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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 13

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13: Capítulo 13- Fuera de los Muros 13: Capítulo 13- Fuera de los Muros Salieron antes del amanecer.

Moshi llegó puntual con una mochila que alguien que nunca había viajado fuera de una secta había empacado: tres libros, herramientas de formación, un cambio de ropa, y prácticamente nada de lo que se necesita para comer o dormir fuera de un edificio con techo.

Jaha miró la mochila.

Decidió no decir nada todavía.

El camino hacia el pueblo bajaba por las colinas al sur de la secta, entre campos de cultivo ordinario y bosque bajo.

Llevaban un rato caminando cuando Moshi habló sin preámbulo, como si la conversación ya llevara un tiempo ocurriendo en su cabeza.

“¿Cuánto tarda en llegar a nivel dos alguien con Sello Roto?” Jaha lo miró de reojo.

“No lo sé” respondió.

“Nadie lo ha tenido antes.” “Eso significa que no hay referencia útil” dijo Moshi.

“Exactamente” confirmó Jaha.

“Entonces la pregunta correcta sería cuánto tarda alguien cuyo cultivo avanza por comprensión en lugar de por resonancia estándar” razonó Moshi.

“Esa pregunta tampoco tiene respuesta” dijo Jaha.

“No todavía” respondió Moshi, con algo en el tono que no era del todo académico.

Jaha no respondió de inmediato.

Había algo en la forma en que Moshi hacía esas preguntas — como si no buscara una respuesta sino un interlocutor que no lo detuviera antes de llegar a ella.

“¿Por qué te importa?” preguntó Jaha.

“Porque llevo semanas viendo cómo avanzas y no encaja con ningún modelo que conozca” dijo Moshi.

“Eso me resulta interesante.” “¿Solo interesante?” preguntó Jaha.

Moshi lo consideró con seriedad.

“También útil.

Entender cómo funciona algo diferente ayuda a entender por qué lo normal funciona como funciona.” “Si encuentras la respuesta, dímela” dijo Jaha.

“Cuando la encuentre serás el primero en saberlo” respondió Moshi.

* * * Caminaron un rato en silencio.

Había algo diferente en ese espacio — lejos de la roca y los libros, sin la estructura de la secta alrededor.

Moshi miraba el paisaje con la misma atención con que miraba cualquier cosa nueva, catalogando sin prisa.

“¿Tu Dao funciona fuera de la secta igual que dentro?” preguntó Jaha después de un momento.

“El Dao del Estudio no depende del espacio.

Depende de lo que hay que analizar” respondió Moshi.

Una pausa.

“Cuando lo descubrí, los maestros que me evaluaron dijeron lo mismo que dicen siempre — que es útil para aprender, para memorizar técnicas, para comprender más rápido.

Útil en el entrenamiento.

No en batalla.” “¿Y tenían razón?” preguntó Jaha.

“En lo que decían, sí.

Describían solo una parte de lo que hace” dijo Moshi.

Caminó un momento antes de continuar.

“El Dao del Estudio no absorbe conocimiento.

Absorbe patrones — cómo funciona algo, por qué funciona, qué ocurre cuando falla.

Durante años no entendí la diferencia.

Estudiaba técnicas, memorizaba formaciones, y todo el mundo veía a alguien con buen rendimiento académico sin aplicación práctica.” “Hasta que encontraste las formaciones” dijo Jaha.

“Hace un año.

Las formaciones y las matrices son sistemas de patrones puros — no hay nada en ellas que no sea estructura y lógica.

Cuando empecé a estudiarlas fue la primera vez que sentí que mi Dao hacía exactamente lo que tenía que hacer” respondió Moshi.

Jaha lo miró de reojo.

Había algo en la forma en que lo decía — sin dramatismo, sin necesidad de que fuera impresionante — que lo hacía más real que si lo hubiera anunciado.

“¿Se lo dijiste a alguien?” preguntó.

“No había nadie a quien decírselo” dijo Moshi.

Lo dijo sin énfasis.

Un hecho que había dejado de pesar hace tiempo.

“¿Por qué no?” insistió Jaha.

Una pausa más larga.

“Llegué a la Qingtian Zong con doce años.

Me trajo el maestro Wen — era discípulo itinerante, aceptaba misiones de distintas facciones.

Me encontró en un pueblo del norte donde llevaba dos años solo.

No preguntó demasiado.

Solo dijo que si quería aprender tendría que trabajar para pagarlo” comenzó Moshi.

“¿Lo pagaste?” preguntó Jaha.

“Nunca conseguí pagarlo del todo” dijo Moshi.

Una pausa.

“Murió hace dos años en una misión para la secta.” Jaha no intentó llenar el silencio que siguió.

“Era la única persona que había visto algo en mí antes de que yo lo viera.

Después de él los demás discípulos dejaron bastante claro mi posición — no con crueldad exactamente, sino con esa indiferencia que es peor porque al menos la crueldad reconoce que existes.

El del Dao inútil.

El que estudia mucho y no sirve para nada real” continuó Moshi.

“¿Y ahora?” preguntó Jaha.

Moshi lo miró por primera vez en varios minutos.

Había algo en sus ojos que Jaha no le había visto antes — no la seriedad habitual sino algo más vivo, más afilado.

“Ahora sé lo que puedo hacer” dijo.

No lo dijo con rabia.

