiempo que no midió.
Tenía una herida en el hombro que había olvidado, otra en la pierna que no recordaba haber recibido, y algo en el pecho que no era una herida física pero que dolía de la misma forma.
Entonces lo sintió.
Algo pequeño.
Casi imperceptible.
Como una chispa en un lugar donde no debería haber fuego — en el interior de su alma, en el espacio donde su Sello Dual debería resonar y nunca lo había hecho.
No era energía de cultivo.
No era nada que pudiera clasificar con lo que sabía.
Era una presencia.
Jaha no la reconoció.
No tenía forma de reconocerla.
Pero en medio del salón en ruinas donde su padre había peleado su última batalla, rodeado por el sonido lejano de un clan que seguía ardiendo, la presencia se asentó en él con la misma naturalidad con que el río ocupa su cauce.
Como si siempre hubiera estado ahí, esperando.
Como si él siempre hubiera estado ahí, llegando.
Salió del salón.
Había visto suficiente para saber lo que necesitaba saber.
Su padre había muerto peleando.
Su madre — no sabía, y esa incertidumbre era un peso que empujó al fondo de su mente porque no podía cargarlo ahora.
El clan ardía y los responsables seguían dentro de sus muros.
Y en algún lugar del patio central, entre la luz ámbar que reconocía aunque nunca hubiera querido aprender a reconocerla, estaba Zhaoren.
Jaha calculó.
Calculó su nivel, su herida, la distancia, el número de cultivadores que todavía se movían entre los edificios.
Calculó el resultado de cruzar ese patio con lo que tenía.
Luego miró hacia donde estaba su hermano.
Y se dio la vuelta.
Fin del Capítulo 2 REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yeiler En este capítulo quise mostrar la masacre desde cuatro ojos distintos (incluyendo al traidor) es la única forma de hacerle justicia a lo que ocurrió esa noche
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com