El Soberano de las Cenizas - Capítulo 22
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22: Capítulo 22- Umbral 22: Capítulo 22- Umbral Jaha se despertó antes del amanecer con el sonido del fuego todavía en los oídos.
No era el primero.
Llevaba noches así desde que había llegado a la cabaña — sueños que mezclaban las dos cosas sin distinguirlas, como si la mente hubiera decidido que eran la misma herida con dos fechas distintas.
El Clan Yeon ardiendo.
La Qingtian Zong ardiendo.
Las caras cambiaban pero el fuego era siempre el mismo, y el sonido también, y la sensación de estar parado mirando sin poder hacer nada era exactamente idéntica en ambas.
Se incorporó despacio.
La cabaña estaba en silencio.
El bosque afuera también.
Tenía el puño cerrado sobre el colchón de paja — no recordaba haberlo cerrado.
Lo abrió.
La palma llevaba la marca de las uñas.
Dos veces.
Lo había perdido todo dos veces sin poder hacer absolutamente nada.
La primera vez tenía el Dao recién despertado y ni siquiera entendía lo que eso significaba.
La segunda vez tenía más — un pincel, una comprensión, un nivel que la mayoría de los de su edad no alcanzaría en años — y había servido exactamente para lo mismo.
Para sacar a doce personas por un túnel mientras lo que importaba ardía.
Se quedó sentado en el borde del colchón de paja con esa sensación asentándose en algún lugar debajo del pecho.
No era rabia.
Era algo más frío que eso.
La comprensión exacta de lo que significa ser insuficiente en el momento en que más importa.
La primera noche en la Qingtian Zong había llorado.
No mucho — apenas lo suficiente para que el cuerpo liberara algo — y después había prometido que no volvería a estar en esa posición.
Que cuando llegara el siguiente momento de ese tipo tendría lo que necesitaba.
El siguiente momento había llegado.
Y no lo había tenido.
Jaha miró sus manos en la oscuridad de la cabaña.
Después buscó el pincel con los dedos — lo tenía junto al colchón, donde lo dejaba cada noche — y lo sostuvo sin hacer nada con él durante un momento.
* * * Lo que ocurrió después no fue una decisión.
Jaha encontró papel entre los materiales que había dejado Shen Kaiming en la cabaña — hojas gruesas, del tipo que aguantaba tinta sin deformarse.
Las extendió sobre la mesa sin encender una lámpara.
La luz que entraba por la ventana era suficiente — ese gris específico del amanecer que no ilumina del todo pero permite ver lo necesario.
Empezó a pintar.
No tenía un plan.
Tenía dos imágenes que no lo dejaban en paz y una necesidad de sacarlas de alguna forma que no fuera seguir teniéndolas dentro.
El pincel se movió primero con trazos anchos — la silueta de algo que ardía, sin definición específica, solo la forma del fuego cuando consume algo grande.
Después trazos más finos.
Un árbol.
Raíces que se aferraban a la tierra aunque todo lo demás cediera.
No pensó en el poema.
Llegó solo, igual que siempre — en el espacio entre un trazo y el siguiente, las palabras aparecieron con la misma naturalidad con que el pincel había encontrado la forma del árbol.
Escribió dentro del cuadro.
No al margen, no debajo — dentro, integrado en la imagen, como si las palabras y el trazo fueran la misma cosa dicha de dos formas distintas.
Cuando terminó se quedó mirando el resultado.
Había algo en ello que no sabía nombrar exactamente.
No era bueno ni malo en el sentido técnico — era verdadero, que era diferente.
Cada trazo había salido del lugar donde guardaba lo que no podía decir de otra forma.
La presencia dentro de él se movió.
Aethon llevaba días en silencio — ese silencio denso que no era ausencia sino observación.
Jaha lo había sentido pero no había dicho nada.
Ahora la presencia se acercó a lo que Jaha había creado con una atención diferente a la habitual.
Más quieta.
Como si estuviera procesando algo que no esperaba encontrar.
—¿Qué ves?
—preguntó Jaha sin apartar los ojos del papel.
Aethon tardó en responder.
Cuando lo hizo, su voz tenía ese tono específico que usaba cuando algo lo sorprendía — que era raro.