Lo dijo con la determinación limpia de alguien que lleva tiempo construyendo algo en silencio y por fin lo nombra en voz alta.

“Y cuando lo demuestre no van a verlo venir.” Jaha lo miró un momento.

“No” dijo.

“Eso es lo mejor de todo.” Caminaron el resto del tramo sin hablar, pero era un silencio diferente al del principio.

Del tipo que se produce cuando dos personas acaban de saber algo el uno del otro que cambia la forma en que se ven.

“¿Has salido antes?” preguntó Moshi después de un rato.

“Doce días solo antes de llegar a la secta” respondió Jaha.

“¿Y antes de eso?” “Antes no” dijo Jaha.

Moshi guardó eso sin preguntar más.

Había aprendido que con Jaha era mejor dejar espacio que empujar.

“Yo nunca he salido” dijo Moshi después de un momento.

“Lo sé” respondió Jaha.

“¿Se nota?” preguntó Moshi.

“La mochila lo dice todo” dijo Jaha.

Moshi bajó la vista hacia la mochila.

Después volvió a mirar al frente.

“La próxima vez empaco diferente.” “La próxima vez te digo yo qué empacar” dijo Jaha.

“También funciona” dijo Moshi, y hubo algo en su voz que podría haber sido alivio.

* * * El pueblo se llamaba Wenhe.

Llevaba tres semanas bajo la presión de un grupo de bandidos que había elegido el bosque cercano como base de operaciones.

Desde la colina, antes de bajar, ya se notaba algo — la gente se movía pegada a los muros, rápido, sin detenerse a hablar en la calle.

El tipo de costumbre que se aprende sin que nadie la enseñe.

El alcalde salió a recibirlos en la entrada.

Era un hombre de mediana edad con ojeras de quien lleva semanas durmiendo mal, que los miró de arriba abajo con la expresión de alguien que esperaba algo y no está seguro de que esto sea eso.

Moshi lo miró tres segundos y después miró a Jaha.

“¿Con quién hablo sobre la situación táctica?” El alcalde parpadeó.

Jaha intervino antes de que el silencio se volviera incómodo.

“Lo que mi compañero quiere saber es todo lo que usted conoce sobre los bandidos: cuántos son, dónde están y cuándo aparecen” dijo Jaha.

El alcalde asintió y empezó a hablar.

Moshi escuchó el relato completo sin interrumpir, con esa atención absoluta que tenía cuando algo le parecía relevante.

Cuando el alcalde terminó, ya había procesado los patrones de las incursiones, la distribución probable del grupo en el bosque y los puntos donde su formación sería más débil.

Lo que no había calculado era que mientras el alcalde hablaba su hija — una niña de alrededor de cinco años — se había acercado a mirarlo con la curiosidad directa de los niños que todavía no han aprendido que los desconocidos pueden ser peligrosos.

Se quedó plantada frente a él mirándolo fijamente.

Moshi la miró de vuelta con genuina perplejidad.

“¿Qué quieres?” preguntó.

La niña señaló su cabello blanco.

“¿Por qué eres así?” Jaha tuvo que mirar hacia otro lado.

“No lo sé” dijo Moshi, con la sinceridad de quien genuinamente no tiene respuesta para esa pregunta.

La niña consideró eso como una respuesta satisfactoria y se fue a jugar.

El alcalde los miró a los dos sin decir nada.

Jaha le devolvió una mirada que decía que serían suficientes.

* * * Pasaron el resto del día recabando información.

Moshi recorrió los límites del pueblo con la atención de alguien que lee un terreno como lee un texto — sin prisa, sin saltarse nada.

Jaha habló con los aldeanos, con esa facilidad que había desarrollado en sus doce días solo y que Moshi claramente no tenía, pero tampoco necesitaba para lo que hacía.

Lo que le habían hecho al pueblo no era solo extorsión.

Era el tipo de presión sostenida que deja marca — en la forma en que la gente caminaba, en cómo respondían cuando alguien les hablaba demasiado directo, en los niños que no jugaban en la calle aunque fuera temprano y técnicamente estuvieran a salvo.

Jaha lo registró todo sin comentarlo.

A última hora de la tarde se sentaron fuera de la posada.

Moshi extendió un boceto en el suelo — el terreno del bosque marcado con puntos que solo él podía leer completamente.

“Aquí, aquí y aquí” señaló Moshi.

“Tres nodos de formación.

Si los coloco antes de que el grupo llegue al claro, el primero que active el perímetro desencadena los otros dos en secuencia.

No necesitan saberlo — solo necesitan entrar en el área.” “¿Y el líder?

Si tiene nivel superior no va a caer en una formación básica” dijo Jaha.

“La formación no está diseñada para derrotarlo” respondió Moshi.

“Está diseñada para aislarlo del grupo en el momento exacto en que tú lo necesites.

Los demás — siete u ocho de nivel uno en etapas bajas — se los dejo yo.” Lo dijo con la misma calma con que explicaba cualquier cosa.

Pero había algo en sus ojos — la misma determinación del camino, más concentrada.

Jaha estudió el boceto.

Después asintió.

“Mañana al atardecer” dijo Jaha.

“Mañana al atardecer” confirmó Moshi.

Fin del Capítulo 13 REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yeiler Conocemos más sobre moshi y su pasado, el dúo de amigos se preparan para derrotar a los bandidos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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