—Dos Daos que no deberían poder fusionarse a tu nivel —dijo—.
Y sin embargo lo hicieron.
* * * Jaha dejó el pincel sobre la mesa.
—¿Por qué no deberían poder?
—Porque fusionar dos comprensiones distintas en un solo acto requiere que ambas estén suficientemente maduras para reconocerse entre sí —respondió Aethon—.
La mayoría de los cultivadores pasan décadas desarrollando un Dao antes de intentar integrarlo con otro.
Tú lo hiciste sin intentarlo, en un momento de dolor, antes del amanecer.
Jaha miró el cuadro.
—No lo planeé.
—Lo sé.
Por eso es significativo.
Aethon guardó silencio un momento antes de continuar.
Cuando habló, su voz tenía un tono que Jaha no le había escuchado antes — no más frío ni más cálido, sino más lejano.
Como si lo que estaba a punto de decir viviera en un lugar al que llevaba mucho tiempo sin asomarse.
—Conocí a alguien que usaba el Dao de la Pintura.
—Una pausa—.
En el Reino Superior.
Jaha frunció el ceño.
—¿El Reino Superior?
—Más allá del nivel nueve —dijo Aethon—.
Lo que existe cuando un cultivador trasciende los límites de este plano.
No es un lugar que aparezca en ningún texto que puedas encontrar aquí abajo.
La mayoría de los cultivadores ni saben que existe — asumen que el nivel nueve es el techo del mundo porque nadie que haya ido más allá ha vuelto a explicarlo con calma.
Jaha tardó un momento en procesar eso.
El nivel nueve ya era algo que los grandes clanes consideraban casi mítico — la mayoría de los cultivadores morían antes de acercarse al nivel cinco.
Y Aethon le estaba diciendo que eso no era el techo.
Que había algo más allá de lo que cualquier texto de Tianwu describía.
—¿Tú llegaste?
—preguntó.
—Llegué —respondió Aethon—.
Y me traicionaron ahí arriba igual que aquí abajo.
La naturaleza de las personas no cambia con el nivel.
No añadió más sobre eso.
Jaha no preguntó — había cosas en Aethon que se revelarían cuando tuvieran que revelarse.
—El cultivador de la Pintura —dijo finalmente—.
¿Qué hacía exactamente?
—Convertía concepto en ley —respondió Aethon—.
Un trazo suyo no era solo imagen.
Era una afirmación sobre el mundo que el mundo aceptaba como verdadera.
Si pintaba fuego, el aire ardía.
Si pintaba una barrera, nada la atravesaba.
No porque usara energía espiritual para sostenerlo — sino porque el trazo mismo era suficientemente verdadero para que la realidad lo adoptara.
Jaha miró el cuadro sobre la mesa.
El árbol con las raíces.
Las palabras integradas en el trazo.
—Yo no hago eso —dijo.
—Todavía no —respondió Aethon—.
Pero lo que hiciste esta mañana apunta en esa dirección.
El trazo debe ser verdadero — no técnicamente correcto, verdadero.
Si hay intención real detrás, el Dao responde.
Si hay artificio, no pasa nada.
Eso es lo que hace tu camino difícil y también lo que lo hace imposible de copiar.
* * * Esa tarde Aethon le dijo que saliera al bosque.
—¿A hacer qué?
—preguntó Jaha.
—A matar bestias —respondió Aethon.
Jaha lo miró.
—¿Por qué?
—Porque necesitas cultivar y lo que hay en esta cabaña no va a ser suficiente.
Y porque hay algo en el Dao que te heredé que solo se activa de esa forma.
—Las bestias de este bosque tienen territorio propio —dijo Jaha—.
No están invadiendo nada, no han atacado a nadie.
En Tianwu las bestias con suficiente grado tienen consciencia real — sienten, piensan, forman vínculos.
Están al mismo nivel que los humanos en ese sentido.
Matarlas sin razón no es diferente a matar a una persona inocente.
—Lo sé —dijo Aethon.
—Entonces— —Te pregunto algo —lo interrumpió Aethon—.
La próxima vez que alguien destruya algo que te importa, ¿qué vas a hacer con las manos vacías?
Jaha no respondió.
La imagen llegó sola — el patio de la Qingtian Zong, el árbol en pie, lo que había debajo.
Las dos masacres.
Sus manos cavando tierra porque era lo único que podía hacer.
Se levantó y cogió el pincel.
El bosque olía a tierra mojada y a resina de pino.
Jaha caminó entre los árboles en silencio, con los sentidos abiertos.
No tardó en encontrarla — una bestia de grado uno, algo parecido a un jabalí pero con el lomo cubierto de placas de piedra gris y los ojos con esa claridad que tenían las bestias con suficiente consciencia para evaluar lo que tenían enfrente.
La bestia lo miró.
Jaha también la miró.
Había algo incómodo en eso — en el reconocimiento mutuo, en el hecho de que la bestia estaba evaluando la amenaza con la misma deliberación con que lo haría cualquier ser con juicio real.
No era instinto ciego.
Era una criatura que entendía lo que podía ocurrir y estaba decidiendo qué hacer con esa información.
—Usa el cuerpo —dijo Aethon—.
Todavía no dominas el pincel en combate real.
Necesitas saber de qué está hecho tu cuerpo antes de añadir capas encima.
Jaha guardó el pincel.
La bestia embestió primero.
Era más rápida de lo que parecía para su tamaño — las placas de piedra no la pesaban, las usaba como proyectiles laterales al girar.
Jaha esquivó el primer impacto por poco, sintió el aire del segundo rozarle el costado, y respondió con una técnica básica del Clan Yeon que no había usado en meses.
El impacto fue real — la bestia era densa, física, y empujar contra eso costaba más que contra un cultivador humano de nivel equivalente.
Tres intercambios.
Cuatro.
Jaha sintió el esfuerzo acumularse en los hombros, en las piernas, en la forma en que el cuerpo empieza a comunicar sus límites cuando se le pide demasiado sin previo aviso.
Al quinto intercambio encontró el ángulo.
Una apertura breve en la guardia de la bestia — las placas laterales no cubrían el cuello completamente.
Jaha entró con todo el peso del cuerpo detrás.
La bestia cayó.
Jaha se quedó de pie sobre ella, respirando con esfuerzo, con los nudillos raspados y un dolor sordo en el hombro izquierdo donde había absorbido un golpe que no había esquivado del todo.
Después sintió lo otro.
Algo que se movía desde la bestia hacia él — no energía espiritual exactamente, algo diferente.
Con textura.
Con fragmentos de algo más difícil de nombrar entremezclados, como si lo que había sido esa criatura estuviera disolviéndose en una dirección específica y esa dirección era él.
La bestia había intentado resistirlo.
Jaha lo sintió claramente — no fue una entrega, fue una lucha.
Algo en ella se había aferrado incluso en el último momento, consciente de lo que estaba ocurriendo, negándose.
Jaha lo había tomado de todas formas.
Se quedó parado sobre la bestia muerta con los nudillos todavía doloridos y ese algo disolviéndose en él desde afuera hacia adentro.
No era energía espiritual — eso lo había sentido antes, tenía una textura limpia y definida.
Esto era diferente.
Tenía capas.
Como si lo que había sido esa criatura no fuera solo fuerza física sino experiencia acumulada, años de existencia, comprensión del bosque y del territorio y de cómo sobrevivir en él.
Todo eso entrando en él sin que pudiera separarlo ni catalogarlo, solo recibirlo.
Miró sus manos.
Los raspones en los nudillos.
La tierra bajo las uñas.
Esperaba sentir más peso por eso.
Esperaba que la incomodidad fuera proporcional a lo que había hecho — matar algo consciente, algo que no le había pedido nada, algo que simplemente existía en su territorio cuando él entró.
Pero la incomodidad estaba ahí y era real y al mismo tiempo era…
manejable.
Más manejable de lo que debería ser.
Eso lo inquietó más que cualquier otra cosa de esa tarde.
No lo que había hecho.
Sino lo fácil que había resultado aceptarlo.
La presencia de Aethon estaba ahí.
Quieta.
Como siempre cuando Jaha encontraba algo que todavía no sabía cómo nombrar.
Fin del Capítulo 22
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